Todo bajo control, menos tú Capítulo 62
94%

Capítulo 62

Durante unos instantes dejo de respirar.

No soy capaz de discernir si es que el disparo no me ha alcanzado o es que no lo noto por culpa de la adrenalina que tengo en el cuerpo.

Aterrorizado, miro hacia atrás. Busco con mis ojos con urgencia a Yuls, Lucas y Clara, y los encuentro.

Están de pie. Están vivos, y sin pensármelo los abrazo, tras haber visto de refilón a Vicente abatido en el suelo.

Lucas y Yuls lloran. Balbucean. Mientras Clara tiembla creo que tanto como yo, pero disimulo. Intento que me sientan seguro e impasible, pero la verdad es que no puedo parar de temblar y más viendo la sangre y los moratones que tiene Yuls en el rostro.

Instantes después, veo aparecer a Alexander con su pistola en la mano y a otros policías tras él.

—¿Estáis bien? —pregunta, acercándose a nosotros. Hago un gesto afirmativo, y Lucas y Yuls asienten cuando Alexander quiere saber—: ¿Hay alguien más en la casa?

Yuls se deshace de mi abrazo. Su rostro está magullado. Sangra por la boca. Me horroriza verla así.

—Sí. En el salón hay una mujer llamada Bea. —Y señalando a Vicente, que está muerto ante nosotros, explica—: Era su novia y compinche.

Alexander hace una seña a sus hombres, que entran en la casa.

—No os mováis de aquí. —Y, mirándome, añade—: Haz caso esta vez.

Asiento. Sé que me merezco su reprimenda, pero no me arrepiento de lo que he hecho.

Desde mi posición no puedo quitar la mirada de Yuls. Los golpes que tiene en su rostro sé que se los ha provocado el cabrón que yace sin vida en el suelo.

—Mamá, ¡tu pierna! —exclama Lucas.

Miro hacia donde señala. Yuls tiene la pernera derecha del pantalón vaquero llena de sangre.

—Tranquilo, bichito, estoy bien. —Pero mira a Alexander y le dice—: Mamá necesita ayuda urgente. Por favor. Por favor.

Con rapidez, Lucas agarra a Clara. Libera a Yuls del peso de su madre, y Alexander señala la ambulancia que acaba de llegar.

—Llevémosla a la primera ambulancia para que la atiendan.

Cojo entre mis brazos a Clara. No pesa nada.

Es una mujer menuda, que mira hacia las estrellas, maravillada, y la llevo a la ambulancia.

La dejo en manos de los médicos del Samur, y miro a Yuls.

Quiero abrazarla. Quiero que sepa que todo aquello por lo que estaba pasando ha acabado, pero ella no me mira.

Solo tiene ojos para su madre mientras Lucas la tiene agarrada de la mano y no se separa de ella.

Durante unos segundos, permanezco frío e impasible mientras observo cómo los del Samur atienden primero a Clara y luego a Yuls. No me permito pensar. No me permito hablar. Estoy tan fuera de mí en este momento por lo vivido que, si me preguntan, no sabría decir cómo me llamo.

Tan pronto como los del Samur liberan a Yuls, esta pasa por mi lado y yo la sigo. Se acerca hasta el desgraciado que está abatido y muerto en el suelo. Sin moverme, la observo, y veo sus ojos llenos de rabia y odio y le oigo decir, después de escupirle:

—Púdrete en el infierno, cabrón de mierda.

Acto seguido, se da la vuelta y regresa a la ambulancia donde está Lucas con Clara.

Noto que alguien toca mi hombro y al mirar veo que es Alexander. Con un movimiento de cabeza, me indica que lo siga. Nos alejamos unos metros de la ambulancia.

—¿Ese cabrón te agredió? —me pregunta.

Lo dice por mi rostro magullado.

—No. Esto fue ayer —aclaro.

Se sorprende y vuelve a preguntar:

—¿Cómo no me dijiste quién era el padre de Yuls?

—Porque el primero que no sabía nada era yo.

Incrédulo, Alexander mueve la cabeza.

—No digas tonterías, Oliver. Tú, que eres un tipo al que le gusta tenerlo todo controlado, ¿cómo no ibas a saber quién era su padre?

Lo sé. Tiene razón. Siempre había sido ese tipo de hombre, hasta que Yuls llegó a mi vida. Tomo aire.

—No tengo por qué mentir —contesto.

Sorprendido me mira, pero sé que me cree. Sabe que no soy de los que mienten, y comparte conmigo todo lo que sabe de Vicente y de la historia de Yuls. Y, aunque ella me la ha contado a trompicones en el coche, yo escucho atentamente.

Atónito, tomo conciencia del tipo de persona que era Vicente y me horrorizan las cosas que oigo de él.

Estoy atento a lo que mi amigo Alexander me cuenta, cuando vemos llegar una furgoneta que va rotulada con el logotipo de una televisión.

De ella se bajan tres personas y entre ellas reconozco a Vanessa.

Desde la distancia veo cómo ella y los policías discuten al intentar traspasar el cordón policial.

—La que faltaba —musita Alexander.

Miro a Vanessa. Desde la distancia sé que ella me ha visto porque la oigo gritar mi nombre para llamar mi atención, pero no me muevo.

—Te juro que el día que consiga saber quién es la persona que le da los chivatazos para que ella siempre sea la primera en llegar, me la voy a cargar.

—Harás bien —afirmo.

En ese momento me suena el teléfono y leo:

Vanessa Amor. Tengo que dar la noticia en directo, pero intentaré hacerte el menor daño a tu empresa y a ti. Justamente lo que no ha hecho esa delincuente de Yuls.

Nada más leerlo se lo enseño a Alexander.

