Capítulo 50
Julio está siendo el mejor mes que he vivido en mucho tiempo gracias a Yuls.
La perrita, a la que Yuls ha decidido llamar Tarifa, es encantadora, pero, como dice la abuela, una gran meona. Y por más que me empeño en que esté en el jardín con Zorba y Drako, cada vez que llego a la casa, Tarifa está dentro.
Solo han transcurrido veinte días desde que llegó a la casa, y de ser un animalillo algo asustadizo, ha pasado a ser otro que corre, se mea y muerde todo lo que pilla a su paso.
Algo que me saca de mis casillas y por lo que comienzo a discutir con Yuls.
Porque ya no es solo que Tarifa esté dentro de la casa, sino que Drako y Zorba también lo están.
Según Yuls, hace tanto calor fuera que se van a deshidratar.
Y, aunque yo no lo permito, sé que, cuando no estoy, Yuls hace con ellos lo que le da la gana.
Y lo sé porque hay pelos por la casa, cosa que antes no había, y porque, al igual que antes Zorba y Drako se paraban en la puerta de entrada y no la traspasaban, ahora en cuanto la ven abierta entran, y el colmo ha sido encontrarme a Zorba subido al sofá durmiendo como un marqués.
Pero, a pesar de todo eso, soy feliz. Por primera vez desde hace mucho tiempo, tengo infinidad de motivos para sonreír y para llegar a casa, y eso es gracias a Yuls, y a su manera de descolocarme la vida.
Ir al cine o al teatro, solos o acompañados por sus amigos o los míos, se ha convertido en una de mis cosas favoritas, aunque cada vez que coincido con Lucas, noto que me apuñala con la mirada.
Las cenas de trabajo a las que Yuls me acompaña, las copas con los amigos, las exposiciones a las que vamos juntos, todo eso ahora forma parte de una rutina que nunca imaginé que me haría tan feliz y lo estoy disfrutando mucho.
Atrás quedaron los días en los que me pasaba hasta las tantas trabajando en la oficina, convencido de que el trabajo era mi vida.
Ahora tengo cosas mejores que hacer gracias a ella y, aunque los planes improvisados nunca me han atraído, reconozco que me empiezan a gustar y soy consciente de que ahora tengo una vida que me gusta y que no quiero cambiar.
Las exposiciones en verano, con tanto turista que hay en Madrid, están funcionando muy bien, y a Yuls le gustan.
Las disfruta con Lucas o conmigo. Los tres juntos nunca hemos ido, pues el crío lo evita, y yo no quiero forzar nada.
Las exposiciones que tenemos en nuestras salas están siendo muy visitadas, y eso es un excelente medidor para el negocio.
Estoy comprobando las estadísticas cuando la puerta de mi despacho se abre.
Es Yuls. Viene acompañada por Lucas.
—¿Y esta maravillosa visita a qué se debe? —Me levanto, sorprendido.
Yuls sonríe. Lucas no.
Con cariño, Yuls se acerca a mí y me besa.
—Salimos pronto del hospital y le propuse visitarte —dice Yuls—. ¡Por fin le han quitado la escayola! Y su complicada fisura está solucionada y no tendrán que operarle.
Saber aquello me alegra.
—Enhorabuena, Lucas. ¿Estás contento? —le pregunto. Él se encoge de hombros y no responde. Siempre que nos vemos, me mira mal. Está claro que no le gusto absolutamente nada, pero intentando que la situación mejore, propongo—: ¿Qué os parece si comemos juntos los tres?
—¡Genial! Me muero de hambre —se entusiasma Yuls.
Lucas resopla. A él no le parece genial.
—¿Qué tal si sonríes un poco, ¡bichito!? —le pide Yuls, dándole un cariñoso pescozón.
Él la mira. En su gesto, aunque veo enfado, noto esa afectividad hacia ella. Salimos los tres del despacho y le digo a mi secretaria en confianza:
—Diana. Me voy a comer con mi mujer y Lucas. Llámame al móvil si es importante. Si no es así, toma nota y cuando regrese los llamaré.
Me sorprendo a mí mismo al decir esto. Hasta no hace mucho hubiera dicho «Llámeme para cualquier cosa», pero acabo de decir «Llámame si es importante». Está claro que estoy aprendiendo a priorizar en la vida.
Diana asiente. Últimamente vuelve a sonreír, y eso me hace entender que ella está bien.
Bajamos en el ascensor a la primera planta y, al salir de él, el vigilante viene hacia nosotros.
—Buenas tardes, señores.
—Hola, Raúl, ¿todo bien?
Él asiente.
—Quería darle las gracias por lo que ha hecho por mí —dice, acercándose más a nosotros—. No sabe usted cómo me ha solucionado la vida haciéndome fijo en su empresa.
Yuls me mira y sonríe. Cuando pasó lo de Diana, llamé a personal para preguntar por él.
Me dijeron que apenas llevaba dos meses.
