11. Ordinarios
Ordinarios
Firmé el parte a las nueve menos cinco, en la mesa del escritorio, con el bolígrafo del hotel.
Antes lo leí tres veces, porque los partes se leen tres veces: la primera para el contenido, la segunda para lo que falta y la tercera para lo que sobra.
En la tercera lectura llegué a la línea tachada.
Estaba tachada de verdad, a mano, con el bolígrafo apretado, cuatro pasadas encima.
Debajo se leía perfectamente, porque los tachones a bolígrafo no tapan nada; solo dicen que alguien quiso taparlo.
Y luego, a continuación, la frase de sustitución, escrita más pequeña, en la que se anulaba a sí mismo dos veces.
Lo leí, calculo, once o doce veces.
Hay una cosa que sé de los partes, de los de verdad, de los de perito: nadie tacha a mano en un documento que va a firmar otra persona.
Se reescribe. Cuesta cuarenta segundos reescribir una hoja.
Si un tachón llega hasta el firmante, es porque quien lo hizo estaba cansado, o porque no le importaba, o porque quería que se viera.
Descarté las dos primeras a los ocho minutos.
Después hice lo que hago con todo lo que me altera, que es abrir el ordenador y buscar información sobre otra cosa.
La otra cosa fue el Registro Público Concursal.
Es una base de datos gratuita, fea y lentísima que consulto tres o cuatro veces al año por trabajo.
Se busca por denominación social. Escribí BODAS ÁLAMO, S.L.
, y a los once segundos tenía el auto de declaración, el nombramiento de la administración concursal y, en el tercer bloque de documentos, el informe provisional con la lista de acreedores.
Ciento cuarenta y un acreedores, contados uno a uno.
Bajé. Es un PDF horrible, escaneado, con las columnas descuadradas.
Hacienda arriba, la Seguridad Social debajo, dos bancos, un arrendador, una empresa de rótulos, cuatro floristerías, un cátering de Telde, dos fotógrafos, un cuarteto de cuerda que no era el mío, la mujer que hacía las invitaciones a mano.
Una lista de acreedores es la autopsia de una empresa y también, si se sabe leer, el retrato de un pueblo.
Ahí estaba todo el mundo: la que plancha manteles, el que alquila sillas, el que pone el arco, el que lleva el hielo.
Doce mil euros, ochocientos euros, ciento cuarenta euros.
Ciento cuarenta euros de una señora que hizo sesenta y dos invitaciones a mano y las envió y no cobró.
Y en la página siete, en la clase «ordinarios», por orden alfabético:
PERDOMO SUÁREZ, DANIEL — Perdomo Films — 15.600,00 €.
Me quedé mirando la cifra un momento y luego hice lo que sé hacer: buscar el detalle. Estaba en el anexo, en la relación de facturas reconocidas.
Y ahí ya no era una cifra: era una cronología.
Tres facturas. La primera, de julio del año pasado, 4.900 euros. La segunda, de septiembre, 4.500 euros. La tercera, de febrero de este año, 6.200 euros.
Julio. Septiembre. Y luego febrero, que es cuando yo firmé mi paquete.
Es decir: cuando Bodas Álamo me vendió a mí el reportaje cinematográfico de Dani Perdomo Films por seis mil doscientos euros, llevaba siete meses sin pagarle dos bodas anteriores.
Le debían nueve mil cuatrocientos euros y le siguieron dando trabajo, y él lo siguió aceptando, porque un autónomo al que le deben nueve mil cuatrocientos euros no puede permitirse enfadarse con el que se los debe.
Solo puede permitirse trabajar más para el mismo.
Yo he redactado formularios que hacen esto mismo con más elegancia. En seguros se llama «continuidad de la relación» y se pone en un anexo, y lo que significa es que el que ya está dentro tiene más que perder yéndose que quedándose, y por lo tanto se queda, y por lo tanto no negocia.
Es un mecanismo perfecto. Lo he visto cien veces desde el otro lado de la mesa, en expedientes, con otros nombres. Se llama, en la jerga, «cautividad del proveedor», y lo que hace de verdad es esto: convierte a una persona en una línea que no puede irse.
Bajé.
Y esa es la cuestión: yo no bajé indignada en nombre de él. Ojalá. Bajé porque llevaba veinte minutos con una cifra dentro y las cifras, cuando me entran, tienen que salir por algún sitio.
Bajé sin pensarlo, que es una cosa que hago aproximadamente una vez cada dos años, con el portátil bajo el brazo y el albornoz cambiado por un vestido, y lo encontré donde suponía que estaría, en el aparcamiento de servicio, con las puertas traseras de la furgoneta abiertas y una linterna de cabeza puesta, pasando tarjetas a un disco duro.
