CAPÍTULO 8 #2
—¿Y eso qué demonios significa? —preguntó Jess, alzando la voz lo suficiente como para que una vendedora de Sephora con piel de porcelana nos mirara feo—.
Maya, estás aquí persiguiendo un amor que nunca lograste encontrar organizando despensas en Austin.
Lo escribiste tú solita en ese Post-it ayer, justo después de hacer tus cuentas.
Lo leí clarito. ¡NO TE ATREVAS A NEGARLO!
Pasamos a la siguiente tienda, una boutique fitness estilo Lululemon o Alo Yoga.
Estaba llena de maniquíes con abdominales irreales que exhibían calzas de 128 dólares, las cuales, según la etiqueta, prometían levantarte los glúteos con el simple poder de la mente.
Había una pared entera dedicada a tés para bajar de peso, proteínas en polvo diseñadas "para la mujer" con letras cursivas, y frascos de gomitas que gritaban SLIM , TONE , SHRINK y BURN en un rosado chillón.
Los acompañaban las clásicas fotos de "antes y después": una mujer que se veía muy deprimida en la primera foto y radiante en la segunda, con el mismo cuerpo pero bañada en iluminador.
—Odio todo esto —masculló Jess, sosteniendo una caja que decía FLAT TUMMY TEA 28 DAY DETOX .
—Yo también —coincidí—. Pero mis clientas de Austin mueren por estas cosas.
Tengo tres clientas cuyas despensas están repletas exclusivamente de tés slim , y me exigen que se los organice alfabéticamente según la promesa de la caja: Flat Tummy, Skinny Fit, Lean Girl, Detox Babe .
Yo se los organizo por color y por nivel de mentira.
Me dan ganas de ponerles una etiqueta que diga: MENTIRA ROSA / NO TE HARÁ MÁS FLACA / PERO SÍ TE HARÁ GASTAR .
Nos reímos a carcajadas, aunque fue una risa con un trasfondo triste. Era verdad: me dedicaba a organizar cosas para mujeres que querían achicarse a sí mismas solo para caber en ropa que no les servía.
—¿Te acuerdas de Mark? —lanzó Jess de la nada, soltando la caja de FLAT TUMMY como si quemara al tacto.
—¿Qué Mark?
—Mark, el de la UT. El de nuestro tercer año. El tipo que ordenó tus libros por color, y que después te pateó porque tú reordenaste los suyos sin preguntarle. El que te acusó de ser una controladora con severos problemas de poder.
—¡Fuiste tú la que le organizó los libros! —me defendí—. Solo me estabas ayudando a limpiar porque yo tenía cuarenta grados de fiebre.
—¿Y te acuerdas de Daniel? ¿El DJ residente del Belmont que te dijo que eras "demasiado organizada para salir", y luego le organizaste toda su colección de vinilos por BPM y por año de lanzamiento, y el tipo se echó a llorar diciendo que le habías "matado el alma de la música"?
—Ok, ok, ya entendí el punto —dije, riéndome de verdad y tapándome la boca con la mano.
—¿Y parece que ya te olvidaste de Ben? ¿El musculitos fitness bombero que te citó a una cita en el Auditorium Shores un sábado y te dejó plantada?
—De hecho, fue un domingo.
—Bueno, si a ese desastre le sumas tus dos fracasos recientes con estos dos... ¿qué tenemos?
—¡Oye! Yo no los llamaría "fracasos".
—¿Dos? —se burló Jess, enumerando con sus dedos cubiertos de esmalte descascarado—.
Yo cuento tres fracasos rotundos: Mark el de la UT, Daniel el DJ llorón de vinilos, y Ben el del CrossFit, que se excusó diciendo que eras "muy intensa", y al que luego le ganaste en una competencia de peso muerto.
Nunca más te volvió a hablar porque le hiciste trizas su frágil masculinidad.
—Lo de Ben no fue un fracaso. Fue una valiosa lección de vida: nunca salgas con los tipos de tu propio gimnasio si no pueden soportar que levantes más peso que ellos —repliqué, a la defensiva pero muerta de risa.
Estábamos paradas en medio de una tienda fitness , dos mujeres en sus treintas rodeadas de tés rosados mágicos, riéndonos a carcajadas de mis terribles exnovios mientras los turistas pasaban por la vitrina comiendo pralinés.
Me sentí normal por primera vez en una semana.
No era la vendedora de casas, ni la salvadora de árboles, ni la organizadora profesional perfecta.
Solo era una chica riéndose de sus malas decisiones amorosas en una tienda que te vende la idea de que debes ocupar menos espacio en el mundo.
—Muy bien, es tu turno —la desafié—. Hablemos de tus fracasos. Soy toda oídos. Tú te ríes de mi miseria, yo me río de la tuya. Empate técnico.
Jess arrugó la nariz, como si acabara de masticar un limón y pasarlo con té adelgazante.
—Ok, aquí van mis dos fracasos oficiales: Carlos, el técnico veterinario que me puso los cuernos con la dueña de un poodle miniatura y tuvo el descaro de decirme que lo hizo porque yo siempre olía a gato en vez de a perfume; y Davis, el profesor de yoga vegano que me confesó que amaba a las tortugas marinas más de lo que me amaba a mí.
Y honestamente, tenía razón. Amaba muchísimo a las tortugas.
