CAPÍTULO 5
—Eleanor, esto venció cuando yo estaba en secundaria.
—Ay, déjalo —dijo con su voz de té helado—. Nunca se sabe.
—Yo sí sé. Sé que está malo.
Le puse una etiqueta igual. Decía: VENCIDO / NO COMER / EN SERIO. Se la pegué y Eleanor se rió, esa risita chiquita que hace cuando sabe que tengo razón pero no quiere admitirlo.
A las 9:02 llegó una mujer con traje azul marino subiendo por el camino de entrada. Carpeta gruesa. Sin sonrisa. Portapapeles. Placa de la ciudad.
—Buenos días. Karen Doyle, Ciudad de Savannah, Preservación Histórica y Arbolado. Expediente Whitaker, 412 Whitaker Avenue. Roble Patrimonial número 47. ¿Busco a Eleanor Whitaker?
Eleanor salió al porche lentamente con su bastón y estaba reluciente. Usaba el tercer conjunto de perlas perfectas que le conocía hasta ese momento. Tiene eso de verse arreglada aunque no vea bien.
—Soy yo, querida.
—Señora Whitaker, necesitamos su firma para autorizar el plan de manejo temporal del árbol y del porche. Sin su firma no podemos autorizar ningún trabajo de refuerzo. Sin plan, no hay obra.
Eleanor tomó la carpeta. Le temblaban las manos. No solo temblor de edad. Entrecerró los ojos y supe que no podía leer la letra chica.—Querida, ¿dónde firmo? —preguntó.
Karen miró a Theo. Luego a mí. Luego de nuevo a Eleanor.
—Señora Whitaker, ¿tiene usted un poder notarial vigente?
¿Alguien que pueda firmar por usted? Para autorizaciones estructurales necesitamos autorización médica.
La nota de su doctor del mes pasado dice que no puede firmar autorizaciones estructurales preliminares sin un tutor presente. Es por responsabilidad civil.
Eleanor se quedó quieta. Muy quieta.
—Mi hijo —dijo—. Richard.
Richard salió por la puerta principal en ese mismo segundo, camisa blanca, pantalón beige, dos teléfonos satelitales en mano, como si hubiera estado escuchando desde adentro todo el rato. Que probablemente sí.
—Yo firmo —dijo—. Yo tengo el poder. Yo soy el contacto legal.
Y ese fue todo el problema. Todo el maldito problema en una frase. Karen le entregó el portapapeles. Cara seria.
—Señor Whitaker, si usted firma, usted queda legalmente responsable del plan. Eso incluye la decisión de remover o no remover si el árbol es considerado peligro estructural. ¿Entiende? Una vez que firme, la ciudad viene a usted, no a su madre.
Richard sonrió. Esa sonrisa fácil, practicada, de club de campo.
—Perfecto. Firmo. Lo que necesitemos para que esto avance.
Theo y yo nos miramos. Lo entendimos al mismo tiempo.
El mismo golpe en el estómago. Si la responsabilidad caía en Richard, y Richard quería vender la casa, su incentivo perverso era clarísimo: talar el árbol.
Si talaba el árbol, el porche se podía demoler, el lote se podía vender como terreno limpio sin la protección patrimonial, sin junta de preservación, sin multa de 50 mil, sin informe de arborista.
Una multa de 50 mil no era nada comparado con lo que ganaría vendiendo un lote limpio en el Distrito Histórico.
Era matemática. Matemática fría, fea y perversa.
Me metí en medio sin pensar. La boca se me movió antes que el cerebro.
—Perdón, ¿puedo hablar con Karen un segundo? Como organizadora del proyecto.
Karen me miró.
—¿Usted es?
—Maya Quinn, socia y fundadora de Everything In Place. Contratada por Eleanor para vaciar la casa sin dañar el árbol. Soy como la intermediaria entre casa y árbol ahora mismo.
Karen suspiró. El suspiro de una mujer que lidia con familias como esta todos los días.
—Mire, Miss Quinn, entiendo lo moral y lo ecológico, lo escucho todo el día, pero legalmente, si la dueña no puede firmar por tema médico, firma el apoderado. Así es la ordenanza.
Me quedé ahí parada en ese porche que crujía con una dualidad que nunca había sentido en mi trabajo.
Yo siempre soy la chica de los contenedores y las etiquetas.
Contenedor para QUEDARSE, contenedor para DONAR, contenedor para BASURA.
Pero esto no cabía en un contenedor. Dualidad moral y ecológica, como tú dijiste.
Mi clienta es Eleanor. Quiere salvar su casa y su árbol.
Mi cheque, si soy honesta, viene del patrimonio, que controla Richard.
Mi trabajo es vaciar la casa para que Richard pueda venderla.
Pero si Richard la vende talando el árbol, estoy ayudando a matar algo que Theo lleva tres años cuidando y algo que yo, en cuatro días, ya quiero más que a mucha gente que conozco en Austin.
—Karen, ¿cuánto tiempo tenemos para entregar el plan de refuerzo? —preguntó Theo, todo serio.
—Setenta y dos horas. Si no, tengo que emitir orden de tala preventiva. Y multa de diez mil dólares a la propiedad. Empieza hoy. Hoy a las nueve AM.
Setenta y dos horas. Otra vez setenta y dos horas. Todo en Savannah son setenta y dos horas.
Karen se fue. Dejó la carpeta sobre la mesa del porche, justo encima de una pila de National Geographic viejos y unos cuantos Reader's Digest. Richard la tomó como si ya fuera suya. Como si ya hubiera decidido.
—Bueno —dijo, golpeando la carpeta—. Parece que ahora yo decido si el árbol vive o muere. Qué poder, ¿no?
—Ese árbol estaba aquí antes de que mi abuelo naciera —dijo Eleanor bajito—. Tu padre Thomas luchó con la ciudad para no cortarlo.
—Mamá, es un árbol. No es tu papá, no es mi papá. Es madera.
Me fui al jardín con Theo. Estaba apretando la cinta métrica con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. June se había metido adentro a darle agua a Eleanor. Éramos solo nosotros dos y el roble. Le pregunté algo y se desconcentró, al punto que se hizo una herida en la mano.
—Perdón! ¿Te dolió mucho? Vas a dejar que lo tale? —le dije bajito. No quería que Eleanor escuchara.
—No es nada, me pasa seguido, con respecto al roble, no puedo hacer nada si firma él. Legalmente puede. La ciudad lo deja.
—Pero moralmente no puede.
—Moralmente —dijo Theo, mirándome, con los ojos medio enojados pero no conmigo—. Moralmente tú también estás en medio, Maya. Te pagan por vaciar la casa para que él la venda. Si él la vende talando, tú eres parte. Tú eres la que la hace ver bonita para las fotos del anuncio.
Me dolió porque tenía razón. Dolió.
—No quiero que lo tale —dije. Mi voz sonó más chica de lo que quería.
—Ya sé —dijo, y su cara se suavizó. Solo un poco—. Por eso me preocupas. Porque sé que no quieres.
Me tomo las manos y pensé: Este hombre es mágico.
Nos quedamos ahí debajo del roble, con la carpeta de setenta y dos horas sentada en el porche como una bomba.
A las 19:30 Richard pasó a buscarme para cenar. Como una cita de verdad. Me mandó mensaje a las 18:45: ¿Abajo en 10? Conseguí la buena mesa.