—Quince mil seiscientos —dije.
Se le quedó la mano en el aire, encima del teclado.
Muy despacio, se quitó la linterna de la cabeza.
—¿Perdón?
—Julio, cuatro mil novecientos. Septiembre, cuatro mil quinientos. Febrero, seis mil doscientos. Total quince mil seiscientos, clase ordinaria, página siete del informe provisional. —Giré la pantalla hacia él—. Le debían nueve mil cuatrocientos euros cuando le contrataron mi boda.
Perdomo miró la pantalla. Miró el PDF descuadrado, su nombre, la cifra, su vida entera en una fila de una tabla escaneada torcida.
Y dijo:
—Apague eso.
—Es público.
—Ya sé que es público, señora Requena. —Se levantó del suelo de la furgoneta—. Público es que cualquiera pueda mirarlo. No es que usted baje a las diez de la noche a leérmelo en voz alta en un aparcamiento.
—Yo tengo que saber la exposición.
—¿La qué?
—La exposición. —Y aquí, si tuviera que elegir un minuto de toda la semana para borrarlo, elegiría este—.
Si usted tiene quince mil seiscientos euros dependiendo de una firma mía, su comportamiento durante los próximos cinco días no es libre.
Está condicionado. Y yo necesito saber en qué medida está condicionado, porque si no, no sé qué parte de lo que hace es usted y qué parte es la deuda.
Lo dije entero. Sin subir la voz. Con la cadencia de las reuniones de los martes.
Perdomo se quedó quieto. En el aparcamiento había una farola y unos veinte metros más allá dos camareros fumando, y la furgoneta olía a ese olor de furgoneta de trabajo que es cartón y polvo y algo de fruta.
—O sea que ha bajado usted aquí —dijo, muy despacio— a decirme que soy un riesgo.
—He bajado a decirle que lo he leído.
—No. —Cerró la puerta trasera con la cadera, sin brusquedad—. Ha bajado a colocarme. Igual que a Ovidio. Igual que a Chana.
—Yo no...
—Usted mira a la gente y le pone una cifra al lado y se queda muchísimo más tranquila. —Se cruzó de brazos, y no era una postura de defensa; era de aguantar—. Y luego se cree que eso es entender a alguien.
—Es que es una forma de entender a alguien. Es la mía. Lleva nueve años funcionando.
—¿Y funciona?
—No. Es una forma de que no le puedan hacer nada. —Señaló el portátil con la barbilla—. Ahí dentro pone quince mil seiscientos. ¿Y ahora qué sabe usted de mí? Sabe que me deben dinero. Enhorabuena. Eso lo sabe la mitad de la isla.
—Sé que aceptó una tercera boda sabiendo que no le habían pagado las dos primeras.
—Sí.
—Eso no está en la lista.
—No.
—Eso lo he deducido yo —dije—, y es lo único que me interesaba.
Perdomo se quedó callado, y por un momento pensé que había encontrado la salida. No la había encontrado. Solo la había retrasado.
—¿Y qué ha deducido?
Yo tengo respuestas para casi todo. Es literalmente lo que me pagan.
No tuve ninguna.
Estuvimos unos segundos así. Después él suspendió la conversación con un gesto de la barbilla hacia el portátil, y su voz volvió a ser la de trabajar.
Se agachó otra vez dentro de la furgoneta y siguió pasando tarjetas. La barra de progreso de la copia iba por el sesenta y uno por ciento; la vi porque estaba mirando, y estar mirando la pantalla de otro es lo que se hace cuando no se sabe qué decir.
—¿Firmó el parte?
—Lo firmé.
—¿Entero?
—Entero.
—Una cosa más —dije, ya con el portátil cerrado.
—Dígame.
—El parte está bien hecho. Muy bien hecho. Yo firmo partes de peritos todas las semanas y la mitad no llevan ni la duración útil.
Perdomo me miró como quien recibe un cumplido en un idioma que no domina del todo.
—Los aprendí de mi padre —dijo—. Era ferrallista. Firmaba un parte cada día de su vida.
—Se le nota.
—Ya.
Y ahí, por primera vez, no me sostuvo la mirada. La bajó al suelo del aparcamiento como quien comprueba si se le ha caído algo, y yo entendí lo que estaba preguntando de verdad, y no dije nada, y él no volvió a preguntarlo.
Cerró el portátil de la furgoneta. Se colgó otra vez la linterna del cuello, sin encenderla.
—Mañana a las diez, la excursión —dijo—. La del parque.
—¿Eso es de dos?
—Eso es de mínimo dos.