Todo bajo control, menos tú Capítulo 60
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Capítulo 60

Vueltas y más vueltas.

No paro de dar vueltas en la cama mientras un precioso cielo estrellado luce sobre mí. Tengo la cabeza tan embotada que soy incapaz de dormir y más cuando el aroma de Yuls que emana de las almohadas me envuelve completamente.

Miro el reloj: la una menos cuarto. La noche va a ser larga para mí, y de nuevo vuelvo a mirar el techo, a ese cielo estrellado que creo e intuyo que era la sorpresa de la que Yuls me habló.

De repente, suena mi teléfono. Con rapidez me incorporo y sorprendido veo que pone «Lucas».

Durante unos instantes dudo si cogerlo o no. Pero teniendo en cuenta la hora que es y de que aquel chaval nunca me ha llamado, deduzco que algo pasa.

—Dime, Lucas.

—¡Es mamá!

Su grito. Su voz. Eso me hace sentarme en la cama de golpe.

—¿Qué le pasa a Yuls?

—Se ha ido. Se ha marchado antes de que llegara la policía.

—¿La policía? ¿Qué policía, Lucas?

Se origina un silencio incómodo.

—Vicente la quiere matar —suelta al fin.

¡¿Qué?! ¡¿Cómo?!

—¿Quién es Vicente?

—El cabronazo de su padre. —¡¿Pero qué locura está diciendo Lucas?! Él prosigue—: A Kaory la están atendiendo los del Samur. Vicente la atacó, y mamá se ha marchado a buscar a mamá Clara, porque Vicente se la ha llevado.

El suelo se mueve bajo mis pies. No termino de entender lo que Lucas, acelerado, me está contando. No sé quién es mamá Clara, aunque por el nombre intuyo que es la madre de Yuls. Pero sí entiendo que Yuls está en peligro.

—¿Dónde estás? —pregunto, al tiempo que me levanto de un salto.

—En la residencia de mamá Clara.

—¿Qué residencia es esa?

Cinco minutos más tarde, después de vestirme con lo primero que encuentro, salgo tremendamente alterado hacia cierta residencia de Móstoles.

En el camino llamo al teléfono de Yuls. Un timbrazo. Dos. Tres. Y se corta. Vuelvo a llamar. Un timbrazo. Dos. Tres. Cuatro. Y se corta. Vuelvo a intentarlo. Un timbrazo. Dos...

—¿Qué quieres, Oliver?

Es Yuls. Su voz es tensa. Por el ruido de fondo deduzco que va conduciendo.

—¿Qué pasa, Yuls? —pregunto. No contesta, pero tampoco corta la comunicación—. Lucas me ha llamado.

En cuanto digo eso, escucho la voz de Yuls, que maldice.

—Voy hacia la residencia de tu madre, ¿dónde estás tú? —le digo para calmarla.

No contesta. El silencio se me hace eterno.

—Lo siento. Lo siento... Lo siento —repite sin cesar—. Esto no tenía que estar ocurriendo. Ahora no... ahora no...

Su voz. Su desesperación. Oigo cómo acelera el motor de su coche. Si estaba preocupado, ahora lo estoy más.

—Yuls, estás nerviosa y vas conduciendo. Creo que... —trato de tranquilizarla.

—Llevo toda mi vida huyendo de un maldito nubarrón negro —me interrumpe—, y está claro que nunca tendré mi final feliz. Intento ser positiva. Pensar en positivo para no estar anclada en el rencor, pero... pero es ¡imposible! El maldito nubarrón termina encontrándome y no nos deja vivir.

Su voz. Su desesperación. El que vuelva a hablar del nubarrón. Todo lo que dice me pone en alerta, pero no entiendo a qué se refiere.

—Te mentí —afirma—. El día que me preguntaste si en mi pasado había algo oscuro, te mentí. La cicatriz que tengo en mi frente me la hizo Vicente con un trozo de cerámica la noche que intentó quemarnos vivos a mi hermano Andy, a mamá y a mí.

—¡¿Qué?! —me horrorizo.

—La de la mano me la hice yo al romper el cristal de una ventana para sacar a mamá y a Andy esa noche de la casa en llamas.

Y, aunque le prometí a Andy que yo lo solucionaría, mi hermano...

mi bichito murió. Por eso nunca prometo nada, Oliver.

Porque le fallé a la personita que más confiaba en mí, y yo...

Se interrumpe. Su voz se quiebra, y yo sigo conduciendo estupefacto.

—Desde niña siempre vi a mamá poner algo ante la puerta de la casa —retoma su discurso—.

El ruido que originaba la puerta al dar contra aquello era lo que le advertía de que Vicente había llegado.

