Todo en su lugar (menos tú) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

June leyó la nota por encima de mi hombro. Sostenía un tazón con una grieta en el borde que decía WORLD'S OKAYEST ARBORIST ASSISTANT .

—Eso es organizar —dije, todavía parada en el porche con la nota de Theo en la mano—. Thomas era un organizador. Era de los míos.

—Era —corrigió June, soplando su café—. Y le encantaban las listas.

—Maya, llevas siete días enteros diciendo que estás ocupada —me recriminó Jess, lanzándome esa mirada de mejor amiga que es mitad sesión de terapia y mitad amenaza de muerte.

Entonces pensé para mis adentros: Ok, le delegaste el segundo piso a June y Leo, y lo hicieron a la perfección.

Theo no está hoy, anda trabajando en otra ciudad por un asunto agendado hace meses.

Richard también está fuera por dos días cerrando un trato de 3.

4 millones en King Street. Eleanor se queda con Carla hasta el mediodía y después toma su sagrada siesta de dos a cinco.

Los gatitos están dormidos en la lavandería porque hicimos turnos.

Miss Kitty duerme plácidamente encima de la secadora, y el Sr. Bigotes está dormido pateando su jaula en sueños. Déjalos ir. Vete con Jess.

—Te prometo que serán solo cuatro horas, y que no pisaremos una sola tienda de contenedores —propuso Jess, adivinando mis pensamientos.

—Cuatro horas las pelotas —murmuró con una sonrisa inevitable, porque cada vez que Jess dice «pelotas», yo me río.

—Ok, entonces todo el día —decretó—. Y yo te invito el café de 6 dólares.

Miré mi laptop sobre la mesa de la cocina, que seguía abierta en Instagram.

Tres mensajes nuevos de clientas de Austin desde anoche, todos llenos de urgencia y signos de exclamación.

Pensé en cómo mi alcancía imaginaria en forma de cerdito, la que dice IMPUESTOS POR PAGAR , se estaba vaciando a velocidad supersónica.

Ayer, al volver del taller de Theo, había pegado un Post-it rosado en el que había hecho mis cuentas. Su etiqueta decía: PÉRDIDA / REAL / PERO CON SENTIDO .

Y me di cuenta de que Jess tenía razón. Necesitaba una pausa. No para dejar de trabajar, sino para recordar por qué trabajo en primer lugar.

—Ok —acepté—. Vamos de compras. Pero compras relacionadas con el trabajo. Haremos una investigación de mercado para Everything In Place Savannah , si es que alguna vez abro esa sucursal. Necesito ver cómo organiza sus despensas la gente rica del sur.

—Investigación mis pelotas también —retrucó Jess—. Vamos a gastar plata que no tenemos en cosas que no necesitamos. Tómalo como una terapia.

A las 11:00 a. m. ya estábamos paseando por Broughton Street.

Savannah en marzo ya es calurosa: 28 grados y una humedad capaz de llenarte el pelo de frizz en tres minutos.

El musgo español colgaba de los viejos robles como cortinas tristes, y las calles estaban llenas de turistas que cargaban mapas de tours de fantasmas y llevaban sombreros que decían SAVANNAH .

Broughton es la típica calle de compras de ladrillo viejo, llena de tiendas diseñadas no para los locales, sino para turistas con dinero y culpa: boutiques de lino blanco inmaculado, tiendas de velas que huelen a higo y te cuestan 45 dólares, galerías de arte incomprensible, y tiendas de pralinés carísimos donde te dan una pequeña muestra gratis que te hace sentir moralmente obligada a gastar un billete de veinte.

Jess y yo caminábamos sorbiendo un café helado de The Coffee Fox (seis dólares cada uno, mucho hielo picado y una pajita de papel que ya se estaba deshaciendo).

Por primera vez desde que llegué, no andaba en overol ni usaba una camisa con T.

Walker bordado en el pecho. Llevaba mi propia ropa, la que venía en la otra maleta grande que el taller automotriz por fin me había enviado desde Lafayette.

Usaba mis propios jeans oscuros que sí me quedaban, mi propia blusa blanca (planchada a la rápida con la plancha de Eleanor, esa que te quema la ropa si la dejas dos segundos quieta) y mis propias sandalias, que definitivamente no eran chalas de baño.

—Ya —dijo Jess, empujando la puerta de una boutique de lino blanco donde las blusas no bajaban de los 98 dólares y las velas olían a higo y a cuota de hipoteca—. Háblame de Everything In Place . Háblame de números reales. Nada de filtros de Instagram de antes y después.

Jess es mi mejor amiga desde la universidad, pero también es la única persona en el mundo capaz de interrogarme sobre mis finanzas sin que me ponga a la defensiva ni le diga que estoy demasiado ocupada para hablar.

—El año pasado hicimos 180 mil brutos —respondí, acariciando una blusa de lino que esta semana me resultaba impagable porque mis cuentas estaban en rojo—.

Todo en Austin. Son 110 clientas fijas, a un promedio de 1,600 dólares por casa.

