Todo bajo control, menos tú Capítulo 48
77%

Capítulo 48

Disfrutamos el domingo y el lunes, olvidándonos de nuestra conversación pendiente.

No entiendo qué pasa. No comprendo por qué no quiere hablar de lo que siente hacia mí, cuando me lo demuestra con hechos, besos y miradas.

Pero por ella bajo la guardia, sujeto a mi yo controlador e intento entender. Yuls lo merece.

En la casita tenemos una intimidad más pura y cercana que la que tenemos normalmente.

Hablamos. Reímos. Nos besamos. Hacemos el amor.

Vemos alguna película. Bailamos a cualquier hora románticas canciones que me hacen darme cuenta de que soy romántico.

Yo que pensé que era frío, resulta que tengo un lado romántico que, oye, ¡me encanta saborear!

Vamos a la playa. Ella quiere volver a practicar. Y, encantado, estoy a su lado.

Cada pequeño triunfo que consigue sobre la tabla es un gran triunfo para mí, porque sé que se alegra tanto como yo por ello.

El lunes decido alquilar una moto de agua en el multiaventuras que mi amigo Quincho tiene en la playa. Yuls me confiesa que es la primera vez que se monta en una moto de agua, por lo que conduzco con cabeza y cuidado. Lo último que quiero es que se asuste.

Durante un buen rato, nos deleitamos de un paseo solo rodeados por agua, y en un momento dado la animo a que sea ella quien conduzca. Se anima enseguida. Es atrevida. Me gusta mucho eso de ella.

Tras hacer malabares para cambiarme de sitio sin caernos al agua y reírnos un rato, ella se sienta delante y yo detrás. Lo primero que hago es cambiar el cordón de seguridad que llevo sujeto a la muñeca, el kill switch , un dispositivo que hace que la moto se detenga si el conductor se cae.

Está muy atenta a mis explicaciones cuando le indico que el motor se arranca apretando un botón, y el acelerador está en el gatillo del manillar derecho. También le hago saber que cuanto más apriete, más rápida irá la moto. Le digo cómo girar sin soltar el acelerador y sobre todo cómo frenar.

Yuls, poco a poco, coge confianza con la moto y, cuando la oigo gritar de júbilo mientras conduce, sonrío como un tonto porque irradia felicidad. Y la verdad, su felicidad es la mía.

Cuando, horas después, devolvemos la moto, nos vamos a comer a un restaurante. Allí nos ponemos morados de tortillita de camarones, cazón en adobo y choco frito. Y cuando acabamos damos un paseo hasta una heladería en donde nos tomamos un helado.

Mientras estamos sentados en la heladería, veo que mira el móvil con insistencia.

—¿Esperas alguna llamada? —pregunto con curiosidad.

—Espero a que Lucas se digne a contestarme. —Pongo cara de extrañeza y ella aclara—: No se tomó muy bien que me viniera contigo el fin de semana.

Asiento. Meto una cucharada de helado en mi boca.

—¿Por qué Lucas es tan exigente contigo? —quiero saber.

Yuls me mira.

—Porque soy su única familia. Soy su mamá. Él me eligió. —Entiendo que el niño buscara esa figura en ella. Al morir mi madre, yo la busqué en mi abuela. Ella añade—: La policía fue quien lo trajo directamente al centro de menores al encontrar a sus padres muertos. No tenía familia.

—¿Qué edad tenía?

—Seis años.

—Pobre. No tuvo que ser fácil para él.

—No. No lo fue. Lo encontraron porque una vecina llamó a la policía al ver entrar y salir a un niño solo de la casa.

Al parecer, los padres llevaban muertos dos días cuando la policía los encontró.

—No encuentro nada que comentar a eso y guardamos silencio unos instantes.

Luego, Yuls dice—: Cuando llegó al centro, Lucas era un niño diminuto por lo desnutrido que estaba.

Era observador y tremendamente callado. Estaba inseguro, asustado, sentía culpa y confusión, y en su mirada podías ver sus miedos y su tristeza profunda.

No hablaba con nadie y no le pedía nada a nadie.

—Estaría acostumbrado por lo que vivió.

—Así es. El director que había en aquel entonces me adjudicó a mí el cuidado de Lucas, como me adjudican el de otros niños, pero en este caso se lo pedí personalmente yo.

—¿Por qué?

—Porque mi instinto me dijo que yo podía entenderlo de una manera que otros no lo iban a entender. Era un niño tan necesitado de empatía, amor y cariño... e hice todo lo humanamente posible para que sintiera todo eso, añadiéndole seguridad y protección.

—Qué bonito lo que dices.

—Cuando llevaba en el centro poco más de un año, un día en el que yo no estaba en mi mejor momento, recuerdo que estaba hablando con Kaory en el patio, y él se acercó y me abrazó.

Me dijo «Yo te cuidaré, mamá». —Y tras una pausa añade—: Fue uno de los días más bonitos de mi vida.

