CAPÍTULO 4
Vi el teléfono y tenía dos mensajes.
Uno de USAA que decía:
Eso sí que era un gran viaje. Desde Lafayette a Savannah son muchas millas, unas ocho horas y media de manejo. Nadie maneja un camión plataforma toda la noche sin quedarse dormido.
—Buenos días, querida —dijo—. ¿Durmió bien? ¿Los peces no la despertaron?
—Los peces no roncan, señora Whitaker. Por suerte.
—Llámeme Eleanor. Y sí roncan, pero bajito.
En el porche trasero, Theo y June ya estaban trabajando. Eran las 7:30 y ya estaban midiendo raíces. June con su overol, Theo con la misma camisa caqui pero hoy limpia, y con un café enorme que decía SAVANNAH TREE CREW .
—Buenos días —dije, saliendo al porche, intentando no pisar la zona prohibida.
June levantó la mano.
—¡Maya! ¿dormiste aquí? ¿Viste el fantasma del segundo piso? Eleanor dice que hay uno.
—No vi fantasmas. Solo polvo.
Theo me miró. No sonrió, pero tampoco me regañó.
—¿Llega tu coche hoy? —preguntó.
—¿Cómo sabes? —respondí intrigada.
—Vino un representante del taller de Lafayette con sucursal en Savannah, quería confirmar la dirección exacta. Dijo que era un Subaru con pegatinas de The Container Store en la guantera.
—Ese es.
Me senté un momento en las escaleras del porche, abriendo mi laptop.
Tenía un problema logístico urgente que resolver.
Mi Nissan Versa de reemplazo, que me había dado el seguro la tarde anterior, estaba abollado en la entrada gracias al jardinero distraído.
Abrí mi carpeta digital etiquetada como SEGUROS / INCIDENTES / NO ENTRAR EN PÁNICO .
Estaba a punto de marcar el número de USAA, lista para pelear por el deducible, cuando Richard apareció en el pasillo a las 10:30 a. m.
Llevaba un traje gris claro, sin corbata, y dos cafés de Starbucks. Me tendió uno.
—No llames a tu seguro, Maya —dijo, dándole un sorbo a su café.
Lo miré, sorprendida, con el teléfono a medio marcar. —¿A qué te refieres? Richard, es un coche de alquiler de mi aseguradora. El parachoques está hundido. Tengo que reportarlo o me cobrarán a mí.
Richard sonrió con esa suficiencia de quien domina el mundo con un par de llamadas.
—Conozco al dueño de la empresa de jardinería.
Mantiene la mitad de las propiedades históricas de mis clientes.
Lo llamé a las siete de la mañana. Me envió los datos de su seguro corporativo y asumen toda la culpa.
Ya hablé con la agencia de alquiler que te dio el Nissan; enviarán una grúa para llevárselo y no tendrás que pagar ni un centavo de deducible. Todo arreglado.
Me quedé parpadeando. Yo estaba acostumbrada a arreglar los desastres de los demás. Que alguien llegara y borrara de un plumazo un problema logístico, financiero y burocrático de mi lista de tareas... era embriagador.
—Vaya... gracias —admití, sintiendo un extraño alivio—. Eso fue muy eficiente.
—La eficiencia es mi lenguaje del amor —guiñó un ojo—. Escuché lo de tu oferta en Dallas, por cierto. Las paredes aquí son de papel y hablaste un poco fuerte por teléfono. Mierda, ¿95 mil? Eso es dinero real. Estarías loca si no lo tomas.
—¿Crees que debería irme y dejar esto sin empezar?
—Creo que deberías hacer lo que te haga sentir segura, Maya. Y Dallas suena seguro. Si no puedes continuar, llamaremos a otra persona…discreta claro.
Seguro. Esa palabra se me quedó pegada. Theo se acercó en ese momento con los antebrazos llenos de tierra, con una muestra de raíz. No traía latte. Traía agua en una botella vieja.
—Seguro no mantiene vivos a los árboles —dijo, sin mirar a Richard, mirándome a mí—. Seguro los tala.
Este hombre es distinto, pensé. Theo tenía nada que ver con el dinero ni con varios de los que conocí antes. Me ofrecía comprensión. Y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Me puse roja. Roja de verdad. De esa que no se puede etiquetar ni meter en un contenedor.
Richard se rió.
—Theo, amigo, no todo es sobre el árbol. Hay otras cosas en la vida.
—Todo en este terreno es sobre el árbol —contestó Theo.
June se metió en medio.
—Ya, pausa de testosterona. Maya, ¿me ayudas con los peces? Están nadando de lado otra vez.
La seguí a la biblioteca, al acuario de 300 litros con los 12 goldfish gordos naranjas nadando lento, aburridos después de 8 años viendo lo mismo.
—Le gustas —susurró June mientras mirábamos los peces.
—¿A quién?