Pero eso nos deja un neto de unos 65 mil, después de descontar la bencina, los contenedores, el seguro de la van , la bodega en South Lamar, los impuestos que me hacen llorar, y el 10 % que le doy a Priya, porque seamos honestas: sin Priya, yo solo sería una chica con una rotuladora.

El problema es que Austin ya está saturado.

Ahora todo el mundo es organizadora profesional.

Cualquier mamá que se compre una etiquetadora, una Cricut y tome un curso de tres horas en Domestika, se abre un Instagram y lo llama Tidy Austin , Organized Austin o Austin Tidy Moms .

—Mientras que en Dallas te ofrecen 95 mil de sueldo más beneficios —analizó Jess, sosteniendo un vestido verde oliva contra su cuerpo frente a un espejo y evaluándose de perfil—.

Más un plan 401k, más un departamento pagado en Highland Park.

Tu primo es dueño de la mitad de la empresa, Maya.

Y se dedica a organizar casas de gente forrada donde los clósets son más grandes que todo tu departamento en Austin.

Es un camino fácil. Sin árboles patrimoniales colgando de un hilo, sin camadas de gatitos naciendo bajo las raíces, sin problemas matemáticos de tasación, sin viajes largos y sin mensajes románticos por la madrugada.

Entramos a los probadores. Mientras Jess se probaba el vestido, yo no agarré nada; solo me senté en esa pequeña banca de terciopelo diseñada para novios aburridos y me quedé mirándola.

Se veía increíble. Se veía exactamente como la Jess que existe cuando no está ocupada atrapando gatos, perros o rescatando pájaros heridos.

—Pero... —dijo Jess desde detrás de la cortina, su voz haciendo eco en el probador.

—Pero llevo siete días metida en un trabajo que coticé solo por tres.

Estoy perdiendo plata cada día extra que me quedo.

Y lo peor de todo es que me gusta . Ese es mi gran problema.

Me gusta perder dinero aquí. Me gusta despertarme escuchando a los gatitos maullar; me gusta la camioneta y la tierra en las manos de Theo; me gusta el pelo azul de June, y Eleanor llamándome «querida», y Carla contándome las historias de su iglesia y de su nieto que quiere un gato.

Hasta me gustan las propuestas corporativas de Richard.

En Austin nunca me gustó perder plata. En Austin, perder plata me da acidez estomacal.

Salimos de la boutique sin comprar absolutamente nada, actuando como verdaderas turistas profesionales.

Pasamos a una tienda de belleza justo al lado.

Era un Sephora ubicado dentro de un edificio histórico, algo muy típico de Savannah: una especie de apropiación cultural de la belleza, donde compras una crema facial de 68 dólares bajo una lámpara de araña de 1910 que probablemente atestiguó la muerte de alguien.

Jess empezó a probarse muestras de labiales en el dorso de la mano. Rojos, rosados, y uno naranja intenso que se llamaba Savannah Sunset .

—Entonces, ¿cuál es tu visión final para esta casa?

—preguntó, usando un tono casual que yo conocía demasiado bien.

Era su «voz de terapia», la misma que usa para calmar gatos ferales y para psicoanalizar mi vida sin que yo se lo pida—.

¿La vaciamos de una vez por todas, terminamos rápido, mudamos a Eleanor a otro lado —tal vez a un assisted living o a una casita cerca del hospital—, o dejamos todo exactamente como está y dejamos que la casa se siga cayendo a pedazos hasta que Karen Doyle nos clave una multa?

Tomé un frasco de crema de 68 dólares y lo volví a dejar en el estante. Seguía con $1,200 en rojo; mi cara no necesitaba 68 dólares.

—No lo sé. Si la vaciamos rápido, Richard la puede vender mañana mismo: 1.

32 millones con el árbol en pie, o 2.1 sin él.

Cobra su comisión, Eleanor asegura el dinero para el assisted living , y listo, todos felices...

menos el árbol. Y yo. Y, bueno, Theo... Lleva años cuidándolo, casi como si estuviera cumpliendo una promesa sagrada al padre adoptivo de Richard.

Además, hay que considerar algo: si sacamos a Eleanor de su casa, se morirá mucho más rápido.

Carla me lo confesó ayer en secreto: «La gente mayor que es arrancada de su hogar, sobre todo las mujeres de ochenta años que duermen rodeadas de joyas caras en su velador, decaen de golpe. Son como plantas mal trasplantadas».

Hice una pausa y suspiré.

—Pero, por otro lado, si lo dejamos tal cual, la casa se sigue hundiendo.

El porche colapsará sobre la Raíz 7 —que Leo ya tiene identificada—, eso matará al árbol, la propiedad perderá su valor patrimonial y la ciudad nos llenará de multas.

O sea, llegaremos al mismo desastroso resultado, solo que de una forma mucho más lenta y cara.

—¿Y qué va a pasar con Theo y con Richard? —inquirió Jess, soltando el labial Savannah Sunset y mirándome fijamente a través del gran espejo de Sephora—. ¿Cuál de los dos es? ¿Quién es el elegido? Porque ayer te vi en el porche atrapada entre los dos.

—Esa es una pregunta que no cabe dentro de ningún contenedor —respondí en piloto automático, pero esta vez me eché a reír, sin un rastro de angustia.