Capítulo 56
Estoy muy cabreado, devastado, confundido y un sinfín de cosas más que no sé ni cómo calificar.
Lo ocurrido con Yuls y ver que se ha marchado sin importarle nada más ha redoblado mi enfado.
¿Pero tan fácil es para ella olvidarse de mí?
¿Me ha engañado como a un tonto todo este tiempo?
No sé dónde está. No sé con quién está. No sé qué ha pasado para que la situación llegara donde llegó. Y la verdad, aunque me jode, intento que me dé igual. Me ha quedado claro que yo no soy su prioridad, y posiblemente nadie importante en su vida.
Cuando bajo tras la ducha lo primero que hago es sacar a Zorba y Drako al jardín.
¿Pero qué hacen tumbados en el salón? Mi abuela al verme viene a mí.
Nos ha oído discutir y quiere saber qué pasa.
Pero yo no estoy para hablar. No estoy para explicar.
Primero tengo que entender qué ha sucedido para poder verbalizarlo, y le pido que me dé un tiempo para pensar.
Ella se marcha a la casa de mi hermana. Mi abuela me conoce muy bien.
Un buen rato después, me encuentro con Tarifa. La perra, al verme, corre hacia mí y yo me agacho para saludarla. Pero se para un metro antes de llegar y, joder, ¡se mea!
¿En serio debo pensar que no lo hace aposta?
Molesto, me incorporo y entro en el cuarto de baño para coger papel. Voy hasta donde está la puñetera meadita y la limpio.
Tiro el papel al inodoro, me lavo las manos y entro en la cocina, donde está Mónica.
—Mónica, cuando puedas, friega el pasillo, que Tarifa se ha meado —le pido.
Ella asiente. Mi teléfono suena. He recibido un mensaje.
Lara Gordiiii, baja el nivel de discusión con la abuela, que no tiene vidas extras. Ha llegado muy nerviosa por algo que ha pasado entre mi cuñiiii y tú, y aquí estoy tranquilizándola. ¡Socorrroooo!
Vale. La abuela ya le ha contado a mi hermana que Yuls y yo hemos discutido. Por suerte, no le he comentado lo del divorcio. Casi de inmediato recibo otro.
Lara Mira, gordi, como pierdas a la única mujer que te soportaba, eres más tonto de lo que esperaba. Es más. Estoy por escribir a Braulio y decirle que quizá tiene que ir a ayudar a su «nena» a hacer las maletas.
Leer eso me subleva. Si mi hermana quiere cabrearme más, lo ha conseguido y respondo:
Yo ¿Qué tal si te metes en tus asuntos y te olvidas de los míos?
Lara Hermanito, no cambies de tema. Lo mío da para un café tras otro, pero lo tuyo, para palomitas y refresco.
Paso. No le voy a responder, pero ella insiste:
Lara A ver, gordi. Si necesitas hablar o despotricar contra el universo, llámame. Aunque pienses que soy tu última opción, siempre seré la que, además de desesperarte, nunca dejará de estar a tu lado.
Dejo el teléfono sobre la mesa, cabreado. Odio que mis problemas se aireen, cuando el teléfono suena y maldigo. Voy a matar a mi hermana.
—Mira, Lara, ¡no me toques más los...! —respondo de malos modos.
—¿Cómo está mi rey?
Oír aquello me subleva.
—Rafael, no tengo hoy el día fino —bufo.
Rafael, que me conoce, cambia su tono de voz. Me nota cabreado y me hace saber que me llama para ir a jugar al pádel. Me lo pienso. En otras circunstancias le hubiera dicho que no. Pero necesito salir de casa y despejarme dándole a la pala de pádel, así que quedo con él en su despacho.
Cuando llego nos miramos. Con la mirada creo que ya sabe que lo que pasa no es algo bueno y, cuando cierra la puerta de su despacho, me siento en el sillón.
—Yuls y yo queremos el divorcio —anuncio. Rafael me mira y, cuando va a hablar, añado—: Pon fecha de hoy en el documento y preséntalo.
—Pero ¿qué dices?
—Digo que...
—Pero, Oliver, ¿qué ha pasado?
Lo miro. Explicarle lo que ha pasado no lo entiendo ni yo. Ese nubarrón negro que ella alguna vez mencionó, ahora me ha nublado a mí, y se lo explico como puedo.
—Oliver, ¿no crees que le ha tenido que pasar algo? —aventura.
Lo creo. Claro que lo creo. Pero estoy encabronado.
