Todo incluido, menos tú 3. Valor de rescate
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3. Valor de rescate

Valor de rescate

Mi madre tiene una forma de dejar audios que consiste en contestar preguntas que nadie le ha hecho.

«Hija, que dice tu padre que si al final lo del hotel se pierde o no se pierde.

Que él lo pregunta por preguntar. Yo le he dicho que tú sabrás, que para eso trabajas en eso.

Que además nosotros el dinero ese ya lo dimos y ya está, ¿eh?

, que no lo estamos pidiendo. Bueno. Que si necesitas venir a comer el domingo, hay lentejas.

Y que Sonia me ha llamado por lo de los vuelos, que le he dicho que a mí no me meta en eso. »

Dos minutos y catorce segundos. Cuatro asuntos. Un uso de la palabra «dimos» en un pretérito que era una obra de arte de la contención, porque lo que quería decir era «los dimos y se van a quedar en el fondo del mar».

Escuché el audio dos veces. La segunda, con el bolígrafo en la mano, porque a la segunda ya no lo escuchas: lo procesas.

Aquella semana entera la pasé haciendo lo que hago cuando algo se rompe: cuantificarlo.

Es un mecanismo defensivo, lo sé, me lo ha dicho gente que me quiere y también un psicólogo al que fui cuatro veces en 2020 y al que dejé de ir porque me pidió que le contara un recuerdo agradable de la infancia sin usar fechas.

Abrí una hoja nueva. La titulé RESCATE.

Al principio era una hoja seria. Columna A, los veintidós servicios del paquete. Columna B, el importe imputado a cada uno según el desglose. Columna C, «ejecutable en solitario»: sí o no. Columna D, el valor que yo recuperaría si me presentaba allí y me lo comía todo.

La columna C fue el problema. La columna C fue, en realidad, toda la novela de aquella semana, aunque yo entonces creía que era una columna.

Porque el contrato de un paquete nupcial está escrito para dos.

No de una manera romántica: de una manera contable.

Las siete noches en la suite son en régimen de ocupación doble.

El todo incluido premium está imputado a dos pax.

La cata en la bodega se sirve en mesa de dos.

La cabina del spa es dúo, con dos camillas y un solo horario.

La excursión privada al parque tiene un mínimo de dos personas para salir.

La clase de primer baile son dos alumnos, porque el primer baile de una persona sola tiene otro nombre y no se factura.

Y arriba del todo, en el correo de la administración concursal, ese inciso que yo habría escrito igual: incluidas las condiciones de aforo, ocupación y número de beneficiarios previstas para cada servicio .

Marqué en la columna C todos los «no».

Salieron nueve.

Los miré un rato largo, con el frigorífico haciendo su ruido y el móvil boca abajo.

Nueve servicios que no se podían prestar a una sola persona.

Y el correo decía «íntegramente». Y «sin modificación alguna».

Y decía, sobre todo, que si aquello no se ejecutaba conforme a lo estipulado, se declaraba desistido en su totalidad, con lo cual los treinta y un mil euros dejaban de ser una semana y pasaban a ser una posición en una lista.

Aquí es donde una persona sana cierra el ordenador.

Lo que hice yo fue añadir la columna E.

La columna E se llamaba «€ amortizado» y era, en su origen, una operación honrada: dividir cada servicio por su unidad de consumo para saber cuánto me recuperaba cada tarde de mi vida.

La cata, 290 euros: si la bebo yo, se amortizan 290.

Los detalles para invitados, 600 euros repartidos entre sesenta y dos personas que ya no van, 9,67 euros por persona que no viene.

Ese fue el primer número que me hizo gracia de verdad. Nueve euros con sesenta y siete céntimos por invitado no asistente. Me reí sola en la cocina y el sonido me sorprendió, porque no me había oído en once días.

Mi prima Sonia me llamó el jueves por lo de los vuelos. Sonia tenía los vuelos, y el hotel de al lado, y una excursión a una cueva contratada por su cuenta, y una teoría.

—Yo lo que digo es que el hotel es para ti. Es tuyo. Está pagado.

—Ya.

—Pues yo iría. Yo, en tu lugar, iría y me lo bebería todo.

—Sonia.

—¿Qué?

—¿Tú te acuerdas de lo que hay contratado en ese paquete?

Hubo un silencio de tres segundos en el que oí a mi prima abrir su propio correo.

—Ay —dijo—. Ay, Nora, que hay una tarta.

—Hay una tarta de tres pisos.

—Y un cuarteto.

—El cuarteto lo he cancelado, que ese era aparte.

—¿Y la tarta no?

