Todo bajo control, menos tú Capítulo 54
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Capítulo 54

Cuando aterrizo en el aeropuerto de Madrid a las nueve de la mañana sonrío porque sé que voy a ver a Yuls. Me muero por verla y estar con ella.

Tras coger un taxi y parar en una floristería para comprarle un ramo de rosas blancas, cuando entro en casa a las diez y cinco y la veo, ella corre hacia mí. Y, sin importarle si me arruga o mancha la americana del traje, se cuelga de mi cuello y me abraza con fuerza.

Su excesiva efusividad me gusta.

—¿Tanto me has echado de menos? —le pregunto con una gran sonrisa. Con su nariz hundida en mi cuello asiente, y conmovido murmuro—: Yo también te he echado de menos, cariño.

Cuando se desengancha de mi cuerpo, le doy un beso en los labios que ella alarga y alarga y alarga.

—Qué efusividad... —susurro cuando nos separamos.

Coge el ramo de rosas blancas que le he comprado.

—Gracias. Son preciosas —dice emocionada, sin apartar su mirada de mí.

—Tú sí que eres preciosa.

Yuls sonríe, pero la noto cansada y con ojeras.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Te pasa algo? —insisto.

Me mira. Durante unos instantes parece que duda, pero responde:

—Solo que te quiero.

Me gusta oír eso. Me hace sentir especial.

—Qué tiempos en los que a tu anciana abuela le traías flores.

—Abuelaaaaa...

Divertido, beso a mi abuela cuando aparece Tarifa, y la muy cabrona, porque no tiene otro nombre, me mira, se para delante de mí y se mea.

Yuls me mira. La abuela se ríe.

—Se ha puesto tan feliz al verte que se ha meado —explica Yuls.

Me quito las gafas. ¿De verdad piensa que me voy a creer eso?

Diez minutos después, cuando le he contado a mi abuela la parte empresarial de mi viaje, miro a Yuls, que nos observa. Su gesto es raro. Serio. No sé qué ocurre, pero algo le pasa.

—Tú y yo esta noche tenemos una cita —digo, agarrándola por la cintura y acercándola a mí. Ella niega con la cabeza, pero sin dejarme convencer le anuncio—: Cariño, hice una reserva en un excelente restaurante donde me muero por cenar con mi preciosa mujer, por lo tanto, deja de decir que no.

—¡Qué excelente idea! —afirma mi abuela—. Yo esta noche me voy a dormir a casa de Larita. Quiero dejaros la casa para vosotros solos, porque me da que se van a mover hasta los cimientos.

—Abuelaaaaa —le recrimino mientras ella se ríe.

De pronto, del salón salen Drako y Zorba. ¡¿Cómo?! ¿Pero qué hacen los perros dentro de la casa? Vienen a saludarme, moviendo sus rabitos.

—Lo más justo para ellos es que disfruten del aire acondicionado como nosotros —dice Yuls antes de darme tiempo a protestar—. No me seas rancio.

¡¿Rancio?! Ya estamos con eso...

Mi abuela, divertida, levanta las cejas.

—Creo que es mejor que me vaya a la ducha. —No quiero discutir nada más llegar.

Y, sin mirar atrás, porque como mire seguro que Tarifa se vuelve a mear, subo hasta mi habitación, suelto la maleta y me desnudo. Entro en mi baño y me ducho con la esperanza de que Yuls aparezca y me acompañe. Pero no. No aparece.

Veinte minutos después, cuando estoy en mi vestidor, Yuls entra. Sorprendido, veo que está fumándose un cigarrillo.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto.

Ella levanta las cejas.

—Fumarme un cigarrito, ¿qué pasa? —responde.

¿En serio? ¿Cómo que qué pasa?

—Quedamos en que la casa y especialmente la habitación era un espacio libre de humo.

—Quedamos no. Quedaste tú. Y te recuerdo que esta también es mi casa y mi habitación, y en ellas fumo si me da la gana. —Su respuesta me molesta. Me escuece. Y, mientras sigue fumando, agrega—: En cuanto a la cena de esta noche, olvídala.

—Imposible. Tenemos que solucionar lo del divorcio. —Abro un cajón para sacar un calzoncillo. Me lo pongo, cuando Yuls se pone delante de mí—. ¿Qué pasa? —pregunto.

Me observa. Me mira. Definitivamente, tiene gesto cansado.

—No vamos a salir esta noche —suelta.

—Pero, Yuls...