Con los años la que ponía una silla, una maleta, un plato, cualquier cosa, era yo.

Le tenía tanto miedo que necesitaba saber cuándo llegaba a casa para estar prevenida, y esa maldita manía, como tú mismo has podido comprobar, la sigo teniendo.

Sigo pensando que ese desgraciado en algún momento va a regresar.

—Yuls...

—Cuando tenía diez años, un día, Vicente entró por la puerta borracho y me cogió por el cuello. Casi me asfixia, pero mi abuela Juana me salvó. Por eso no me siento nunca de espaldas a una puerta y por eso no puedo dormir en oscuridad total.

—Escucha, Yuls...

—No, Oliver. Déjame que te lo cuente todo. Por favor.

Tomo aire mientras intento centrarme en la carretera.

—No deshago la maleta porque siempre la tengo preparada para huir —explica—.

Cuando Vicente hizo lo que hizo y Andy murió, mamá y yo lo denunciamos y fue ingresado en el centro penitenciario de Ávila.

Cuando eso ocurrió vivíamos en Ávila, pero huyendo de él hemos vivido en distintos puntos de España hasta llegar a Madrid.

Y fue en la capital donde cambié mi nombre e invertí mis apellidos.

Antes me llamaba Lena Brusei Pérez, pero a Andy siempre le gustó llamarme Yuls.

Y decidí llamarme Yuls Pérez. El Brusei siempre lo omito.

Toma aire. Oigo cómo acelera y, cuando le voy a suplicar que sea prudente conduciendo, prosigue:

—Si me casé contigo no fue porque sea una codiciosa del dinero como te he hecho creer.

Me casé contigo porque mamá tiene alzhéimer, no está bien, y necesitaba llevarla a un sitio donde la cuidaran como ella se merece.

Pero no podía permitir que su nombre y apellidos aparecieran en ninguna lista porque sabía que así Vicente la encontraría.

Por eso, cuando esa noche os escuché a Rafa y a ti conversando, no me lo pensé y os entré.

Cobrar el dinero que decías significaba darle los cuidados que mamá necesita.

Asiento. Ahora por fin sé adónde va ella siempre que desaparece y el porqué de cosas que no conseguía comprender.

—Y... si no quería salir en la prensa era porque lo último que quería era que Vicente viera mi rostro y viniera a por mamá y a por mí —aclara—. Y yo... yo...

No dice más. Su desesperación no le permite terminar la frase y todo el vello de mi cuerpo se eriza mientras la oigo sollozar a través del teléfono de rabia y desesperación.

La historia que Yuls me cuenta es terrible.

De película de terror. Y yo, tonto de mí, no me he dado cuenta de nada.

¿Pero en qué mundo vivo que no me doy cuenta de lo que sufren algunas personas a mi alrededor?

—Yuls, cariño, escúchame. Dime adónde vas y...

—Noooo, Oliver.

—Yuls, por favor —suplico.

Oigo su respiración acompañada de un sollozo.

—Nunca he querido perjudicarte ni a ti ni a tu negocio, y yo... Lo siento. Lo siento. Lo siento.

Y, sin más, la comunicación se corta y angustiado hasta el extremo vuelvo a marcar su número, pero ella no me lo coge. Minutos después, el GPS me indica que he llegado a mi destino y lo sé porque veo las luces encendidas de los coches de policía y de las ambulancias del Samur.

No me dejan pasar. No me dejan entrar en la residencia donde sé que están Lucas y Kaory, y rápidamente llamo a mi amigo inspector de policía Alexander. Atropelladamente le cuento lo que ocurre, y este no duda en ayudarme. Me indica que no me mueva. Que viene a mi encuentro.

Cuando cuelgo el teléfono, veo a Lucas salir de la residencia y grito su nombre. El crío, al verme, corre hacia mí y hace algo que no espero. Me abraza. Me da un abrazo con mezcla de miedo y desesperación que me conmueve inmensamente.

—Tranquilo, Lucas —murmuro, acogiéndolo en mis brazos—. Lo vamos a solucionar.

Él asiente, aunque en su rostro veo las marcas de haber llorado. Instantes después se separa de mí.

—Se llevan a Kaory al hospital. —Señala a la ambulancia, que emprende la marcha.

—¿Cómo está?

—Vicente la apuñaló, pero su vida no corre peligro.

Asiento. Lo que estoy viviendo me parece surrealista.

—Creo que sé dónde está mamá —afirma.

Le hago un gesto con la cabeza. Por primera vez, él y yo tenemos una conversación con la mirada y sin dudarlo corremos hacia mi coche mientras vuelvo a llamar a Alexander.