—La tarta es la línea diez del paquete, con taller previo en el obrador, y el paquete no se puede tocar —dije, y me oí decirlo, y me di cuenta de que llevaba una semana explicándole la legislación concursal a mi familia como quien explica una alergia.

Sonia tardó un rato en contestar y cuando contestó lo hizo en voz baja, que en Sonia es un fenómeno meteorológico.

—Prima, ¿tú estás bien?

—Estoy amortizando.

El viernes bajé a comer con Rebeca. Se lo conté todo con la hoja abierta en el móvil, girándole la pantalla como quien enseña una radiografía.

—O sea que te vas —dijo.

—No he dicho eso.

—Nora. Tienes una columna que se llama «€ amortizado».

—Es una columna descriptiva.

—Tienes coloreadas de amarillo las que no se pueden hacer sola.

—Ámbar.

—Ámbar. —Cogió una patata—. ¿Y qué vas a hacer con las nueve ámbar?

—Presentarme.

Rebeca dejó la patata.

—¿Perdona?

—Que me presento. Que un contrato congelado tiene una ventaja: todo el mundo se pone muy nervioso cuando apareces dispuesta a cumplirlo.

—Le quité el móvil de la mano—. La gente no cancela porque no se pueda.

Cancela porque le da vergüenza. A mí ya no me queda vergüenza operativa, Rebeca.

La gasté el martes en una hoja de veintidós filas.

—Te vas a pasar una semana en tu propia boda.

—Me voy a pasar una semana en un resort de cinco estrellas que está pagado.

—En tu boda.

—Con todo incluido.

—Nora. —Rebeca puso las dos manos en la mesa, que es lo que hace antes de decir algo que ha pensado en la ducha—. ¿Y qué haces el sábado catorce a las siete de la tarde?

—Nada.

—Es que el sábado catorce a las siete de la tarde tienes un espacio reservado, un oficiante y sesenta sillas.

—El oficiante lo he cancelado. Es la línea seis y va aparte.

—Nora.

—Es una hora en un jardín, Rebeca. La gente reserva jardines todos los días por motivos peores.

Ella me miró un rato con la cara con la que se mira a una amiga que ha decidido llamar «proyecto» a una hemorragia, y luego pidió el segundo café.

—En tu boda —repitió, y ahí tuvo la delicadeza de dejarlo, y hablamos de la reestructuración de Actuarial durante veinte minutos como dos adultas.

El domingo fui a comer a casa de mis padres. Hubo lentejas. Mi padre no preguntó nada durante hora y media, que es su manera de preguntar mucho, y al final, secándose las manos en el trapo de la cocina, dijo:

—¿Y no te da cosa ir sola?

—Voy a trabajar.

—Vas a un hotel.

—Voy a recuperar treinta y un mil euros, papá.

Él dobló el trapo. Lo dobló entero, por la mitad y por la mitad otra vez, que es lo que hace cuando va a decir algo que ha pensado antes.

—Nora, el dinero nuestro no lo recuperes. Ese dinero ya no es dinero.

—¿Qué es?

—Es una semana que te acuerdes toda la vida. —Colgó el trapo—. Nos lo dijimos así y así se queda.

Fue lo más cerca que estuve de llorar en tres semanas, y me salvó mi madre entrando con un táper de lentejas para llevarme y una pregunta sobre si en Lanzarote hace viento.

Hace viento. Lo busqué esa noche: media de veintiún kilómetros por hora en agosto, alisios constantes del nordeste, y una cosa que se llama calima y que aparece cuando el viento gira y trae polvo del Sáhara, y que puede durar de un día a cuatro.

Lo apunté en una pestaña nueva de la hoja, porque las condiciones meteorológicas son la exclusión 4.

7.b y yo ya no me fío de nada que no esté en una pestaña.

El billete lo saqué esa noche. Salida el sábado 7 a las 7:05 desde Barajas, llegada a Arrecife a las 9:40. El traslado privado desde el aeropuerto estaba en la línea 3 del desglose, 320 euros, y era para dos, y lo marqué en ámbar sin pensarlo demasiado.

Antes de cerrar el ordenador hice una última cosa.

Abrí el grupo silenciado —BODA NORA Y ■■■■ , sesenta y dos miembros, cero mensajes desde el jueves— y me quedé mirando la foto del grupo, que era una ilustración de dos anillos entrelazados que había elegido Vanesa, la de Bodas Álamo, en un momento en que Bodas Álamo todavía existía.

No escribí nada.

Pero tampoco salí, y a estas alturas ya me conozco lo suficiente para saber que eso, en mi caso, no es sentimentalismo. Es no querer perder el acceso a la documentación.