CAPÍTULO 6
El vestido colgaba de la puerta del baño como un fantasma exhausto.
Había lavado el jean en el lavamanos la noche anterior y todavía seguía húmedo.
Una de las camisetas ya traía incorporada al diseño la mancha de café de Lafayette, como un tie-dye barato de gasolinera.
Mis sostenes de verdad sí habían llegado con Earl, gracias a Dios, pero mis zapatos de verdad no.
Solo me quedaban unas sandalias y el blazer beige, al que le había tapado una mancha con una etiqueta rotulada: MANCHA / IGNORAR / NO ES MODA, ES HISTORIA .
—Tienes una emergencia de clóset —dijo, observando las dos perchas vacías y mi jean goteando sobre el suelo.
—Tengo una emergencia de identidad. Soy la organizadora profesional que no puede organizar su propia maleta. Si Priya me viera, me metería de cabeza en un contenedor con la etiqueta FRACASO PROFESIONAL / VER .
Desapareció un segundo y volvió con uno de sus overoles y una camisa descolorida que llevaba un logo bordado: WALKER TREE PRESERVATION - CERTIFIED ARBORIST . En el bolsillo interior asomaba un marcador Sharpie deslavado con el nombre: T. Walker .
—Es de Theo. Las deja aquí cuando se queda trabajando hasta tarde. Te va a quedar enorme.
Me la puse por encima de una camiseta de tirantes blanca y me arremangué hasta los codos, por mientras. Olía a aserrín, a madera de cedro y a ese café horrible de gasolinera que siempre toma Theo.
Bajé a las 6:45. Theo ya estaba en la cocina, preparando café con la mano izquierda porque la derecha seguía vendada por el corte con la sierra del día anterior.
Llevaba la misma camisa caqui de siempre; parecía un personaje de dibujo animado.
Levantó la vista y se quedó mirándome tres segundos de más.
—Esa camisa...
—June dijo que no te importaría mucho. No tengo ropa.
—Te queda mejor a ti que a mí —dijo, y las orejas se le pusieron rojas. A Theo se le ponen rojas las orejas, no las mejillas; es mi nuevo sistema de medición. Orejas rosadas equivale a nervioso. Orejas rojas equivale a afectado.
Richard entró a las 7:10. Llevaba una camisa polo beige impecable, sin una sola mota de tierra, y olía al lujo de siempre; a billetera sin fondo. Me miró. Miró a Theo. Miró la camisa de Theo puesta en mí. Su sonrisa fácil se tensó un milímetro.
—Interesante uniforme nuevo —comentó. No sonó cruel, pero sí apretado. Por primera vez desde que lo conocía, Richard Whitaker no sonaba seguro de sí mismo.
Theo no dijo nada; solo me acercó un café en una taza que decía SAVANNAH TREE CREW . Nuestros dedos se rozaron al pasarla. Todavía tenía un poco de tierra debajo de las uñas, a pesar de habérselas lavado.
A las 8:15 sonó una bocina afuera. No era una bocina de Savannah; era una bocina de Texas.
Era la van blanca.
Jess.
No me había dicho que vendría. La había llamado la noche anterior a las 11:47 p. m., justo después de darme cuenta de que estaba en pleno ataque de pánico textil y le había suplicado:
—Jess, necesito ropa de verdad. Y contenedores. Y por favor, si puedes, trae a alguien que sepa de animales, porque creo que hay una gata preñada debajo del porche; Eleanor la llama Miss Kitty.
Jess no me contestó: «Estoy aquí por trabajo, tengo mi propia agenda». Jess simplemente me dijo: «Salgo ahora mismo».
Había conducido desde Dallas hasta Savannah toda la noche: diez horas seguidas por la I-20.
Llegó a las 8:00 a. m. con dos cafés de gasolinera, una caja de donas de Krispy Kreme que ya estaban frías, el jean limpio que yo había dejado en su apartamento de Dallas la última vez que la visité, y un chico.
—Este es Leo —lo presentó Jess, que ya estaba sonrojada—. Estudia veterinaria en la UGA, está en su último año. Es voluntario en la Humane Society. Lo recogí a las 7 a. m. en la estación de Savannah.
Leo tenía veintitrés años, el pelo rizado, usaba Crocs con calcetines y llevaba una mochila de la que asomaban dos estetoscopios: uno de juguete y uno de verdad. Además, cargaba una transportadora vacía.
—Miss Kitty es feral, pero la conocemos bien —explicó Leo—. Lleva dos años viviendo debajo de este porche porque Eleanor la alimenta. Intentamos capturarla con trampas tres veces, pero no cayó. Está preñada, sí. Probablemente dé a luz hoy mismo.
June salió corriendo de la casa en su overol, vio a Leo y se puso roja como un tomate. Fue amor a primera vista.
—Hola —saludó June.
—Hola —respondió él.
—Justo el hombre que necesitábamos —dijo June.
—Justo la chica que yo necesito —respondió él, con tono coqueto.
Jess me entregó mis pantalones y un sostén de verdad. También me dio una camiseta suya que decía: RESCUE ANIMALS ARE MY FAVORITE PEOPLE .
—Te ves bien con esa camisa —comentó Jess, echándole un vistazo al overol y al nombre bordado—. Te queda mejor que a él.
A las 9:30, un grito de Leo nos alertó desde el jardín.
—¡Tienen que ver esto! ¡Raíz 7!
Corrimos todos hacia allá. Leo estaba arrodillado junto a la inmensa raíz que emergía de la tierra como el lomo de una ballena.
