4. El contrato dice pétalos
El contrato dice pétalos
El chófer llevaba una tablet con un cartel digital que decía SRA.
REQUENA & INVITADO y no la bajó en todo el trayecto.
La sujetaba contra el pecho con la mano izquierda mientras conducía con la derecha, como si el cartel fuera parte del servicio contratado y apagarlo antes de la llegada al hotel constituyera un incumplimiento.
Miré el paisaje para no mirar el cartel.
Lanzarote desde la carretera del aeropuerto es negra y beige y ordenada de una manera que no esperaba: las casas bajas, blancas, con las carpinterías verdes o azules, y los muros de piedra volcánica repitiéndose como una idea que alguien tuvo y se cumplió.
No hay carteles luminosos. Yo esperaba carteles luminosos y hoteles con nombre de dios griego, y lo que había era una isla que parecía estar callándose a propósito.
—¿Primera vez? —dijo el chófer.
—Sí.
—Es que hay gente que viene todos los años. Aquí a la izquierda ya empieza La Geria, lo que pasa que ahora no se ve nada.
—¿Y qué hay?
—Hoyos.
—¿Hoyos?
—Hoyos. Cada uno con su parra dentro y su muro de piedra alrededor, para el viento. —Cambió de marcha—. Fleje de trabajo, mi niña. Eso lo hizo la gente a mano.
—¿Cuándo?
—Después de las erupciones. Hace doscientos y pico años. —Señaló con la barbilla—. Y ahí lo tiene todavía, ¿entiendes? Nadie ha inventado nada mejor.
Miré. No se veía nada, porque a esa hora y desde esa carretera lo que hay es una ladera oscura con sombras redondas, miles de sombras redondas, como si alguien hubiera apoyado la palma de la mano en la isla muchísimas veces.
Pensé —y lo pensé con estas palabras, porque estaba entrenada— que aquello era la infraestructura de un producto.
Que el vino que me iban a servir a las siete de la tarde en una mesa de dos empezaba doscientos años antes, en un agujero cavado a mano contra el viento.
Luego dejé de pensarlo, porque el cartel de la tablet seguía diciendo SRA. REQUENA & INVITADO.
El Rofe Grand Resort & Spa aparece al final de un camino de palmeras que también son blancas de polvo, y no es feo.
Eso me molestó. Yo tenía preparada una superioridad completa y de repente había un edificio bajo, encalado, escalonado hacia el mar, con maderas oscuras y agua corriendo por unos canales que se ve que alguien pensó bien, y la superioridad se me quedó sin sitio donde apoyarse.
En el vestíbulo hacía diecinueve grados y sonaba una música que no era música.
Y allí estaba Yurena.
Yurena Cabrera mide metro sesenta, lleva el pelo recogido en un moño que no se ha movido desde 2016 y sostiene una carpeta de anillas de tres dedos de grosor con las dos manos, a la altura del esternón, como un misal.
Vino hacia mí desde el otro extremo del vestíbulo con una sonrisa profesional que se le fue transformando por el camino, a medida que comprobaba que detrás de mí no venía nadie, en algo mucho más interesante: concentración.
—Señora Requena. Bienvenida al Rofe.
—Gracias.
—Yurena Cabrera, coordinación de eventos y celebraciones. —Abrió la carpeta—. Antes de nada quiero decirle que estamos al corriente de la situación de la agencia y que lamento muchísimo lo ocurrido.
—Gracias.
—Y que hemos recibido comunicación de la administración concursal.
—Yo también.
—Entonces sabe usted —dijo, y aquí bajó la voz un punto, con un respeto litúrgico que tardé tres días en entender que era completamente sincero— que el contrato está congelado.
—Lo sé.
—Íntegramente. Conforme a lo estipulado. Sin modificación alguna.
Lo recitó. No lo leyó: lo recitó, mirándome a mí, con el correo cerrado dentro de la carpeta. Y luego pasó una hoja, deslizó el dedo por una columna y dijo:
—El check-in nupcial está previsto para las diez y cuarenta y cinco.
—Son las diez y cuarenta.
—Sí.
—Señora Cabrera, no va a haber boda.
—Lo sé.
—El sábado catorce no se casa nadie.
—Eso también lo sé —dijo Yurena, y volvió a pasar la hoja—. El check-in nupcial está previsto para las diez y cuarenta y cinco.
Hay personas a las que se les nota el sistema por debajo de la cara.
A Yurena Cabrera se le notaba, y su sistema no era la simpatía hotelera: era otra cosa, más antigua y bastante más dura, que consistía en que las cosas prometidas se cumplen aunque ya no sirvan para nada.
Aquella mañana me pareció una demencia administrativa.
