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7. Mesa de dos

Mesa de dos

El coche del traslado era un Mercedes negro con dos botellines de agua fría en el reposabrazos central y un ambientador de vainilla que alguien había decidido que era la vainilla del lujo.

Perdomo subió detrás conmigo con una mochila y una bolsa alargada que hizo un ruido de trípode. Se sentó todo lo lejos que se puede estar sentado en un asiento trasero, que son unos cuarenta centímetros, y miró por la ventanilla contraria.

—Podía haber ido en mi furgoneta —dijo, a los tres minutos.

—El traslado es para dos.

—Ya.

—Si va usted en su furgoneta, la línea tres se presta a un pax y el traslado computa mal.

—La línea tres es la del aeropuerto.

Giré la cabeza. Él seguía mirando por la ventanilla.

—¿Se ha leído el desglose?

—Me lo sé de memoria desde febrero —dijo—. Yo también trabajo con ese papel.

Fuera empezaba a caer la luz sobre el terreno negro y me callé la respuesta que tenía preparada, que era buena, porque la carretera había empezado a llenarse de aquellos hoyos que me había contado el chófer y verlos de cerca es otra cosa.

Miles. Cada uno con su pared de piedra en semicírculo abierta al sur y una parra dentro, sola, agachada, como un animal echado.

Kilómetros de eso. Hecho a mano por gente que llevaba dos siglos muerta.

—¿Todo esto es la bodega? —dije.

—Todo esto es de mucha gente. La bodega compra.

Bodega Lomo Chico es una casa baja con un patio y una terraza de piedra que da al valle.

Nos recibió Ovidio Betancort, sesenta y muchos años, camisa impecable, y nos llevó a la terraza diciendo «los novios, los novios» de una manera que no admitía corrección, y allí, en el centro exacto de la terraza, con el valle entero de fondo, había una mesa redonda con dos sillas, dos manteles individuales de lino, dos fichas de cata impresas con nuestros nombres y doce copas.

Doce copas puestas. Seis y seis, en dos abanicos idénticos.

Ovidio se colocó entre nosotros con las manos cruzadas por delante.

—Antes de empezar quiero decirles una cosa. —Pausa. Este hombre lleva veinte años haciendo esta pausa—. Ustedes hoy no vienen a beber vino. Ustedes hoy vienen a aprender a beberlo juntos.

—Ya —dije.

—Porque un matrimonio es como una malvasía volcánica. —Segunda pausa—. Tiene el subsuelo de fuego y arriba parece muy tranquilo.

Perdomo tosió detrás de la cámara.

—Y ahora, antes del primer vino, quiero que hagan una cosa. —Ovidio nos señaló las fichas—. Cada uno escribe en su ficha lo que espera del otro dentro de diez años. Sin enseñárselo. Al final de la cata se lo intercambian.

—¿Eso está en el precio? —dije.

—Eso es de la casa.

—O sea que sí.

Ovidio decidió que aquella noche iba a ser larga y sirvió.

Y ahí, ese primer cuarto de hora, yo estuve insoportable.

Lo digo porque es verdad y porque después me lo hicieron notar.

Ovidio nos contó la historia de su abuelo, que plantó el primer hoyo del lomo en 1957 con una mula prestada, y yo escuché la historia entera calculando lo que costaba.

No de mala fe. Es un automatismo: oigo un relato en un establecimiento y lo tarifico.

Y cuando terminó, con los ojos húmedos de contarlo por la vez cuatro mil, yo dije:

—Muy bien contado.

Ovidio parpadeó.

—Gracias.

—No, en serio. Está muy bien construido. El abuelo, la mula, el año. —Cogí la primera copa—. Va incluido en los doscientos noventa euros, ¿no? El relato.

Hubo un silencio de esos que tienen textura.

Ovidio, que es un profesional, se recompuso en dos segundos y dijo «bueno, pues empezamos con el malvasía joven», y sirvió, y siguió. Perdomo bajó la cámara, me miró por encima del visor y no dijo nada, y no decir nada fue muchísimo peor que decirlo.

Bebí las doce copas.

No de golpe, evidentemente. Ovidio servía dos servicios de cada vino, uno en cada abanico, porque el servicio estaba contratado para dos y a Ovidio no le habían dado autorización para servir la mitad, y yo iba tomando primero la mía y después la del beneficiario dos, con la ficha delante, anotando.

Porque anoté. Las dos fichas. Con letra distinta en cada una, cosa que descubrí que estaba haciendo cuando ya llevaba tres vinos, y que decidí no analizar.

En la mía puse lo que se pone: acidez, final, temperatura de servicio. Le puse notas del uno al diez a los seis vinos y calculé el precio por copa servida, que sale a veinticuatro euros con dieciséis, lo cual es un robo perfectamente civilizado.

