Todo bajo control, menos tú Capítulo 61
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Capítulo 61

Hablar con Oliver me ha destrozado, pero siento que me ha hecho bien.

El haber sido sincera con él con respecto a todo me ha quitado un enorme peso de encima, aunque mi corazón esté tremendamente roto y resentido.

Estoy pensando en ello cuando me doy cuenta de que no le he dicho a Oliver que Vanessa tiene culpa de lo que está pasando, y maldigo.

Pero ahora no puedo decirle nada, pues tiré el teléfono por la ventana para que la policía no me pudiera seguir.

Al doblar una curva, veo la casa a lo lejos.

Descubrirla me causa un shock. Desde la noche en que las llamas salían por sus ventanas y me fui en la ambulancia, no he regresado.

Nunca he querido hacerlo y creo que nunca lo habría hecho si no es por la situación.

Voy atenta al desvío que tengo que coger para llegar a ella, y cuando lo veo me meto por ahí.

El camino es complicado. Piedras. Baches. Árboles caídos. El lugar es oscuro y desierto y mi maltrecho coche va dando tumbos a causa de los baches, pero me da igual. Yo solo quiero encontrar a mi madre.

Mientras me acerco no puedo dejar de mirar a aquella casa medio derruida y abandonada, que con el paso del tiempo se ha vuelto un lugar sucio y sombrío al que seguramente los únicos que irán serán los drogadictos.

Han pasado veinte años desde que ardió, pero verla me hace revivir todo lo ocurrido esa maldita noche y los ojos se me llenan de lágrimas. No lo puedo remediar.

A la derecha todavía está en pie el enorme árbol al que Andy y yo en ocasiones nos subíamos a merendar y donde, muchas noches, mamá se sentaba con nosotros para contarnos cosas de las estrellas y las constelaciones.

También está la valla de madera que pintamos de blanco con la abuela Juana.

Hoy está destrozada y los restos que quedan están renegridos y llenos de moho.

Recuerdos, bonitos y malos, acuden en tromba a mi mente mientras me acerco a la casa, hasta que veo un coche aparcado en un lateral y deduzco que es el de Vicente.

Apago el motor de mi vehículo y mi respiración se acelera. No tengo teléfono. Por lo tanto, estoy sola. Y sola me tengo que enfrentar a él.

Con decisión me bajo del coche y, cuando estoy subiendo los tres escalones que hay, la puerta se abre de golpe y aparece él. El ser más despreciable que puede haber en el mundo junto a una mujer morena. Imagino que es Bea.

Me miran. Sonríen. Mientras yo los miro con desprecio. Fijo la mirada en Vicente. Los años han pasado, pero sigue siendo el hombre fortachón que siempre fue, de mirada oscura y sonrisa lasciva. Qué asco me da. Qué asco le tengo.

—Has llegado a tiempo —dice.

—Eres más mona en persona que en foto —afirma la morena.

Con mal gesto miro a aquella mujer, que solo por su mirada ya me da mal rollo. Nunca me fiaría de una mujer así.

Vicente se echa hacia un lado. A su manera me dice que pase y, sin dudarlo y sabiendo que puede ser la última vez que vea el cielo estrellado, entro. Mamá me espera.

Al entrar en la casa el olor a rancio y humedad me llena las fosas nasales. Descubro entonces que toda la estancia está iluminada por velas. ¡Maldita sea!

Pero entro con decisión hacia lo que fue nuestro salón, y veo a mamá, amordazada y atada, sentada en una vieja silla, y corro hacia ella:

—Malditos cabrones, ¿acaso creéis que se va a escapar? —grito.

Vicente sonríe.

—Vicente, ¿vas a permitir que esta niñata nos insulte? —protesta la mujer.

—Qué tal si cierras el pico, pedazo de escoria —suelto, incapaz de callar y mirándola con rabia.

—Si tu hija vuelve a hablarme así, el tiro se lo meto yo.

Acelerada, le quito a mamá el pañuelo de la boca. Después le suelto las manos y los pies y, al darle un beso, me fijo en su mirada perdida.

—Tranquila, mamá —le digo—. Ya estoy aquí. Ya estoy aquí.