De pronto, el niño callado e inseguro por el que nadie daba un duro no solo me abrazaba, sino que me quería cuidar y me llamaba «mamá».

En ese momento sentí tal conexión con él que supe que lo nuestro sería para siempre.

Y te digo esto porque por mi trabajo he conocido y conozco a infinidad de niños a los que adoro, pero con Lucas siempre ha sido una sensación diferente. Especial.

—¿Por eso lo llamas «bichito»?

En su mirada veo una tristeza que no entiendo.

—Cuando tenía ocho años, una familia se interesó por él —continúa relatando—. Tuvieron varias visitas donde todo parecía ir bien, hasta que se enteraron de que los padres de Lucas habían sido toxicómanos y, por miedo a que el niño hubiera heredado aquello de sus padres, se echaron atrás.

—¡¿Qué?!

—Sí, Oliver, sí. Donde trabajo, en ocasiones, se ven cosas tan tremendas que uno no se las puede creer.

Los seres humanos tenemos la terrible manía de pensar que los problemas se heredan de padres a hijos.

De madre drogadicta, hija drogadicta. De padre asesino, hijo asesino.

De abuelo ladrón, hijo ladrón. Y no. Eso no siempre es así.

Acarrear una carga que no te pertenece es tremendamente injusto.

Y espero que la sociedad algún día lo entienda.

Sus palabras me hacen asentir. Sé que tiene razón; todos, entre los que me incluyo, en algún momento hemos pensado así.

—A Lucas el rechazo de esa familia, aunque no lo creas, le alegró —admite—. Me recordó que su mamá era yo, y entonces fue cuando me informé sobre la posibilidad de adoptarlo, pero me dijeron que ni lo intentara. Ni mis recursos, ni nada, me hacían apta para algo así.

—¿Quién te dijo eso?

—Protección al menor.

Oír eso me deja perplejo.

—¿Me estás diciendo que protección al menor prefiere que un niño se quede en un centro antes que vivir con alguien que lo quiere adoptar?

Yuls sonríe. Toma aire.

—Así es. Pero que no te sorprenda —defiende—.

Trabajo en ello y sé que las cosas se tienen que hacer bien.

Y más cuando hablamos de niños. Aunque también te diré que a menudo hay decisiones judiciales que no entiendo, como por ejemplo obligar a un niño a ver a alguien al que teme o apenas conoce.

Creo que esas visitas programadas nunca deberían imponerse, y más cuando existen pruebas concluyentes de que a quien tiene que ver es una mala persona.

Y digo esto porque creo que lo que está por encima de todo es proteger a ese niño.

Durante un rato comentamos todo eso. Sin duda, es un tema tan interesante como complejo.

—¿Sigues queriendo adoptarlo? —me refiero de nuevo a Lucas.

Asiente.

—Entre nosotros eso ocurrió hace mucho, aunque yo nunca haya firmado ningún papel.

Lucas, ante la gente, nunca me llama «mamá».

Sabe que si la directora o mis compañeros se enteran, puedo meterme en un lío, por eso solo lo hace en la intimidad.

Y bueno, ambos tenemos claro que cuando cumpla dieciocho años y deje de ser un menor del centro se vendrá a mi piso a vivir, y por nuestra cuenta arreglaremos los papeles, para que definitivamente sea mi hijo y se apellide Pérez, como yo.

Hago un gesto afirmativo. La historia que me cuenta es conmovedora, llena de lágrimas y de superación por parte de los dos.

—¿Querrías que lo intentáramos? —propongo. Estoy dispuesto a hacer lo que sea por ella.

—¿El qué?

—Adoptarlo. —Yuls parpadea. Lo que he dicho la acaba de desconcertar por completo, aunque señalo—: Eso sí. Con lo mal que le caigo, posiblemente no quiera.

Se ríe. Me gusta su sonrisa.

—No sabes lo que dices —musita.

Ver su sonrisa me anima. Aprovecho el buen momento para lanzarme a preguntar:

—¿Cómo se llaman tus padres y tu hermano?

Yuls deja de sonreír. Se mete una cucharada de helado en la boca y lo traga.

—Mamá se llama Clara y mi hermano Andy —contesta—. Con el otro no tengo trato.

¡¿El otro?! ¿Al padre lo llama así? Está claro que la relación es pésima.

—¿Tu madre y Andy qué opinan de Lucas?

—Lo quieren como yo. Lucas es mi mayor apoyo.

—¿Puedo preguntarte por qué con «el otro» no tienes trato?

—Cláusula uno, punto cuatro. Nada de preguntas personales. No quiero tener que denunciarte —responde.

Miro su rostro. Está serio y asiento. No más preguntas.

Un incómodo silencio se instala entre nosotros. No entiendo aquella negativa a hablar de su familia. De repente, veo aparecer a Karina un tanto apurada, y me levanto.

—¿Qué te ocurre? —le pregunto.

—Que me acaba de llamar mi hermana Gloria para decirme que han dejado en la puerta de su casa una caja con varios cachorros de perro —responde—.