—A Theo. No habla con nadie más de dos minutos. De ti lleva dos días hablando.
—Me grita por todo.
—Así coquetean los arboristas. Créeme. Tengo 20 y sé cosas.
Me reí. De verdad. Y sonó mi teléfono. FaceTime. Priya. 11:15 en Savannah, 10:15 en Austin.
—¿Llego tu compañero? —dijo. Estaba en la oficina, pelo recogido, camiseta que decía I ORGANIZE THEREFORE I AM.
—No. Se supone llega de 14:00 a 16:00.
—Bien. Entonces tienes tiempo para contarme por qué tienes cara de mujer a la que le ofrecieron 95 mil y que está a punto de dejar todo botado e irse.
Le expliqué que la oferta de Alex era algo que ya había descartado hace meses.
Él es un primo segundo por parte de mi madre, de Ohio, 45 años, es VIP de Operaciones de Ordena, una cadena nueva Premium.
Renunció su directora de experiencia y organización.
Equipo de 15, sueldo base de 95 mil más bonos, seguro completo, 401k y oficina en Dallas.
Tendría que volar hoy, y presentarme en la junta mañana.
Priya se quedó callada. Ese silencio de Priya es más honesto que cualquier discurso.
—Maya, es un gran puesto. De adulta de verdad. Del tipo que hace que tu mamá deje de preguntar por el seguro médico.
—Ya sé.
—Pero si te vas, ¿qué pasa con Whitaker? ¿Qué pasa conmigo?
Ahí estaba. Priya y yo empezamos Everything In Place hace cuatro años en un Starbucks de South Lamar con dos laptops y una idea: que la gente en Austin pagara por tener su vida en contenedores.
Ella dejó su máster en historia del arte.
Yo dejé un trabajo donde me pagaban 18 dólares la hora.
Pusimos 5 mil cada una. Pusimos nuestros nombres en un contrato hecho en Google Docs.
Si yo me iba a Dallas a ser directora, ¿qué pasaba con eso?
—Priya, tú puedes seguir con Austin...
—Sí, puedo. Pero empezamos esto juntas. Y si te vas ahora, a la mitad de un Whitaker, que es el cliente que llevamos dos años soñando, es porque ya no crees en esto. Y si tú no crees, yo no puedo sostenerlo sola.
Colgué con un nudo en la garganta. Llamé de nuevo a Jess. Refugio de fondo, gato maullando.
—¿Aceptaste entonces, te vas a Dallas a usar blazer todos los días? —dijo sin que le confirmara.
—¿Cómo sabes lo que pienso?
—Porque tu voz suena a que quieres llorar pero también a que quieres que te diga que te vayas.
—¿Qué harías tú?
—Yo me quedaría —dijo Jess, sin dudar—. No por el arborista hot ni por el hijo con autos de lujo.
Bueno, un poco por el arborista hot. Yo me quedaría porque hace cuatro años me dijiste que ibas a hacer una empresa donde las mujeres como nosotras, las que no somos delgadas y perfectas, pudiéramos cobrar por ser buenas en algo.
Si te vas a ser directora de una cadena que vende contenedores de 30 dólares, ¿quién se queda con las casas reales?
¿Con los peces gordos y los robles que sostienen porches?
Jess siempre sabe dónde pegarme. Salí al jardín. Theo estaba solo, regando la base del roble con una manguera lenta, como si le diera de beber a un anciano. June dejó de ayudar a Theo porque tenía que regresar a terminar algunas materias en la universidad.
Theo no apagó la manguera. Siguió regando.
—¿Llegaste ayer, atrasada, y te vas a ir?
—No lo sé. Es mucho dinero. Es seguridad.
—Ajá —dijo.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? ¿Ajá?
Me miró. Tenía los ojos verdes con barro alrededor, como si se hubiera frotado la cara con las manos sucias.
—Maya, yo no te conozco. Pero sé esto: si te vas, Eleanor se queda sin organizadora, el árbol se queda sin nadie que entienda que su porche pesa, y esos peces se mueren porque Richard los va a tirar por el retrete. Pero si te quedas, te quedas por ti, por tu reputación y tu cliente.
—Me quedaría también por el árbol —dije, intentando bromear.
—El árbol, por muy viejo que sea, no te paga 95 mil —dijo, y por primera vez sonrió un poco. Una sonrisa chica, con dientes separados.
En ese momento, Richard salió por la puerta trasera con dos cafés.
—¿Y qué decidiste, te vas?
—No lo sé —repetí.
—Yo te diría que te quedes —dijo Richard, con su sonrisa fácil, acercándose demasiado—.
No por mí, aunque me gustaría que te quedaras por mí, eres encantadora.
Te diría que te quedes porque esta casa necesita a alguien que la organice para venderla.
Y porque Dallas está lleno de directoras.
Pero solo hay una Maya Quinn que le habla a los peces.
