Todo incluido, menos tú 5. Línea 14
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5. Línea 14

Leí el desglose en una tumbona, a la sombra, con un café con hielo que había pedido señalando el vaso de otra persona.

Veintidós líneas. Las mías, las conozco de memoria desde febrero; lo que no había hecho nunca era leerlas después.

Es una experiencia rara leer el presupuesto de tu boda cuando la boda ya no existe. Se parece a leer el inventario de una casa que se ha quemado. Cada línea es un objeto concreto y ninguno está.

Me quedé un rato en ese cero. Ahí estaba yo, en el sitio en el que aparezco profesionalmente: en una línea de importe cero, cubriéndolo todo, hasta que no.

Y luego, línea 14.

Reportaje cinematográfico — DANI PERDOMO FILMS — 6.200,00 €.

Seis mil doscientos euros. La cuarta partida más cara de las veintidós, por detrás del alojamiento, del banquete y del todo incluido, y por delante de la comida de sesenta personas que no van a venir.

Lo había firmado yo. Lo firmé en febrero, en un PDF, entre otras trece cosas, y no me acordaba en absoluto. Debí de mirar el importe, pensar «es mucho», pensar «Vanesa dice que es el mejor de la isla» y seguir bajando.

Y esa es la parte que me interesa de mí misma, ahora que puedo mirarla desde fuera: yo, que discuto una coma durante hora y cuarto en un comité, revisé mi propia boda en diagonal.

Delegué. Fui, por una vez en nueve años, una clienta.

Y una clienta es exactamente eso: una persona que confía en que alguien ha leído por ella.

Cogí el bolígrafo del hotel y escribí en el margen, al lado de la línea 14: ¿pax 2?

Ponía pax 2.

Un reportaje cinematográfico para dos personas.

Y ahí, en la tumbona, con el café aguándose y una señora holandesa entrando en la piscina de espaldas por la escalerilla, se me ocurrió por primera vez una idea que no tenía forma todavía, que era menos una idea que una molestia: alguien iba a venir a grabarme.

Eso fue a las cinco y veinte de la tarde. A las cinco y media bajé a recepción de eventos a preguntar por la cata y me lo encontré trabajando.

No supe que era él. Lo que vi fue esto.

En la terraza de la entrada, junto al mostrador, había una pareja de unos cincuenta años con maletas.

Detrás de ellos, dos empleadas con la bandeja de plata.

Y delante de todos, un hombre alto con una camiseta gris, agachado sobre una rodilla, con una cámara pequeña pegada a la cara y la otra mano abierta en el aire.

—Otra vez, pero sin mirarme —dijo—. Ustedes vienen del taxi.

—Es que ya vinimos ayer —dijo el señor.

—Ya. Pero ayer llegaron ustedes a las once de la noche y no se ve nada. Esto es la llegada de ustedes, pero a la luz buena.

—¿Y entramos igual?

—Entran mejor. —Se levantó, retrocedió tres pasos y volvió a agacharse—. Señora, la maleta al otro lado, que me tapa a su marido. Eso es. Y usted no me mire, míreme a ella. Es lo que llevan ustedes haciendo cuarenta años, no lo estropeen ahora.

La señora se rio. El hombre le dio al botón. Las empleadas salieron con la bandeja, alguien tiró los pétalos, y la pareja de cincuenta años volvió a llegar a un hotel al que había llegado la noche anterior, y llegó estupendamente.

Yo me había parado en el escalón sin darme cuenta, con el desglose doblado en la mano y una señora alemana esperando a que me apartara.

Porque una cosa es saber, en abstracto, que en los hoteles se fabrica la felicidad, y otra es verla montarse a las cinco y media de la tarde, con maletas vacías y pétalos reutilizados y una luz que alguien ha esperado.

—¿Ha quedado bien? —dijo la señora, alisándose la falda.

—Ha quedado mejor que ayer.

—Es que ayer veníamos con el vuelo retrasado.

