Capítulo 52
En Nueva York he tenido varias reuniones, donde no solo he contratado a varios artistas importantes para que expongan en mis galerías de España y Londres, sino que he comprado varias obras que me habían encargado.
Acabo de llegar al hotel tras un día intenso y me he dado una ducha. Aquí en Nueva York son las seis de la tarde, por lo que en Madrid son las doce de la noche.
Ataviado con un pantalón negro y una camiseta, me siento en la cama con mi portátil.
He quedado con Yuls. Vamos a hacer una videoconferencia.
Pero los minutos pasan y ella no me llama.
Eso me intranquiliza. Sigo siendo un maniático de la puntualidad, pero está visto que eso a ella le sigue sin importar.
A las seis y cuarto, cuando estoy a punto de darme cabezazos contra la pared, suena mi ordenador y tras aceptar la videollamada la veo. Está preciosa. Sentada sobre nuestra cama y ¡no me jodas, la perra está a su lado!
—Hola, cieloooooo.
—¿Qué hace la perra en mi habitación y sobre mi cama? —pregunto con voz severa.
—¿Tu habitación y tu cama?
—Sí —insisto.
—¡Que te den! —suelta.
Y, sin más, se corta la comunicación. ¿En serio?
Encabronado, me quito las gafas, las tiro sobre la cama y me quedo mirando la pantalla. Que haya hecho eso no me ha gustado nada. Ese carácter suyo me vuelve loco. Pero yo soy un bocazas. ¿Cómo he podido decir eso de «mi» habitación y «mi» cama cuando aquella estancia es de ambos?
Mi portátil vuelve a sonar. Me pongo las gafas. Acepto de nuevo la videollamada y vuelvo a verla como vuelvo a ver a Tarifa.
Esta vez no saluda. No habla. Solo me mira. Y yo, intentando no ser tan brusco, indico:
—Habíamos quedado hace quince minutos.
Yuls se mira el reloj.
—Realmente hace diecisiete.
Aprieto la mandíbula. La madre que la trajo. Lo que le encanta llevarme la contraria.
La noto tensa. Lo veo en su mirada y en la tensión de sus hombros. Pero, claro, con lo que ha pasado, estoy seguro de que quien la ha puesto tensa he sido yo.
—Vale. Lo siento —me disculpo—. No tenía que haberte hablado así.
—¿Así cómo? —pregunta.
La miro a través de la pantalla como ella me mira. Sigue tensa. Molesta.
—No es «mi», es «nuestra» —me corrijo.
—Está visto que no, si a la primera de cambio me recalcas lo de «mi».
Me lo merezco. Sé que me lo merezco.
—Ha sido un error. Lo siento, cariño —vuelvo a disculparme.
Yuls, muy seria, mira la pantalla. No me gusta verla así.
—De acuerdo —concede—. Estás perdonado. Pero si vuelves a decir eso de «mi», sufrirás las consecuencias. ¿Te queda claro?
—Clarísimo.
Sonríe. Eso me alivia, cuando veo que coge a la perra y poniéndola ante la cámara cambia su tono de voz.
—Hola, papichulo, ¡qué guapo estás!
Suelto una carcajada. Lo de «papichulo» y ver en un primer plano a la perra, que parece sonreír, consigue ese efecto en mí.
—Tú también estás muy guapa, Tarifa —respondo.
Yuls quita a la perra y la deja sobre la cama.
—¿Qué tal tu día, cielo? —se interesa.
Durante un rato hablamos. Le comento cómo he pasado la jornada. Las reuniones que he tenido, y ella brevemente me habla de su día en el centro. Charlamos tranquilamente mientras cada uno está tirado en una cama y en otro continente.
—Estoy deseando regresar a casa para verte —murmuro.
—Y yo que regreses. Y, por cierto, tengo una sorpresa para ti.
—¿Ah, sí? ¿Qué es?
—Si te lo digo, no será sorpresa. Pero espero que te guste mucho.
Nos miramos en silencio a través de la pantalla del ordenador, cuando ella se incorpora, y llevándose las manos a su pelo se lo suelta. Este cae en cascada sobre sus hombros.
—Eres preciosa —susurro.
Yuls sonríe. Hace un gesto pícaro y sorprendiéndome se quita la camiseta que lleva.
Ver sus pechos hace que se me reseque la boca.
—Vamos, cielo, suéltate —me anima.
¡¿Cómo?! ¿¡Qué!? ¿Que me suelte? ¿Pero acaso se ha vuelto loca?
—Yo no hago estas cosas. —Niego con la cabeza.
—¿Qué cosas?
