Capítulo 63
Estoy tirada en el sofá esperando a que la lavadora se acabe mientras miro a mi alrededor y pienso en lo vivido.
Los primeros días, tras la noticia sensacionalista, mi vida se convirtió en un caos. Mamá y yo éramos noticia, y no precisamente por algo bonito. Imagino que Oliver lo vivió igual. No quiero ni pensar lo encabronado que estaría.
Periodistas y televisiones me esperaban en la puerta de casa, en la residencia o a la entrada del trabajo para meterme la alcachofa y preguntar.
Querían saber todo lo ocurrido con Vicente y, por supuesto, querían saber qué había pasado con Vanessa.
Y aunque inicialmente fue duro soportar aquel acoso mediático, con el transcurso de los días, y posteriormente de las semanas, todo se relajó.
El caso de Vicente Brusei quedaba archivado para la eternidad, por lo que la tensión finalizó y mi tranquilidad regresó.
Pero ahora de verdad. Vicente ya no está en el mundo en el que mamá y yo respiramos, y ya no puede hacernos ningún mal.
En cuanto a Vanessa, me consta que se le cayeron infinidad de contratos y proyectos, y las cadenas de televisión para las que trabajaba en España e Italia rescindieron sus contratos.
Lo que nos había hecho a mamá y a mí, motivada por los celos, fue una terrible imprudencia que pudo acabar muy mal.
Y, como era de esperar, a nuestra denuncia se le añadieron muchas más.
Vanessa, con los años, se había ganado infinidad de enemigos que solo esperaban el momento oportuno para lanzarse a su cuello.
Y su momento llegó. Algo que no me dio ninguna pena, pues quien la busca la encuentra.
Ágata, Altamira y Lara en varias ocasiones vinieron a verme a mi casa. Les preocupo. Me quieren. Y me hacen saber lo mucho que me echan de menos.
La primera vez que aparecieron, me contaron que Oliver les había confesado la verdad sobre nuestra boda y al final las cuatro terminamos llorando como magdalenas.
Cada una por motivos diferentes. Eso sí.
Me quedó claro que, aunque yo ya no sea una Dávila, no iban a permitir que me fuera de sus vidas.
¡Qué monas!
Una noche quedé con Lara. Salimos a cenar juntas y después fuimos a uno de los conciertos que daban en una sala Distorsión Cerebral.
Ni que decir tiene que sigo siendo la «nena» de Braulio y que, además de abrazarme como un oso, se comportó de una manera ejemplar.
En ningún momento mencionó a Oliver y en ningún momento me hizo sentir incómoda.
Su respeto hacia mí fue increíble, y se lo agradecí.
Rafael y Alexander, cuando me visitaron por separado, me hablaron de Oliver y de cuánto me añora, aunque no lo manifiesta.
Incluso me indicaron que había demandado a Vanessa.
Oír su nombre me rompe el corazón porque lo sigo queriendo.
Y aunque a veces siento unas ganas irresistibles de correr hacia él, para decirle que lo necesito en mi vida, me contengo.
Después de lo que le dije aquel último día en el que me aproveché al verlo totalmente desconcertado, es lo mejor, y más viendo que él no se ha vuelto a acercar a mí. Está claro que respeta mi decisión.
Como la buena masoquista que soy, porque, aunque tengo momentos positivos también he llegado a la conclusión de que a mí nunca me saldrá nada bien, día sí y día también, pongo en bucle nuestra nada romántica canción de amor y me desmorono.
La letra. Su mensaje. Su desesperación. Todo en ella me causa dolor, porque sé que he sido yo la que le ha fallado a Oliver.
Le mentí. Fui egoísta. Le oculté información.
Y aun sabiendo cuánto me quería, como dice la canción, no le entregué la mitad del mapa para que pudiera entender mi situación.
Fui egoísta. Lo sé. Y precisamente por eso, cuando toda la pesadilla de Vicente terminó y quedó al descubierto la verdad, convencida de que yo no era buena compañera para él, me autocastigué.
Lo obligué a que se alejara de mí para que la prensa hiciera el mínimo daño posible a su empresa familiar, aunque con el paso de los días soy consciente de que, al hacerlo, le volví a hacer daño a él. De nuevo lo hice mal.
Necesitada de paz mental para reencontrarme conmigo misma, al ver que mi rostro dejaba de presentar las señales de batalla y se normalizaba, que mamá estaba bien y cuidada y que Lucas se había marchado a Menorca con Javi y Lara, decido irme sola a un crucero por el norte de Noruega.
Quería conocer muchos de los sitios de los que Oliver me habló y, por supuesto, ver auroras boreales.
Y aunque lo disfruté, porque viajar siempre es un disfrute, no hubo un solo segundo de cada día en el que no pensara en él.
En soledad, vi aquellos lugares y paisajes llenos de pasado y de historia vikinga que tanto le maravillaban.
Incluso tuve la gran suerte de poder ver una aurora boreal.
El guía comentó que no era de las mejores, pero para mí fue increíble ver bailar en el cielo aquellos colores verdes y morados. Algo que a mamá le hubiera maravillado.
Durante esos días escuché mucho a mi Alejandro. Sus canciones me llenaban el alma, pero también me destrozaban el corazón. Mi parte masoquista no podía dejar de escucharlo y, como dice la canción Mi soledad y yo , pensé e imaginé de mil formas nuestro encuentro ficticio.
