Capítulo 53 #2
Al llegar ante mi vehículo me quedo perpleja.
En la puerta del conductor tengo un fuerte golpe y me da la sensación de que ese golpe me lo van a dar a mí.
Durante varios segundos, espero que alguien me ataque.
Que me golpee. Que me haga algo. Pero eso no ocurre, y reaccionando tiro de la puerta abollada que está semiabierta y me meto en el coche.
Acelerada y, por qué no decirlo, algo acobardada, miro a mi alrededor. Todo está oscuro. Solitario. No hay nadie, y entonces veo un recorte de una revista pegado al volante. En él se nos ve a Oliver y a mí una de las noches que salimos, y escrito a bolígrafo pone: «Coge el teléfono».
Segundos después, mi teléfono suena. Del susto doy un chillido y al mirar la pantalla veo que pone «Número oculto».
Un timbrazo. Dos. Tres. Estoy paralizada. Y cuando suena el cuarto consigo deslizar mi dedo por la pantalla para contestar.
—Lena Brusei, ¿o he de llamarte Yuls Pérez o señora Dávila?
No contesto. Esa voz. Esa manera de arrastrar las palabras.
—¿Pensabas que eras más lista que yo? ¿Que no os iba a encontrar?
Miro a mi alrededor. Seguirá por aquí tras haberle llevado las flores a mamá. ¿Me estará observando?
Entonces veo una de las cámaras de vigilancia de la residencia. Está unos metros más adelante. Si salgo del coche y camino esos metros la cámara me grabará y, dispuesta a hacerlo salir de donde esté para que quede grabado, lo reto.
—Sal de donde estés y hablemos.
Se ríe. Su risa me enerva.
—¿Me crees tan tonto? —Y, como si me hubiera leído la mente, indica—: He pagado a un drogata para que metiera la foto dentro de tu coche.
No soy tan idiota. No me iban a captar las cámaras otra vez.
—Cierro los ojos. ¡Maldita sea! Él suelta—: Qué desmejorada está tu mamaíta.
—Oír eso me hace abrir los ojos y añade—: Lena...
Lena... Lena... te llevo observando y siguiendo desde hace tiempo. Por cierto, ¿te suena esto...?
—Lena... Lena... ¡te está buscando tu padre!; Verónica, dile que ya voy —dice la voz de una mujer que ríe.
Aquello me paraliza. Aquella voz con aquel mensaje fue lo que oí el día que estuve con Oliver en el campo del Atleti viendo a Alejandro.
—Mi chica me hizo el favor de entrar al baño cuando tú estabas. Saluda, Bea.
—¡Hola, Lena!
No respondo. No puedo.
—Como verás, os tengo cazadas desde hace tiempo...
niñita —continúa él. Me angustio. Saber eso hace que el corazón se me acelere—: Quitarte la acreditación de la residencia fue fácil.
Bea es muy hábil y solo tuvo que esperar a que dejaras tu mochila el día de la excursión un segundo para hacerlo.
Por cierto, qué buen día nos hizo, ¿verdad?
Recuerdo haber perdido mi mochila. Ahora entiendo en qué momento se hizo con la acreditación que yo por error pensé que había perdido en Tarifa y comprendo por qué percibí su olor. Estaba cerca.
—En veinte años ni una sola visita a tu padre a la cárcel. Muy mal, niñita. Muy mal.
—¿Por qué no te olvidas de nosotras? ¿Por qué no nos dejas en paz?
—Olvidarme de vosotras. Por favor, qué clase de marido y padre sería si hiciera eso —se mofa.
Mi cabeza comienza a doler. La tensión que estoy sufriendo reactiva mis migrañas y, abro mi mochila para sacar las pastillas.
—Te odio por lo que nos hiciste. Por lo que le hiciste a Andy. Y...
—Pero si fue culpa vuestra —me corta—. No me disteis lo que pedía.
Me meto la pastilla en la boca. Doy un trago de la botellita de agua que llevo.
—Nos arruinaste la vida, maldito cabrón —siseo—. Tus adicciones y tu mala cabeza nos llevaron a la situación en la que estábamos. ¿Qué querías que te diéramos?
—Tú y tu maldita madre sí que me arruinasteis la vida. He estado privado de libertad veinte años. Y os lo dije. Os dije que os encontraría y os mataría. Y así será.
—Ya no tengo quince años. Ya no soy la niñita que no sabía defenderse y a la que cogías por el cuello. Ya no te tengo miedo. Y si te...
—Ay, Lena... Lena... Lena. Mi madre, tu madre, Andy y tú siempre habéis sido unos flojos prescindibles.
Escuchar su risa junto a la de una mujer que no sé quién es y que mencione a mi familia me asquea como me asquea que me llame Lena. Soy Yuls.
Con los años me di cuenta de que aquella escoria que se creía muy listo no era así. Jamás fue un hombre valiente, sino un puñetero cobarde que transformó su inseguridad en crueldad hacia nosotros. En la vida lo vi enfrentarse a un hombre, pero sí a mujeres y niños.
—Te equivocas, maldito maltratador —afirmo con convicción—. Nosotros éramos vulnerables. No éramos flojos. Y...
—Tienes enemigos, Lena —me corta—. Y quiero que sepas que uno de ellos me buscó, me encontró y me llevó hasta ti.
—No respondo cuando añade—: El próximo titular en el que salga tu marido dirá «¡Deuda saldada!
