6. Segundo beneficiario
Segundo beneficiario
—No hay otro —dije.
Él no se disculpó, que fue lo primero que me gustó de él y tardé cuatro días en admitirlo. Se guardó el móvil en el bolsillo, se levantó del murete y dijo:
—Vale.
—Vale.
—¿Usted es la del catorce?
—Del catorce, sí.
—Yo también soy del catorce. —Se colgó la mochila de un hombro—. Me debe seis mil doscientos.
—A mí no. A mí no me debe nada nadie. Yo pagué en febrero.
—Ya lo sé —dijo—. Por eso he dicho el catorce y no he dicho usted.
Nos quedamos los dos en la terraza, con el mar haciendo su trabajo al fondo, y creo que fue ahí cuando se estableció el tono de todo lo que vino después: dos personas hablando de un documento porque era lo único que teníamos en común y porque era, además, lo que nos había pasado.
—¿Usted sabía lo de la agencia? —dije.
—Lo supe en abril. Cuando dejaron de cogerme el teléfono.
—Yo lo supe hace ocho días. En la carpeta de promociones.
Él se rio por la nariz, una sola vez, sin ninguna alegría.
—A los clientes se lo dicen. A los proveedores lo tenemos que averiguar.
—¿Y siguió trabajando?
—Tengo bodas cerradas hasta noviembre. Si dejo de ir, no me pagan lo de antes ni lo de después. —Se recolocó la correa de la mochila—. Es un sistema muy bien pensado, ¿entiendes? Lo raro es que funcione.
Ahí es donde una persona normal habría dicho «lo siento». Yo dije:
—¿Cuántas facturas tiene pendientes?
Y él me miró como se mira a alguien que ha preguntado la única pregunta correcta, y no me contestó.
Yurena llegó siete minutos más tarde con la carpeta.
Nos sentó en la sala pequeña de coordinación, que tiene una mesa redonda, cuatro sillas y un cuadro de una playa que no es ninguna playa de la isla.
Puso la carpeta en la mesa. La abrió. Sacó el desglose, el correo de la administración concursal impreso —impreso, subrayado en dos colores— y una hoja que yo no había visto: la ficha de beneficiarios.
—Señora Requena, señor Perdomo. La situación es la siguiente. —Yurena habla de pie aunque los demás estén sentados—. A las siete sale el traslado y a las siete y media tenemos la cata, línea once, mesa de dos. Mañana a las once, spa, cabina dúo, línea trece. El lunes, excursión con mínimo dos pax.
—Once servicios de dos —dije.
—Nueve —dijo Yurena.
—Nueve que no admiten prestación individual y dos que sí pero facturan doble. Nueve.
Yurena me miró un segundo más de lo necesario y anotó algo en la carpeta. Nunca he sabido qué escribe ahí.
—Nueve —concedió—. Si no se prestan, la administración concursal lo considerará desistimiento parcial.
—Y el desistimiento parcial arrastra al total —dije yo, y me salió la voz de reunión, la que uso los martes con Suscripción—.
No es una amenaza teórica. Está en el punto dos del correo.
En cuanto haya una prestación no ejecutada en fecha, el crédito se reclasifica y esto se convierte en una lista de acreedores ordinarios.
Perdomo levantó la cabeza.
—¿En la que estoy yo? —dijo.
—En la que está usted.
Fue la primera vez que nos miramos de verdad.
Él tenía los ojos de un color aburrido y una manera de mirar sin parpadear que no era desafío; era oficio.
Después supe que la gente que se pasa la vida detrás de una cámara mira así a todo el mundo y que no significa nada, pero aquella tarde a mí me pareció que significaba algo, y me molestó, y aparté la vista hacia el cuadro de la playa que no es ninguna playa.
—Hay una posibilidad —dijo Yurena.
Y giró la ficha de beneficiarios ciento ochenta grados sobre la mesa, con dos dedos, como se pasa una carta en una película que no es esta.
Beneficiario 1: REQUENA MORATA, NORA.
Beneficiario 2: □
—El contrato —dijo Yurena— no dice «novio».
Silencio.
—No dice «esposo», ni «pareja», ni «contrayente», salvo en las líneas seis y quince, que son la ceremonia y el reportaje prenupcial.
En los demás servicios dice «beneficiario 1» y «beneficiario 2».
—Puso el dedo en la casilla vacía—. Y esta casilla nunca se cumplimentó.
La agencia la dejó pendiente en febrero y ya no la cumplimentó nadie, porque en marzo dejaron de contestar el teléfono.
—¿Y eso qué significa? —dijo Perdomo.
Lo dijimos a la vez, él con una pregunta y yo con una respuesta, porque yo llevaba nueve años esperando una casilla así en el trabajo de otro.
—Que no hay que modificar nada —dije—. Solo hay que completarlo.
