Todo bajo control, menos tú Capítulo 62 #2
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Capítulo 62 #2

Lucas se acerca a nosotros y veo cómo él y Alexander se llevan a Yuls hacia una de las ambulancias para ser atendida mientras yo, a cada instante más sorprendido, miro a Vanessa.

—En mi vida pude imaginar que cayeras tan bajo. Tú no tienes humanidad ni empatía por nada ni por nadie. Y créeme cuando te digo que hay cosas que no tienen perdón, y lo que has hecho es una de ellas.

—Pero, Oliver...

—No vuelvas a dirigirte a mí en tu vida. Y prepárate, porque pienso demandarte por todo lo que se pueda. Porque, como ha dicho Yuls, quien la hace la paga.

Vanessa grita. Balbucea. Suplica. Está claro que lo que ha hecho es verdad, y yo me alejo. No quiero tener nada que ver con ella.

Cuando llego hasta la ambulancia donde atienden a Yuls, esta me mira.

En su rostro, además de las magulladuras, veo la rabia, el dolor, la furia.

Veo tantas emociones en ella que no sé qué puedo esperar.

En silencio y con paciencia aguardo a que los del Samur acaben y, cuando lo hacen y discretamente se van a la otra ambulancia, Lucas, que está a mi lado, dice:

—Voy a ver a mamá Clara.

A continuación, Lucas y Alexander se dirigen a la segunda ambulancia, donde me consta que atienden a Clara, y en silencio Yuls y yo nos miramos.

Ella mira mi rostro magullado como yo miro el suyo, e incapaz de no hacerlo, acercándome a ella, la abrazo.

Al instante ella responde a mi abrazo y no necesitamos decirnos nada más.

En mi cabeza dan vueltas cientos de cosas, pero me centro en lo que Lucas me dijo cuando íbamos en el coche.

Me contó que Yuls, en cierto momento, le confesó que en ocasiones para evitar hacer daño a quien amas lo mejor es alejarse y permitir que esa persona prosiga con su vida, aunque deje de formar parte de la tuya.

A su manera, Yuls, el día de la discusión, se había creado un personaje para alejarme de su lado, cuando la realidad era bien distinta. Estoy pensando en eso cuando la oigo murmurar:

—Puedes decírmelo. Lo estoy esperando.

—¿El qué? —pregunto, dejando de abrazarla.

—Eso de todo bajo control, menos tú.

Oír eso me hace sonreír, como le hace sonreír a ella.

—Gracias por tu protección —musita—, y por acudir a la llamada de Lucas. De verdad. Muchísimas gracias.

—Yuls...

Nos miramos en silencio unos instantes.

—Lo siento —dice.

—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me contaste la verdad?

—Al principio, porque necesitaba el dinero, y luego, porque no sabía cómo hacerlo —responde.

La miro. Estoy tan confundido y desconcertado que no sé qué decir, cuando mi teléfono comienza a sonar. Es Rafael. Corto la llamada. Al hacerlo, el teléfono vuelve a sonar. Es mi hermana Lara. De nuevo corto la llamada.

—Ya les ha debido de llegar la noticia —observo.

Yuls asiente y, alejándose unos pasos de mí, dice:

—Siento todo el ruido que esto os va a ocasionar. Por mi culpa la reputación de vuestra empresa se resentirá y...

—Yuls, creo que eso ahora...

—Sé lo mucho que odiáis los Dávila los escándalos sensacionalistas y yo os he llevado de cabeza a uno de ellos.

La tristeza en su mirada y en su voz me encoge el corazón, pero sé que dice la verdad. Esto, sin duda, nos pasará factura en ciertos medios, pero necesito ser sincero.

—Yuls. Te quiero y esto lo podemos superar —afirmo.

—Oliver...

—Cariño, no te preocupes por nada. Mi abuela y mi hermana, cuando se lo expliquemos, lo entenderán, y yo solucionaré el resto.

Aunque asiente, en su rostro veo una ligera incertidumbre.

—Y tú, Oliver, ¿lo has entendido? —quiere saber. La miro. Quiero asentir. Quiero entender una situación rocambolesca que de pronto se me ha venido encima, pero no me muevo. No asiento, cuando ella musita—: Escucha, Oliver. Tú y yo nos hemos dicho cosas que...

