Capítulo 51
En agosto hace un calor de mil demonios y tengo turno de doce horas. De ocho a ocho.
Mis vacaciones este año son la segunda semana de septiembre y la primera de octubre.
Luego me queda otra semana para Navidad.
A Oliver esas fechas no le hicieron gracia.
Sus vacaciones son en agosto, y por ello discutimos.
Quería que nos fuéramos unos días a Tarifa y después lo acompañara a Nueva York antes de irnos, según él, a Hawái. ¡Qué fuerte!
En la Gran Manzana tiene varias reuniones con ciertos artistas con los que quiere cerrar fechas para que expongan en sus galerías, pero para mí acompañarlo es imposible. Mi trabajo no me lo permite.
Conociendo sus ganas de ir a Tarifa, lo animé a que se marchara, y aunque en un principio se negó, al final lo convencí y se fue con su sobrino un fin de semana. Sé que invitó a Lucas a acompañarlos, pero este, como imaginé, rechazó la oferta.
Cuando regrese Oliver tengo una sorpresa para él.
Durante los días que está en Nueva York he decorado con mucha paciencia el techo de su habitación con estrellas y constelaciones fluorescentes.
He seguido un mapa al milímetro para intentar recrear un cielo de lo más veraz, y, la verdad, me ha quedado genial. Espero que le guste.
En el centro donde trabajo hay varios compañeros que han comenzado sus vacaciones de verano y, como siempre que llega esta época, estamos justos de personal. Algo que pasa todos los años. Un año más, reclamamos. Ponemos nuestras quejas. Pero, un año más, todo eso cae en saco roto.
Pero, por fortuna, hace dos años pudimos comprar una piscina de esas que se montan y desmontan, y los niños disfrutan de ella. El colegio se acabó. Algunos pequeños se han ido por diferentes motivos, pero con los que quedan todo es más intenso y hay que buscar actividades para entretenerlos.
Estoy mirando cómo se bañan unas niñas y pensando en Oliver y en las ganas que tengo de que regrese de Nueva York cuando alguien llama mi atención.
Me fijo en la valla del fondo y veo a una persona, con una gorra oscura, apostada en ella.
En el centro de la gorra brilla una chapa que estoy segura de haber visto en alguna parte.
Lo que no recuerdo es dónde. Desde donde estoy no distingo si es un hombre o una mujer, pero en cuanto me levanto y hago ademán de acercarme, aquella persona se va.
—¿Qué pasa, mamá? —pregunta Lucas.
Vuelvo a mirar hacia el fondo.
—Había alguien allí mirando. —Lucas dirige la vista hacia donde le señalo. No hay nadie, y añado—: En cuanto me he levantado se ha marchado.
—A ver... Estás nerviosa desde que pasó lo del coche el otro día y creo que comienzas a ver cosas donde no las hay.
¿Por qué no te relajas? —Tiene razón. Debería relajarme y dejar de ser tan susceptible; luego me coge del brazo y caminando hacia donde están todos, me pregunta—: ¿Cuándo vamos a ir a ver a mamá Clara?
Sonrío. Lucas adora a mamá. Cuando ella estaba bien, fueron muchas las tardes en las que Lucas se venía a casa conmigo simplemente para verla.
Mamá y él se adoraban. Pero cuando su alzhéimer se recrudeció, comencé a espaciar las visitas.
No quería que Lucas sufriera, pero él empezó a ir por su cuenta.
Sabina me lo decía. Y ahora que está en la residencia en ocasiones me acompaña, y mamá al verlo se alegra, aunque lo confunda con otra persona.
—Buscaré día, ¿te parece? —indico, y él asiente.
A mediodía, tras la comida, la gran mayoría de los niños, en especial los más pequeños, están en sus habitaciones o dormidos o jugando.
Lucas, Josué y Janet están con nosotros, los monitores.
Estamos decidiendo si ver una serie o una película cuando suena el timbre de la puerta del centro.
Roberto va a atender y cuando regresa dice:
—Gracias, Yulsssss.
En sus manos trae unos cafés del Starbucks. Y en cada uno de ellos pone el nombre de los que estamos hoy trabajando. Kaory, Roberto, Adela, Carlos y el mío.
Sorprendida, me quedo mirándolo, y Roberto, dejándolos sobre un aparador, aclara:
—Yuls, el repartidor dijo que llamaste y los encargaste.
Oír eso me sorprende. Yo no he encargado nada.
—Un cafetito para ver una película, ¡qué fantasía! —exclama Carlos.
—Con lo detallista que es tu maridito, seguro que ha sido él —afirma Kaory.
Asiento. Oliver ha hecho eso algunas veces. Ha encargado cafés o helados o lo que sea y ordenado que nos los traigan al centro. Algo que a mis compañeros les trae locos.
—Pues los beberemos a la salud de Oliver —afirmo.
Ellos asienten. Oliver, en los últimos tiempos, está ayudando al centro todo lo que puede desinteresadamente.
De hecho, ha hablado con la directora y han quedado en que, para noviembre, se empezará a hacer una reforma.
Una gran noticia que me llenó de felicidad y, aunque Oliver lo hace por los niños, sé que también lo hace por mí. Sigue enamorándome.
