Capítulo 53
Me despierto sobresaltada y empapada en sudor.
Miro el reloj. Las cinco y veinte de la madrugada.
Cierro los ojos. Intento dormir. Pero es imposible.
Mi mente y mi cabeza no paran de imaginar cosas que no debo y abriendo los ojos miro el techo.
¿Pero qué me pasa? ¿Por qué me estoy obsesionando de esta manera?
¿Por qué siento el nubarrón sobre mi cabeza?
Finalmente, clavo mi mirada en las estrellas fluorescentes del techo y siento que me relajo. Pero a las ocho de la mañana, cansada de mirar las estrellas, me levanto, y tras una ducha bajo a desayunar.
La abuela y Mónica están sentadas en la cocina. Hablan. Cotillean y, cuando me ven entrar, me saludan encantadas y me uno a ellas. A las diez menos cuarto me marcho. He de dar clase de defensa personal.
Cuando llego al centro de mujeres, como siempre, me abrazan.
Me quieren como yo las quiero a ellas, e intento ayudar en todo lo que puedo.
Mamá y yo, durante años, pasamos por centros como aquel y conozco sus carencias.
Tras saludos, besos y confidencias, pasamos al gimnasio que han habilitado para las clases.
Mientras enseño y practico con ellas, me doy cuenta de que hoy lo estoy haciendo concienzudamente.
Corrijo cada movimiento con precisión y no solo el de ellas, sino también el mío.
Y, aunque me regaño por ser una alarmista, mi instinto ha despertado en mí una alerta silenciosa y difícil de explicar, y eso me hace ver que me estoy anticipando a algo que ni siquiera existe.
Acabada la clase, y sin ganas de regresar a casa, pues hoy es mi día libre, me estoy montando en el coche cuando recibo un wasap. Es Lucas.
Me pregunta qué tal estoy y si hoy voy a ir a ver a mamá. Se preocupa por mí. Está claro que lo dejé inquieto, y le pido que se prepare, que voy a buscarlo para ir a la residencia. Eso le alegra.
Llegamos a la residencia donde está mamá y, como siempre, mientras pasamos nuestra acreditación por la recepción, miro la hora en el enorme reloj que tienen en la pared.
Al vernos, mamá se alegra. No sabe quiénes somos, pero se alegra.
La sacamos al jardín y nos sentamos en uno de sus bancos mientras ella hace y deshace su ovillo de lana.
Hace un bonito día y entonces mamá se levanta del banco donde estamos sentadas, deja el ovillo de lana a un lado y se dirige directamente a Lucas, que está de pie, y le da una patada en la espinilla.
Eso me provoca risa, luego se vuelve a sentar y, como si no hubiera pasado nada, coge su ovillo de lana y prosigue con su ritual. Lucas me mira boquiabierto.
A la una y media de la tarde, tras avisar a Ágata de que no voy a ir a comer, nos despedimos de mamá dejándola con su cuidadora en la habitación, y Lucas y yo decidimos comernos una hamburguesa. Mientras lo hacemos, me pregunta por Oliver y, feliz, le hago saber que llega al día siguiente.
Cambia de tema y se interesa por cómo estoy por lo ocurrido el día anterior, y yo le respondo con sinceridad. Entre los dos repasamos lo sucedido y llego a la conclusión de que me estoy obsesionando y me tengo que relajar.
A las siete y cinco de la tarde, tras dejar a Lucas en el centro, pongo rumbo a La Moraleja. Y, la verdad, estoy animada. Hoy ha sido un bonito día junto con mamá y Lucas, y queda menos para que Oliver regrese.
Cuando llego ante la casa paro el vehículo. Cojo el mando a distancia para abrir la verja, pero antes de darle al botón, algo llama mi atención. A ambos lados de la entrada hay pétalos amarillos y velas.
La respiración se me paraliza. Se me corta de golpe. Se me encoge el estómago. Llevo mi mano al pecho y me obligo a inspirar profundamente para no desmayarme mientras compruebo que tengo echado el seguro del vehículo.
Paralizada, no puedo apartar mi vista de aquello y entonces sé que Vicente nos ha localizado y que el caos ha vuelto de nuevo a mi vida.
Con manos temblorosas y sintiendo el fuerte latido de mi corazón en todo mi cuerpo, mis ojos recorren el exterior en busca de algún movimiento o de alguna persona, pero estoy sola, mientras tengo claro que lo que llevo imaginando días es real. Muy real.
Cojo el teléfono y, aunque casi no veo la pantalla, consigo encontrar un número. Uno que lleva allí veinte años. Un timbrazo. Dos. Tres.
—Centro penitenciario de Ávila. Dígame.
He de hablar. Debo preguntar.
—Buenas tardes —logro articular antes de que me fallen las fuerzas—. Mi nombre es Lena Brusei Pérez. Soy la hija del recluso 472 y necesitaría hablar con urgencia con él por un problema familiar.
—Un momento, por favor.
Asqueada por haber afirmado ser la hija de aquel sinvergüenza, estoy esperando cuando vuelven a hablar:
—Disculpe, señorita. Pero el recluso 472 ya no se encuentra en nuestras dependencias. Fue puesto en libertad hace mes y medio.
No... no... noooooooo...
—Pero si estaba cumpliendo una sentencia de veinticinco años.
