8. Desayuno para dos
Desayuno para dos
El desayuno nupcial se sirve en la terraza este, a las nueve, en una mesa apartada de las demás y con vistas a la piscina de adultos, y consiste en lo siguiente.
Dos zumos de naranja natural. Dos cafés.
Una cesta de bollería para dos. Dos platos de fruta cortada en forma de flor.
Una tetera con infusión de hierba luisa «para el estómago del día después», que es una nota que alguien escribió en un protocolo pensando en la noche de bodas. Una rosa. Y una tarjeta.
La tarjeta decía: Buenos días, señores. Que este sea el primero de muchos.
Llegué a las nueve menos cinco con gafas de sol y con la certeza técnica de que doce copas de vino se metabolizan a razón de una unidad por hora, cifra que consulté a las siete y cuarto de la mañana en la web de la Dirección General de Tráfico porque me da vergüenza consultarla en otro sitio.
Perdomo ya estaba. De pie, no sentado. Con un café que se había pedido en la barra, pagándolo él, que en un todo incluido es casi una declaración política.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Siéntese.
—No estoy contratado para desayunar.
—Línea dos. Régimen todo incluido premium, siete días, dos pax. —Le acerqué la silla con el pie, que no es una cosa que yo haga—. Está usted contratado para desayunar.
Se sentó. Miró la mesa entera, la rosa, la fruta en forma de flor, la tarjeta.
—Esto es mucho —dijo.
—Esto es dos mil seiscientos sesenta euros divididos entre catorce servicios de comida. Noventa y cinco euros al día por persona. —Cogí el zumo—. Cómase el bollo.
Le serví el segundo café de la jarra sin preguntarle, que es una cosa que se hace en las casas y no en las mesas de trabajo, y me di cuenta a mitad del gesto y ya no podía parar, así que terminé de servirlo con una naturalidad forzada que no engañó a nadie.
—Gracias.
—Es que si no lo tomamos, consta no consumido.
—Claro —dijo él—. Por eso.
Y ahí llegó Yurena.
Yurena llega siempre por el lado por el que no la esperas, con la carpeta a la altura del esternón, y aquella mañana traía además una hoja suelta encima de la carpeta, sujeta con el pulgar, lo que en su sistema debe de significar urgencia.
—Buenos días. ¿Todo correcto con el desayuno?
—Todo correcto.
—Muy bien. —Consultó la hoja—. Señor Perdomo, ¿le sirvieron a usted la infusión de hierba luisa?
Perdomo miró la tetera. Miró a Yurena. Miró la tetera.
—No la he tomado.
—Pero ¿se la sirvieron?
—Está aquí.
—Servida, entonces —dijo Yurena, y escribió—. Es que si consta servida, consta el servicio. Si no consta, tengo que abrir incidencia con cocina y las incidencias de cocina van a la administración concursal.
—Constaba servida antes de que llegáramos —dije yo.
Yurena levantó la vista de la carpeta con una expresión que no era simpatía y que tampoco era antipatía, sino una tercera cosa que solo tienen las personas que se han pasado la vida entre dos reglamentos.
—Señora Requena, yo lo que puedo hacer es que las cosas estén. Que ustedes se las tomen ya no me corresponde.
Se marchó. Perdomo se quedó mirándola cruzar la terraza.
—Esa mujer —dijo— es lo único de este hotel que funciona.
—Es una burócrata.
—Es la única que le está cumpliendo el contrato, señora Requena.
—Cogió el zumo que no era suyo, lo pensó, lo dejó—.
Aquí arriba hay un director que ahora mismo estará mirando un panel de ocupación y para él usted es una habitación mal vendida.
Ella es la que baja a preguntarle si le han servido la infusión.
Miré la tetera. Seguía llena, con la hierba luisa hinchada en el fondo, perfectamente servida.
—¿Usted la conoce de antes?
—Llevo seis años viniendo a este hotel a trabajar. —Se sirvió café de la jarra—. La conozco de doscientas bodas.
—¿Doscientas?
—Doscientas y pico. —Removió el café, que no llevaba azúcar—. Y de esas, dos me han hecho llorar y una la he tenido que grabar sabiendo que el novio se acostaba con la prima de ella.
—¿Y qué hizo?
—Cobrar —dijo Dani Perdomo—. Con la prima no me pagaban.
Después vino la parte de trabajo, que fue mía y que yo llevaba desde las siete de la mañana preparando en el bloc de notas.
—Necesito que formalicemos —dije.
—Formalicemos qué.