—Menuda cabrona está hecha —afirma.

Me muestro de acuerdo. Con la inquina que le tiene a Yuls, solo faltaba esto que ha pasado para que la machacara por completo, y maldigo.

Desde donde estamos vemos cómo Vanessa y sus dos compañeros se colocan, y, tras encender un foco, comienzan a emitir en directo.

—Esta noticia es buena carnaza para ella y la prensa, lo sabes, ¿verdad? —me pregunta Alexander.

—Lo sé.

Permanecemos un rato en silencio mirando cómo ella y su equipo trabajan.

—¿Crees que podrás parar un poco esto si hablas con ella? —propone Alexander.

—Lo dudo. Ya viste la manía que le tiene a Yuls.

Alexander resopla. Me entiende.

—Pues prepárate, amigo —me previene—, porque en cuanto esa sepa quién era el padre de tu mujer, lo que hizo y lo que pretendía hacer, vuestras vidas, por un tiempo, se van a convertir en un circo mediático.

Soy consciente de ello. Sé qué clase de periodista carroñera es Vanessa cuando me fijo en que Yuls sale de la ambulancia y con decisión, aun cojeando, camina hacia ella.

—Mal asunto —murmura Alexander.

—Malísimo —afirmo yo.

Alexander y yo comenzamos a correr con la intención de frenar a Yuls, pero esta llega antes que nosotros y la oímos decir:

—Di la verdad, maldita perra. Di quién le dio la información a Vicente de cómo encontrarnos a mamá y a mí.

¡¿Cómo?! ¿Pero qué dice Yuls?

Alexander me mira. En su rostro veo la misma sorpresa que en el mío cuando Vanessa, intentando aparentar tranquilidad y profesionalidad, habla en directo.

—Disculpe, señora Dávila, estamos dando la noticia de...

—Señora Dávila, no. Señora Pérez. Me estoy divorciando.

Vanessa, al oír aquello, me mira al igual que Alexander. Sin esperar a que se reponga de la sorpresa, Yuls, arrebatándole el micrófono, se coloca bajo el foco de luz.

—Soy Yuls Pérez —dice—, y el hombre que está abatido es un maltratador llamado Vicente Brusei. Para mi desagrado, mi padre.

—Amor... Pero ¿qué te ha pasado? —oigo que Vanessa me pregunta al mirar mi rostro mientras intenta quitarle el micrófono a Yuls.

No respondo. No quiero hacerlo, me fijo en cómo uno de sus compañeros se pone delante. Se lo impide.

—Ese hombre ha estado en la cárcel los últimos años por maltrato —prosigue Yuls— y porque intentó quemarnos vivos a mi madre, a mi hermano y a mí.

Como resultado de ese acto, mi hermano Andy, un niño de siete años, murió.

Vicente ha estado en la cárcel veinte años de los veinticinco a los que inicialmente le condenaron.

Pero aun desde allí se ha dedicado a amenazarnos de muerte a mi madre y a mí.

Siempre dijo que cuando saliera nos mataría, y eso es lo que ha intentado hacer hoy, aunque, gracias al buen trabajo de la policía, no lo ha conseguido.

Durante años, mamá y yo hemos escapado de él hasta que Vanessa Smith, la reportera a la que le he arrebatado el micrófono, buscando una noticia, dio con él y le indicó cómo localizarnos.

—¡Pero qué dices! ¡Estás loca! —vocea Vanessa.

Atónito al escuchar aquello, la miro. Ni en mis peores sueños pude imaginar que su nivel de rata y mala persona pudiera llegar hasta esos extremos.

—¿Que tú has hecho qué? —pregunto.

Pero Vanessa no me escucha. Solo grita a su cámara que deje de emitir en directo.

—¡Eso es mentiraaaa! Esta mujer miente. ¡Para de grabar! Finaliza el directo.

Yuls, dándole un empujón, se la quita de en medio y, mirándonos a Alexander y a mí, apostilla:

—Todo lo que digo se puede demostrar. Se puede ver que Vanessa fue a visitarlo a la cárcel de Ávila, entre otras cosas.

Vanessa enloquece. Aquello que está haciendo Yuls en directo, ante algo tan sórdido, sabe que puede ser el fin de su carrera como presentadora, y se vuelve loca.

Minutos después, la cámara se apaga y Yuls suelta el micrófono. Está furiosa. Rabiosa. Y al ver su mirada yo, que la conozco, murmuro a Alexander:

—Hay que pararla.

Voy a moverme, pero él me sujeta del brazo.

—Tranquilo. Todo a su tiempo.

Y, antes de que pueda siquiera moverme, veo cómo Yuls le da un derechazo a Vanessa con todas sus fuerzas en el rostro, haciendo que esta caiga de culo contra el suelo con absolutamente nada de glamur.

—Ahora sí, amigo. Ahora hay que pararla —afirma Alexander con una media sonrisa.

Acto seguido, mi amigo sujeta a Yuls, quien ya iba derecha a lanzar un nuevo ataque, mientras yo miro a Vanessa lamentarse. Ni sus compañeros ni los polis ni yo la ayudamos.

—Lo habéis visto todos, ¿verdad? Me ha agredido —grita, mirándonos.

Todos niegan con la cabeza. Está claro lo que pensamos.

—Has tropezado y te has caído —observo.

Vanessa maldice. Saca la víbora que siempre supe que había en ella, cuando Yuls, sujeta por Alexander, le suelta:

—Te lo dije, Vanessa. Te dije que si Vicente no acababa conmigo, yo acabaría con tu prestigio, tu honor y tu credibilidad. Has tocado lo más sagrado para mí. Has tocado a mi familia, y eso se paga.