Capítulo 63 #3
—Lo que ocurrió entre nosotros —empieza—, si ocurrió fue porque tenía que ocurrir.
Hay parejas que se conocen en el cine, en un chat, en el autobús, en un local, y otras, como tú y yo, que nos conocimos de una de las maneras más locas que hay en el mundo.
Efectivamente, buscábamos solucionar nuestros problemas y nos embarcamos en un matrimonio que a ambos nos trajo sorpresa, desconcierto y felicidad.
Sorpresa, porque contra todo pronóstico nos sorprendimos para bien.
Desconcierto, porque los sentimientos nos superaron.
Y felicidad, porque yo encontré en ti y tú encontraste en mí algo que no esperábamos.
Y sí, cariño. No lo voy a negar. Soy un tipo al que le gusta el control, soy previsor y comedido, entre otras cosas, al igual que tú eres impulsiva, caótica y retadora, entre otras.
Sé que vuelve a tener razón.
—Llevas tanto tiempo pensando en ese nubarrón negro y en que no te pueden pasar cosas bonitas que hasta tú misma te lo has creído. Animas a todos a buscar la felicidad y tú te olvidas de buscar la tuya. Y cuando la encuentras, tus miedos te hacen rechazarla.
—A ver, Oliver, yo...
—No, cariño. Hoy hablo yo —me corta con voz suave—.
Tengo que decirte que te equivocaste cuando dijiste que el que fueras retadora o impulsiva no me gustaba, porque precisamente eso fue lo que hizo que me enamorara completamente de ti.
Me preguntaste que cuánto tiempo hubiéramos durado.
Y no te supe responder. Pero creo que esa pregunta, si se la haces a cualquier pareja enamorada, difícilmente te podrá dar una respuesta.
Lo miro. Solo puedo asentir.
—Mencionaste que tú y yo nos atraíamos porque éramos la novedad —continúa—.
Y sí, cariño. La novedad tiene la capacidad de hacerlo todo más atractivo e intenso, pero la novedad por sí sola no sostiene una relación, porque lo que la sostiene son las ganas de querer estar ahí y esas ganas las teníamos los dos, aunque te empeñaste en negarlo para proteger a Galerías Dávila, y no me digas que no.
Levanto la mano. Necesito hablar.
—Dime...
—Siento no haberte contado lo de Vicente. Siento haberte engañado cuando...
Su dedo va a mi boca. Con su gesto me calla e indica:
—Yo sí que siento no haberme dado cuenta de por lo que estabas pasando. Ese es un tema que querrás olvidar y yo quiero que lo hagas. Y lo hablaremos. Pero solo cuando tú quieras y estés preparada, ¿de acuerdo?
Asiento. Sonrío, y él, tomando aire, prosigue:
—En cuanto al agilipollamiento momentáneo del que hablabas, existe.
Y existe porque yo desde el primer segundo en que te vi, aunque no me di cuenta en ese momento, me enamoré de ti.
Me enamoró tu ímpetu, tu personalidad. Me encantó el desafío en tu mirada.
El que nunca te achantaras ante las cosas que yo te dijera, y sobre todo me enamoraste tú tal y como eres.
Siendo la hija de quien eres. La hermana de quien eres.
Y la madre y amiga de quien tú quieres. Me enamoré de ti, Yuls Pérez.
De la mujer que contra todo pronóstico me llamaba «rancio» y «patatita gruñona», cautivó a mi familia, fascinó a mis amigos, embelesó a mis perros, me hizo olvidar que soy una hoja de Excel con patas e incluso me llegó a convencer de que Tarifa se hacía pis dentro de casa por la alegría que sentía al verme.
Al oír aquello sonrío y él, acercando su mano a la mía, dice:
—¿Recuerdas que una vez me preguntaste si tenía algún sueño y yo te dije que no?
Asiento. Lo recuerdo.
—Pues ahora puedo decirte que mi sueño eres tú.
—Vaya... —murmuro.
—Y que el único trato y contrato que necesito contigo es nuestro amor. Y si mis palabras y esta exposición que he creado para ti no han sido suficiente, créeme que lo volveré a intentar, una y mil veces, hasta que, como ha dicho Lucas, te des la oportunidad de ser feliz.
Aquella declaración de amor es lo más bonito que he escuchado en mi vida.
Oliver no me ha olvidado. Solo ha cogido fuerzas para hacerme entender que lo nuestro es de verdad.
Que lo nuestro merece la pena. A su manera, me está haciendo vivir mi amor de película y, dispuesta a bajarme de mi cabezonería y a darme esa oportunidad que, por supuesto, me merezco de ser feliz, murmuro:
—Vaya, patatita... sí que te lo estás currando.
Se ríe como me río yo y, acercándose a mi boca, me da un beso que siento que me da la vida que yo misma me había arrebatado. Y cuando segundos después nuestros labios se separan, murmura:
—Por ti, merece la pena currárselo. Y ahora que sabes que estoy dispuesto a todo, y si es necesario lo escribo en un contrato, dime qué quieres tú.
—Quiero preguntarte algo.
Oliver asiente. Se acomoda. En su gesto veo la preocupación por lo que yo le pueda preguntar.
—Tú dirás, cariño —me anima sin moverse un milímetro.
Y mirándolo, y sin vacilar, porque mi cabeza y mi corazón vuelven a estar unificados, pregunto:
—¿Te quieres casar conmigo?
Como me imaginaba, se quita las gafas de inmediato. ¡Biennnn!
Mi pregunta le ha sorprendido mientras siento que vuelvo a dejarme llevar por la impulsividad y locura del momento. Conociéndolo, estoy segura de que le acabo de romper todas las opciones que se había planteado, pero sonriendo afirma con seguridad:
—Por supuesto que quiero casarme contigo.