Capítulo 46
Cuando llegamos a Tarifa, concretamente a La Última Ola, son las once y veinte de la noche.
Yuls ha ido todo el camino dormida y cuando apago el motor, con cuidado salgo del coche y me acerco a Salva y a Karina, que me esperan.
Ellos son el matrimonio amigo que se ocupa de que la casa esté cuidada y en condiciones cada vez que la visito.
Los saludo con cariño. Me entregan las llaves y, una vez que me hacen saber que todo está bien, Karina me indica que regresará los siguientes días para dejarme comida en la nevera. Encantado, le digo que sí. A Yuls le gusta mucho comer.
Luego ellos se van, no sin que antes yo les prometa que al día siguiente les presentaré a Yuls. Me acerco de nuevo al coche. A través del cristal delantero la veo plácidamente dormida.
—Cariño... Yuls... —susurro, abriendo la puerta del copiloto.
No tarda en incorporarse. Se quita las gafas de sol.
—¿Dónde estamos? —pregunta.
—En Tarifa.
Levanta las cejas. Su gesto adormilado me hace gracia.
—¿He dormido todo el camino? —dice, saliendo del coche.
—Siete horas y treinta y cinco minutos.
Horrorizada me mira. Yo me río.
—¿Ha desaparecido tu migraña?
—Totalmente. Pero me siento fatalllllll. ¿Cómo he podido dormir tanto?
—Me encantan tus ronquiditos.
—Yo no ronco.
—Señorita Pérez, ¡usted ronca!
Su gesto horrorizado me hace sonreír.
—Ven. Te enseñaré la casa. —La agarro de la mano.
La Última Ola es una antigua casa de pescadores restaurada. Es chiquitita, con dos habitaciones, un bonito salón con cocina integrada, un baño totalmente equipado y una terraza que da al mar y que es una maravilla.
El gesto de Yuls es el que esperaba. Veo que le encanta aquel oasis que es tan apreciado para mí.
—Mañana iremos a la tienda de Susi a comprar todo lo que necesitemos —le digo cuando he terminado de enseñarle la casa—. De momento, tenemos cepillos de dientes, comida, bebida en la nevera y algo de ropa en el armario.
Yuls asiente. Lo que oye le parece bien y no sé por qué pienso en la única vez que traje a Vanessa aquí.
A ella no le gustó nada el lugar. Es más, le horrorizó porque solo había playa, ropa cómoda...
y no quiso volver. Pero, por lo que veo, a Yuls le gusta.
No le incomoda que la casa sea pequeña ni que apenas tengamos nada para vivir.
Lo que ve le parece bien. Así que, hambrientos, atacamos la nevera.
Mientras tomamos un excelente salmorejo y ensaladilla rusa que Karina nos ha preparado, le hablo de Salva y de Karina.
Los que cuidan la casa, y que hacen que mis estancias sean agradables cuando voy, son amigos de toda la vida.
Siempre me ha gustado ir a Tarifa, porque me apasionan algunos deportes de agua.
Cuando se lo comento a Yuls, se sorprende.
—¿Qué deportes de agua practicas? —se interesa.
—Surf. Windsurf. Kitesurf. Moto de agua.
—¿En serio?
—Sí. —Y, sonriendo, afirmo—: Sé que no tengo veinte años, que tengo prácticamente el doble, pero me gustan esos deportes.
—¡¿Tú haces eso?!
Asiento con firmeza. Sé que para ella y para muchos soy el estirado y serio director de las Galerías Dávila.
—Esas son mis tablas —señalo al fondo del salón—, las de mi sobrino Javier y las de Rafael. Y, por supuesto, ahora también son las tuyas. —Se ríe. Su risa me hace gracia—: ¿Alguna vez has hecho surf? —Ella niega con la cabeza—. Pues mañana recibirás tu primera clase.
De nuevo ella suelta una carcajada, y yo la sigo. Su sonrisa me hace bien.
