Todo bajo control, menos tú Capítulo 45 #2
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Capítulo 45 #2

—Cariño, ve a tomarte algo, porque nos vamos de fin de semana a la playa. —Lo miro. Rápidamente niego con la cabeza, cuando este insiste—: Como libras desde hoy viernes hasta el martes, he llamado para que acondicionen La Última Ola. Una casita que tengo en Tarifa.

¿En Tarifa tiene una casita llamada La Última Ola? Primera noticia.

Kaory me mira. Sabe perfectamente que pienso en mi madre, y agarrándome del brazo tira de mí y le dice a Oliver:

—¡Qué buena idea! Espérala aquí. Yuls tiene que entrar un segundito a tomarse un naproxeno y, cuando salga, os marcháis de finde.

Oliver asiente. Y yo, totalmente desconcertada, mientras camino con mi amiga murmuro:

—No puedo irme.

—Yuls...

—Tengo que ocuparme de mamá.

—Yuls. Tu madre está bien.

—¿¡Pero cómo me voy a ir de fin de semana!?

—¿Y por qué no te vas a ir?

—Kaory...

—A ver, Yuls. Te conozco desde hace ocho años y nunca te has ido de fin de semana ni sola ni con nadie. Siempre has estado cuidando de tu madre y de Lucas. Y ahora tu madre está rodeada de profesionales que la cuidan y Lucas ha crecido. ¿Acaso no te mereces este fin de semana?

No contesto. Sé que tiene razón, pero ¿cómo me voy a ir?

Entramos en el centro, y Kaory, sin soltarme, me lleva hasta donde está el botiquín. Coge la medicina que necesito y me da una pastilla.

—¿Cómo no te has tomado algo antes? —quiere saber—. Siempre llevas pastillas.

—Cuando las busqué en la mochila no estaban. Se me debieron de caer o acabar o ¡yo qué sé!

—Vale. Venga, tómatelo.

La obedezco. Con un vasito de agua, me trago aquella pastillita que tan bien me viene para mi dolencia.

—No me mires así y vete con Oliver —vuelve a la carga.

—Pero, Kaory, irme con él liará más la situación.

—¡¿Que se liará más?! —se mofa y, bajando la voz, cuchichea—: Sé que tengo que darte la razón como a los tontos cuando dices que ese hombre no te gusta. Pero, amiga, abre los ojos y reconoce que estás enamorada de él, y eso es lo que te tiene tan acojonada.

Mis sentimientos por Oliver están totalmente descontrolados. Todos y cada uno de los días hace cosas para enamorarme, y ante esas cosas no me puedo resistir. No me puedo controlar.

—Creo que ha llegado el momento en el que has de hablar con Oliver de eso que callas, y que tanto te frena y martiriza —me recomienda Kaory.

—No puedo.

—Claro que puedes. ¿Pero por qué no confías en él?

No respondo. La realidad es más compleja de lo que puedo expresar con palabras.

Solo sé que tengo un miedo atroz a que mi pasado me arruine el presente.

Sigo recordando cuando me preguntó si en mi pasado había algo oscuro y le respondí que no.

Le mentí. Y ahora esa mentira me pesa como una losa, porque los sentimientos han entrado en acción y lo que callo es tremendamente importante.

Ahora que conozco a Oliver y a su familia, sé lo mucho que significa para ellos preservar su intimidad y mantenerse alejados de cualquier escándalo.

Y si la prensa se entera de quién fue mi padre, ¡será un escándalo!

Durante años, y exceptuando a Lara con sus divorcios, me consta que han vivido con discreción, evitando convertirse en el centro de la prensa sensacionalista.

Y yo, cuanto más lo pienso, más me acojono, porque soy consciente de que soy el titular perfecto que puede destruir su tranquilidad.

—Por tu madre no te preocupes. Estará bien.

—Pero ¿cómo no voy a ir a visitarla durante tantos días?

—Si lo que te agobia es eso, iré yo a visitarla con Toni.