Mientras terminamos de colocar los sillones para poder sentarnos todos juntos, el teléfono del centro suena. Adela va a atenderlo.
—Yuls, ¡es para ti! —grita desde la oficinita.
Voy sonriendo. Me encantaría que fuera Oliver, aunque él suele llamarme al móvil.
—Hola... —saludo.
Silencio. Nadie contesta.
—Dígame... —insisto.
Segundos después, la comunicación se corta.
Intento no rayarme. No puedo ponerme, como siempre, en lo peor.
Vicente lleva ocho años sin localizarme, sin dar señales de vida.
¿Por qué me martirizo pensando que es él?
Pero cuando regreso al salón y miro los cafés que siguen en el aparador, mi intuición me grita que no debemos tomarlos y, sin pensármelo, hago un movimiento que provoca que terminen en el suelo.
Todos me miran. Protestan. Les acabo de jorobar el exquisito café, y yo no digo lo que pienso.
Segundos después, mientras limpio el suelo con una fregona y Lucas recoge el estropicio, me mira.
Con la mirada nos comunicamos y, cuando vamos a la cocina juntos para dejar el cubo y la fregona y tirar los vasos de plástico a la basura, susurra en voz bajita:
—¿Qué pasa, mamá?
—Nadie estaba al otro lado del teléfono —le digo al ver que estamos solos—. Y puede que me esté volviendo loca, pero entre tu casi atropello el otro día, la persona que había en la valla mirando y el olor que percibí el día que estuvimos en la piscina natural de Riosequillo...
—¿Qué olor?
Resoplo. Lo que mi mente piensa me desestabiliza.
—El olor a alcohol y sudor de... de... Y yo... yo no sé qué pensar, Lucas. Pero esos cafés no los he encargado yo y Oliver está en Nueva York.
Lucas asiente. Es la primera vez desde que nos conocemos que me ve así. Por suerte para él, el tiempo que llevo en el centro de Madrid, el Coco no nos ha encontrado, y me abraza.
Mi teléfono móvil vibra. Rápidamente lo saco del bolsillo de mi pantalón y veo que es un wasap de Oliver. Lo abro de inmediato y leo:
Patatita gruñona Espero que disfrutéis de los cafés que os he enviado. Te quiero.
Leer eso me hace suspirar.
—¿El rancio es patatita gruñona? —pregunta Lucas, que está a mi lado.
—Sí.
Se ríe.
—Pues misterio solucionado —afirma, moviendo la cabeza divertido.
Saber aquello me hace sonreír. Estoy tan aliviada que ni siquiera regaño a Lucas por llamarlo «rancio». Instantes después, como en una nube, vuelvo al salón mientras me voy recriminando por haberme comportado como una histérica.
Me siento junto a Kaory.
—¿Cuándo regresa Oliver? —me pregunta.
—En dos días.
Cuando salgo del trabajo a las ocho y diez intento animarme. No puedo seguir sumida en el bucle de destrucción en el que yo misma me he metido.
Voy con Kaory hacia el aparcamiento a buscar nuestros coches.
—Pues sí que echas de menos a tu misil. ¡Qué mustia estás! —me dice ella, sonriendo.
Yo trato de sonreír al oírla. Tiene razón.
Nos despedimos y tomamos direcciones opuestas.
Mientras conduzco me doy cuenta de que no paro de mirar por el espejo retrovisor. ¡Ya vuelvo con mis neuras! Quiero ver si algún coche me sigue. Pero no. No veo nada por lo que me tenga que preocupar.
Al llegar a la urbanización, me paro, cojo el mando a distancia y abro la verja. Vuelvo a mirar por el retrovisor. Cuando la verja se abre entro, pero en vez de seguir me detengo de nuevo. Necesito ver que la verja se cierra y no entra nadie.
Luego conduzco hasta el garaje. Allí vienen a saludarme Drako y Zorba y, tras darles su dosis de mimos y chuches, los animo a seguirme. Quiero que entren conmigo en la casa. Oliver no está y no se va a enterar.
—Mi vida, si mi nieto viese a los perros dentro de la casa, ya la estaría montando —oigo que me dice la abuela.
La voz de Ágata hace que me asuste. Se me cae hasta la mochila.
—¿Qué te ocurre, mi niña? —pregunta, acercándose.
La miro. ¿Cómo contarle lo que me ocurre?
—Ni una palabra a don Controlador de que Drako y Zorba van a cenar hoy con nosotras, ¿vale, abuela? —le pido, y agarro a Tarifa, que aparece a mis pies saltando como una loca.
Ella se ríe. Que me salte las normas de su nieto sin importarme las consecuencias le hace mucha gracia.
Le doy un beso y luego me voy a duchar. Lo necesito.
Cuando entro en la habitación de Oliver, que desde que regresamos de Tarifa ahora es de los dos, paso corriendo a lo que fue mi dormitorio.
Pongo mi maleta sobre la cama. La abro y de ella saco mi cuaderno de sucesos.
Apunto lo ocurrido y miro lo que he anotado.
Realmente no hay nada destacable, a excepción de percepciones que he tenido.
Luego guardo el cuaderno, me ducho y bajo a cenar. Ágata me espera.