Capítulo 57
A las diez de la noche miro a Kaory.
Ahora que sabe que Vicente nos ha encontrado y lo que he tenido que hacer con Oliver para que me eche de su vida, por sus ovarios dice que no se separa de mí.
En el teléfono tengo varios mensajes de Lucas. En ellos me pide que lo llame. Que le diga dónde estoy porque quiere verme, pero no le respondo. En este instante necesito, por su seguridad, que esté lejos de mí. Se enfadará conmigo. Lo sé. Pero más me enfadaría yo si por mi culpa le pasa algo a él.
Con el móvil en la mano estoy mirando billetes de avión, cuanto más lejos, mejor.
—Pero ¿cómo te vas a ir, Yuls? —me dice Kaory.
—Mamá y yo no nos podemos quedar aquí.
—¿Pero estando como está adónde vais a ir?
—No lo sé, Kaory, no lo sé.
—¿Y con Lucas qué pasa?
—Dile que lo quiero y que en cuanto llegue a un lugar seguro lo llamaré. Pero que ahora no puede venir conmigo porque es peligroso para él.
Kaory está agobiada. Mucho. Aunque hemos hablado infinidad de veces de esta posibilidad, es ahora cuando ve el peligro real.
—Creo... creo que debemos ir a la policía y... —sugiere.
—Kaory, no sirve de nada.
—Pero ese cabrón ¡os quiere matar!
Asiento. Soy consciente.
—Sin pruebas, testigos o lo que sea, la policía no puede hacer nada.
—Ay, Dios mío. Me estoy poniendo mala.
La entiendo. La situación es estresante.
—Tú me has enseñado eso de mente fría y nervios templados. Por lo tanto... aplícate el cuento. —Kaory asiente, y yo, viendo algo en mi teléfono móvil, indico—: Creo que una buena idea es ir a Alemania, y una vez allí ya veré.
—Sigo pensando en lo que me has contado. Menuda zorra es esa Vanessa, que ha visitado a Vicente y todo. Lo bueno es que habrá quedado constancia de sus visitas a la cárcel, y te aseguro que la vamos a hundir.
Asiento. Es una zorra y la pienso hundir.
—Como Vicente no acabe conmigo, yo misma acabaré con su prestigio, honor y credibilidad. Justo eso que ella tanto menciona —escupo.
Desesperada, mi amiga se mueve por la habitación e, intentando no perder yo la paciencia, la paro.
—Tengo que ir a casa de Oliver a recoger mi maleta —digo.
—¿Por qué no hablas con él?
—Porque con él ya está todo hablado.
—Yuls, tu madre y tú estáis en peligro y seguro que él os puede ayudar y...
—Oliver en estos momentos me odia. Y, aunque posiblemente no voy a poder parar el escándalo que se puede originar si Vicente cumple con su cometido, al menos lo quiero lejos de él. No quiero perjudicarlo.
—Pero, Yulsss, estamos hablando de algo muy grave.
—Eso a él no le importa ya.
—Pero ¿cómo no le va a importar? —insiste.
—¡Basta!
—Pero...
—Kaory —le corto con firmeza—. Oliver y yo ya no tenemos nada que ver porque yo misma lo he alejado de mí. Y ahora, si me quieres ayudar, necesito que te quedes con mamá hasta que yo regrese con la maleta en donde tengo todo lo que preciso. Después iremos al aeropuerto y...
—Yuls...
—Por favor, Kaory —le ruego.
El teléfono suena. Acabo de recibir un mensaje.
Lara Cuñiii, si mi hermano te ha sacado de tus casillas, llámame, nos tomamos una copita y lo ponemos a parir juntas. Seguro que se lo habrá merecido por melón.
Dentro de mi tensión, sonrío. Lara es única. Echaré de menos esa ácida locura suya que siempre me arranca una sonrisa. Vuelvo a leer el mensaje, pero no le contesto. Creo que es lo mejor para que todos me odien y se olviden de mí.
Sin querer pensar en nada más, remato la compra de los dos billetes de avión para Alemania y al hacerlo soy consciente del dinero que tengo en la cuenta del banco.
Oliver ya me ha hecho el ingreso de los cien mil euros del divorcio.
