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9. Cabina dúo

Cabina dúo

La cabina dúo del Rofe se llama Cabina Malvasía, tiene dos camillas separadas por sesenta centímetros de suelo de pizarra y una música de arpa que no termina nunca porque no es una canción, es un archivo de cuarenta minutos diseñado para que nadie identifique el final de nada.

La reserva estaba a nombre de «Sres. Requena», en plural, escrito a mano en una pizarrita de esas que ponen en la puerta de las cabinas con un rotulador que se borra. Debajo, un corazón dibujado por alguien con muy poco tiempo.

Nos recibió Chana. Chana lleva veintidós años dando masajes en hoteles de esta isla y tiene el tipo de calma que solo se consigue habiendo visto muchísimo cuerpo humano.

—Los novios —dijo, mirando la ficha—. Ritual Volcánico Nupcial, cincuenta minutos, a cuatro manos alternas. ¿Alguna lesión, alergia o cirugía reciente?

—No.

—No.

—¿Zonas que no quieran que les toque?

Perdomo dijo «no» y yo dije «los pies», las dos cosas a la vez, y Chana anotó las dos sin ningún comentario, que es la definición exacta de la profesionalidad.

—Se quedan en ropa interior, boca abajo, la cara en el hueco. Salgo y entro en tres minutos. —Se paró en la puerta—. El ritual empieza los dos a la vez. Es de pareja.

Cerró.

Hay una versión de esto que sería una comedia.

Yo la viví, y les aseguro que en el momento no lo era: dos adultos que se conocen desde hace dieciocho horas quitándose la ropa en la misma habitación con las espaldas rigurosamente dadas, con un biombo de bambú que cubre exactamente el ancho de una persona y que por lo tanto no cubre nada, y con una música de arpa haciendo un trabajo emocional muy por encima de sus posibilidades.

—Voy —dije.

—Voy.

—No he dicho «vamos». He dicho «voy».

—Y yo he dicho «voy» —dijo él, desde el otro lado del biombo—. Estamos diciendo lo mismo por separado. Es lo más eficiente que hemos hecho hasta ahora.

Me tumbé boca abajo con la cara en el hueco, que es un agujero que te obliga a mirar el suelo y que convierte a cualquiera en un objeto. A los cuarenta segundos oí crujir la otra camilla.

Y ahí estuvimos, los dos, a sesenta centímetros, mirando la pizarra.

—Perdomo.

—Dígame.

—¿Cuánto cuesta esto?

—Trescientos diez euros.

—¿De memoria?

—Línea trece.

—Yo también me la sé —dije—, pero quería comprobar si se la sabía usted.

—Trescientos diez euros divididos entre dos personas y cincuenta minutos —dije, contra el suelo— son tres euros con diez céntimos por minuto y persona.

—Tres con doce.

Hubo un silencio.

—¿Lo ha calculado usted? —dije.

—Llevo dos horas sabiendo que tenía que venir aquí, señora Requena. Con algo hay que entretenerse.

Chana entró, apagó media luz, dijo «respiren» con esa autoridad blanda de las esteticistas, y empezó por él, que era lo que decía el protocolo del ritual, y durante los primeros doce minutos yo escuché, a sesenta centímetros de mi cabeza, a un hombre de noventa kilos siendo desmontado por una señora de metro cincuenta y ocho.

El Ritual Volcánico Nupcial, según la carta del spa, incluye tres fases: piedras calientes, aceite de aloe y «sincronización de respiración en pareja».

La tercera fase la ejecutó Chana diciendo, textualmente, «ahora los dos inspiran conmigo, uno, dos», y los dos inspiramos, en la misma habitación, boca abajo, en ropa interior, con las caras metidas en dos agujeros, sin habernos visto todavía la cara aquel día.

Al minuto catorce, Perdomo habló.

—Trece milímetros.

—¿Qué?

—Esta habitación son trece milímetros. —Tenía la voz de alguien hablando contra un agujero, es decir, la mía—. Focal corta. Se te mete todo dentro, las dos camillas, el techo, la maceta esa. Deforma las esquinas pero cuenta que estáis encerrados.

—¿Y por qué me lo cuenta?

—Porque no puedo grabarlo y me estoy poniendo nervioso.

Chana le apretó algo y él soltó un ruido corto y humillante.

—Trescientos diez euros —dije yo, contra el suelo, con muchísima satisfacción.

—Trescientos diez —dijo él, con la voz destrozada.

Y me reí. Poco. Contra el suelo, con la cara metida en un agujero, un resoplido de dos segundos y medio.

—Señora —dijo Chana, sin dejar de trabajar—, que se me descoloca.

—Perdón.

—Y usted no la haga reír, que después me quedan torcidos.