—Me he cansado de preguntar y de que no me responda —replico—. Me he cansado de sus silencios y...
—A ver, amigo. Creo que...
—Rafael —lo interrumpo—. Fue bonito mientras duró. Ahora, regresemos a la realidad. Pon fecha de hoy en esos malditos documentos y preséntalos. La señorita Pérez y yo queremos el divorcio.
Mi amigo asiente. Me conoce. Sabe que yo no soy persona de ir de farol.
—De acuerdo, Oliver —claudica—. Pero déjame recordarte que en agosto los juzgados no están a pleno rendimiento y...
—Aunque no estén a pleno rendimiento, ¿se puede presentar el divorcio o no?
—Sí.
Asiento. Lo sabía.
—Que tu procuradora lo presente. —No doy más opciones.
Me mira. En su gesto veo la pena que le da lo que le estoy solicitando.
—Lo siento. Siento que no saliera bien —murmura.
—Yo también lo siento —afirmo, ofuscado.
La siguiente media hora repaso lo que en su día Yuls y yo firmamos mientras algo dentro de mí se desmorona.
Miro el contrato y compruebo que hemos incumplido absolutamente todas las cláusulas y me frustro porque ahora no sé si fue sincero o no.
Vuelvo a hablar con Rafael del tema. Le doy mil vueltas.
Y al final llego a la conclusión de que Yuls me vendió una imagen que no es real y yo la creí.
Su prioridad siempre fue el maldito dinero.
Y si algo no soporto es a las personas que priorizan el dinero por encima de los sentimientos.
—¿Estás seguro de que quieres que presentemos hoy los papeles?
Asiento. Lo tengo claro.
Rafael llama a Cristina. Ella es su procuradora. Y, entregándole los documentos ya fechados y perfectamente cumplimentados, se va derechita al juzgado.
Rafael y yo nos vamos a comer. Es tarde. Durante la comida continuamos hablando de lo mismo y la sobremesa se alarga. Necesito hablar.
A las seis de la tarde nos dirigimos al club social de Aravaca, del que mi familia es socia de toda la vida y Rafael también. Allí nos cambiamos de ropa y cerca de las siete nos metemos en una cancha para jugar al pádel.
Juego duro. Fuerte. Necesito desfogarme, y Rafael me lo permite. Pero la fuerza bruta no sirve de nada cuando la cabeza se tiene en otro lugar, y mi amigo termina ganándome.
Tras una ducha, que noto que en cierto modo me relaja si no pienso en Yuls, salimos y nos sentamos en el bar del club. Allí saludamos a varios amigos que se acercan.
—¡Tío Oliver! —oigo a mi espalda.
Al volverme, me encuentro con Javier y Lucas.
—Pero mira quién está por aquí —saluda Rafa.
Javier, encantado, abraza a Rafa.
—Rafa, te presento a mi amigo Lucas —señala cuando se separa de él.
Rafa y Lucas a modo de saludo se sonríen. Nunca se habían visto, pero ambos saben quiénes son.
Verlo junto con mi sobrino no me sorprende porque sé que han quedado en varias ocasiones para hacer deporte y, acercándome a ellos, los saludo. A mi sobrino con un abrazo y un beso y a Lucas simplemente con un movimiento de cabeza. La distancia que él siempre ha buscado.
Javier nos cuenta que acaban de jugar un partido de tenis en una de las canchas del club. Saber eso no me sorprende de mi sobrino, pero sí de Lucas, y más cuando este dice:
—Le he dejado ganar. No quería traumatizarlo el primer día.
—Pero, colega, ¡si eres un paquete! —se mofa Javier.
Veo que Lucas sonríe. Está de buen humor.
—La verdad es que hoy he descubierto dos cosas —admite—. Que el tenis es divertido y que yo soy muy malo.
Eso nos hace sonreír a todos. Incluido a mí.
—¿Dónde está Yuls? —quiere saber Lucas.
—Ni lo sé ni me importa —respondo. Esa contestación sin filtro les sorprende; yo pregunto—: ¿Os apetece tomar algo?
Javier y Lucas se miran. Asienten. Y se sientan con nosotros en la mesa. Piden unos refrescos y, cuando el camarero los trae, deja ante nosotros unas tapitas de jamón.
En un momento dado en el que Javier y Rafael hablan, Lucas me pregunta:
—¿Por qué has dicho eso de Yuls?
Parapetándome en esa chulería que todos tenemos cuando queremos, miro al chaval.