El miércoles siguiente me pareció lo único decente que había en aquel edificio.
—¿Y qué es un check-in nupcial?
Yurena me miró como se mira a alguien que pregunta qué es la eucaristía en mitad de la eucaristía.
—Lo verá.
Lo que pasó a las diez cuarenta y cinco fue lo siguiente.
Dos empleadas salieron de detrás del mostrador con una bandeja de plata.
En la bandeja había dos copas de cava y una tarjeta con nuestros dos nombres, el mío entero y el suyo entero, escritos a mano en caligrafía inglesa por una persona que le dedicó tiempo.
Un tercer empleado abrió un cofre de mimbre y lanzó al aire, sobre la alfombra, dos puñados de pétalos de rosa blancos.
Los pétalos cayeron delante de mí. Alguien, en algún sitio, pulsó algo, y la música que no era música subió medio punto de volumen.
Y yo me quedé quieta en mitad del vestíbulo, con la bolsa de mano colgada del hombro y la mano derecha alrededor del asa como quien se agarra a un pasamanos, mirando dos copas de cava a las diez y cuarenta y cinco de la mañana de un sábado.
—Señora Requena —dijo Yurena—, ¿desea que le retiremos una copa?
—No.
—Muy bien.
—¿Puedo preguntarle una cosa?
—Por supuesto.
—¿Los pétalos eran necesarios?
Yurena cerró la carpeta con las dos manos, un gesto que después le vi cientos de veces y que significa que va a decir algo en lo que cree.
—El contrato dice pétalos —dijo—. Habrá pétalos.
Cogí las dos copas. Una en cada mano. Me bebí la primera de un trago, delante de todo el mundo, y dejé la segunda en la bandeja, y le dije al chico de la bandeja que muchas gracias, que estaba muy bueno, y el chico, que tendría veintidós años y estaba viendo esto por primera vez en su vida, contestó «a mandar» con un hilo de voz.
La suite se llama Suite Nupcial Timanfaya y ocupa la esquina sureste de la planta baja, con salida directa a un jardín privado y un camino de arena hasta la piscina de adultos.
Yurena me acompañó. Abrió la puerta, se hizo a un lado y no entró, y ese detalle también lo entendí más tarde.
Dentro había una cama de dos metros de ancho con un corazón de flores de bugainvilla sobre la colcha.
Había dos albornoces colgados, bordados con las iniciales N y J.
Había dos pares de zapatillas. Había, en la mesa baja, una botella de cava en hielo con dos copas más, y una bandeja de macarons, y una cartulina que decía «Para que vuestra vida juntos empiece aquí», firmada por la dirección.
Y en el baño, sobre el mármol, alguien había dibujado con pétalos —otra vez pétalos, esta gente tiene un proveedor de pétalos con el que hay que hablar— un corazón alrededor de las dos pastillas de jabón.
Dejé la maleta en el suelo. Me quedé de pie en mitad de la habitación un rato que no sé medir.
La cartulina la leí dos veces. «Para que vuestra vida juntos empiece aquí.
» Está impresa en una tipografía manuscrita que se llama, casi seguro, algo como Amoretta o Belle Allure, y la eligió alguien de marketing en Madrid o en Barcelona hace cuatro años, y desde entonces se imprime sin que nadie la vuelva a mirar.
Eso es lo que más me impresiona de la industria de la felicidad: que funciona en piloto automático.
Que hay una máquina imprimiendo «vuestra vida juntos» a las seis de la mañana en un cuarto sin ventanas mientras la gente a la que va dirigida discute en un aeropuerto.
Después hice tres cosas, en este orden. Descolgué el albornoz de la J y lo metí en el armario.
Puse los macarons en la nevera, porque con veintiséis grados los macarons se estropean.
Y saqué el portátil, lo abrí sobre el escritorio, abrí RESCATE y anoté en la columna E, en la fila 1, alojamiento suite nupcial, siete noches: 4.
900 €. Amortizados: 700 €/noche. Ocupación real: 50 %.
Cincuenta por ciento. Una cifra sin ningún tipo de tragedia dentro. Una cifra que se puede mirar.
Estaba cerrando el portátil cuando llamaron a la puerta.
Era el chico de la bandeja, sin bandeja, con una carpeta más fina que la de Yurena y cara de haber sido enviado.
—Señora Requena, perdone. Que de coordinación me dicen que le entregue esto. —Me tendió unas hojas grapadas—. Es el desglose de servicios, para que confirme horarios.
—Gracias.
—Y que le diga —tragó saliva— que el primero es hoy a las siete.
—¿Qué hay hoy a las siete?
El chico miró el papel como si el papel fuera a echarle una mano.
—La cata.