—Lo que nos dijimos fue fruto de la situación. Estábamos nerviosos, alterados, y en momentos así sabes perfectamente que se habla sin pensar.

—Lo sé. Pero creo que lo mejor para ambos es que nos alejemos el uno del otro y...

—Pero ¿qué dices?

—Oliver, piénsalo. Si nos hubiéramos cruzado por la calle, creo que ni nos hubiéramos mirado.

—Yuls, para —le pido, consciente de que se toca el dedo donde ya no está el anillo que me entregó.

—Lo que ha ocurrido entre nosotros nunca debió ocurrir —prosigue—.

Pero en aquel momento ambos buscábamos solucionar nuestros problemas y, creyendo que lo hacíamos, nos embarcamos en un falso matrimonio que, tarde o temprano, tenía que acabar.

Oliver, tú eres un hombre al que le gusta el control.

Te gusta tenerlo todo previsto, medido y planificado para que nada se salga de su camino, y precisamente yo soy todo lo contrario.

Soy impulsiva, efusiva, caótica, contestona, retadora y un sinfín de cosas más que sé que no te gustan.

Y sí, aunque fue bonito mientras duró, ¿cuánto tiempo crees que hubiéramos durado?

No respondo. Estoy tan bloqueado que soy incapaz de responder.

—Tú y yo no tenemos nada que ver y lo sabes —añade—.

Yo no soy el modelo de mujer que necesitas en tu vida ni a tu lado.

Durante este tiempo hemos sido la novedad, pero cuando eso deja de serlo, agobia, atosiga y aburre.

Por lo tanto, creo que, llegados a este punto, debemos quedarnos con lo vivido, regresar a nuestras vidas y dejar que el tiempo haga lo necesario para que nos podamos olvidar.

Y, por favor, respeta lo que te pido y no insistas.

No. No quiero. Quiero insistir. Necesito tenerla en mi vida.

Soy esclavo de su sonrisa, locura y besos.

Pero, viendo su mirada y entendiendo sus palabras y su determinación, claudico y como un auténtico gilipollas asiento.

Respeto lo que me pide, aunque me mate por dentro.

Si ella no quiere estar conmigo, ¿quién soy yo para obligarla?

—Oliver. Eres un hombre increíble, pero lo nuestro fue...

—Un agilipollamiento momentáneo —termino la frase con esa frialdad que sé que tengo cuando me lo propongo.

Yuls se muestra de acuerdo. Su bonita sonrisa, a pesar de su rostro magullado, me encanta, me enamora. Creo que nunca la voy a olvidar.

—Deberíamos despedirnos y esta vez para siempre —dice después de tomar aire.

—Yo también lo creo —afirmo con frialdad, pero totalmente abatido.

Durante unos instantes más nos miramos como queriendo retener algo que no sé definir.

—Adiós, señor Dávila —dice, tendiendo la mano—. Gracias por todo. Ha sido un placer conocerlo.

Con las pulsaciones a mil, pero aparentando tranquilidad, agarro su mano. Se la estrecho y aunque no quiero soltársela lo hago.

—Lo mismo digo, señorita Pérez —respondo—. Adiós.

E intentando que el Oliver fuerte que ella conoce y que llevo trabajándome años no pierda la compostura, me doy la vuelta y me alejo. Oigo unos pasos que se acercan a mí con toda celeridad. Es Lucas.

—¿Te vas? —Me detiene.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque ella así lo ha decidido.

El muchacho mira hacia la ambulancia donde está Yuls y después me mira a mí. Por el brillo de desconcierto en sus ojos compruebo que entiende aún menos que yo.

—Pero...

—Tranquilo, Lucas —le corto—. Todo irá bien a partir de ahora. Ve con Yuls. Te necesita.

Y, tras apretarle con mi mano el hombro a modo de despedida, continúo andando mientras siento que el mundo se hunde bajo mis pies.

De camino a mi vehículo se me viene a la mente nuestra nada romántica canción y eso me hace ver que la mitad del mapa, en este caso su historia, jamás me la contó y que soy el tonto enamorado que tiene el orgullo y el corazón hecho pedazos.

Abro el coche con el mando a distancia y cuando me estoy montando en él veo llegar a Alexander, que se sube conmigo. No me habla. No dice nada. Por lo que, tan pronto nos ponemos los cinturones de seguridad, arranco y sin mirar atrás nos vamos.