Cómo odio este dinero, aunque ahora lo necesito más que nunca y me da la libertad de huir.
Con una seguridad externa que interiormente no tengo, le doy un beso a mamá, a Kaory y salgo de la habitación. He de regresar a La Moraleja para recoger mi maleta.
Cuando me meto en el coche y lo arranco, el reloj me dice que son las diez y treinta y cinco de la noche.
Mientras conduzco miro por el espejo retrovisor.
Necesito ver si algún coche me sigue y, cuando me cercioro de que no, lo más rápido que puedo me dirijo a la casa de Oliver.
Con un poco de suerte, no estará y saldré con la misma rapidez que pienso entrar.
Paro para que la verja se abra, veo que todavía están allí las malditas velas y los malditos pétalos amarillos, pero ignorándolos meto el coche en la finca, y antes de llegar al garaje veo el coche de Oliver y que Zorba, Drako y Tarifa vienen a saludarme.
Antes de parar el motor compruebo que son las once y diez. He de ser rápida en entrar y salir.
Está visto que Oliver los ha echado de la casa. Cuando salgo del coche los abrazo y besuqueo con cariño. Pensar en separarme de ellos me rompe el alma, pero así ha sido siempre mi vida. Una continua despedida.
Entro en la casa y, cuando voy a subir las escaleras, me percato de que en el salón hay luz y me dirijo allí. Al entrar veo a Oliver sentado ante el televisor y cuando se da la vuelta no puedo evitar una exclamación, tremendamente alarmada.
—Uisss, Dios mío. Pero ¿qué te ha pasado? —Oliver me mira. Su apariencia es terrible. Ojo hinchado. Pómulo rojo. Labio partido. Incrédula, lo contemplo esperando una respuesta que no llega—. Por favor, dime qué te ha ocurrido —insisto, dando unos pasos hacia él.
—No le importará —musita con desprecio.
Pero me importa. Claro que me importa. Si le han dado esa paliza por mi culpa no me lo voy a poder perdonar y, cuando veo los nudillos de su mano derecha hinchados, alargo mi mano, pero él retira la suya.
—Ni se le ocurra tocarme —bufa.
Su rechazo me duele. Su distancia me destroza. Imagino el dolor que yo le he causado a él.
—¿No me vas a decir qué te ha pasado? —porfío sin tirar la toalla.
—No.
Su respuesta fría y distante me hace saber que por mucho que pregunte no me va a contar lo ocurrido.
—¿Necesitas algo? ¿Quieres algo? —pregunto.
—Quiero que me deje en paz. Eso es lo que necesito, señorita Pérez. —Y, clavando su mirada en mí, inquiere—: ¿Me puede explicar qué hace en mi casa?
—Vine a recoger la maleta y...
—Pues vaya a por ella y márchese —me corta con voz muy enfadada mientras yo me toco el anillo que llevo en mi dedo y le doy vueltas.
Vale. Sé que me merezco que me hable así, pero no puedo moverme. Y, viendo una servilleta y una cubitera, meto hielo en la servilleta y, cuando voy a acercar aquello a su rostro hinchado, él se incorpora con rapidez.
—¿Pero es que no me ha oído? —grita—. ¡Vaya a por su puñetera maleta y márchese! —Acto seguido, se separa de mí. Me levanto. Camino hacia él y, antes de que yo abra la boca, dice—: Señorita Pérez, hágame el favor de...
—Oliver...
—Señor Dávila para usted —me corta. Asiento mientras el corazón me va a mil.
Vicente, ese ser al que odio, me mate o no, ha acabado con mi vida.
Con mi felicidad. Oliver me informa—: Estuve con Rafael y hoy mismo fechamos y se presentaron los papeles que firmamos para el divorcio.
Por lo que considérese divorciada desde hoy mismo para dar prioridad a quien usted quiera, aunque la sentencia no llegará hasta dentro de un mes más o menos.
Y, para finalizar con todo el procedimiento pactado, he ingresado en su cuenta los cien mil euros que le correspondían por sus servicios.
Aclarado esto, ya no hay más que hablar. Recoja su maldita maleta y márchese.