A mi regreso del viaje, aunque pensé que volvía renovada, no fue así. Fue entrar en la soledad de mi casa, y el mundo se me cayó de nuevo encima.
Por suerte, mamá estaba bien dentro de la gravedad de su enfermedad. Kaory, repuestísima tras lo ocurrido, y Lucas feliz. Al menos, eso me alegraba.
Para Lucas atreverse a ser amigo de un chico como Javi, que procede de un entorno totalmente distinto al de él, le ha hecho ver que no todo el mundo es igual.
Que las personas son educadas, buenas y empáticas por ser quienes son y no por el ambiente donde se críen.
Javi es un chico fantástico. Me lo pareció la primera vez que lo vi y me lo sigue pareciendo cada vez que lo veo.
Y que quiera y respete a Lucas por ser quien es, sin prejuicios ni barreras, es algo que siempre le agradeceré.
Al volver de Noruega, Lucas me contó que Oliver estuvo en Menorca con ellos unos días.
Javi y Oliver le enseñaron a hacer windsurf y, emocionado, me habló de lo increíble que es conducir una moto acuática.
Ahora, cuando me habla de Oliver, no lo llama ni «rancio» ni «estirado».
Lo llama por su nombre y hasta yo diría que lo dice con cariño.
Sé que para Lucas hubo un antes y un después con Oliver a raíz de aquella fatídica noche.
El hecho de que él lo llamara y Oliver sin perder tiempo acudiera a su llamada le hizo entender que era mejor persona de lo que pensaba, y eso lo llevó a darle una oportunidad que Oliver, por lo que veo, ha sabido aprovechar muy bien.
Ahora es Lucas quien me habla de Oliver y soy yo la que no quiere escuchar.
Ahora soy yo la que dice que la vida es una mierda y es Lucas quien me recuerda que la vida es bonita si queremos que así sea.
Cada vez que estoy con Lucas, menciona a Oliver con la esperanza de que vuelva a abrir mi corazón, pero no me lo permito.
Estoy autocastigada. La decisión que tomé, acertada o no, he de respetarla y entender que Oliver se merece a alguien mejor que yo.
Pero el 5 de octubre ocurrió algo que me desestabilizó. Cuando estaba pintando la que es hoy mi habitación, sonó el portero automático. Era un mensajero que me traía unos documentos de parte del señor Oliver Dávila. Ufff... cuando escuché ese nombre cómo se me aceleró el corazón.
Cuando el mensajero se marchó, me encendí un cigarrito y abrí el sobre. De él saqué una carpeta en la que ponía «sentencia de divorcio». Y en una nota adjunta y con la letra de Oliver leí:
Oficialmente vuelves a ser una mujer soltera. Te deseo felicidad. Oliver Dávila
Leer eso me hizo llorar. Durante horas no paré de llorar a moco tendido mientras pintaba la habitación y escuchaba a mi Alejandro con el corazón partido.
Un sonido me saca de mi ensoñación. La lavadora se ha acabado. Voy hacia la cocina, saco la ropa y la tiendo para que se seque. Cuando acabo, regreso al salón y en ese instante suena el timbre de mi casa. Al abrir la puerta veo a Kaory y a Lucas.
—Mamá... venimos a darte una sorpresa —me dice él sonriendo.
No me extraño. Desde que regresé a mi casa, no paran de aparecer para sorprenderme llevándome a un curioso restaurante o a un bonito parque.
—Te vamos a llevar a un sitio que te va a flipar —anuncia Kaory.
—¿Adónde?
—Ah, no, mamá, ¡esa es la sorpresa!
Sonrío. Y mirando mis pantalones vaqueros y mi camiseta a rayas pregunto:
—¿Me tengo que cambiar de ropa o puedo ir así?
Ellos me miran.
—Yo te veo muy guapa —afirma Lucas.
—Estás fantástica —ríe Kaory.
Dejándome llevar por ellos, cojo mi bolso, las llaves y salimos de casa. Entre risas llegamos hasta el coche de Kaory y allí nos espera Toni, su marido. Tras saludarnos, nos montamos en el vehículo y vamos hablando hasta que Lucas me enseña un pañuelo rosa.
—Tengo que taparte los ojos —dice.
—¡Ah, no! Ni hablar —respondo.
Kaory, Toni y él se ríen.
—A ver, mamá. No nos puedes jorobar la sorpresa. Colabora, por favor —se empecina Lucas.
—A ver, Lucas...
—Yuls, Lucas tiene razón. No nos la jorobes.
—Venga, mujer. Déjate sorprender —apostilla Toni.
Resoplo. Aunque me gustan las sorpresas, eso de ir con los ojos vendados no me hace gracia y, recordando algo del pasado, pregunto:
—¿Cómo pretendéis que me fíe de vosotros si la última vez que me vendasteis los ojos me pusisteis una serpiente sobre las piernas?
Ellos se ríen. Yo no. Me refiero a la vez que llevamos a los niños del centro a un espectáculo de reptiles.
—Te prometo, y fíjate lo que he dicho, ¡prometo!, que no será nada así —me convence Kaory.
—Venga, mamá. Fíate de tu bichito —se mofa Lucas.