—Me da igual cómo te pongas. Tengo planes con Kaory desde hace tiempo, y tú no me los vas a jorobar.

Sorprendido, parpadeo, mientras me pongo unos pantalones.

—¿Pero cuándo te he jorobado planes?

—Pues siempre que puedes.

—¡¿Qué?!

La miro, perplejo. No entiendo de qué habla.

—Mira, Oliver, que a ti te guste controlarlo todo no quiere decir que a mí me guste que lo hagas.

Y no soporto que planifiques cosas sin consultarme, porque hoy tengo planes con Kaory y mañana los tengo con Lucas.

Por lo tanto, no cuentes conmigo para cenitas ni para hablar de lo que de pronto para ti es importante.

—¿Para ti no es importante que hablemos sobre nosotros? —pregunto, molesto por sus palabras.

—No. —Se ríe. Su sonrisita me toca los... y más cuando suelta—: ¿Estás así porque no quieres pagarme los cien mil euros que me corresponden por el divorcio ahora que llega el momento?

¡No me jodas!

¿De veras me pregunta eso?

Intento tranquilizarme. Morderme la lengua para no ser mordaz y desagradable. Acabo de llegar de viaje. Estoy cansado por el jet lag del vuelo, ¿y me viene con estas?

—Mira, Yuls..., me estás encabronando.

—Tú naciste encabronado.

Boquiabierto. Incrédulo. Alucinado. No encuentro palabras para definir aquello que está pasando.

—Tú y yo quizá no salgamos esta noche, pero sí vamos a hablar. —Mi tono se endurece.

—Pues va a ser que no.

—Pues va a ser que sí.

—He dicho que no —insiste.

Vale. Mi nivel de tolerancia ya está llegando a la línea roja.

—Hablaremos esta noche —sentencio.

—Pues hablarás contigo solo, porque conmigo, desde luego, no.

Levanto las cejas. No me quito las gafas porque no las llevo puestas.

—¿Pero tú de qué vas? —le recrimino, incómodo por su actitud.

—De lo mismo que vas tú.

—Yuls, ¿qué te pasa? ¿Por qué me hablas así?

Ella me mira. En su mirada veo algo que no entiendo.

—Te hablo así porque estoy harta de tus continuas preguntas —replica— y de que decidas las cosas sin preguntarme.

¿Pero quién coño te has creído? ¿Mi dueño?

Si algo me ha gustado siempre es organizarme yo solita la vida.

Y si eso te incomoda, ¡te jodes! Porque si esperabas que yo me convirtiera en una tonta muñequita a la que mangonear porque el que tiene el alto nivel adquisitivo eres tú, lo siento, rey, pero yo no soy así.

Y si te incomoda que hable de los cien mil euros que me tienes que pagar, ¡no es mi problema!

¡Es el tuyo! Porque yo sé muy bien por qué me casé contigo.

Boquiabierto, parpadeo mientras no doy crédito a lo que escucho.

—Te mereces en este instante que te eche de la habitación.

—Inténtalo.

—Yuls... no me provoques más.

—No me provoques tú a mí. Y sí, te estoy respondiendo con chulería, pero es la que te mereces, pues te comportas como un...

—¿Como un qué?

—Como un prepotente todopoderoso, exigente, autoritario, arcaico, insoportable, creído, rancio, intolerante, mandón, opresivo. Te crees que todo lo haces bien. Te sientes con la potestad de exigir, ordenar, mandar y un sinfín de cosas más. ¿Quieres que continúe?

La miro atónito. ¿Pero qué le pasa? ¿Por qué no mide lo que suelta por la boca? ¿Realmente piensa eso de mí? Y, sintiéndome muy molesto y deseoso de hacerle el mismo daño que ella me hace a mí, digo:

—¿Sabes, Yuls? Te estás comportando como una maleducada, grosera, terca, veleta, malcriada e intolerante sin ningún tipo de educación ni de saber estar, entre muchas cosas más.

—¿Sin educación y sin saber estar, como dice tu amiguita?

—Exacto. Como dice Vanessa —afirmo, enfatizando el nombre.

Sonríe. Por su gesto percibo que me ha llevado hasta donde ella quería y más cuando suelta:

—Pues ya sabes, si lo que quieres es una mujer como ella, estás tardando en llamarla. En el fondo, sois tal para cual.