Nos reímos tan fuerte que la vendedora de los abdominales cincelados y las calzas de 128 dólares se acercó a nosotras con su mejor voz de instructora:
—¿Puedo ayudarlas a encontrar su talla ideal para brillar hoy?
—No, gracias —respondió Jess sin inmutarse—. Solo estábamos haciendo un repaso de por qué seguimos solteras y terminamos viviendo con gatos.
Salimos huyendo de la tienda fitness y caminamos hasta el Oglethorpe Mall, un lugar que de histórico no tenía absolutamente nada.
Era el típico mall americano ochentero, con un patio de comidas que olía a masa de pretzels de Auntie Anne's mezclada con limpiador industrial para pisos.
Nos sentamos a comer pretzels bañados en queso amarillo radiactivo que te quemaba la lengua, acompañados de té helado extra frío.
Volvimos a hablar de números, de números reales, porque al fin y al cabo, ambas éramos dueñas de nuestros propios negocios; Jess y yo hablamos de finanzas con la misma naturalidad con la que otras amigas hablan de series o de bebés.
—¿Y qué pasa si decides quedarte en Savannah? —preguntó Jess, partiendo su pretzel con los dedos—. ¿Cuál sería tu modelo de negocio? Porque es un hecho que no puedes sobrevivir perdiendo $1,200 dólares a la semana, por mucho encanto que le encuentres a perder plata aquí.
—¿Vivir aquí? No lo sé. Savannah está llena de casas centenarias.
Y las casas centenarias están llenas de señoras mayores.
Las señoras mayores necesitan urgentemente organizadoras que entiendan el valor del patrimonio y que no vayan a botar a la basura sus cartas escritas con papel carbón hace cuatro décadas, ni sus vestidos de novia de mediados de siglo, ni sus luces de Navidad ochenteras que aún encienden.
Podría abrir Everything In Place Savannah .
Una sucursal satélite. June podría ser mi empleada a medio tiempo; es buenísima.
Dejó el segundo piso impecable: puso las etiquetas, tomó las fotos e incluso, cuando encontró el vestido de novia de Eleanor, no lo metió a una caja; lo colgó como debía.
Y Leo podría ser nuestro veterinario de cabecera para los casos de acumuladores con mascotas, porque te juro que hay un nicho de mercado ahí.
He visto casas tapadas con doscientas cajas de Amazon y doce gatos dando vueltas. Hay demanda.
—¿Y si decides irte a Dallas?
—Son 95 lucas limpias, beneficios completos, sin árboles que salvar, sin diferencias de tasación, sin tener que dar explicaciones, sin camadas de gatitos.
Pero también sería una vida sin Theo regando a las 5 a.
m. con su linterna en la frente. Sin Richard besándome en la mejilla en el porche, retándome a impedírselo con esa sonrisita cruel.
Sin Eleanor llamándome «querida»... entre otras tantas cosas que ya sabemos.
Jess le dio una mordida a su pretzel , quedándole un pequeño rastro de queso fundido sobre el labio superior.
—Cuando lo dices así, en voz alta y sin mirar tu hoja de Excel... ¿qué opción suena mejor?
No contesté. Porque la respuesta era demasiado obvia. Dallas sonaba infinitamente mejor en el papel, en el Post-it, en las celdas de Excel. Los números me daban la razón. Pero conozco a mi primo: es un perfeccionista implacable, y sé que al primer error, me pondrá de patitas en la calle.
Savannah, en cambio, sonaba mejor en el pecho.
En la garganta. En la memoria de mi nariz, que aún recordaba el olor a madera y tiempo guardado del taller de Walker.
Había mejores sentimientos aquí, aunque yo toda la vida he sido una mujer de números fríos y no de corazonadas; la clase de chica que, literal, arma una tabla comparativa antes de decidir si debe salir con alguien.
Y mientras nosotras hacíamos compras falsas, Leo y June se acercaban cada vez más en la casa, como si nuestra ausencia les hubiera concedido permiso libre.
June envió un mensaje a la 1:30 p. m.: —Leo y yo terminamos el tercer piso.
Encontramos un montón de tesoros de Eleanor.
Había cajas y cajas repletas de ropa en perfecto estado.
Nos la probamos y nos reímos muchísimo. Bueno, mentira.
¡Había un vestido espectacular! Él me advirtió: «No te lo pruebes, que no es tuyo», pero obvio que no le hice caso.
Me queda un poco grande, pero Leo dice que me veo hermosa.
A las 3:00 p. m. llegó otra actualización: —Leo me acaba de decir que los gatitos ya están abriendo un poco más los ojos.
Hay uno que es muy naranja, casi del mismo color que la tierra alrededor de la Raíz 7.
Por eso Leo decidió bautizarlo Raíz. Yo le dije que no, que es muy raro ponerle Raíz a un gato.
Me contestó: «¿Y por qué no? Si tú le pusiste nombre a esa planta tuya que se murió».
Le aclaré que mi planta se llamaba Robert y que, para el registro, era un cactus.
El último mensaje llegó a las 4:15 p. m.: —Nos vamos a ir a comprar un helado a Leopold's. No nos esperen para comer. Bueno, capaz que comamos algo juntos. En plan cita. No como amigos. Con beso incluido, tal vez.
Le enseñé la pantalla del teléfono a Jess en pleno patio de comidas. Tenía el pretzel a medio comer en la mano.