Dureza. Frialdad. Distancia. Todo él es un témpano de hielo.
Me duele verlo así. Me duele horrores porque sé que es bueno y tiene un precioso corazón.
Pero aquel es su mecanismo de defensa hacia mí y, aunque me joda, me lo merezco.
Si quería que me odiara y me alejara de su lado, desde luego que lo he conseguido.
Guardamos silencio. Pienso en lo que Vanessa ha hecho y que Oliver no sabe, pero decido callar. Bastante tiene ya. Lo miro, pero él no me mira, y dándome la vuelta subo hasta la habitación para recoger mi maleta y marcharme.
Lo que siempre estuvo en la maleta sigue estando. Todo lo imprescindible para mamá y para mí. Con los años aprendí que cosas como la ropa eran algo material, porque lo importante siempre fuimos mamá y yo.
Entro en la que fue mi habitación y agarro la maleta sin mirar atrás. El dolor que me provoca abandonar aquel refugio de paz y amor es tremendo. Pero no me queda más remedio.
Al salir de mi habitación me encuentro en la de Oliver, que ha sido nuestro nido de amor los últimos tiempos.
Instintivamente, apago la luz y miro el techo.
Los días que él estuvo en Nueva York, lo llené de estrellitas fluorescentes.
Incluso compuse algunas constelaciones, y, la verdad, ha quedado precioso.
Era la sorpresa que nunca podré mostrarle.
Durante unos instantes pienso si desmontar aquello o no.
A Oliver no le va a gustar. Lo va a odiar.
Pero al final desisto. Me está echando y tengo que marcharme cuanto antes.
Enciendo la luz. Miro por última vez aquella bonita habitación donde he sido libre y feliz y, con el corazón encogido, cierro la puerta y me voy.
Al llegar al final de la escalera, entro de nuevo en el salón, y Oliver se gira hacia mí. Durante unos instantes solo nos miramos. Yo saco de mi dedo el anillo y lo dejo sobre la mesita.
—Te devuelvo el Cartier.
—Puede quedárselo —sisea con voz seca.
—Gracias, pero no. —A continuación, dejo las llaves de la casa junto al anillo—. Aquí dejo esto también. —Oliver con su rostro magullado asiente—. Y el mando de la verja. Pero necesito que me abras para poder sacar el coche.
Con gesto de fastidio, se levanta. Coge el mando de malos modos y pasa por mi lado. Veo que va hacia el garaje por el interior de la casa y yo lo sigo en silencio mientras me despido con la mirada de la casa. Nunca regresaré.
Cuando salimos se acercan los perros corriendo. El corazón se me encoge porque posiblemente es la última vez que los vea. Beso con cariño las enormes cabezotas de Drako y Zorba y, cogiendo a Tarifa, miro a Oliver.
—Me la llevaría —le digo—, pero creo que aquí, contigo, estará mejor.
Oliver asiente y con sequedad me la quita de los brazos. No intenta hacerme cambiar de opinión. Abro el maletero de mi coche y meto mi maleta. Oliver no se mueve. No me ayuda. Solo espera con gesto impasible.
Sé que se fija en la abolladura de la puerta, pero no pregunta. Ya no le interesa cómo me la hice. Reúno el poco valor que me queda.
—Dile a... —empiezo.
—Señorita Pérez —me corta—. Váyase. Sobran las despedidas.
Frío e impersonal. Ese es Oliver Dávila cuando se lo propone.
De nuevo vuelve a ser el hombre distante que conocí hace meses y, tras asentir y con el corazón hecho pedazos, me doy la vuelta.
Y me meto en mi vehículo. Al arrancar el motor veo que son las doce menos cuarto, y conduzco despacio hacia la verja.
Por el retrovisor veo la imagen de Oliver quieto e impasible, junto a sus dos perros y con Tarifa en sus brazos. Saco el coche de la finca mientras la verja se cierra.
Parada, y a través del espejo retrovisor, veo cómo Oliver deja a Tarifa en el suelo y esta se va corriendo con Zorba y Drako. La verja termina de cerrarse como se acaba de cerrar nuestra historia de amor y, aunque estoy rota, he de seguir adelante. No hay otra opción.