En la del beneficiario dos escribí, con una letra más redonda que no es la mía y que salió sola: este está mejor que el anterior . Este no . Este sabe a la pared de una casa .

—¿Qué escribe? —dijo Perdomo, desde detrás del trípode.

—Lo que me dicta el beneficiario dos.

—El beneficiario dos está trabajando.

—Pues el beneficiario dos que no se queje del resultado.

Perdomo no bebió una gota. Grabó veinte minutos sueltos, cambió de sitio dos veces buscando la luz que se iba y en un momento dado dijo, sin bajar el aparato:

—No mire a la cámara.

—No estoy mirando a la cámara.

—Está mirando a la cámara y poniendo cara de no mirar a la cámara. Es peor.

Al cuarto vino ya me daba igual, y esa es exactamente la razón por la que en el paquete la cata está la primera noche: porque el que la diseñó sabía lo que hacía.

Ovidio nos sacó a los hoyos con la última copa en la mano.

Se levantó viento —aquí el viento no llega, se levanta, sube desde abajo como si tuviera intención— y las parras empezaron a moverse todas a la vez dentro de sus agujeros, cada una en su cuenco de piedra, y sonaban.

Miles de hojas sonando en hoyos separados.

—Por eso el muro —dijo Ovidio—. Sin el muro, en tres días no queda una hoja.

Yo me quedé quieta con la copa. Es la primera cosa de la isla que me entró por debajo del sistema.

Cada planta con su muro. Cada una sola en su hoyo, protegida de una cosa que no se ve, y el conjunto, desde arriba, pareciendo un diseño cuando en realidad son miles de decisiones individuales de gente que estaba desesperada.

Iba a decir algo. No sé qué. Y entonces me di cuenta de que Perdomo había dejado de grabar.

Estaba tres metros por delante, con la cámara colgando de la mano, mirando hacia el noroeste, donde la ladera bajaba hacia unas paredes largas de piedra y una casa blanca con el tejado hundido, pequeña desde allí, con una era redonda al lado.

Llevaba así, calculé después, casi un minuto. Un hombre que se gana la vida no perdiendo la luz, perdiendo la luz.

—Aquello de allá abajo —empezó Ovidio— es lo que compró el...

—Ovidio.

Lo dijo sin volverse. Una sola palabra, en un tono que yo no le había oído y que no le volví a oír en cuatro días.

Ovidio cerró la boca, dijo «bueno, vamos entrando, que refresca» y nos llevó de vuelta a la terraza, y allí recogió las doce copas él solo, en tres viajes, silbando, como si no hubiera pasado nada, que es lo que hace la gente en las islas y en los hoteles y en general la gente que trabaja delante de otra gente.

En el coche de vuelta yo iba con seis vinos dentro y una lucidez de esas que solo dan seis vinos.

—¿Es suya? —dije.

—¿El qué?

—La casa. La del tejado.

Perdomo miró por la ventanilla otra vez. Pasaron tres postes de la luz.

—Ya no.

—Vale.

—Y no está en el desglose —dijo—, así que no hace falta que la anote.

Fue grosero. Fue, además, exactamente lo que yo me merecía por lo de Ovidio y la mula, y lo entendí a la primera, y me pareció justo, y eso también fue nuevo.

Llegamos, calculé después, a las nueve y veinte, con el valle ya negro y las luces del hotel apareciendo abajo como un pueblo que no es un pueblo.

Antes de bajarme, mientras el chófer daba la vuelta al coche para abrirme la puerta porque eso también está contratado, dije la única cosa amable que se me ocurrió en toda la noche, y la dije mirando al frente.

—La mula existió.

—¿Cómo?

—La mula del abuelo de Ovidio. Existió. —Me solté el cinturón—. Lo del subsuelo de fuego es de un cursillo, pero la mula existió. Se le nota en cómo la dice.

Perdomo tardó un segundo.

—Se lo diga a él, no a mí.

—Ya lo sé.

Bajé del coche derecha, dije buenas noches con una dicción que me costó dinero, y me metí en la Suite Nupcial Timanfaya con las dos fichas de cata dobladas en la mano.

Antes de dormir abrí RESCATE y rellené la fila once.

Línea 11. Cata maridada, mesa de dos. 290 €. Prestada: SÍ. Beneficiarios presentes: 2. Amortizado: 290 €.

Doscientos noventa euros. Íntegro. La primera fila verde de la semana.

Me quedé mirando el verde igual que había mirado el verde de la floristería, y descubrí, con la boca todavía llena de un vino que no era mío, que ya no me consolaba de la misma manera.