Capítulo 49
Cuando el martes regresamos a Madrid, lo primero que hago al salir de trabajar es ir a ver a mamá acompañada por Lucas. Eso hace que me perdone más rápidamente por haberme marchado con Oliver el fin de semana.
Ya en la residencia, nos dirigimos a la recepción. En mi mochila busco la acreditación que me permite entrar, pero no la encuentro. Busco y rebusco, pero nada. No está. Se me ha debido de caer en Tarifa. Por suerte y como me conocen, enseguida me hacen otra y finalmente podemos entrar a ver a mamá.
Los días siguientes junto a Oliver son especiales, y aún no me creo el tiempo maravilloso que hemos pasado en Tarifa.
Hemos surfeado, nos hemos divertido, reído, montado en moto náutica, disfrutado de la gastronomía de la zona y, aunque hemos hablado de nosotros y de nuestros sentimientos, no me ha presionado para contarle mi vida.
Lo máximo que le he dicho es el nombre de mamá y de Andy.
Pienso con cariño en la perrilla que allí se quedó. Era preciosa. Pero cuando lo pensé fríamente, supe que no podía quedármela. Mis circunstancias no están para acoger a un animal.
Aunque a Lucas no le he dicho nada, en mi cabeza da vueltas lo que Oliver me comentó.
Que me propusiera lo que me propuso me hace saber lo mucho que me quiere y respeta, y que si Lucas es importante para mí, lo es para él.
Pero es un tema del que prefiero no hablar, pues, aunque me gustaría, sé que mi vida con Oliver se ha de acabar.
Eso sí, he disfrutado de un bonito fin de semana que siempre recordaré.
Los días pasan y el sábado, cuando estoy en la cocina tomándome un café con tostadas, entra Oliver.
—¿Sabes dónde está la abuela? —le pregunto.
—Se marchó con Altamira —responde—. Querían darse un paseíto por el Retiro y luego comer en no sé qué restaurante de por allí.
Que la abuela se marche con Altamira es de lo más normal.
—Tengo una cosa para ti —me dice Oliver, acercándose.
—Mmmmm, ¿de veras?
Oliver asiente. Desde que se ha empeñado en enamorarme, el maniático controlador parece haberse alejado de él.
—Pero si lo quieres, me tienes que dar un beso. Bueno, no, ¡dos! —me pide con gracia.
Eso me hace reír. Me encanta cuando se muestra natural y juguetón. Nada que ver con el estirado y rancio hombre que conocí el día que fui a visitarlo a su despacho.
Desde que llegamos de Tarifa todo fluye mucho mejor entre nosotros y he decidido disfrutarlo.
Cuando tenga que llorar porque lo eche de menos ya lo haré.
Pero mientras estemos juntos, no pienso desperdiciar ni un solo segundo.
Por lo que, levantándome, me siento a horcajadas sobre sus piernas y acercándome a él le doy un beso.
Y cuando acabo, no lo dudo y voy a por el segundo. Es más. Me regalo un tercero.
Acabado el tercer beso, Oliver me mira. Lo hace de esa manera que yo sé que le ha gustado. Luego se saca del bolsillo del pantalón un sobre.
—Aquí tienes —me lo entrega.
Divertida, lo cojo y, al abrirlo y ver lo que hay en su interior, parpadeo.
—Nooooooo —exclamo.
Oliver asiente.
—Sí, cariño. Esta tarde vamos a ir a ver al amor de tu vida en directo y nada menos que en el Metropolitano.
Miro las entradas para ver a mi Alejandro. ¡No me lo puedo creer! El corazón se me dispara. Oliver, sin saberlo, va a cumplir uno de mis sueños.
—Aisss, Dios mío, ¿en serio?
—Sí, cariño, en serio. Aunque sospecho que, cuando aparezca el amor de tu vida, voy a pasar a ser parte del mobiliario del estadio.
¡Me lo como!
Literalmente, me como a este hombre que desde luego se está currando enamorarme.