—Ayer venían ustedes con cara de vuelo retrasado —dijo él—. Y eso, en un vídeo de cincuenta años de casados, no lo quiere nadie.

El señor se rio y le dio una palmada en el hombro al pasar, con esa confianza inmediata que la gente mayor coge con quien les habla claro.

Cuando terminó, el hombre bajó la cámara y comprobó algo en la pantalla lateral.

Se le veía la cara por primera vez: cuarenta años mal contados, la piel de quien trabaja fuera, una barba de tres días que era de tres días de verdad y no de las de peluquería.

Se pasó el pulgar por la ceja para quitarse el sudor.

Tenía las manos de alguien que carga cosas.

Y las empleadas recogieron los pétalos del suelo con un recogedor. Eso también lo vi.

Entré a recepción de eventos. Yurena no estaba; estaba una chica que se llamaba Nayra y que abrió una hoja de cálculo tres veces más fea que las mías.

—El traslado sale a las siete, de la puerta cuatro. La cata es a las siete y media, en la bodega, a doce minutos en coche. —Levantó la vista—. Es en mesa de dos.

—Sí. Lo he leído.

—Vale. —Nayra miró la pantalla, luego a mí, luego la pantalla—. Es que aquí me pone que la reserva es de dos y que la bodega... —tecleó— que la bodega no monta mesa para uno. Que es que tienen la mesa preparada, ¿sabe? Con los dos servicios y las fichas de cata y todo eso.

—Ya.

—Entonces no sé si usted querría que...

—Sí que quiero.

Nayra parpadeó dos veces, muy seguidas.

—¿Perdone?

—Que quiero la cata.

—Es que son dos servicios, ¿eh? O sea, dos fichas, dos copas de cada vino, dos tablas de queso. —Se le iba poniendo cara de estar describiendo un delito—. Son seis vinos.

—Doce copas.

—Doce copas —confirmó, en un susurro.

—Perfecto.

—Vale. —Escribió algo—. ¿Y le pongo la mesa igual? Con los dos sitios.

—Póngala como esté contratada.

Nayra parpadeó otra vez.

—¿Que le monten la mesa de dos?

—Que se preste el servicio. Sea como sea, pero que se preste. —Y como me miraba con miedo, le expliqué la parte que me parecía obvia—: Si no se presta, computa como desistimiento parcial. Y si computa como desistimiento parcial, esto se cae entero.

—Ah —dijo Nayra, con el tono de quien decide que esto es de Yurena.

Salí de allí y volví a la terraza porque me había dejado el desglose en la tumbona, y el hombre de la cámara estaba sentado en el murete, guardando cosas en una mochila, con el móvil pegado a la oreja y la cara de alguien que lleva mucho rato hablando con una centralita.

—...que sí, que ya lo he mandado tres veces. Perdomo. Con eme. Perdomo Films. —Pausa—. La factura de julio y la de septiembre también. —Pausa larga—. Ya. Ya sé que hay que esperar al administrador.

Me paré en seco a dos metros. No por delicadeza. Por la palabra.

Administrador. En una isla, en una terraza, a las seis menos veinte de la tarde de un sábado de agosto, un hombre con una cámara al hombro estaba discutiendo con una centralita sobre el mismo administrador que me había escrito a mí el jueves y que me había caído en la carpeta de las promociones.

No hay tantas administraciones concursales trabajando un sábado.

Él levantó la vista y me vio parada delante de su mochila, con dos hojas grapadas en la mano, mirándolo con una cara que no debía de ser especialmente amable.

—Un momentito —le dijo al teléfono, y lo apartó—. ¿Necesita algo?

—¿Es usted Perdomo Films?

—Soy yo.

Le di la vuelta al desglose y le puse la línea 14 delante, con el dedo encima del importe.

—Entonces usted es esto.

Él bajó la vista al papel. Yo vi el momento exacto en que la reconoció: la referencia, el nombre, la cifra. Se le movió algo en la mandíbula.

Después miró detrás de mí. A la puerta, a la terraza, al camino de arena.

Y dijo:

—¿Y el otro?