—Yuls... —siseo entre dientes. Sonríe. Su sonrisa me provoca frustración y, viendo que o la paro o vuelve a la carga, añado—: Te quiero, pero todo tiene un límite, ¿lo sabes?

—Claro que lo sé. Y más si hablamos de mis cien mil euros. Creo que, tras lo dicho, me los he ganado, ¿no? Porque hay que admitir que, aunque hemos tenido bonitos momentos, soportar al señor tiquismiquis que eres no ha sido fácil.

Intento reconocer en aquella mujer a Yuls, pero se ha convertido en una extraña, una desconocida.

—Sé que no soy perfecto —murmuro—, pero nunca creí que, para ti, fuera difícil de soportar.

—Rey, eres complicadito. Asúmelo. Y tampoco olvides las circunstancias en las que nos conocimos. Ambos necesitábamos algo. Tú una mujer, yo dinero y...

—Sé cómo nos conocimos —le corto, furioso—. Pero pensé que, con el tiempo, el dinero había pasado a un segundo plano para ti.

—Tengo mis prioridades, cielo. No te engañes.

¡No me jodas! ¡¿Sus prioridades?! ¡¿Que no me engañe?!

Aquello me enerva por completo. Echa abajo todo lo construido con ella en ese momento y, pese a ser consciente de que la respuesta posiblemente no me guste, por cómo van los acontecimientos, pregunto, abrochándome la camisa:

—¿Eso quiere decir que el dinero está antes que yo?

—Efectivamente, Oliver. Tú no eres mi prioridad.

Oír eso me mata.

Me hace darme un guantazo contra el suelo descomunal.

Creí que lo nuestro era de verdad. Auténtico.

Algo especial. Pero está claro que no es así.

Tomo aire, mi cuerpo reacciona ante aquellas duras palabras.

Se envara. Mi boca se reseca. El estómago se me revuelve.

Y cuando consigo que mis manos dejen de temblar y termino de abrocharme los botones de la camisa, me pongo las gafas, y con esa altivez tan mía que a ella nunca le gustó, con voz fría y distante, digo:

—Muy bien, señorita Pérez, volvamos a la casilla de inicio. Olvidemos todo lo que ha ocurrido entre usted y yo durante estos meses. ¿Quiere eso?

Yuls me mira. Sabe que me ha cabreado. Me conoce como para entender lo que estoy proponiendo.

—Sí. Quiero eso —responde.

Hago un gesto afirmativo que me supone un esfuerzo sobrehumano.

No entiendo nada. Cuando he llegado me ha besado con auténtica desesperación. Hace dos noches, a través de las pantallas de los ordenadores, nuestra conexión era mágica y brutal. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha ocurrido en estos días?

Pero no quiero indagar porque está claro que ella no quiere hablar.

—De acuerdo —sentencio—. El contrato firmado se extiende hasta el 27 de agosto. El 28 se iniciarán los trámites para el divorcio y...

—¿Por qué esperar al 28, señor Dávila, si se puede solicitar hoy mismo?

Me quedo paralizado.

No esperaba semejante frialdad por su parte, como tampoco esperaba todo lo que está sucediendo.

—¿Tan claro lo tiene, señorita Pérez? —pregunto, encabronado.

—Clarísimo —afirma con chulería.

Con la boca totalmente seca, asiento. Si algo he tenido siempre claro es que no quiero estar con quien no quiere estar conmigo.

—Hablaré con Rafael —afirmo.

—¡Perfecto! Y cuando hable con su abuela dígale que lo nuestro al final no ha funcionado por diferencia de caracteres, y se lo creerá. Usted y yo somos como el aceite y el agua. Imposibles de juntar.

La miro. Tengo la sensación de que tiene ensayada esa frialdad, pero ya necesito que me deje en paz.

—Si ya está todo hablado, señorita Pérez, regrese a sus prioridades. —Y, endureciendo la voz, ordeno—: Y ahora coja a la perra y salga por la puerta de MI habitación.

Se da la vuelta. Veo que se encamina a la que fue su habitación, pero no. Imposible. Quiero que se vaya. Quiero dejar de verla, por lo que la agarro del brazo.

—Fuera de aquí.

—Voy a recoger mis cosas.

—Ya las recogerá en otro momento.

Yuls asiente. Tiene los ojos vidriosos, pero no llora. Sabe que lo que acabamos de aceptar rompe con todo nuestro amor, con toda nuestra historia y, dándose la vuelta, coge a Tarifa y se va. Y yo apenas puedo respirar.