—Así es, señorita. Pero en su expediente indica que, por su buen comportamiento y su colaboración en programas de reinserción, le redujeron la pena. Por lo que ya está en libertad.
Me ahogo. Necesito respirar o me ahogo. Ese desgraciado mata a mi hermano, casi nos mata a mamá y a mí, y quema la casa. ¿Y por buen comportamiento ya está en la calle? ¿Pero qué clase de justicia es esa?
—De acuerdo. Muchas gracias.
Suelto el teléfono móvil como si me quemara. Aquello es una locura. Una atrocidad. ¿Cómo puede estar en libertad?
Conozco a mi padre y, aunque no lo haya visto en los últimos veinte años, afirmo y pongo la mano en el fuego que sigue siendo el mismo cabrón mala persona que era, y lo sé por las notitas que durante años nos ha hecho llegar para meternos miedo.
Instintivamente, llamo a Ágata. Al segundo tono descuelga y al oír su voz cierro los ojos aliviada.
Sin dejarle intuir mi nerviosismo hablo con voz serena con ella unos minutos y le hago saber que tampoco iré a cenar.
Eso la apena, pero me dice que Altamira y un par de amigas más están con ella. Eso me alegra. No está sola.
Cuando termino la conversación y sabiendo que la espada de Damocles está sobre mi cabeza y la de mamá, llamo a la residencia.
Allí me atiende Araceli, una de sus cuidadoras, quien me dice que mamá está dormida, y entonces me menciona que un amigo acudió a visitarla nada más marcharnos Lucas y yo.
¿Un amigo? ¿Qué amigo?
Doy marcha atrás como una loca y conduzco hacia Móstoles, olvidándome de los límites de velocidad y de la prudencia. Dejo el vehículo en el primer hueco que veo y entro en la residencia.
Sin pararme en la recepción y enseñar mi acreditación, corro escaleras arriba hasta la habitación de mamá y al entrar la encuentro dormida en su cama, y sobre la mesita que tiene a su izquierda hay un ramo de rosas amarillas.
Con la respiración entrecortada me acerco a aquellas rosas. La belleza que emanan contrasta con lo que significan para mí.
Tras salir de la habitación me dirijo hacia el control de enfermeros. Quiero saber cómo era la persona que vino a ver a mamá, y me dicen que era un hombre alto, maduro, calvo y fuerte.
Esa descripción es la de Vicente. Exijo de inmediato saber cómo ha podido aquel hombre entrar en la residencia, y me indican que llegó con «mi» acreditación. Por eso lo dejaron entrar.
Horrorizada, parpadeo al recordar que perdí mi acreditación al regresar de Tarifa. Y entonces no puedo dejar de preguntarme ¿cómo ha podido terminar en las manos de Vicente?
Molesta. Rabiosa. Enfadada y, por qué no, asustada, cojo el maldito ramo, lo saco de la habitación y lo tiro a la papelera.
El personal que hay allí me mira. No entienden lo que estoy haciendo.
—Quiero hablar con la directora —le digo a Araceli.
—Es tarde, Yuls. Hasta mañana a las ocho de la mañana no regresa.
—Por favor, Araceli, llámala y dile que es urgente.
—Pero...
—¡Llámala! —insisto, molesta.
La mujer asiente y se aleja.
Cinco minutos después, estoy hablando con la directora.
Le cuento a medias la problemática que tenemos y, aunque me escucha, lo máximo que consigo es que a mamá la cambien de habitación y que me dejen ver las grabaciones de las cámaras de seguridad.
Y ahí está. Ahí está Vicente. Lo reconozco, aunque oculte su calva y su cabeza bajo una gorra.
Una hora más tarde y en la nueva habitación, me siento en una silla, consciente de que él nos ha encontrado. Tras ocho años nos ha vuelto a encontrar. Y mientras veo dormir a mamá intento eso que Kaory siempre dice de «mente fría y nervios templados».
Cierro los ojos y, a través de ciertos ejercicios de relajación, procuro controlar la respiración. Estoy acelerada. Demasiado. ¿Pero cómo no estarlo si Vicente está cerca?
Pienso en Oliver y me siento fatal. Por mi imprudencia, por no ser sincera con él, lo que ocurra a partir de hoy le puede perjudicar a él, a su negocio y a su familia. Y la única culpable de eso seré yo y solo yo.
No soy muy creyente. Y nunca lo he sido precisamente por las cosas que me han tocado vivir.
Si Dios existe, ¿cómo permitió que Vicente hiciera lo que hizo?
¿Cómo dejó morir a Andy? Pero, en mis momentos de debilidad, reconozco que le he suplicado al universo, o a quien lo creó, que esto que está pasando no ocurriera y que, si tenía que ocurrir, fuera cuando Oliver y yo ya no tuviéramos nada que ver.
Pero, como siempre, el universo y quien se encargó de crearlo han pasado de mí.
De pronto pienso en Ágata. Sus amigas ya se habrán marchado y está sola en la enorme casa de La Moraleja, pues sé que Mónica se iba unos días con su hija. ¿Debería ir con ella o quedarme con mamá?
Oliver está en Nueva York y si algo le pasa a la abuela por mi culpa no me lo voy a poder perdonar. Por lo que, tras asegurarme de que la residencia cierra a esta hora y que, si alguien entra, las cámaras lo captarían, corro hacia el coche sabiendo que la que ahora está en peligro soy yo.