Todo bajo control, menos tú Capítulo 59
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Capítulo 59

Conduzco mientras intento no llorar.

La tensión me puede y el dolor por las palabras de Oliver me mata, como comienza a matarme mi dolor de cabeza. Esta vez, el nubarrón oscuro del que siempre huyo me ha atrapado.

Pero he de ser fría y debo llegar cuanto antes a la residencia para recoger a mamá. El avión hacia Hannover sale en seis horas.

Dejo el coche literalmente en la puerta principal de la residencia y, cuando voy a entrar, me sorprendo al ver que la puerta está abierta y no cerrada como debería estar. Como siempre, mis ojos se me van hacia el reloj que hay sobre la recepción, y veo que son las doce y veinte de la madrugada.

Busco de inmediato a la persona de guardia para indicarle que la puerta está abierta y enseñarle mi acreditación, pero, al no ver a nadie, continúo mi camino. Pero cuando subo varios peldaños, veo a alguien caído tras la recepción.

Corro hacia allí. El que está en el suelo es Marcelo, uno de los cuidadores y, agachándome, intento ayudarlo, pero está inconsciente. Tiene un feísimo golpe en la cabeza que le sangra, aunque compruebo que respira, y eso me tranquiliza.

Alterada, cojo el teléfono. Marco la extensión donde sé que están los cuidadores, pero el teléfono suena y suena, y nadie lo coge.

Acelerada, acomodo a Marcelo y corro escaleras arriba mientras mi corazón me martillea en el pecho y mi cerebro me dice que aquello que está pasando tiene que ver conmigo y con mamá.

Subo los escalones de dos en dos. La residencia no es muy grande. Es más bien pequeña por la exclusividad que ofrece y, mientras corro hacia el control de los cuidadores, siento cómo mi sangre se acelera como yo.

En el control no hay nadie, pero entonces oigo unos golpes.

Miro a mi alrededor tratando de averiguar de dónde provienen cuando me acerco a una puerta y la abro.

Es el cuarto de la limpieza, y de él salen Benito y Mirta, los cuidadores de guardia.

Hablan atropelladamente. Están muy alterados.

Y yo, sin escucharlos, vuelo hacia la habitación donde está mamá con Kaory.

Al entrar, lo primero que veo es que mamá no está en su cama, y lo siguiente es a Kaory tendida en el suelo con sangre alrededor.

Doy un grito de terror. Mirta y Benito entran detrás de mí, y Kaory, que me ve, susurra, apretándose la cintura:

—Intenté que no se la llevara, pero no pude detenerlo.

El vello de todo el cuerpo se me eriza.

Sé de lo que habla. Vicente se ha llevado a mi madre, y eso me desestabiliza. Me mata. Pero necesito ayudar a Kaory.

—Ayúdame —le grito a Mirta y luego, mirando a Benito, le indico—: Marcelo está malherido en la recepción.

Benito sale disparado de la habitación y Mirta, a quien no le llega la bata al cuerpo, me ayuda a levantar a Kaory del suelo. Inicialmente la queremos llevar a la cama, pero ella nos hace saber que prefiere la silla.

Veo que la sangre sale de su costado. Es una cuchillada por arma blanca. Me siento culpable.

—Lo siento, Kaory. Lo siento... lo siento... lo siento —repito.

Ella coge mi mano. La aprieta y, mientras Mirta la atiende, murmura:

—No digas tonterías. Yo sí que siento que se llevara a Clara. Estaba mirando por la ventana cuando alguien entró en la habitación, y lo siguiente que recuerdo es estar en el suelo con sangre en el costado y no ver a Clara en la cama. Intenté avisar, pero... pero... no me podía mover.

Horrorizada por aquello, la abrazo con cuidado. El susto y la angustia que tuvo que sentir Kaory debieron de ser tremendos. No puedo evitar pensar en que, por primera vez en mi vida, me alegro de que mamá esté en su mundo y no se esté enterando de nada.

—¿Hace cuánto que pasó? —pregunto angustiada.

Mi amiga mira el reloj que tiene en su muñeca.

—Hacía poco que te habías marchado tú. Creo que sobre las once menos cinco o así.

Asiento cuando Mirta, que está muy nerviosa, me explica, poniéndole unas gasas a Kaory:

—Un hombre enorme a punta de pistola nos encerró a Benito y a mí en el cuarto de la limpieza. ¡Qué angustia hemos pasado!

—Hay que llamar a la policía —musita Kaory.

Asiento. Sin duda hay que hacerlo. En ese instante mi teléfono suena. Al mirarlo, veo «Número oculto». Y sé que es él.

—¿Adónde te has llevado a mi madre, maldito cabrón? —escupo al descolgar.

—Tic... Tac... se acaba el tiempo para tu mamita Tic... Tac.

Kaory y Mirta, horrorizadas, me miran.

—¿Llegarás a tiempo o no llegarás?

Rabia. Eso es lo que siento. Pensar que mamá está con aquel ser que solo quiere el mal para ella me vuelve loca.

—No dudes de que llegaré. Dime dónde estás —pregunto, entrando en su juego.

—En el lugar de donde nunca debisteis salir. Y por tu bien ven sola o, cuando llegues, tu mamita habrá sido la primera en morir.

Y, sin más, se corta la conversación y el teléfono se queda mudo.

Sé dónde están, y mis instintos asesinos hacia él se recrudecen. Nunca he vuelto a aquel lugar. Ni he querido ni he podido. Pero está claro que eso va a cambiar.

