Todo bajo control, menos tú Capítulo 63 #2
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Capítulo 63 #2

Sonrío. Cabeceo. Asiento. Decido fiarme. No me queda otra si quiero que me den la sorpresa y finalmente permito que me venden los ojos.

Uisss, ¿a que me mareo?

En el camino vamos cantando a gritos la canción Felices los cuatro, de Maluma, mientras reímos a carcajadas.

No veo nada porque tengo los ojos vendados, pero disfruto del momento con Lucas y mis amigos cuando noto que el coche frena.

Se para. Segundos después, las puertas del vehículo se abren y oigo a Kaory que dice:

—Hemos llegado. Vamos, Yuls, ¡sal del coche!

Con una torpeza increíble, consigo bajar del vehículo mientras Lucas agarra con fuerza mi mano.

Segundos después, se nos unen Kaory y Toni, y entre risas caminamos por la calle.

No sé dónde estoy. No sé adónde me están llevando.

Pero, como he decidido fiarme de ellos, simplemente me dejo llevar mientras oigo el ruido del tráfico y peatones a nuestro alrededor.

—Hay un escalón —advierte Lucas.

Levanto la pierna y, ayudada por ellos, salvo el peldaño. Instantes después, el ruido del tráfico y de los peatones se esfuma. Ya no está. A cambio, escucho una suave música de fondo.

—¿Estamos en un restaurante? —pregunto, intentando identificar algún olor.

—No —responde Lucas.

—Pues tengo hambre.

—Después cenarás —observa Toni.

—¿Me vais a quitar ya la venda de los ojos o no?

—Espera, doña impaciencia. Danos unos segundos —oigo que dice Kaory.

Guiada por ellos, sigo caminando hasta que de pronto Lucas se para.

—Mamá, ya hemos llegado.

Asiento. Estoy emocionada. Quiero ver adónde me han llevado.

—Sabes que Toni y yo te queremos porque eres una tía increíble, ¿verdad, Yuls? —dice Kaory.

—Claro que lo sé, ¿por qué preguntas eso?

—Porque queremos que sepas que te mereces una vida en la que tu lema no sea «sobrevivir», sino más bien «vivir y ser feliz» —dice.

—¿Y eso qué quiere decir? —pregunto sonriendo.

—Quiere decir que eres única, además de cabezota —afirma Toni—. Y que, por favor, creas en que te pueden pasar cosas bonitas y que, por supuesto, te mereces tener tu bonito final de película.

—Al final, me vais a hacer llorar, idiotas —murmuro emocionada.

Oigo que Kaory se ríe.

—Mamá, sabes que yo también te quiero, ¿verdad? —interviene Lucas, que no ha soltado mi mano.

—Pero qué os ha dado a los tres ahora con el querer —me mofo.

Oigo a Lucas reír a mi lado.

—Una vez me dijiste que cuando quieres a alguien, lo que deseas es su felicidad, ¿verdad?

—Sí, cariño.

—Pues yo quiero tu felicidad.

—¡Aisss, que te como!

—Escucha, mamá, llevas toda tu vida cuidando de mamá Clara, de mí, de cualquier persona a la que le coges cariño, y creo que ya es hora de que nosotros nos preocupemos por ti y te digamos que tu felicidad también importa.

Por lo tanto, olvídate del nubarrón negro porque ya se ha ido y deja de pensar que no te mereces que te pasen cosas bonitas, porque precisamente eso no es lo que tú me has enseñado a mí.

—No te pillo, Lucas —me mofo.

—Mamá, eres increíble. Eres la persona que me ha enseñado que en la vida hay que darse oportunidades para que las cosas ocurran, y ahora, por favor, necesito que tú te des esa oportunidad.

Divertida, sonrío por aquello. Menudas parrafadas llenas de cariño me han soltado todos, y cuando siento que los pasos de Lucas se alejan, pregunto:

—¿Bichito, adónde vas?

—Tranqui. Estaré cerca.

—Pero...

—Mamá, dame unos segundos.

—¿Puedo quitarme ya el puñetero pañuelo de los ojos?

—Cuenta hasta diez en alto y luego te lo quitas —oigo que Lucas dice.

Muevo la cabeza. No puedo ni imaginar ni dónde estoy ni la sorpresa que aquellos tres han preparado para mí cuando digo en alto:

—Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Nueve y medio. Nueve y tres cuartos y diez. ¡Me quito el pañuelo!

Llevo mis manos a la cabeza y me quito el pañuelo.

Durante unos segundos no veo bien, hasta que, de improviso, reconozco el lugar.

Estoy en la galería de arte de Oliver. La primera que conocí.

Y boquiabierta me quedo al verme rodeada por enormes fotografías donde se ven preciosos cielos plagados de estrellas de diferentes colores y brillos.