—Solo hay que completarlo —repitió Yurena, y le brilló algo en la cara que era orgullo profesional puro y duro.
Aquella mujer llevaba tres semanas administrando el naufragio de otros y acababa de encontrar un espacio en blanco perfectamente legal—.
Íntegramente. Conforme a lo estipulado. Sin modificación alguna.
Perdomo se echó hacia atrás en la silla.
—A ver si nos entendemos —dijo—. ¿Me está diciendo que me apunte yo?
—Le estoy diciendo que existe la casilla.
—Yo estoy contratado para grabar. Yo soy la línea catorce.
—Y la línea catorce —dijo Yurena— tampoco se puede prestar sin beneficiario dos, señor Perdomo.
Su servicio es «reportaje cinematográfico, pax dos».
Ahora mismo usted no puede entregar el material que le exige la administración concursal para que le reconozcan el crédito, porque no hay boda que grabar, no hay dos personas que grabar y no hay acta de conformidad que nadie pueda firmarle.
Y entonces él me miró a mí.
Yo llevaba tres semanas siendo la persona a la que le pasan las cosas.
Sesenta y dos personas descubriendo mi vida a la vez, una cláusula mía cayéndome encima, un chico llamado Óliver diciéndome «abiertito».
Y ahí, en aquella sala con el cuadro falso, se me colocó todo del derecho de golpe: yo era la firma.
La única firma. Seis mil doscientos euros de otro hombre dependían de una casilla vacía que solo yo podía llenar.
No me sentí poderosa. Me sentí exactamente lo que me sentí, que fue: vista. Alguien me estaba mirando por lo que podía hacer y no por lo que me había pasado. Llevaba once días sin esa sensación y me di cuenta de lo mucho que la echaba de menos, y eso no lo apunté en ninguna columna.
—Reglas —dije.
—Reglas —repitió él.
—Usted graba lo contratado. Nada más. Nada personal.
—Nada personal.
—No hay ceremonia. La línea seis está muerta y la quince también. Lo demás se ejecuta.
—Lo demás se ejecuta.
—Y deje de repetir lo que digo.
—Eso no lo he repetido —dijo él.
Yurena pasó una hoja.
—Faltaría concretar la entrega —dijo—. La administración concursal exige acta de conformidad firmada por la clienta.
—Firmo el último día —dije yo.
—El último día es el sábado.
—Firmo el sábado.
Perdomo se movió en la silla, y por primera vez en toda la conversación pareció alguien que tenía algo que perder, aunque solo duró un segundo y volvió enseguida a su cara de mirar sin parpadear.
—¿Y si el sábado usted decide que no?
—Entonces no firmo.
—Ya. —Se pasó el pulgar por la ceja—. Es que es una semana muy larga para llevarla yo entera a crédito.
—Bienvenido —dije.
Lo dije más seco de lo que pretendía y a él le hizo gracia, y a mí me molestó que le hiciera gracia, y anoté mentalmente que iba a tener que revisar el tono, cosa que no hice en siete días.
—Una condición mía —dijo entonces.
—Diga.
—Nada de posar. —Se echó hacia delante y apoyó los antebrazos en la mesa—. Si tengo que grabarla, la grabo trabajando o comiendo o andando. No voy a pedirle que se ría mirando al mar. Odio eso.
—Perfecto.
—Y no le voy a preguntar por él.
Se me cerró algo en la garganta y lo desactivé antes de que llegara a ninguna parte, que es un procedimiento que tengo muy ensayado y que consiste en cambiar de tema hacia arriba.
—¿Por quién?
—Por el beneficiario dos original —dijo él, y sostuvo la mirada exactamente el tiempo que hacía falta para que yo entendiera que lo había hecho a propósito y a mi favor.
Yurena carraspeó y nos puso el bolígrafo en el medio de la mesa, equidistante, con la misma neutralidad con la que un árbitro coloca un balón.
Perdomo lo cogió. Escribió su nombre en la casilla en letra de imprenta, con la lentitud de alguien que ha rellenado muchos partes en el capó de una furgoneta: PERDOMO SUÁREZ, DANIEL . DNI. Fecha. Firma.
Me pasó el bolígrafo.
Estaba caliente. Es una tontería, pero lo estaba, y noté el calor de su mano en el plástico durante los dos segundos que tardé en firmar debajo, y después escribí la fecha y la hora, porque yo siempre pongo la hora.
—Bien —dijo Yurena, recuperando la ficha con las dos manos—. El traslado sale a las siete.
Salimos los dos al pasillo. Él se colgó la mochila, miró el reloj y luego a mí, y dijo la primera cosa que me hizo gracia en once días, con una cara que no cambió nada.
—Le aviso de una cosa, señora Requena.
—Dígame.
—Yo la cata la tengo contratada como plano de recurso. —Se puso la gorra—. Si bebe usted por dos, se le va a notar en el montaje.