Todo bajo control, menos tú Capítulo 58
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Capítulo 58

Cuando veo el coche de Yuls salir de la finca, algo en mí grita que corra tras ella. Que intente hablar. Que busque la manera de volver a reconectar, pero no puedo. No me muevo. Mi orgullo herido no me lo permite y me limito a contemplar cómo se va.

Cuando entro en casa, estoy solo. Completamente solo. Mi abuela está con Lara y ahora he de buscar las palabras correctas para que las dos entiendan que el matrimonio que éramos Yuls y yo ya no existe. Se ha roto.

Me duele. Pensar eso me destroza. Los meses pasados con Yuls, aunque me jorobe aceptarlo, han sido de los mejores de mi vida, y pensar que eso ha terminado me desgarra.

Sé que la ausencia de Yuls les va a doler a todos. Pensarán que soy un frío y calculador imbécil por dejar escapar de mi vida a una mujer así. Y sí, lo reconozco, soy todo eso. Pero, por mucho que la quiera, si ella prioriza el dinero por encima de nosotros, indiscutiblemente todo se acabó.

En ese instante mi teléfono suena. He recibido un wasap. ¿Será Yuls?

Lo cojo y leo.

Lara Gordiiiiiiiii, Javi me ha enseñado una foto y, aunque me ha dicho que no has perdido el combate, has ganado todos los colores del arcoíris, ¿pero desde cuándo eres tan macarrillaaaaaa?

¡La que faltaba!

El teléfono vuelve a sonar.

Lara A ver qué versión le vendes a la abu mañana cuando te vea, porque, si consigues hacerle creer que fue una caída, ¡eres mejor actor que ella!

Resoplo. Maldigo.

Como si no tuviera poco, ahora tengo que aguantar a mi hermana con sus gilipolleces. El teléfono vuelve a pitar.

Lara Gordiiiii. Viendo que mis mensajes entran en hibernación y no me vas a contestar, dile a mi cuñi que me conteste ella. ¡Me muero por saber el salseo!

Me sirvo un güisqui y me siento ante el televisor.

No voy a responder a mi hermana. Paso. Durante un buen rato miro la televisión, pero sin enterarme de lo que están poniendo.

Un movimiento a mi derecha llama mi atención.

Al mirar hacia el ventanal, que está cerrado porque tengo el aire acondicionado puesto, veo a Zorba y a Drako, junto a Tarifa, sentados mirándome desde el exterior.

Me observan. Esperan. Y yo sé lo que esperan.

Sin pensármelo, me levanto, abro la puerta, y los tres, como la cosa más normal del mundo, entran en el salón y se tumban. Los miro. Está claro quién los ha acostumbrado a esa normalidad.

Antes de sentarme, miro hacia el cielo. Hace una noche preciosa y con infinidad de estrellas. Hoy hay un cielo de esos que a Yuls le encantan. ¿Qué hago pensando en ella?

Cierro el ventanal, me dejo caer en el sofá y por inercia cojo mi vaso y bebo un trago de güisqui. De nuevo mis ojos permanecen fijos en las imágenes que la televisión me muestran, pero que realmente no veo, porque en mi cabeza solo está ella. Solo está Yuls.

Como si una presa se abriera en mi mente, en tromba aparecen nuestros bonitos momentos.

Nuestras risas cómplices. Todo. Aparece todo, mientras me pregunto cómo ha podido acabar todo así.

Y, en especial, ¿cómo soy tan tonto como para no haberme dado cuenta de que el maldito dinero estaba antes que yo?

Resoplo. Maldigo. Me regaño por no dejar de pensar en eso e intento obligarme a prestar atención a la televisión, pero mi mente vuelve a llevarme a lo mismo. Al desmoronamiento de mi vida y a ella.

Cansado, apago el aparato y decido subir a la habitación. Ya en las escaleras, por el rabillo del ojo veo que Drako, Zorba y Tarifa me siguen.

¿En serio?

En la vida les he permitido entrar en la casa, y menos subir a las habitaciones, aunque sé que Tarifa sí ha estado y ahora doy por hecho que Drako y Zorba también.

Sin decir nada, sigo subiendo y ellos vienen detrás. Al llegar a la habitación abro la puerta, y los tres se meten en ella con total tranquilidad, y me quedo boquiabierto cuando tanto Zorba como Tarifa de un salto se suben a la cama, y Drako se tumba sobre la carísima alfombra persa.

¡No me jodas!

Sin moverme los observo. Yuls ha hecho lo que ha querido con mis perros y, aunque los ha malcriado permitiéndoles algo que yo en la vida les hubiera permitido, en este instante se lo agradezco. Tener su compañía para no sentirme tan solo es lo que en este momento necesito.

Me lavo los dientes y me pongo una camiseta para dormir, miro a Zorba y, con cierta acidez en mi voz, pregunto:

—¿Su majestad me va a permitir meterme en mi cama?

El perro se mueve. Patea toda la cama y cuando encuentra el sitio que desea se vuelve a tumbar al mismo tiempo que yo y Tarifa se acurruca contra mi costado.

Alargo la mano para comprobar que está mi móvil y apago la luz de la mesilla.

Necesito dormir. Descansar. Olvidar. Mi regreso de Nueva York no ha sido el mejor y el descanso me vendrá bien.

De inmediato, todo el techo se ilumina. Ante mí aparece un cielo lleno de estrellas y constelaciones fluorescentes que me deja con la boca abierta.

Y, con el corazón tremendamente dolorido, murmuro:

—Yuls... ¿qué voy a hacer sin ti?