Ella entonces me mira. En sus ojos veo que está en su particular mundo.

—¿Andy está aquí? —pregunta, sorprendiéndome.

El corazón se me encoge. No sé qué responder. No sé qué decir. La estancia, o lo que sea, la ha hecho recordar a mi hermano y, cuando voy a responder, vuelve a decir:

—Dale el inhalador. Está ahí.

Miro hacia donde señala. Es el lugar donde guardábamos como oro en paño aquella medicina que Andy necesitaba. Allí había un mueble donde mamá escondía las cosas que no quería que Vicente encontrara. Le toco con cariño el rostro.

—¡Qué asco! La loca se ha meado —oigo decir a Bea.

Como un resorte me levanto y, sin darme realmente cuenta de lo que hago, empujo a aquella mujer, que cae de culo contra el suelo.

—Vuelve a llamarle a mi madre eso... y te arranco la lengua —siseo.

Vicente se ríe. Bea no. Y cuando me acerco a mamá para darle mi cariño dice él:

—Qué pena dais.

—Tú sí que das pena —replico.

De dos zancadas él se acerca hasta mí y cogiéndome del cuello me lleva hasta la pared y, mientras aprieta, como hizo infinidad de veces cuando era pequeña, sisea:

—Niñita... ¿eres consciente de que vais a morir donde teníais que haber muerto hace veinte años?

Pataleo. Su fuerza y corpulencia es mayor que la mía; oigo a la tal Bea que lo anima para que no deje de apretar.

Y entonces yo levanto mi pierna, y consigo darle en la entrepierna.

Instantáneamente se encoge dolorido y me suelta.

A trompicones me alejo de él y, cuando me va a agarrar la tal Bea, le hago una llave de defensa personal que la hace caer contra el suelo, con tal agresividad que hasta pierde la consciencia.

Respiro. Consigo respirar. La sensación de ahogo que siento me hace recordar la infinidad de veces que la sentí viviendo con él.

—Cabrón de mierda —escupo.

Dolorido, me sigue con la mirada. Mira a Bea, que está tendida en el suelo con los ojos cerrados.

—Te dije que he crecido —digo sin miedo y recuperando el resuello—. Ya no soy la niña a la que...

Se lanza contra mí. Al hacerlo, le da a la silla de mamá y esta cae al suelo.

Por el rabillo del ojo veo que ella se queda en posición fetal.

No se mueve. Solo tiembla. Quiero ayudarla, pero no puedo.

Me estoy defendiendo de la mala bestia de Vicente cuando doy un grito de dolor.

No sé qué ha sido, pero aquel malnacido me acaba de clavar algo en la pierna derecha. En el muslo.

Cuando puedo mirar mientras forcejeo, veo que se trata de una navaja. El dolor me puede. Pero intentando sobreponerme, me la saco de la pierna y, como puedo, se la clavo a él en el costado. Eso hace que grite y se aparte de mí. Quizá su fuerza sea mayor que la mía, pero algo de daño le puedo hacer.

Antes de lo que espero, viene hacia mí y corro por la casa.

El dolor de la pierna me mata. Me duele muchísimo, pero he de escapar de él o me matará.

Durante un buen rato trato de alejarme de él, medio arrastrando la pierna al tiempo que él dando gritos me persigue.

Grita que me va a matar, y, cuando consigue agarrarme, comienza a darme golpes contra una pared.

Noto cómo mi cuerpo con cada golpe pierde dureza y fuerza.

Pero sin dejarme vencer, con mi mano, cojo una pala que no sé de dónde ha salido y se la estampo en la cabeza.

El golpe que le doy le hace caer al suelo.

No se mueve. Y sin resuello, pero con determinación, voy hacia el salón, donde está mamá.

Junto al mueble sigue sin sentido Bea. Pero a mí ella no me importa.

Quien me importa es mi madre, que sigue en posición fetal y tiembla. Está asustada.

A duras penas, la levanto, hablándole con tranquilidad y cariño, incluso le canto su canción mientras noto cómo por mi barbilla gotea algo. Es sangre. En uno de los golpes, Vicente me abrió el labio. Pero no me importa. Necesito sacar a mamá de allí.