Me quedé entre los dos. Richard ofreciéndome “algo”.
Theo con su manguera y su roble, difícil.
Y mi Subaru en camino, recién reparado, esperándome para llevarme a donde yo quisiera.
Pensé en Priya. En Jess. En mi teoría del contenedor.
Toda crisis puede contenerse si encuentras el contenedor correcto.
¿Cuál era el contenedor correcto para esta decisión?
No era Dallas. Dallas era un contenedor bonito, con etiqueta de Directora, pero vacío.
Me fui a mi cuarto temporal. Saqué mi cuaderno. Escribí dos columnas.
COLUMNA 1: DALLAS / 95K / SEGURO / DIRECTORA / 401K / VUELO HOY
COLUMNA 2: SAVANNAH / WHITAKER / PECES / ROBLE / PRIYA /INDEPENDENCIA / THEO + RICHARD / NO SÉ
Miré la columna 2. Era más larga. Era más desordenada. Era mi letra real. Llamé a Alex.
—Alex, gracias. De verdad. Pero no puedo ir mañana. Estoy en medio de un trabajo que empecé ayer y que tengo que terminar. Si quieres hablar en 90 días, cuando entregue esta casa, hablamos. Pero ahora no puedo dejar a mi socia, ni a mi clienta, ni a 12 peces gordos.
Alex suspiró.
—Tu mamá me dijo que ibas a decir eso. Me dijo: esa niña es terca como su abuela. Bueno, el puesto queda abierto 30 días. Si cambias de opinión...
—No voy a cambiar de opinión —dije, y por primera vez en dos días, lo dije segura.
Colgué. Bajé corriendo al jardín. Theo todavía estaba ahí.
—No me voy —le dije.
—Ya lo sé —dijo—. Se te nota en la cara cuando decides algo. Te pones roja.
—¿Me pongo roja?
—Mucho. Como ahora.
Richard salió al porche con Eleanor. Eleanor me miró.
—¿Se queda, querida?
—Me quedo —dije—. Hasta que entreguemos la casa terminada. Y hasta que los peces tengan casa nueva.
Eleanor me abrazó. Olía a vainilla y canela de verdad.
A las 14:47, el camión plataforma por fin llegó.
Enorme, intentando girar en Whitaker Avenue.
No cabía. Bloqueó toda la calle. Los vecinos salieron a mirar.
Richard salió igualmente, Eleanor en bata, Theo con las manos llenas de tierra.
Arriba, mi vehículo sucio, con el capó todavía con manchas de anticongelante seco, pero vivo.
Earl se bajó. Tenía el rostro de alguien que no durmió nada y sostenía un termo de café que parecía haber rellenado en tres estados diferentes.
Manejar toda la noche desde Louisiana a Georgia te deja así.
Era el mismo Earl que me dejó en el motel Cypress Inn.
—Señorita Quinn, se lo traje. Nuevo termostato, nueva bomba de agua. Ya no se calienta ni en el infierno.
Me bajé corriendo los escalones. Toqué el capó. Tibio por el sol.
—Gracias, Earl.
—Cuídelo. Y cambie la luz trasera. Sigue quemada.
Earl se fue caminando hacia la esquina. Me quedé al lado de mi coche. Abrí la puerta. Olía a mi santuario. A cartón, a café viejo, a mi ambientador de eucalipto que ya no olía a nada. Era mi olor.
Justo en ese instante, una segunda grúa apareció en la calle. Era la de la agencia de alquiler de autos. Engancharon el Nissan Versa blanco chocado y se lo llevaron en silencio, con todo el papeleo resuelto gracias a Richard. Un problema menos.
June llegó en ese momento en bici, con una bolsa de plástico con algo que se movía.
—Les traje comida para los peces —dijo—. Alimento vivo. Para que no se aburran.
Theo la miró.
—June, esos peces tienen 8 años comiendo hojuelas. No les des cosas vivas.
—Es para enriquecimiento ambiental —dijo June, muy seria.
Me reí. Me reí de verdad por primera vez desde Austin.
Saqué mi rotuladora Dymo del Subaru. Nueva etiqueta.
La pegué en el tablero. Decía: SAVANNAH / QUEDARSE / PRIYA / PECES / ROBLE / VER QUÉ PASA.
Arranqué el coche solo para escuchar cómo sonaba.
Sonaba bien. Sonaba a casa. Afuera, la grúa se llevaba el Versa blanco chocado, pitando bajito, y Richard, Theo, June y Eleanor se quedaron mirando mi coche como si fuera una reliquia que había vuelto de la guerra.
Y yo supe que había tomado la decisión correcta.
No solo por amor, aunque un poco sí. Por los dos.
Por el amor fácil y por el difícil. Sino por lealtad a la sociedad que había empezado con Priya en un Starbucks, con dos laptops y 5 mil dólares cada una, y que todavía no tenía un final razonable. Todavía.