—Porque es la verdad —replico y, acercándome más a él, murmuro—: Puedes alegrarte, chaval, no disimules.
El crío me mira con seriedad y tras un movimiento de cabeza no dice nada.
Durante un rato hablamos los cuatro cuando, de improviso, noto que alguien que pasa por mi lado me tira su cerveza encima.
¡Joder, lo que faltaba!
Me levanto de inmediato. La cerveza corre por mi camiseta, brazo y cuello, y cuando miro al que ha originado el estropicio, este, en tono desafiante, dice:
—¡¿Qué pasa?!
Ha dicho «¿qué pasa?». ¿Encima chulo?
Rafael, Lucas y Javier se levantan.
—¿Pero tú de qué vas, tronco? —se le encara Lucas.
El tipo lo mira, pero no responde. Solo sonríe.
—Lo mínimo que podrías hacer es pedir disculpas, ¿no crees? —digo.
Aquel tipo arrogante no para de sonreír. No entiendo ni su sonrisa ni su postura chulesca cuando coge una tapita de jamón del plato que tenemos sobre nuestra mesa y se lo come. Rafael, Javier, Lucas y yo nos miramos sorprendidos.
—¿Quién te ha dado permiso para hacer lo que has hecho? —me enciendo.
—El mismo que te dio a ti permiso para ser tan idiota —responde el individuo, aún con el jamón en la boca.
¡¿Cómo?!
—Pero qué dices, pringado de mierda —sisea enfadado Lucas.
—¡Dijo el de las zapatillas pobretonas!
—¡Serás gilipollas! —lo empuja Lucas.
Rápidamente me meto entre aquel tipo y el muchacho.
—No es mi mejor día —le advierto—. Por lo tanto, vete antes de que te parta la cara.
Rafael y Javier se mueven. Yo no soy de enfrentarme a nadie.
—Sé defenderme solo —digo, mirando a Lucas—. Aun así, sé inteligente y no caigas en su provocación. No merece la pena.
Pero entonces noto un golpe seco y doloroso en mi mejilla.
Aquel desconocido me acaba de lanzar un derechazo que no esperaba, y mi inteligencia, con el nubarrón que tengo encima, se nubla completamente.
Furioso, lo miro. De un empujón retiro a Lucas, y el derechazo quien lo lanza ahora soy yo y, además, con todas mis ganas.
Durante varios minutos aquel tipo y yo nos golpeamos mientras siento cómo la rabia que llevo dentro fluye y fluye, hasta que Rafael junto con Lucas y otros hombres del club nos separan.
—Si quieres más solo tienes que pedirlo, ¡imbécil! —le grito, limpiándome la sangre de la boca.
—Oliver, ¡para! —me pide Rafael, mirándome.
Instantes después, aparece el director del centro con dos vigilantes jurados y, metiéndose entre nosotros, intentan verificar si aquel tipo es socio del club. Cuando corroboran que no lo es, se lo llevan. Lo sacan de allí y Rafael se dirige a la barra.
—Voy a por hielo. Lo necesitas.
Entiendo lo que dice, y tocándome el labio me encojo y más al ver la sangre en mi mano y mis nudillos desollados. ¿En serio me he pegado con un tipo?
—Ostras, tío Oliver, cómo se te están poniendo el ojo y la mejilla —dice mi sobrino—. Mamá va a flipar cuando se lo cuente.
—A tu madre ni una palabra.
—Uis que no —se mofa y corre hacia Rafael, que está en la barra.
Horrorizado estoy por ello cuando Lucas pregunta:
—¿Qué ha pasado para que estés tan enfadado?
—¿Me lo preguntas tú, que eres el eterno enfadado? —El crío suspira. Sabe por qué digo aquello y, sintiéndome mal por haberle hablado así, bajo el tono—: Mira, Lucas, solo te puedo decir que, a partir de ahora, la tendrás de nuevo solo para ti. El resto que te lo explique ella.
—¿Por qué dices eso?
Lo miro y no lo entiendo. Aquel chaval, al que nunca le he caído bien, se interesa por algo de lo que no quiero hablar.
—Porque me ha pedido el divorcio y nos vamos a divorciar —respondo.
Desde mi posición veo cómo se estira de golpe.
Abre los ojos como si le hubiera dado la noticia del año. Durante unos instantes pienso que va a aplaudir, y de pronto se da la vuelta y se va. Está claro que la noticia le ha alegrado y va a buscarla para celebrarlo.