Capítulo 47
Cuando abro el ojo me encuentro abrazada totalmente por Oliver.
Nuestros cuerpos están enredados. Brazos. Piernas. Torsos. Y, la verdad, vernos así me hace sonreír.
—¿De qué se ríe, señorita Pérez? —oigo.
Mi sonrisa se ensancha.
—De lo mucho que me gusta estar así —ronroneo, abrazándome más a él.
Un gruñido de satisfacción me hace saber que lo mismo le ocurre a él y, cuando miro hacia arriba, me encuentro con aquellos ojos oscuros.
—Buenos días —saludo.
—Buenos días, tomatito cherri .
Me río. Se ríe. ¿Me acaba de llamar «tomatito cherri»? ¡Me parto!
Oliver cada vez es más natural, menos estirado conmigo, y sé que se merece tener esa conversación que quiere.
Pero tengo miedo. Me da pánico esa conversación y la evito todo lo que puedo.
Mi intención es estar con él hasta que finalice el contrato y después desaparecer.
Si Vicente algún día aparece, no quiero estar con él. Lo último que quiero es perjudicarlo.
—¿Por qué llamaste a esta casita La Última Ola? —quiero saber.
—Porque es al sitio al que regreso cuando, tras un día disfrutándolo, el mar ya me lo ha dado todo.
Bonito. Eso que dice es muy bonito.
—¿Qué hora es?
—Las diez y media.
Me sorprendo. Oliver es de los que se levantan muy temprano.
—Hace un precioso y soleado día. ¿Qué te apetece hacer hoy? —me pregunta tras darme un beso en la frente.
Durante unos segundos lo pienso. Intuyo que este viaje lo ha organizado, además de para enamorarme, para sorprenderme, y deseo ver si es capaz de hacerlo con algo que no conozca de él.
—Surf —digo, recordando la conversación de anoche. Su sonrisa se expande. Está claro que le ha gustado mi respuesta, y más cuando añado—: Me gustaría tener mi primera clase de surf y verte disfrutar de eso que tanto te gusta y que nunca me imaginé de ti. ¿Puede ser?
Oliver busca mi boca y yo se la doy dispuesta a disfrutarlo. De ser dos desconocidos que apenas se soportaban, en poco tiempo las cosas han ido cambiando de manera inexplicable, y aquí estamos, besándonos con verdadero gusto y dedicación.
Si alguien me preguntara qué es lo que tenemos no sabría explicarme. Comenzaría diciendo que fue un trato, después un contrato y ahora no sería capaz de encontrar las palabras, porque si digo amor, reconozco que me asusto.
¿Cómo es posible que nos estemos enamorando? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que yo lo esté engañando como lo hago?
Entre nosotros no hay promesas, simplemente hay esa dulce y bonita sensación de estar donde queremos estar y con quien queremos estar.
Nada más. Por delante nos espera un fin de semana que posiblemente esté plagado de besos, caricias, conversaciones, confidencias y risas.
Y lo queremos disfrutar. Por supuesto que sí.
Tras hacer nuevamente el amor con deleite, cuando nos levantamos vamos derechos a la ducha.
Estamos sudando. Entre beso va y beso viene, de nuevo nos volvemos a enganchar.
Está claro que la atracción que sentimos el uno por el otro es loca e irracional y está claro que ninguno de los dos la quiere parar.
A las once y media, tras tomarnos un café con galletas, miramos la ropa que hay en el armario y me sorprendo al encontrarme con ropa de Lara y de Javier. Sus prendas me sientan bien.
Oliver saca un par de neoprenos para ponernos. Con curiosidad, observo cómo se pone el suyo. Lo hace con tal maestría y sensualidad que, cuando me toca hacerlo a mí, me siento un verdadero pato mareado. ¿Pero por qué aquello no me sube?
Entre risas y cariño, consigo meterme en aquel neopreno y, como si fuera una surfista más, salimos de La Última Ola, con dos tablas de surf bajo el brazo.
Mientras caminamos por la playa, veo a otros surfistas que disfrutan del momento. Algunos están esperando la ola, otros están sentados en la playa y otros parecen aprender.
Yo no puedo dejar de sonreír, con una tabla bajo mi brazo y con mi mano entrelazada en la de Oliver. Quien nos vea podría decir que somos una parejita más. Y sí, lo somos. Pero somos una parejita algo complicada y especial.
Cuando llegamos a la playa, veo que Oliver y otros surfistas se saludan. Se llaman «colega», chocan sus manos, y entonces entiendo por qué el día que Braulio lo saludó, Oliver respondió con tal normalidad. No conocía esa faceta suya. Oliver la oculta cuando está en Madrid.
El Oliver surfista y despreocupado de Tarifa, aunque es la misma persona, no es el Oliver director de una galería de arte de Madrid. Está claro que él se ha creado dos mundos. El profesional y el personal.
Nerviosa por lo que estoy a punto de hacer, miro a mi alrededor. Allí hay hombres y mujeres, niños y adolescentes con sus neoprenos puestos e imagino que yo voy a hacer el mayor ridículo del mundo.
—¿Nerviosa? —me pregunta Oliver.
—Un poco.