Tenía un contrato de prácticas y les pedí directamente que, en cuanto lo cumpliera, lo hicieran fijo.
Lo que Raúl hizo aquel día por Diana me hizo saber que era una buena persona, y lo quiero a mi lado.
—Gracias a ti, Raúl. Para mí es un placer que trabajes con nosotros.
Nos despedimos del vigilante y agarro a Yuls de la mano. No se me escapa la miradita de Lucas. Aun así, no la suelto. No voy a entrar en el juego del chaval.
Mientras caminamos por la acera intento hablar con Lucas, pero él no me lo pone fácil. O no me responde, o simplemente se encoge de hombros. Sé que Yuls se da cuenta de lo que hago y me sonríe.
—Propón ir a un restaurante italiano —cuchichea, acercándose a mí.
—¿Por qué?
—Son los que más le gustan a Lucas.
Asiento. Su ayuda para ganármelo siempre es necesaria.
—Lucas, ¿qué te apetece comer? —pregunto.
—Me da igual.
Yuls me mira animándome.
—¿Te gustan los restaurantes italianos? —pruebo.
—Sí.
—¡Estupendo! Conozco uno muy bueno cerca de aquí.
Seguimos caminando hasta que al llegar a un semáforo que está en rojo para nosotros nos paramos.
Yuls y yo, mientras los coches pasan ante nosotros, hablamos sobre la salida que tenemos al día siguiente para ir a una exposición, cuando de pronto Yuls suelta mi mano.
Veo que agarra a Lucas por el cuello de la camiseta y tira de él con fuerza hacia atrás.
Instantes después, un coche a toda velocidad pasa casi rozándolo.
—¡Serás gilipollasssss! —grita Yuls, fuera de sí—. ¡Cabrón de mierda! ¡Así te estrelles!
Lucas y yo, boquiabiertos, vemos cómo el coche que ha estado a punto de arrollarlo desaparece, sin detenerse, en la siguiente calle a la derecha. La gente a nuestro lado está horrorizada.
—¿Estás bien? —pregunta Yuls, alterada.
—Sí.
—¿Te ha rozado?
—Tranquila, mamá. Estoy bien.
Todavía con el corazón encogido por lo que ha estado a punto de pasar, miro al muchacho cuando Yuls pregunta, alzando la voz:
—¿Alguien se ha quedado con el número de la matrícula?
Todo el mundo niega con la cabeza. Yo tampoco me he fijado. Ha sido todo tan rápido que ha sido imposible.
—Lo siento, cariño —me disculpo—. Pero yo tampoco me he fijado en la matrícula.
Yuls resopla. Por su boca salen sapos y culebras que no le recrimino.
—Venga. Continuemos. Tengo hambre —dice Lucas, tratando de quitarle hierro al asunto.
El corazón me va a mil, como intuyo que le va a Yuls cuando el semáforo se pone verde para nosotros y cruzamos para proseguir nuestro camino.
Una vez en el restaurante y ya más relajados en la mesa, intento hablar con el chaval.
Y, para mi sorpresa, me contesta. Me comenta que en alguna ocasión ha quedado con mi sobrino Javier para jugar al básquet, montar en monopatín o jugar al fútbol.
Está claro que le gusta el deporte. También me habla sobre sus estudios y de lo mucho que le gustaría estudiar ingeniería robótica.
Eso me sorprende tanto como que me esté hablando.
Aunque rápidamente entiendo que no lo hace por mí, sino para que Yuls se relaje, y más cuando veo que le coge la mano y, con todo el cariño del mundo, murmura:
—Tranquila, mamá. No ha pasado nada.
Yuls asiente. Pero entonces me percato de que mantienen una conversación en silencio de la que estoy completamente excluido.
¿Qué pasa? ¿Por qué se miran así? Y por primera vez esa complicidad me incomoda.
Mi instinto me dice que ocultan algo, pero decido callar.
Como diría Yuls, no está el horno para bollos.
Dos días después, el domingo 19 de junio, animado por Yuls, voy al centro de menores para ver la final del mundial de fútbol España-Argentina.
Desde una discreta posición veo cómo Yuls saca de su inseparable mochila algo y les pinta a los niños en el rostro los colores de la bandera de España. Después, los ayuda a ponerse las camisetas rojas que ha comprado para ellos.
Cuando llega hasta mí para pintarme la cara con aquello que lleva en la mano, con mi gesto se lo digo todo. ¡Ni se le ocurra!
Yuls sonríe. No insiste. Pienso que me va a llamar eso de «rancio» para picarme, pero no lo hace. En su lugar, me regala un rápido beso que me desarma por completo, y vuelve a sonreír.
Durante el sufrido partido disfruto con los niños del centro, incluso con Lucas, que, animado, se acerca a mí.
Y cuando el jugador de España Ferrán Torres mete el gol que nos proclamará minutos después campeones del mundo, la fiesta que allí se origina me sorprende. ¡Pues sí que son ruidosos los niños!