—Todo. —Le puse el móvil delante con la lista—. Punto uno. Usted graba exclusivamente los servicios contratados, en el horario del servicio. Ni antes ni después. Nada en la suite, nada en el jardín privado, nada mientras yo esté trabajando.
—¿Usted trabaja?
—Todas las mañanas de nueve a once, y no es asunto suyo. Punto dos. Al final de cada día usted me entrega un parte de lo grabado. Servicio, duración, formato. Yo lo firmo.
—Punto uno bis —dijo él.
—No hay punto uno bis.
—Sí lo hay. —Se echó hacia delante—. Si yo solo grabo el servicio en el horario del servicio, le voy a entregar a la administración concursal cinco horas de gente comiendo. Eso no es un reportaje. Eso es una cámara de seguridad.
—A mí me da igual que sea bonito.
—A mí no.
—A usted le tiene que dar igual, porque le pagan por acreditar, no por emocionar.
Y él dijo, con una tranquilidad que me costó tres segundos digerir:
—Le pagan. En presente no me paga nadie.
Perdomo dejó la taza.
—¿Un parte diario?
—Un parte diario.
—El acta de conformidad es una, al final. Eso es lo que pide el administrador.
—El acta es una y la firmo el sábado —dije—.
Pero si el sábado hay una sola discusión sobre qué se grabó y qué no, la firma se retrasa, y si la firma se retrasa se pasa la liquidación, y si se pasa la liquidación usted no cobra.
—Me quité las gafas de sol para esto, que fue un error porque había mucha luz—.
Los partes diarios no son para mí. Son para usted.
Un acta se discute. Seis partes firmados, no.
Él tardó en contestar. Cogió el bollo, lo partió por la mitad, se comió una mitad.
—Usted hace esto muy rápido —dijo.
—¿El qué?
—Ponerse del lado del que le paga a usted y hacer que parezca que me está haciendo un favor.
—Le estoy haciendo un favor.
—Ya lo sé. —Se comió la otra mitad—. Por eso digo que lo hace muy rápido.
Aquí es donde yo debería haber dicho algo ligero. Lo tenía. Tenía una frase sobre los seguros y sobre por qué la gente nos odia hasta que le arde la cocina, y la dejé pasar porque me di cuenta de que él no estaba enfadado.
Estaba tomando nota. Como en la terraza con la pareja de los cincuenta años: mirándome sin parpadear, colocándome en algún sitio.
—¿Y dónde me coloca? —dije.
—Todavía no lo sé.
—Cuando lo sepa, avíseme.
—No creo que le guste el sitio.
—Casi nunca me gusta —dije—. Suelo estar de acuerdo igual.
—Punto tres —dije, para no quedarme quieta—. Nada personal, ya lo hablamos.
—Nada personal.
—Y punto cuatro: si un día usted no puede prestar el servicio, me avisa con antelación y buscamos cómo cumplirlo igual.
—No voy a faltar a ninguno.
—Todo el mundo dice eso.
—Yo tengo seis mil doscientos euros en esto, señora Requena. —Se limpió las manos con la servilleta y la dobló, y la dejó en la mesa—. Usted tiene treinta y un mil y una semana mala. Yo tengo la furgoneta.
—Punto cuatro aceptado —dijo—. Con una condición.
—Ya tuvo usted una condición ayer.
—Esta es de logística. —Se limpió la boca—. Si tengo que estar con usted en cada servicio, no puedo estar detrás de la cámara todo el rato. Va a haber momentos en los que yo sea el beneficiario dos y no el proveedor. Y en esos momentos no voy a grabar.
—¿Y cómo distingo yo cuándo es una cosa y cuándo la otra?
—Por si tengo la cámara en la mano —dijo Dani Perdomo—. Es bastante fácil.
Se levantó. Miró el reloj.
—A las once, spa —dijo—. Cabina dúo.
Y entonces se paró, con la mano en el respaldo de la silla, y tardó un segundo de más en decir lo siguiente, y ese segundo lo he pensado bastantes veces desde entonces.
—Una cosa. En el spa no puedo grabar.
—¿Por qué no?
—Porque es un spa —dijo—. Y porque está contratado a nombre de dos personas que tienen que estar dentro las dos.
Tardé un momento en entenderlo. Fue de esos momentos en los que el cerebro va por detrás de la cara.
—Está usted diciendo que le van a dar un masaje.
—Estoy diciendo que a las once tengo una camilla —dijo Perdomo—. Igual que usted.
Y se fue por el camino de arena con la mochila al hombro, y yo me quedé sola en la mesa del desayuno nupcial, con dos zumos, dos cafés, una rosa, una tarjeta que deseaba muchos días como aquel y una tetera de hierba luisa que constaba servida.