Todo bajo control, menos tú Capítulo 47 #2
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Capítulo 47 #2

A las dos de la tarde, regresamos a La Última Ola, donde me sorprendo al ver que nos espera un riquísimo pescadito frito, gazpachito y una tortilla de patatas. Oliver me hace saber que Karina es quien se ha encargado de aquel avituallamiento.

Comemos en su bonita terraza frente al mar y me habla de los lugares cercanos que tenemos. Tengo muy claro que quiero ir a la playa de Bolonia. Siempre he oído hablar de las ruinas romanas de Baelo Claudia, y me encantaría visitarlas.

Ni se lo piensa. En cuanto acabamos de comer, nos vestimos con lo primero que encontramos por allí, que no es poco, y tras montarnos en el coche nos vamos a las ruinas romanas.

Mientras visitamos el lugar, Oliver me comenta que aquella antigua ciudad romana tuvo hasta moneda propia. Que fue fundada en el siglo II antes de Cristo y que fue uno de los principales centros comerciales del sur de España.

Curiosa y maravillada, observo todo lo que nos rodea. Veo las vías, los templos, los tribunales, las viviendas, las conducciones de agua. Todo es curioso e interesante. Y Oliver, como alguien que ama el arte, sin duda es un excelente guía.

Por la tarde, y agotados de caminar, reír, besarnos y hacernos fotos ante todo lo que vemos, decidimos sentarnos en uno de los chiringuitos que hay en la playa de Bolonia.

Al hacerlo, vemos que todo el mundo mira la televisión sin volumen.

Y allí aparece Vanessa cubriendo una noticia de un operativo policial.

—Como Alexander esté por ahí, estará contento —se mofa Oliver.

Y me explica el motivo de su comentario.

—¿Por qué se entera Vanessa de los operativos policiales tan rápidamente? —quiero saber.

—Porque le dan el chivatazo.

—¿Y tú sabes quién se lo da?

—No. Y nunca lo quise saber —sonríe.

Lo entiendo. A veces es mejor no enterarse de algunas cosas.

El lugar es espectacular y la puesta de sol impresionante. De fondo suena la canción Risk it All , de Bruno Mars. ¿Pero puede haber algo más romántico?

Decidimos tomar algo de cena en el chiringuito y a las diez de la noche regresamos a La Última Ola.

Al entrar en la casita, volvemos a besarnos. Besarnos y tocarnos se ha convertido en nuestro pasatiempo preferido y ya no puedo imaginarme ni un solo día sin hacerlo.

Entre risas, besos y caricias, nos olvidamos del mundo mientras la ropa se va quedando atrás desperdigada y nosotros caminamos hacia la habitación.

Al llegar a ella ya vamos desnudos y hago que Oliver se siente en el borde de la cama. A horcajadas me siento sobre él y le quito las gafas, que dejo sobre la mesilla.

—Hoy ha sido un bonito día —susurro.

—Inigualable —se muestra de acuerdo.

En silencio, nos miramos unos segundos, cuando noto su dura erección entre mis piernas e izándome, la agarro con mi mano y colocándola en la entrada de mi húmeda vagina me dejo caer lenta y pausadamente sobre ella.

El gusto hace que los dos soltemos un gemidito de placer.

—Sé que no te he dicho que te pongas preservativo —murmuro al darme cuenta—, pero necesitaba sentirte al cien por cien. Y, tranquilo, tomo la píldora.

—Me parece bien —afirma en un hilo de voz.

Agarrada a su cuello y mirándolo a los ojos me muevo sobre él. Cada roce. Cada movimiento. Cada instante que pasa hace que el placer se redoble, de una manera que a ambos nos hace jadear.

Con sus manos en mi espalda, me aprieta contra él mientras yo cierro los ojos al notarlo tan dentro de mí. Movimientos ondulantes. Movimientos circulares, abrimos los ojos y nos miramos con una intensidad nueva.

—Yuls... —susurra. Y con un gesto que creo que nunca olvidaré en mi vida musita—: Te quiero.

Oír esas palabras mágicas hace que me quede quieta. Oliver, al ver mi reacción, se levanta conmigo en brazos, coloca mi espalda sobre la cama y, tomando él las riendas, se clava en mí y sentencia:

—Te quiero.

Aquella posesión hace que jadee al tiempo que me arqueo, y él vuelve a introducirse en mí.

—Te quiero —repite.

Locura. Aquello que dice es una locura, pero me dejo llevar por ella, aunque sé que no debo.