Encantada, lo beso. Lo requetebeso y, cuando lo dejo, doy saltos de alegría. ¡Voy a ver en concierto a mi Alejandro!
A las ocho y media, como cientos de personas, estamos caminando por la parte exterior del Metropolitano y me siento tremendamente feliz.
Todos los que estamos allí vamos a ver a nuestro ídolo.
Vamos a cantar esas canciones que tanto nos gustan de él.
Oliver se para ante una de las tiendas donde tienen el merchandising .
—Queremos una camiseta azul en la talla M —le dice a la chica. Me río. No lo puedo remediar, y después de pagar me la entrega—. Vamos, ponte la camiseta de tu chico.
Busco uno de los baños para cambiarme y, con una sonrisa, espero en la cola para entrar.
Una vez que estoy dentro, me quito la camiseta que llevo y cuando me estoy poniendo la que ha comprado Oliver oigo:
—Lena... Lena, ¡te está buscando tu padre!
Dejo de respirar y las piernas me tiemblan. ¡¿Lena?! No. No puede ser.
La camiseta se me cae al suelo y todo a mi alrededor se hace pequeñito. Me agobio. De nuevo el nubarrón oscuro que intento despistar me ha encontrado. En décimas de segundo, mi mundo se acaba de paralizar.
—Verónica, dile que ya voy —responde alguien.
Respiro y cierro los ojos. Bajo la tapa del inodoro y me siento aliviada mientras intento reponerme y me regaño por lo alarmista que soy.
Cojo la camiseta del suelo. Por suerte, está limpio, y mientras mi respiración se normaliza, me la pongo. ¿Pero por qué me obsesiono así cuando habrá miles de Lenas en el mundo?
Cuando noto que las piernas ya no me tiemblan, me levanto, abro la puerta del aseo y salgo. Instantes después veo que Oliver mira su teléfono y sonríe. En cuanto me ve, se lo guarda y me sonríe a mí mientras lo beso.
Nos mezclamos con la multitud. Hay tanta gente que en ciertos tramos parecemos sardinas en lata.
En un momento dado, alguien empuja a Oliver para separarlo de mí al tiempo que noto que tiran de mi camiseta.
Eso hace que dé un respingo hacia atrás y Oliver hacia delante.
Acto seguido, nos miramos sorprendidos. ¿Qué ha pasado?
Miramos a nuestro alrededor. ¿Quién ha sido?
Pero, al ver a tanta gente, decidimos darnos de nuevo la mano y dirigirnos hacia nuestra puerta.
Queremos entrar en el estadio. Eso sí, me lo quedo en la mente para apuntarlo en mi cuaderno de sucesos.
El concierto comienza puntualmente a las nueve y yo soy una más de las que gritan cuando aparece Alejandro en el escenario. Oliver, que está a mi lado, me mira y sonríe.
Canción a canción lo disfruto. Canto. Bailo. Salto. Chillo. Y cuando termina el concierto y caminamos entre la gente para ir a por el coche —el parking del Metropolitano estaba lleno, por lo que lo dejamos en una calle cercana—, Oliver me pregunta:
—¿Lo has pasado bien?
—Ha sido ¡impresionanteeeeee!
—Pero no ha cantado nuestra nada romántica canción —se queja.
—Patatita, Alejandro tiene demasiadas canciones —lo miro, divertida—. Es imposible que pueda cantarlas todas en un concierto.
Cuando regresamos a casa es tarde. Estamos hambrientos, y en la cocina Oliver y yo nos preparamos algo de comer. Eso me hace gracia. Él, que es tan puntilloso con los horarios de comida, conmigo últimamente se lo está saltando todo.
Y cuando estamos disfrutando de unos riquísimos sándwiches que nos hemos preparado, Ágata entra en la cocina.
—¿Quién eres tú y dónde está mi nieto? —pregunta, mirando a Oliver. Soltamos una carcajada, y ella señala—: Creo que es la primera vez que te veo comiendo algo a la una y media de la madrugada, mi vida.
—El hambre, abuela. El hambre.