—Yo no he hecho nada —dijo Perdomo.

—Usted ha dicho «trece milímetros» —dije yo.

—Es información técnica.

—Es usted incapaz de estar cincuenta minutos sin trabajar.

—Mire quién habla, que ha llegado con el móvil.

Chana chasqueó la lengua y los dos nos callamos como dos niños de ocho años, y ella siguió trabajando en silencio durante cuatro minutos larguísimos.

Después me tocó a mí, y aquí es donde tengo que contar la parte que no me gusta.

Chana empezó por los hombros y a los tres minutos dijo:

—Mi niña, tú tienes aquí una piedra.

—Trabajo mucho.

—Todo el mundo trabaja mucho, mi niña.

—Yo trabajo sentada delante de una pantalla nueve horas.

—Yo llevo veintidós años de pie —dijo Chana, sin ninguna intención—, y no tengo esto.

—Esto no es de trabajar. —Presionó con el pulgar en un sitio que no sabía que existía—. Esto es de aguantar.

Y yo dije, con la cara en el hueco y con toda la elegancia de la que fui capaz:

—¿Eso lo dicen a todas?

Chana no contestó. Siguió trabajando. Y lo dejó pasar con una generosidad que yo no me había ganado, y a los veinte segundos volvió a hablar como si nada, sobre el aceite, que era de aloe de la isla, y sobre que a los alemanes no les gusta el aloe porque les recuerda al after sun.

Fue la segunda vez en dieciocho horas que le hacía eso a alguien que trabajaba delante de mí.

La primera fue Ovidio y su abuelo. Y no lo hago cuando estoy furiosa: lo hago cuando alguien me toca cerca de algo.

Es un mecanismo, tiene un nombre, y a mí me lo explicaron en 2020 en cuatro sesiones y me pareció una simplificación.

Lo que no sabía, con la cara metida en el agujero, es que a sesenta centímetros había un hombre despierto.

Salimos a la sala de relajación, que es una habitación con seis tumbonas, una jarra de agua con pepino y un cartel que pide silencio en cuatro idiomas. Estuvimos allí sentados nueve minutos, en silencio obligatorio, mirando cada uno a una pared distinta, bebiendo agua con pepino.

Fueron nueve minutos muy largos.

Cuando salimos —albornoces del hotel, pelo imposible, los dos con esa cara de idiota beatífico que pone todo el mundo al salir de un masaje y que no perdona a nadie— Perdomo se paró en el pasillo del spa, delante de una fuente de piedra que hace un ruido de fuente de piedra.

—Le voy a decir una cosa y no la vuelvo a decir.

—Diga.

—A la señora de dentro le pagan doce euros la hora.

—No he preguntado.

—Ya. —Se colocó bien el cuello del albornoz—. Ovidio tiene setenta y un años y va a esa terraza los seis días que le sale la reserva porque la bodega no le llega con el vino. Ustedes vienen aquí una semana. Ellos están aquí siempre.

—«Ustedes» —repetí.

—Ustedes.

Nos quedamos los dos delante de la fuente, con el albornoz puesto, oliendo los dos exactamente igual, a aloe, porque nos habían echado el mismo aceite.

—Tiene razón —dije.

Él parpadeó. Se le movió algo en la cara, muy poco, y creo que fue sorpresa.

—Vale.

—Pero le corrijo un dato —añadí, porque yo soy así y a estas alturas no voy a mentir—. En el desglose, la línea trece está imputada a trescientos diez euros. De eso, a la casa se le queda todo. Su camilla y la mía valen lo mismo que ocho horas de Chana.

Perdomo me miró un rato largo.

—¿Y usted eso lo sabe de memoria?

—Yo eso lo sé de oficio —dije—. Lo que pasa es que hasta ayer no lo miraba.

Perdomo se apartó de la fuente. Anduvimos por el pasillo hasta la puerta de los vestuarios y allí se paró otra vez, con la mano en el pomo.

—Le voy a hacer una pregunta de proveedor.

—Hágala.

—¿Usted va a aguantar cinco días más de esto?

—¿De qué exactamente?

—De que todo lo que hagamos sea de dos —dijo—. Hoy ha sido un masaje. El martes hay una clase de baile.

Yo no sabía lo de la clase de baile. Estaba en el desglose, línea dieciséis, ciento ochenta euros, y me la había saltado leyendo porque ciento ochenta euros es una cifra que el ojo se salta.

—Voy a aguantar —dije.

—Vale.

—Es que no es aguantar. Es amortizar.

—Ya —dijo Dani Perdomo—. Eso lo dice mucho.

Comí en el bufé, sola, en la mesa de dos junto a la cristalera que ya empezaba a ser mi mesa de dos. A las cinco menos cuarto teníamos el obrador.