—Te quiero —afirmo.

Oliver se para y me mira.

—Dilo otra vez —me pide.

—Te quiero —repito sin dudarlo.

Locura. No encuentro otra palabra para describir lo que ocurre después de lo que acabamos de confesarnos. Todo se intensifica. Los besos dejan de ser suficiente y cada caricia parece encerrar semanas enteras de deseo contenido.

Perdemos la noción del tiempo. Solo existimos él y yo, y nos amamos con la pasión de dos locos que, tras luchar contra sus propios miedos, se han permitido decir las palabras mágicas: «te quiero».

Cuando minutos después llegamos al clímax, Oliver para no aplastarme se echa hacia un lado y quedamos los dos boca arriba. Agitados por lo que acabamos de vivir, me mira. En sus ojos veo algo que creo entender.

—Lo que hemos dicho ha sido fruto de la intensidad del momento —digo antes de que él hable.

—Y del agilipollamiento momentáneo —se mofa.

Nos reímos al recordar las palabras que yo pronuncié un día.

—Yuls... te quiero.

Que lo vuelva a decir, ahora que no estamos en ese momento de pasión infernal, hace que lo mire. Él se apoya sobre un brazo.

—Nunca imaginé que una mujer como tú pudiera llegar a mi vida, porque nuestra manera de conocernos no fue lo normal. Pero aquí estamos —confiesa.

—No te convengo.

—Eso no te corresponde decidirlo a ti.

—Oliver... no os convengo ni a ti ni a tu familia.

—¿Por qué? —No respondo. No puedo—. Lo que realmente no me conviene es una vida en la que tú no estés —dice—. Por lo tanto, deja de convencerme para que renuncie a ti, porque no pienso hacerlo.

Trato de levantarme, pero él me detiene. Se sienta sobre mí a horcajadas.

—No me has respondido, ¿por qué no me convienes? —me pregunta, mirándome a los ojos.

Lo miro. Me mira.

No me falta valor para decir lo que callo. Pero me frena el no saber qué hará él cuando lo oiga.

—Ante tu silencio, reconozco que me vuelves loco cuando me llamas «¡patatita!

» —afirma—, y que consigues que muchas de mis alarmas salten por los aires cuando haces o dices cosas que no me convencen.

Pero precisamente eso me gusta de ti. El que seas tú.

Desde que has llegado a mi vida, no solo me has alegrado a mí, sino que he visto cuánto te quieren la abuela, Javi, Lara.

Y eso no ocurre por casualidad, cariño. Por lo tanto, no digas que no me convienes ni a mí ni a mi familia, porque si alguien tiene motivos para preguntarse si estamos a la altura quizá seamos nosotros.

Cierro los ojos. Oír aquello tan bonito me traspasa el corazón.

—Suéltame, por favor —le pido.

Me obedece. Lo último que quiere es que me sienta incómoda y entonces me levanto y me voy al otro dormitorio. Necesito serenarme.

Oliver no me sigue y no llama a la puerta de mi habitación.

Lo conozco y sé que me está dando mi espacio.

No me quiere atosigar. Pienso mientras me critico a mí misma.

Sé que lo que estoy haciendo no está bien.

No estoy siendo sincera y leal, aunque en el amor le estoy dando todo lo que tengo.

No sé a qué estoy jugando, pero el caso es que no lo puedo remediar.

Mi corazón y mi cabeza se han aliado convirtiéndose en uno solo, y yo simplemente me dejo llevar mientras sé que todo ha de acabar.

Oigo movimiento fuera de la habitación. Abro con cuidado la puerta y veo que Oliver va hasta la cocina. Saca una cerveza y sale a la terraza. Su gesto es serio. Pensativo.

Veo cómo su mano va al interruptor de la luz, pero se para. No la enciende. Y se dirige hacia uno de los butacones que hay en la terraza. Se sienta, da un trago a su cerveza y mira el cielo.

A pesar del caos emocional que tengo en mi interior, decido salir. No puedo encerrarme en la habitación como una niña. Voy a la cocina. Cojo una cerveza y, cuando camino hacia el exterior, Oliver se gira y me mira.

Sin decir una palabra me acerco a él, dejo la cerveza que llevo en mis manos sobre la mesa y sin preguntar me siento sobre sus piernas. En silencio nos miramos unos segundos.

—No quiero que esto se termine —digo.

—Y no se va a terminar, cariño —afirma con seguridad.