—Yuls...

La voz de Mirta me hace regresar a la realidad. Kaory está vomitando y como puedo la ayudo.

Segundos después, y ya con Kaory mejor, me agarra la mano.

—Llama a la policía —me pide.

—Ahora mismo lo haremos —afirma Mirta.

Como una autómata asiento. Lo más razonable es hacer lo que ellas dicen, pero mi rabia e imprudencia me gritan que no lo haga, porque yo misma quiero acabar con aquel maldito ser lleno de odio y de rencor.

—Yuls, ¿me has oído? Llama a la policía. —Miro a Kaory. Vuelvo a asentir y ella insiste—: ¿A qué lugar se refería Vicente?

Ni loca le voy a contestar. Si lo hago y llaman a la policía, ella, con la mejor intención, les dirá dónde me espera ese malnacido. Benito, en ese instante, abre la puerta angustiado.

—Marcelo ha recuperado la consciencia y todos los residentes están dormidos —dice—. Acabo de llamar a la policía y al Samur, y ya vienen.

—¡Gracias a Dios! —murmura Mirta.

Oír lo de la policía me angustia. Si llegan y me encuentran aquí, no me permitirán marcharme.

—¡Mamá! —oigo a mi espalda.

Al volverme me encuentro con Lucas. Su gesto es desencajado. Está sudado. Despeinado. Y yo, sin entender qué hace aquí a estas horas, voy a preguntar cuando este se abalanza sobre mí.

—¡Mamá!

—Pero, Lucas, ¿qué haces aquí?

—Mamá, ¿estás bien?

Asiento, pero miento como una bellaca. Estoy viviendo un horrible día. Lucas mira a Kaory, que se apresura a afirmar:

—Estoy bien.

—¿Seguro?

—Claro que sí, cielo. Parece más de lo que es —trata ella de quitarle importancia.

—¿Y mamá Clara?

Explicarle dónde está mamá es más complicado. Pero sé que no puedo engañarlo.

—Vicente se la ha llevado —respondo.

La respiración de Lucas se ralentiza. Sabe lo que eso significa, y en silencio y solo con la mirada nos hablamos.

—Pero ¿tú qué haces aquí? —pregunta Kaory, ajena a nuestra particular conversación.

—Me escapé del centro —oigo que dice.

—¡Lucas! ¿Pero qué has hecho?

—Te llamé por teléfono —me dice sin pestañear ni quitarme el ojo de encima—.

Te dejé mensajes. Sabía que algo iba mal cuando el estirado me dijo que le habías pedido el divorcio.

—Incrédula, lo miro, y él continúa—: Fui a tu casa, y Sabina me dijo que allí no estabas.

Entonces intuí que estabas aquí y, antes de que me preguntes, te diré que he llegado haciendo dedo.

Dijiste que lo querías. Que por primera vez en mucho tiempo te encontrabas segura y feliz, y que solo te separarías de él si algo o alguien le podía perjudicar.

Y por eso supe que ese ser os había encontrado.

Tomo aire y lo abrazo. Durante unos segundos permanecemos en silencio. Necesito que mi bichito sea fuerte, porque ahora el futuro es incierto, y sabiendo que el tiempo corre en mi contra y que tengo que marcharme antes de que llegue la policía para encontrar a mamá, murmuro:

—Sabes que te quiero mucho, ¿verdad?

Lucas me mira. Clava sus ojos verdes en mí.

—Voy a ver cómo está Marcelo —dice Mirta. Afirmo con la cabeza. Yo necesito emprender el camino.

—Escucha, cariño. Tienes que...—empiezo a decirle a Lucas.

—No voy a separarme de ti.

Su mirada. Su convicción. Su protección me emociona. Pero no puedo llevarlo conmigo.

—Y no voy a separarme de ti —digo—. Pero Mirta acaba de salir para atender a Marcelo y necesita mi ayuda. Por eso necesito que te quedes con Kaory, que está herida.

Lucas niega con la cabeza. No me cree. Y yo, representando perfectamente el papel de mentirosa, insisto:

—Cariño, no me voy a ir.

—No quiero que vayas donde está él, mamá.

Nada más oírle decir aquello, a mi mente vienen las súplicas que en su momento le hacía yo a mi madre. Sabía lo peligroso que era para ella enfrentarse al Coco, pero ahora soy yo la que está dispuesta a proteger a Lucas.

—Escucha, Lucas. He de ayudar a Mirta.

—¿Me prometes que no te vas a ir?

—Lucas, sabes que yo nunca prometo. —El crío asiente. Vuelvo a pedirle—: Te necesito junto a Kaory hasta que llegue la ambulancia.

Pero Lucas no me suelta. No me cree. Entonces Kaory coge su mano.

—Quédate conmigo mientras Yuls los ayuda —le suplica, dolorida—. Por favor.

Finalmente, Lucas claudica. Me cree. Se fía de mí, y yo tras darles un rápido beso a los dos salgo de la habitación y corro escaleras abajo.

Al llegar a la recepción miro el reloj. Las doce y treinta y cinco.

Veo mi mochila en el suelo y con rapidez la agarro y salgo de la residencia, sin hacer caso a los gritos que Mirta me da para que regrese.

Corriendo, saco las llaves de mi coche, me meto en él y arranco sin pensar en nada más. Esta vez voy a proteger a Lucas y, sin lugar a dudas, voy a encontrar a mamá.