Sorprendida, miro aquellas increíbles imágenes donde se muestran no solo cielos estrellados, sino preciosas auroras boreales con colores increíbles de imaginar, hasta que una fotografía llama mi atención y voy derecha hasta ella.

Es la única que tiene ante ella un banco para admirarla y sin dudarlo me siento.

Maravillada, contemplo la fotografía donde se ve la constelación de Casiopea junto a la Vía Láctea y noto que alguien se sienta a mi derecha. Es Oliver. Mi misil y desestabilizador emocional.

Uff... lo que me hace el cuerpo.

Me mira. Como yo lo miro a él mientras compruebo que, como siempre, va impolutamente vestido con un traje claro, y, la verdad, está guapísimo. Sin entender nada lo observo, y él, sin rozarme, señala la fotografía que tenemos enfrente.

—Sabía que esta fotografía iba a ser tu favorita porque en ella se ve la constelación de Casiopea junto a la Vía Láctea —afirma.

Asiento. No le puedo quitar la razón. Él añade—: He leído muchas cosas sobre Casiopea.

En la mitología griega se decía que era la reina de Etiopía y su vanidad le hizo afirmar que ella y su hija Andrómeda eran muchísimo más bellas que las nereidas.

Que Casiopea afirmara algo así rompía el equilibrio del mundo y despertó la ira de las ninfas marinas, que pidieron ayuda a Poseidón.

Este, para darle una lección por su arrogancia, envió un monstruo marino que devastó el reino de Casiopea y su marido.

Y aunque Perseo rescató a Andrómeda, tras ser encadenada a una roca como sacrificio para el monstruo, todo cambió para Casiopea, que fue condenada a ocupar un espacio en el cielo para toda la eternidad.

Y si la observas en las noches oscuras, como en la de esta foto, parece estar sentada sobre el precioso río de estrellas que es la Vía Láctea.

Asombrada, asiento. Conocía esa historia. Mamá me la contó. Pero si mal no recuerdo, aquello del cielo y las constelaciones a Oliver no le atraía nada.

—¿Desde cuándo sabes tú de estrellas y constelaciones? —pregunto.

Oliver sonríe.

—Desde que decidí que quería impresionarte —murmura.

Oír eso me hace sonreír, pero me desconcierta. ¿Qué estoy haciendo allí? ¿Qué hago sonriendo? ¿Por qué estoy junto a Oliver?

Guardamos silencio y entonces yo miro hacia los lados.

—Lucas, Kaory y Toni se han ido —dice Oliver—. En la galería solo estamos tú y yo. Ellos me han ayudado para poder darte esta sorpresa, pues sabía que, si yo te invitaba, posiblemente no vendrías. Y, por cierto, gracias por el bonito cielo que creaste en nuestra habitación.

Petrificada al saber aquello, no sé ni cómo reaccionar. Voy a matar a los tres que se han marchado.

—En esa otra fotografía, como ves, se puede ver la estrella polar —me señala otra de las obras—. Y en la de la esquina, tienes una increíble vista de la Osa Mayor, que...

—¿Qué estás haciendo, Oliver?

—Explicarte la exposición que he creado para ti.

—¿Para mí?

—Sí, cariño. Para ti. ¿Has visto cómo se llama?

Rápidamente miro hacia la izquierda y allí veo un cartel que pone:

Exposición: «Donde Andy, Yuls y Clara siguen brillando». Fotografías del astrofotógrafo neozelandés Tane Sullivan.

Ver aquello me emociona. Me eriza todo el vello de la piel. Si mamá pudiera entenderlo se emocionaría.

—Quería organizar esta exposición para ti y por supuesto para Andy y para tu madre —me explica él—.

Sé lo importante que es el cielo y sus estrellas para los tres.

—Conmovida, asiento, cuando añade—: Me gustaría que valoraras el traer algún día a Clara para mostrarle la exposición, pues quiero creer que le gustará.

—Vale...

—Y también quería que fuera aquí, entre particulares cielos llenos de estrellas, donde tú y yo nos volviéramos a encontrar.

Asiento como una tonta mientras el corazón me va como una locomotora.

—El último día que estuvimos juntos estaba tan impactado por todo lo que había pasado que fui incapaz de decir nada y solo hablaste tú.

Pero hoy, tras la inestimable ayuda de mis compinches, que me han hecho entender muchas cosas de ti, y tras pensar muy detenidamente lo que te quería decir, mi pregunta es: ¿puedo hablar?

Mi cabeza, que ya tiene vida propia, asiente mientras mi corazón va a todo trapo. Estoy ante Oliver, rodeada de preciosos cielos estrellados, y no me sale ni la voz.