La mujer sonríe y, mirándome, murmura:
—Mejor digamos que es el amor...
Divertidos, veo que Oliver y su abuela se comunican con la mirada. Eso me hace saber que ocultan algo.
—¿No tenéis calor? —pregunta Ágata.
Asiento. Hace un calor tremendo.
—Cariño, podrías abrir un poco la puerta de la cocina para que entre aire —me pide Oliver.
Me levanto y, al abrirla, me fijo en que en el suelo hay una caja. Sin pensarlo, me agacho y me llevo las manos a la boca emocionada. Ante mí está la perrilla marrón clarito. La mestiza. Temblorosa, la cojo entre mis brazos y, cuando me incorporo, Oliver está detrás de mí.
—Quiero que sepas que quizá no siempre acierte en todos los regalos que te haga, pero ninguno llevará menos cariño y amor que este —murmura.
Oír eso hace que mi corazón se desboque. Oliver no para de demostrarme su amor, con palabras y hechos, mientras yo soy una maldita mentirosa que sigue ocultando lo que oculto.
—Altamira y yo fuimos esta mañana a buscarla —me explica Ágata—. Hemos pasado un día precioso con ella y es encantadora. Eso sí, una meona de mucho cuidado.
Boquiabierta y sorprendida a partes iguales, no sé qué decir. Oliver y su familia no paran de ser maravillosos conmigo. Pongo la perrilla en los brazos de la abuela.
—Abuela, ¡cierra los ojos! —le pido.
A continuación, miro a Oliver. Lo empujo contra el mueble de la cocina y abalanzándome sobre él lo beso con tal pasión que creo que vamos a morir mientras oigo reír a la abuela a carcajadas.
Un buen rato después, cuando mi euforia por la recién llegada ha bajado de revoluciones y ella se ha quedado dormida entre mis brazos, Ágata se acerca a Oliver para enseñarle su teléfono.
—¿Has visto esta noticia? —le pregunta.
Oliver coge el teléfono.
—¿Cuándo ha pasado esto? —quiere saber.
—La agencia EFE lo ha colgado hace cuatro horas.
—¿Qué pasa? —pregunto curiosa.
—La hija de Walter Fisher —explica Oliver, que está mirando la noticia—, director de una de las galerías de arte de Bruselas más importantes, se ha casado con el hijo de un conocido narcotraficante inglés.
—¡¿Y?!
Oliver y su abuela me miran.
—Pues que es un escándalo que va a afectar a Walter —aclara ella—. Porque si algo se valora en nuestro ámbito es la discreción, credibilidad y reputación.
—¿Y qué tiene que ver el galerista con que su hija se haya casado con quien le venga en gana?
—Te lo acabo de decir, mi vida, la reputación.
Oliver deja el teléfono móvil sobre la mesa.
—En el mundo en el que nosotros nos movemos la reputación lo es todo —me ilustra—.
No solo mostramos y vendemos arte, damos y vendemos confianza.
En las galerías el arte se mueve con discreción, elegancia y casi silencio.
Los galeristas intentamos evitar los titulares sensacionalistas porque cualquier escándalo puede empañar el buen nombre de nuestro negocio.
—Pues permitidme que os diga que ninguno nacemos eligiendo familia.
—Y mirando a Oliver añado—: Justo sobre eso hablamos tú y yo en Tarifa, ¿lo recuerdas?
—Asiente. Sabe a qué me refiero—. Es terriblemente injusto señalar a ese chico por lo que hizo su padre.
Como es injusto que condenen a la galería del tal Walter porque su hija se case con quien le dé la gana.
—Entiendo lo que dices, cariño. Pero el arte necesita credibilidad, no jaleo. Por eso para nosotros es importante mantenernos alejados de los escándalos que generen ruido.
Decido cerrar la boca. Diga lo que diga, creo que no me van a entender. Y mientras ellos siguen comentando la noticia, vuelvo a ser consciente de que lo nuestro tiene fecha de caducidad, porque soy el tipo de ruido que ellos intentan evitar.