». Eso sí, Galerías Dávila sufrirá el escándalo, y su prestigio, honor y credibilidad quedarán por los suelos, y todo, gracias a ti.
Y cuando voy a replicarle, la comunicación se corta haciendo eso que siempre he odiado de él. Amenazar y cortar la comunicación.
Angustiada, me enciendo un cigarro y arranco el coche. Conduzco hasta La Moraleja en un estado de shock total, y la verdad, no sé ni cómo llego a la casa.
Cuando estoy ante la verja, las velas y los pétalos amarillos siguen allí.
Nadie los ha quitado, y dándole al mando a distancia abro y entro.
Me paro. Observo cómo la verja se cierra detrás de mí, y cuando termina, acelerada, llego hasta el garaje, donde Zorba y Drako me esperan para su sesión de mimos, pero, sin hacerles mucho caso, entro en la casa seguida por ellos y voy directamente al cuarto de Ágata.
Al abrir con cuidado, veo que está dormida. Escucho sus ronquidos, cierro la puerta y respiro aliviada. Bajo a la primera planta a toda velocidad. Los tres perros me miran e imagino que su instinto protector les hace entender que algo me pasa.
Con los perros dentro de la casa cierro con llave todas las puertas que dan al exterior y pongo la alarma de seguridad. Después llamo a la residencia y me indican que mamá está tranquila y dormida. Debería estar allí con ella.
Tras beber un vaso de agua, me siento y, cerrando los ojos, respiro y consigo tranquilizarme. Necesito pensar. Repasar la conversación que he tenido con él. De repente, se hace una luz en mi cerebro y recuerdo algo que se quedó flotando en mi memoria.
—Vanessa —musito.
Prestigio, credibilidad y honor. Eso ha dicho Vicente.
Ato hilos rápidamente. Ella es periodista y, despechada por el rechazo de Oliver, ha debido de investigarme hasta dar con Vicente. Y, sin calcular el daño que va a provocar, lo ha llevado hasta mí.
La última vez que hablé con ella, que fue cuando me llamó por teléfono, recuerdo que me dijo antes de cortar la comunicación: «Atente a las consecuencias».
Y, aunque en ese momento no le di importancia, ahora lo entiendo.
Ella ya sabía de la existencia de Vicente, y solo esperaba dar su golpe final.
Con el corazón en la boca busco su número en mi teléfono. Lo tengo. Descuelga al segundo tono.
—¿Qué quieres? —Es su saludo.
—¿Cómo eres tan zorra y tan mala persona? —Espero su reacción, pero no llega. Eso me hace entender que sabe por qué le digo aquello, y sentencio—: Te has metido en un buen lío conmigo.
—¿Por?
—Bien lo sabes —afirmo.
Casi puedo oír cómo sonríe la sinvergüenza.
—Las veces que lo fui a visitar me dio recuerdos para ti.
Oír eso me exalta. Me lo confirma. Ha estado con Vicente.
—Te aseguro que como salga de esta no va a haber mundo en el que te puedas esconder porque pienso acabar contigo —la amenazo.
Y, sin más, esta vez soy yo la que termina la llamada antes de que por mi boca comiencen a salir más que sapos y culebras.
Seguida por los perros subo a la habitación. Entramos los cuatro en aquella estancia como hemos hecho otras veces que Oliver no está, y veo que Tarifa y Zorba se suben a la cama y Drako se tumba sobre la alfombra persa.
Con las pulsaciones a mil, entro en la que fue mi habitación, cojo mi maleta y la abro, ahí dentro está lo de siempre.
Lo imprescindible que mamá y yo necesitamos cuando hemos huido e incluyo el marco con el dibujo de Andy, la foto que tengo con Lucas, el zeñor Ozito y el cuaderno de sucesos con las notitas amenazantes que durante años Vicente nos envió.
Alterada, miro a mi alrededor. ¿Por qué la vida es tan injusta conmigo? ¿Por qué las malas personas como Vicente o Vanessa siguen haciendo maldades y el universo no los detiene?
Cierro los ojos. Aunque durante ocho años he tenido una vida relativamente relajada, y los últimos meses he vivido en un bonito sueño, está claro que se acabó. De nuevo he de huir con mamá si no quiero que algo nos pase. Pero tal y como está ella, no sé hasta dónde vamos a llegar.
Pienso en Oliver y el corazón se me encoge.
Lo quiero. Lo amo con todo mi ser y precisamente por eso he de alejarme de él.
No quiero ocasionarle problemas y quebraderos de cabeza.
Como bien me dijeron él y la abuela, en su negocio un escándalo mal enfocado los destruiría, y si algo no quiero es destruirlos.
Por eso he de ser eficiente y resolutiva y tener la mente fría y los nervios templados, como Kaory siempre dice. Oliver me quiere, y mucho. Y, para conseguir que me odie y no me quiera a su lado, he de hacer algo tan grave que él no me lo pueda perdonar.
Oliver llega en unas horas. Su avión de Nueva York aterriza sobre las nueve de la mañana y en ese momento debo tener clara mi estrategia.
Aunque antes necesito besarlo y abrazarlo por última vez.
Necesito despedirme de él sin que se percate de ello.
Y, sin apagar la luz y abrazada al zeñor Ozito, sé todo lo que he de hacer para que Oliver me rechace.