En la pequeña y húmeda cueva que se formaba contra el suelo, había cuatro bolitas grises y naranjas maullando con los ojos cerrados.
A su lado estaba Miss Kitty, la gata atigrada que Eleanor llevaba dos años alimentando.
Estaba flaca y bufaba, pero se la veía demasiado cansada como para huir.
El conejo de Jess, el señor Bigotes, golpeó los barrotes de su jaula como si estuviera dando un anuncio oficial.
Carla apareció subiendo por el camino de entrada exactamente a las 10, como hacía todos los martes y viernes. Carla es la enfermera de Eleanor; le toma la presión, conoce a todo el mundo en el distrito y siempre trae té dulce aunque nadie se lo haya pedido.
—¿Y ahora qué tienen ahí? —preguntó al vernos.
—Gatitos debajo de la raíz patrimonial —le informó June—. Cuatro.
—Esa mamá lleva viviendo debajo de este porche dos años.
Leo me miró con urgencia.
—No podemos mover la raíz. Si la movemos, matamos el árbol y dejamos a la gata sin hogar. Pero si dejamos a los gatos ahí, las obras de refuerzo del porche los van a aplastar.
Ese era exactamente mi trabajo: organizar bajo restricciones.
—Ok, plan contenedor —anuncié, poniéndome en marcha—. Jess, trae los contenedores grandes y transparentes de la lavandería. June, busca toallas limpias. Leo, arma una barrera provisional con madera del taller, pero asegúrate de que no haga presión sobre la raíz. Cero kilos de peso sobre la Raíz 7.
Jess trajo los contenedores y los etiqueté rápidamente con mi rotuladora: GATITOS / NO TOCAR / MAMÁ SÍ MUERDE / RAÍZ 7 / CONTAR 4 .
Armamos un nido en la lavandería y pusimos una almohadilla térmica a temperatura baja.
Leo fue moviendo a los gatitos uno por uno, con las manos firmes de un futuro veterinario, mientras June lo observaba como si estuviera realizando una neurocirugía.
—Eres muy bueno en eso —le susurró ella.
—Y tú también eres muy buena en temas ecológicos —le devolvió él, guiñándole un ojo.
—Deberíamos vernos más seguido —le respondió ella.
—Cuando quieras.
Amor simple. Sin triángulos amorosos. Sin ochocientos mil dólares de diferencia entre ambos.
Emily Brooks llegó a las 10:30. Es la fisioterapeuta de Eleanor, una exfutbolista de la UGA que siempre lleva ropa deportiva combinada. Se detuvo en seco al ver la lavandería convertida en una maternidad felina.
—Bueno, esto es algo nuevo —comentó—. Días atrás eran peces. Ahora son gatos y un conejo.
—Eso mismo dijo Eleanor —le respondí—. A ella le gusta.
Emily me echó un vistazo rápido, deteniéndose en la camisa de Theo y el overol de June.
—Esa es la camisa de Walker —dijo con una sonrisa cómplice.
—Me la prestó June. No tenía ropa limpia.
—Ajá... —murmuró, usando exactamente ese tono que usamos las mujeres cuando sabemos a la perfección lo que está pasando.
Subió las escaleras para buscar a Eleanor y empezar su caminata.
Yo me quedé en la cocina en una llamada de FaceTime con Priya: eran las 10:45 en Savannah y las 9:45 en Austin.
—¿Ya firmó Eleanor? —me preguntó Priya, que llevaba puesta su camiseta I ORGANIZE THEREFORE I AM .
—Todavía no. El Dr. Parker viene a las 11 para la ventana de lucidez de treinta minutos. Si ella no firma, lo hará Richard, y entonces sí van a talar el árbol.
—Maya, llevas varios días metida en un trabajo por el que cotizaste solo tres. Estás en $1,200 dólares en rojo esta semana. Si restas tu tarifa, la gasolina, el remolque y la comida para gatos...
—Ya sé, ya lo sé.
—Sí, pero te escuchas mucho menos ansiosa que cuando te detuvo la policía en Louisiana.
—Porque aquí el desorden tiene sentido, Priya. En Austin trabajo para gente rica que entra en crisis por no querer botar una tarjeta de felicitación de 1998. Aquí estoy lidiando con una casa que no quiere ser vendida y un árbol que no quiere ser cortado.
Esa misma madrugada (voy a retroceder un poco, porque siento que este día tuvo dos madrugadas) Theo había ido a la casa a buscar algo que se le había olvidado.
Nos pusimos a tomar café y perdimos la noción del tiempo; a las 2:17 a.
m. seguíamos sentados en el suelo de la cocina.
Habíamos pasado la tarde trabajando en el dibujo que Karen Doyle nos había pedido: la ciudad exigía un plano que mostrara cómo apuntalar el porche sin añadir peso a las raíces.
Como Theo no podía dibujar con la mano vendada, yo trazaba las líneas.
Él me dictaba las instrucciones, acostado de lado junto a mí, con su hombro rozando el mío.
—La viga va aquí. No, a tu otra izquierda.
—Mi izquierda está perfectamente bien; el problema es que tú estás al revés.
Estábamos delirando por el exceso de cafeína. La cocina olía a sobras de comida italiana y a patatas.
—¿Por qué decidiste quedarte en Savannah? —le pregunté de pronto, mirándolo con un ojo abierto y el otro cerrado por el sueño.
Se quedó mirando una mancha de humedad en el techo que tenía forma de Florida.