Con un gran esfuerzo, pues mi pierna me falla por el navajazo que me ha dado, logro que salgamos las dos de la casa.

Bajamos penosamente los escalones sin caernos y, cuando nos dirigimos hacia mi coche, veo aparecer un vehículo a toda mecha y me quedo sin habla.

Es el coche de Oliver. Sorprendida, miro a Lucas, que se baja corriendo y grita:

—Mamáááá.

Corre hacia mí, como instantes después lo hace Oliver.

En sus rostros veo el horror. El miedo. Están desencajados como posiblemente estará mi rostro y, cuando me abrazan, no puedo ni hablar.

No sé qué hacen allí. No sé cómo han podido saber que estamos aquí.

Y cuando miro a Oliver y le voy a preguntar, de pronto oigo:

—Se acabó la tontería, niñita.

Con mamá sujeta entre mis brazos me doy la vuelta. Vicente está delante de nosotros empuñando una pistola. Sangra por la cabeza y su respiración es irregular. Ruidosa. El golpe que le he dado con la pala, aunque ha sido fuerte, no ha sido demoledor.

—Dime, Lena, ¿tú o ellos? ¿Por quién empiezo? —brama, encañonándonos con la pistola.

Miro el arma que hasta el momento no había mostrado y, aunque sé que contra ella poco puedo hacer, respondo:

—Más te vale no fallar conmigo, porque como lo hagas te prometo, y a ti sí que te lo prometo, que seré yo la que acabe contigo.

Oliver se mueve. Se pone delante de mí y veo que a Lucas se lo pone detrás. Con su cuerpo nos protege.

—Tengo seis balas y sois cuatro —dice Vicente.

—¡Basta! —grito.

—Baja el arma, Vicente —dice Oliver.

Horrorizada, lo miro.

—Hombre, pero si eres mi yerno. El ricachón —se mofa.

—Baja el arma —insiste Oliver.

—No me das miedo.

—No soy una amenaza para ti —indica Oliver en tono tranquilo—. Por favor, baja la pistola y hablemos.

Vicente se acerca unos pasos hacia nosotros, sin dejar de apuntarnos con la pistola.

—¿De qué quieres hablar? —pregunta.

—Si quieres dinero —insiste Oliver—. Dime cuánto quieres y te lo haré llegar donde tú me digas.

—Oliver, no —murmuro.

—No quiero dinero. Quiero venganza. Quiero ver muertas a esas dos perras.

—Venganza sería matarte a ti por cabrón —lo increpa Lucas, que me tiene sujeta, mientras yo aferro a mamá.

—Escucha, Vicente, piensa en lo que vas a hacer —continúa hablando Oliver—, porque hay decisiones que se toman en unos segundos y consecuencias que te acompañan toda la vida. Y...

—Lo tengo muy pensado. Por lo tanto, si el chaval y tú no queréis morir, quitaos de en medio.

—Oliver, quítate, por favor —lo empujo.

Pero Oliver no se mueve. No se quita. Sigue protegiéndonos con su cuerpo cuando el cabrón que nos amedrenta insiste con chulería:

—¿Eres sordo? ¡Quítate de en medio!

—Si le haces daño a mi madre, te mato —grita Lucas.

—¿Tu madre? —se mofa Vicente, mirándolo con desprecio.

—Sí. Mi madre. Maldito cabrón.

—Por favor, Oliver, llévate a Lucas de aquí —suplico.

—Lena, o callas al mocoso o lo callo.

Lucas está nervioso. Mucho. No para de insultarlo.

De increparlo. Y Vicente se ríe mientras Oliver y yo intentamos que el chico se calle.

Pero Vicente se siente superior y, mientras sujeto a mamá para que no se caiga, soy consciente de cómo Oliver coloca a Lucas una y otra vez detrás de su cuerpo. Lo protege como me protege a mí.

—Última advertencia, ricachón —avisa Vicente.

Oliver no se mueve. Usa su cuerpo como escudo para protegernos.

—Muy bien. Tú serás el primero.

—Noooo —grito horrorizada.

Y cuando el atronador sonido de un disparo suena en la noche, yo solo me quiero morir.