—Tranquila. Todo el mundo tiene un comienzo en cualquier cosa. —Vale. Tiene razón. Deja su tabla sobre la arena y me explica—: Antes de empezar, debes saber que la primera regla es que el mar siempre gana. Si lo respetas, te dejará disfrutar. Pero si lo desafías, te pondrá en tu sitio.
—OK.
—Otra cosa muy muy importante. En el agua, si una ola te tira de la tabla, protégete la cabeza con los brazos y cuando pase la ola recupera la tabla, antes no, ¿entendido?
Asiento. Lo tengo claro.
Oliver y yo calentamos hombros, piernas, espalda y, cuando lo considera pertinente, me hace tumbar sobre la tabla boca abajo y él hace lo mismo en la suya.
—En el agua —precisa—, debes remar con las manos, y cuando te diga «¡arriba!» has de apoyar las manos a la altura del pecho y levantarte con un solo movimiento.
Lo hace. Me muestra un ejemplo de cómo he de hacerlo y parece fácil. Pero cuando yo lo intento lo de fácil es una utopía. Soy lo más torpe que ha parido mi madre. Cuando no pongo una rodilla, cruzo los pies, por lo que me desequilibro y caigo, y me tengo que reír.
Oliver, divertido como yo, sonríe. Y, con una paciencia que yo no sabía que tenía, repite los movimientos conmigo una y otra vez, hasta que al fin lo consigo. ¡Me pongo de pie de un intento!
Emocionada, lo repetimos varias veces más, y de pronto me da un beso en los labios y dice:
—Creo que ahora toca entrar en el mar.
Me entran los siete males.
Una cosa es hacer lo que estoy haciendo sobre la arena de la playa y otra muy diferente en el mar.
—Tranquila, cariño, no vamos a ir mar adentro —me serena al ver mi cara de susto—. Solo donde hagas pie.
Vale. Menos mal.
Entramos. El agua está fresquita, pero sigo caminando. Cuando me llega por los muslos me hace colocar boca abajo sobre la tabla.
—Cuando notes que la ola empuja, rema con las manos como te he enseñado y después, ¡arriba!
Durante la hora siguiente me caigo. Me vuelvo a caer. Sigo cayéndome. Pero, de improviso, y sin saber por qué, en uno de aquellos intentos, consigo ponerme de pie del tirón sobre la tabla durante apenas unos segundos antes de volver a caer.
Cuando saco la cabeza del agua, Oliver aplaude, y yo sonrío. Aquello, aunque es poco, para mí es un gran avance y, cuando me abraza y me acerca a su cuerpo, me da un beso que me llena de vitalidad.
—Enhorabuena, campeona —me anima—. Acabas de surfear tu primera ola.
Feliz y encantada, lo vuelvo a intentar. Sigo cayéndome una y otra vez, pero logro ponerme de pie en varias ocasiones y soy feliz. Muy feliz.
Agotada y con más agua salada en mi estómago que otra cosa, indico que quiero parar. Necesito descansar. Lo que estoy haciendo me tiene agotada y, tras salir e ir al chiringuito a por unas bebidas, animo a Oliver para que se meta y surfee. Quiero verlo.
Él asiente. Me da un beso, y con su tabla en las manos se adentra en el mar.
Desde donde estoy lo observo sin apartar la vista.
Nunca imaginé a un Oliver tan libre. Tan diferente.
Tan especial. Creo que si Lucas, con lo deportista que es, conociera esta versión de él no pensaría que es tan rancio y estirado.
Lo veo remar hasta donde esperan otros surfistas.
Al juntarse con ellos lo veo chocar la mano, y eso me hace sonreír.
Cojo mi teléfono y llamo a la residencia donde está mamá.
Araceli, su cuidadora, me indica que está tranquila.
Que está estable, dentro de su problemática, y eso me gusta.
Luego le escribo un wasap a Lucas. Quiero saber que está bien.
Veo que lo lee. Espero que me conteste, pero no lo hace.
Su silencio es su manera de hacerme saber que sigue enfadado conmigo. Eso me martiriza.
¿Por qué me hace esto cuando sabe lo que siento por Oliver?
Minutos después, dejo el teléfono a un lado y disfruto al ver cómo Oliver coge olas.
Se desliza sobre la tabla con una seguridad y un dominio que me deja sin palabras.
Está claro que surfear le gusta. Y también está claro que mi acelerado corazón acaba de dictar sentencia.
Tengo que denunciarme a mí misma, porque, sin darme cuenta, me he enamorado de él.
Intentando entender qué me está pasando lo contemplo durante un buen rato.
Y, cuando sale del agua, se me reseca hasta el lagrimal.
Él. El mar. El neopreno ceñido que marca su cuerpo.
La tabla bajo el brazo. Y esa sonrisa con la que camina hacia mí.
Todo unido hace que las alarmas rojas de mi cuerpo salten y, cuando clava su tabla y se tumba sobre mí para besarme, yo directamente me desintegro.
Sin esperarlo ni proponérmelo, estoy viviendo un momento de esos que yo suelo leer en las novelas que me gustan.
El chico guapo. El surfista. El mar de fondo.
Y él besándome delante de todos como si no existiera nadie más.
Y, la verdad, yo que siempre soy de las que piensan que estas cosas tan bonitas solo les pasan a otras, en esta ocasión, ¡me están pasando a mí!
Por lo que cierro los ojos, me dejo llevar y beso al chico guapo surfista del que me he enamorado.