Incluso recogeré a Lucas y lo llevaré para que la vea.

—Niego con la cabeza. Es una locura, pero Kaory insiste—: Yuls, no has parado de trabajar, de visitar a tu madre, de cuidar de Ágata, de Lucas, de Oliver y de preocuparte por infinidad de cosas. Por favor, déjate de tonterías y vete.

—Pero...

—Yuls —me corta mi amiga—. Lo necesitas. —Kaory me mira. Su insistencia me enerva y, cuando voy a negarme de nuevo, repite—: Por tu madre no te preocupes. Yo iré a visitarla mañana o el domingo con Toni. Y si pasa cualquier cosa te aviso, ¿vale?

Nos miramos. La determinación en el gesto de Kaory me hace asentir, y mi amiga, sonriendo, mete un blíster de naproxeno en mi bolso.

—Venga. —Me empuja—. Ficha y márchate a la playa con tu guapo misil.

Tomo aire. Alejarme de mi madre no es lo que más me apetece, pero finalmente claudico. Creo que un fin de semana de relax me vendrá bien.

—Yuls, ¿vamos el finde al cine?

Veo a Lucas, que espera contestación, pero es Kaory la que responde:

—No, Lucas. Yuls se va de fin de semana con Oliver. Por lo tanto, despídete de ella, porque hasta el martes no la verás.

Lucas parpadea. Es la primera vez desde que llegó al centro que estará tantos días sin verme y, cuando voy a hablar, levanta la mano.

—Me queda claro con quién quieres estar.

Y sin más se da la vuelta y se marcha, dejándome devastada.

Oír eso me duele. Lucas y mamá siempre han sido mi prioridad.

—Es un adolescente egoísta y enfadica —continúa Kaory—. No se lo tengas en cuenta y vete.

¿Pero cómo no tenérselo en cuenta?

Cuando salgo del centro, veo a Oliver. Está apoyado en su precioso coche, vestido con un impecable traje oscuro.

—¿Te has tomado algo para el dolor de cabeza? —me pregunta cuando me acerco.

—Sí.

Yo no le cuento lo de Lucas.

—Será un bonito fin de semana. Ya lo verás —me anima.

Con gesto de incertidumbre, asiento. No sé yo. Y, sin más, me monto en el vehículo. Es la primera vez que me voy de fin de semana y dejo a mamá y a Lucas. En todos los años que llevamos juntos, nunca me he separado de ellos más de veinticuatro horas.

Cuando Oliver sale a la carretera, me siento rara. Nerviosa. En la vida me he ido a pasar un fin de semana con nadie.

—¿La Última Ola? —indago.

Oliver sonríe.

—Es una casita que me compré hace años a la que decidí llamar así.

—¿Tu abuela qué ha dicho de que nos vayamos?

—Está encantada de que lo hagamos y ha dicho que espera que nos lo pasemos fenomenal.

—¿Las maletas van atrás? —quiero saber.

—Vamos sin maletas.

—¡¿Qué?!

—Estaba en la oficina y se me ocurrió irnos de finde sin tenerlo planeado. Ya compraremos en Tarifa lo que necesitemos.

Incrédula, no sé qué decir. Que Oliver haga aquello sin planificar desde luego es algo rompedor para él. ¿Pero vamos sin ropa?

—Cierra los ojos y relájate.

—Pero ¿qué clase de copiloto sería? ¿Cómo voy a hacer eso?

Oliver sonríe. Cuando lo hace así, me mata por lo guapo que se pone.

—Pues muy fácil, señorita Pérez. Reclinas el asiento. Cierras los ojos y descansas el tiempo que necesites para que el dolor de cabeza se vaya. —Oír eso me hace sonreír; él insiste—: Vamos. Confía en mí, ¿vale?

Su voz. Su mirada. Su sonrisa. Todo me grita que confíe y, sin más, reclino el asiento, me pongo las gafas de sol para que me dé aún menos luz en los ojos y decido echar una cabezadita de diez minutos.