Todo bajo control, menos tú Capítulo 55
86%

Capítulo 55

Lo he conseguido.

Mientras bajo por las escaleras en dirección a la cocina y con el corazón roto por la cantidad de cosas horribles que he soltado por la boca y que realmente no pienso, siento que he conseguido mi propósito, que era alejar a Oliver de mí.

Aunque el escándalo por lo de Vicente salte a la prensa y lo salpique irremediablemente, al menos, teniéndolo lejos a él y a su familia, me aseguro de que ese malnacido no les causará ningún daño físico.

Lo he atacado por donde más le duele. Por el lugar más sucio y rastrero. El dinero. Sabía que en el momento en que lo mencionara Oliver iba a entrar como un miura y no me iba a perdonar que lo priorizara por encima de él.

La abuela nos ha oído. Lo veo en cómo me mira, y cuando se acerca a preguntarme qué nos pasa, incapaz de no hacerlo, le doy un abrazo a modo de despedida y le digo que hable con Oliver.

Instantes después, dejo a Tarifa en el suelo, que se va corriendo, cojo mi mochila y, sabiendo el daño que les he ocasionado a ambos, me voy para la residencia. Más tarde regresaré a por mis cosas.

Cuando salgo de la finca y la verja se cierra, siento la espada de Damocles sobre mi cabeza.

No sé cómo lo va a hacer Vicente. No puedo imaginar qué maldad tiene planeada para nosotras, pero sí sé que he de recoger a mamá y huir.

Corro peligro, así que miro hacia los lados y, al no ver a nadie, meto primera y comienzo a conducir.

Cuando llego a la residencia me encuentro a mamá en el jardín sentada sola. ¿Pero qué hace allí? ¿Por qué no está en la habitación? ¿Por qué no está acompañada?

Sin separarme de ella, voy hasta el despacho de la directora y discuto con ella. Por cómo me mira, imagino que debe de pensar que soy una loca exagerada y, al final, con toda su chulería me dice que, si no estoy contenta con los servicios del centro, me plantee sacar a mamá de allí.

Desconcertada y con mamá del brazo, pero en su mundo, regresamos a la habitación. Una vez allí, la siento en una silla, y, para mantenerla entretenida, le entrego su ovillo de lana. Como siempre, lo deshace, para luego volver a hacerlo.

Mientras la miro, todo da vueltas en mi cabeza.

Mamá. Oliver. Vicente. Todo va mal. Todo es una locura y estoy totalmente sola y desubicada.

El teléfono me suena. Es Kaory. Me muero por hablar con ella, pero no debo.

Necesito que esté alejada de mí como el resto, pues ahora soy una diana a la que en cualquier momento van a disparar.

Miro mi teléfono móvil. Oliver no ha llamado y conociéndolo no lo va a hacer. Lo que le he dicho lo hice con premeditación y alevosía y sabiendo cuánto le iba a doler. Oliver tiene su orgullo, como lo tengo yo, y sé que lo hablado entre nosotros ha sido una sentencia. Su distancia me lo decía.

De Lucas tengo varios wasaps. Se interesa por mí sin saber la terrible realidad en la que vivo, e intento mantenerlo al margen. Me cuenta que ha quedado con Javi, el sobrino de Oliver, y le escribo para decirle que se lo pase bien. De momento, necesito que también esté alejado de mí.

Sentada en una silla, frente a mamá, miro las fotografías que Oliver y yo tenemos juntos.

Fotos de cuando preparó el viaje sorpresa a Tarifa.

Fotos haciendo surf. Viendo el precioso atardecer desde La Última Ola o visitando las ruinas de Baelo Claudia en la playa de Bolonia.

Sonrío. Qué bonito recuerdo. También miro imágenes de nuestras salidas u otras hechas en casa donde lo pillaba a traición y terminábamos muertos de risa los dos.

Estoy ensimismada viendo aquello cuando oigo que alguien grita mi nombre. Reconozco la voz de Kaory, salgo al pasillo y llego hasta las escaleras. Allí, la persona de recepción la sujeta. No le permite la entrada sin acreditación, y yo voy en su ayuda a toda prisa.

—¿Por qué no me coges el teléfono? —me recrimina nada más entrar.

En silencio subimos las escaleras. Caminamos por el pasillito. Y cuando entramos en la habitación de mamá, me desmorono y le cuento la verdad.