Y no quiere que los vean sus gemelos o la convencerán para quedarse uno, puesto que hace un mes se les murió Gavilán, el perro que tenían.

Pero mi hijo Kiko se ha llevado el coche y me toca subir a patita hasta donde vive, que no es que esté cerca.

Veo cómo mira a Yuls.

—Karina, ella es mi mujer, Yuls —las presento—. Cariño, ella es Karina. Una buena amiga y la persona que junto con su marido, Salva, cuida La Última Ola y nos lleva la exquisita comida a casa.

Se dan un abrazo y un cálido beso.

—Muchísimas gracias por la comida, ¡está exquisita! —dice Yuls.

—Gracias, Yuls. Y encantada de conocerte —dice Karina con una sonrisa.

—¿Quieres que te llevemos en el coche a casa de tu hermana? —pregunta Yuls.

Karina, apurada, me mira.

—Lo haremos encantados —confirmo.

Dos minutos después, los tres vamos en mi coche mientras sigo las indicaciones de Karina para llegar a la casa de su hermana.

Al llegar, dos niños exactamente iguales nos salen al encuentro.

—Tita... tita... —gritan—. ¡Han dejado una caja con perrillos, y mamá dice que nos podemos quedar con uno!

Oír eso nos hace sonreír. Lo que no quería que sucediera, al final ha ocurrido. Detrás de ellos sale una mujer con expresión resignada.

—Lo sé. Soy una blanda —admite—. Pero es que son unos bombones.

Nos dirigimos hacia el interior de la casa y allí nos enseña el regalito que le han dejado ante la puerta. En la caja hay varios perrillos. En total seis. Son muy pequeñitos, tanto que Karina dice que habría que darles biberón.

Rápidamente Yuls coge uno de ellos. El más pequeño. Es marrón muy clarito.

—Hola, cosita —murmura.

—Esa es una perrilla. Y esta también. Los otros cuatro son machos —dice uno de los gemelos.

—Efectivamente, eres un bomboncito —reconoce Yuls, abrazándola.

Mientras estamos allí, veo a Karina llamar al refugio de animales. Necesita saber si los puede llevar allí. Gloria prepara unos biberones con lo que encuentra y mientras alimentan a los perrillos oigo que Yuls le dice a Gloria:

—Una de las ilusiones de mi vida siempre fue tener un perro, pero las circunstancias nunca me lo permitieron.

Oír eso me toca el corazón. Ahora entiendo por qué se desvive como lo hace con Zorba y Drako. Y en cuanto a las circunstancias de su vida, no las conozco, pero cada vez estoy más convencido de que muy fáciles no han tenido que ser. Me acerco a ellas como si no hubiera escuchado su conversación.

—Mira qué patazas tiene para lo pequeña que es —me dice Yuls, que le está dando un biberón.

—¿Qué raza será?

—Una mil leches —dice la hermana de Karina.

—Mestizo —afirma Yuls—. No tiene raza.

—Solucionado —dice Karina, uniéndose a nosotros—. El refugio se los queda. ¿Me lleváis con ellos allí?

Asiento. Metemos la caja con los cachorros en mi coche, y después de que los niños se despidan entre lágrimas de ellos, aunque se queden con uno, nos dirigimos hacia el refugio.

Mientras Karina habla, Yuls va callada. Pensativa. ¿Qué pensará?

Al llegar al refugio, veo a Salva y a un tipo que no conozco. Abro el maletero y le entrego la caja al desconocido.

—Aquí los tienes —le digo.

—Menos mal que los dejaron ante la casa de Gloria, y no junto a la carretera, como suelen hacer —replica él, mirando en su interior.

Durante unos minutos conversamos. Ninguno entiende el abandono animal, y más cuando llega el verano. Ya cuando nos estamos despidiendo, me fijo en que Yuls mira la caja que está sobre la mesa.

—¿En qué piensas? —pregunto.

—En que espero que encuentren un hogar donde los quieran.

—¿Te gustaría quedarte alguno?

—¿Qué dices? —murmura en un hilo de voz.

Sonrío. No se me ha pasado por alto lo que le ha dicho a Gloria.

—En casa hay espacio para quien quieras —le propongo, deseoso de hacer lo que ella quiera—. Pero tú decides.

El gesto le cambia. La incertidumbre cruza su rostro mientras intenta tomar una decisión. Creo ver un sí en sus ojos, pero al siguiente segundo un no. No sabe qué decir.

—¿A qué se debe tu indecisión? —quiero saber.

Yuls mira la caja con los perros. Y luego me mira a mí.

—No. Mejor no —decide por fin.

—¿Por qué?

—Porque no es buena idea.

No insisto. Con ella, y en ciertas cosas, ya me he dado cuenta de que es mejor así. Aunque eso tenemos que hablarlo. No puede ser tan hermética conmigo.

Nos despedimos de todos y regresamos a la casita. Es nuestra última noche del fabuloso y largo fin de semana en La Última Ola, y queremos aprovecharla.