Sentados en la terraza frente al mar, de pronto Yuls se levanta y apaga las luces. La oscuridad nos envuelve por completo. Poco a poco, nuestros ojos se acostumbran a la luz de la luna.
—Tienes ante ti la mayor obra de arte del mundo —dice—. El cielo estrellado.
Encantado, asiento. Miro lo mismo que ella. Miles de estrellas salpican la noche, reflejándose sobre la superficie del mar.
En un silencio sereno y cómplice, los dos disfrutamos de aquella obra de arte durante un buen rato, hasta que ella, al verme bostezar, pregunta:
—¿En qué habitación dormiré?
—Hay dos habitaciones. Elige la que quieras.
Veo que se levanta. A oscuras se dirige a las dos habitaciones.
—Me quedo con la de la izquierda —dice cuando vuelve—. Ya he visto que la otra es la tuya.
¿Que se queda? ¿No va a dormir conmigo?
—Si tú la quieres es tuya —le digo. No quiero presionarla.
Yuls niega con la cabeza.
—Con la otra es suficiente.
Asiento. Nos dirigimos hacia las habitaciones. Al llegar a la puerta de ambas nos paramos.
—¡Espera un segundo! —le digo, recordando algo.
Voy hasta el coche. Lo abro. Saco una pequeña bolsa y, cuando regreso, se la entrego.
—Cuando paré a repostar en una gasolinera, las vi y te las compré.
Yuls abre la bolsa y, al ver lo que es, me abraza.
—Muchas gracias, Oliver. Eres un cielo, no un rancio.
Sonrío. Lo que he comprado ha sido un par de luces nocturnas. De esas que ella pone para dormir.
Al tenerla en mis brazos percibo su maravilloso olor. Deseo besarla. Deseo hacerle el amor como llevo días haciéndoselo. Necesito hablar con ella de lo que siento. Pero cuando ella se separa de mí, musito:
—Que tengas buena noche.
—Tú también.
—Cualquier cosa que necesites, estoy aquí.
Yuls sonríe, asiente y desaparece tras la puerta.
Acto seguido, yo hago lo mismo. Tras una duchita, me tumbo sobre la cama, vestido únicamente con mis bóxer negros.
Miro al techo. Pienso en ella. Lo que me prometí sobre enamorarla sigue dando vueltas y vueltas en mi cabeza.
Entonces, oigo unos golpecitos en la puerta.
Me levanto a toda prisa. Abro la puerta y boquiabierto me quedo cuando Yuls, que va vestida con una camiseta de las que le dejé sobre la cama, murmura:
—¿Puedo dormir contigo?
Me echo hacia un lado.
—A la derecha tienes un enchufe —señalo al ver lo que lleva en la mano.
Veo cómo coloca la luz nocturna. Luego coge una silla. La pone delante de la puerta. Después viene hacia mí. Se empina y me da un rápido beso en los labios.
—Lo sé. Seguimos teniendo esa conversación pendiente.
—Así es —afirmo; me agrada su franqueza.
En silencio nos volvemos a mirar.
—Disfrutemos de un bonito fin de semana —propone.
Oír eso me gusta. Y, ansioso por besarla, paso mis manos alrededor de su cintura, la acerco a mí y la beso. Un beso nos lleva a otro. Y una caricia a la siguiente.
Cuando caemos sobre la cama, los animales salvajes que viven en nuestro interior se manifiestan, y con esa impetuosidad y locura desmedida hacemos apasionadamente el amor.
A las cuatro de la mañana, tras compartir varios momentos íntimos, Yuls se refugia entre mis brazos y yo, feliz, la acepto. Es más. Necesito que haga eso. Su respiración, a cada instante más lenta y pausada, se fusiona con la mía mientras el sonido de las olas que van y vienen nos envuelve.
Con ella entre mis brazos siento paz absoluta. Ella me proporciona esa paz, y finalmente nos quedamos profundamente dormidos.