Sigo mirándola. Tiene unos pechos preciosos. Lleva las braguitas de encaje transparentes negras que sabe que tanto me gustan.
—Pues esto, Yuls. ¡Esto! —Mi voz está algo tensa.
Se ríe. Sin ningún pudor pasea sus manos por sus pechos.
—Esto es... ¿sexo por webcam? —susurra. Asiento. Me excita su descaro, aunque yo sea incapaz de seguirlo, cuando pregunta—: ¿Nunca has hecho sexo por webcam?
—No. Siempre lo he preferido en vivo y en directo. —Se ríe. Ahora soy yo el que quiere saber—: ¿Y tú lo has hecho?
—No. Pero hoy puede ser una buena primera vez. ¿No crees? —responde, al tiempo que se coloca el pelo tras la oreja con coquetería.
Sonríe. Sonrío. ¿Pero por qué lo hago?
Calor. Siento calor. Noto cómo mi cuerpo, y en especial mi pene, se reactiva sin que yo pueda controlarlo, porque quien tiene el control de mi cuerpo sin tocarlo es ella. Es Yuls.
—Patatita, estamos tú y yo solos. Tarifa no cuenta. Quítate la camiseta.
¿Que me quite la camiseta?
Niego con la cabeza.
—Vamos, patatita gruñona —insiste—. Quítatela.
No. Me niego. No me veo haciendo esto y vuelvo a negar con la cabeza.
—Eres un rancio.
—¡Ya estamos con la palabrita!
—Tremendamente rancio —repite con seguridad.
—No me gusta que me llames así.
—Pues no lo seas.
Molesto por aquella definición que no me gusta absolutamente nada, me quito las gafas.
—Cuando regrese, tú y yo vamos a tener una conversación muy seria con respecto a la palabra rancio —siseo.
—Uissss, ¡qué miedoooo!
Sonríe. Me reta con la mirada de esa forma que me hace saber que es mi dueña. Que haré lo que ella quiera. Que no le puedo negar nada.
—El rancio macho ibérico se quita las gafas —pone voz de documental—.
Acorralado por la hembra de su especie, entra en estado de absoluta confusión mientras delibera sobre ¿se quita la camiseta?
¿No se la quita? El ejemplar de macho apenas respira al tiempo que piensa cómo escapar del ataque mientras la hembra lo acecha. Lo domina. Lo calienta. Lo reta.
—Eres terrible —me río.
—Te encanta que sea terrible... patatita. Pero, créeme, la hembra ibérica a la que estás mirando hoy no piensa perder la negociación. Quítate la camiseta.
Su insistencia me excita. Su mirada me provoca. Y, dispuesto a hacer cualquier cosa que me pida, termino quitándome la puñetera camiseta.
Por primera vez estoy sin camiseta ante la cámara de un ordenador. Lo que estoy haciendo es algo que nunca ha entrado ni en mi vida ni en mis planes. La discreción y cierta contención son temas importantes para mí.
—¡Cómo me gusta mi macho ibérico! —exclama Yuls, que sabe que ha ganado el combate.
Sonrío, aunque me siento incómodo. Conociéndola, ahora me pedirá que me quite el pantalón y los calzoncillos.
—Tarifa —dice, cogiendo a la perra en brazos—, has visto qué pectorales y qué tabletita de chocolate tan bien puesta que tiene papichulo. Mmmmm, sí, Tarifa. Pienso como tú. Está para comérselo, y ahora le vamos a pedir que siga desnudándose porque queremos más.
¡Lo sabía!
Sabía que aquí no pararía, y no, ¡ni de coña!
Ridículo, ¡esto es ridículo!
¿Pero quién me creo? ¿Un stripper ?
Cojo la camiseta a toda prisa y me la vuelvo a poner.
—Vaya... regresó el macho rancio. —Yuls se ríe a carcajadas.
No contesto. Paso. Que me llame lo que quiera.
Instantes después, ella se pone su camiseta.
—Si yo no tengo bonitas vistas, tú tampoco —dice.
Se ríe. Yo no. Y tumbados sobre la cama me pide que le cuente cosas de Hawái. Yo he estado, ella no, y mi intención es llevarla. Le hablo de sitios increíbles mientras asiente y escucha. Está pensativa. La noto más pensativa que otras noches, pero no le pregunto. Conociéndola, no me contestará.
Media hora después, cuando bosteza, propongo acabar con la videoconferencia para que duerma. En España es más de la una de la madrugada y sé que ha tenido turno de doce horas. Por lo que nos despedimos y quedamos en que ya nos comeremos a besos cuando llegue a Madrid.