Capítulo 45
En junio, tres días después de la apasionada noche de amor con Oliver, tengo una excursión con los chavales del centro de acogida a Buitrago del Lozoya.
Nos hace un bonito día y hacemos una ruta caminando que casi puede con nosotros, pero logramos terminarla.
Cerca de la piscina natural de Riosequillo paramos para comer y, tras ver que todos los niños tienen sus bocatas en la mano, me dispongo a comerme el mío, pero no encuentro mi mochila.
¿Pero dónde está?
Al fin aparece donde juraría que yo no la he dejado. Pero con los chavales nunca se sabe. Seguro que alguno la ha cogido y la ha dejado allí.
Sentada junto a Lucas y otros niños, disfruto de mi bocata mientras escucho el murmullo y las risas de la gente y de las familias que nos rodean. El buen humor reina en el ambiente cuando un olor llega hasta mí. Tan conocido que me hace contener la respiración.
Giro la cabeza con celeridad. Con la mirada y el corazón paralizados, recorro a las familias.
Niños. Excursionistas. Pero no encuentro a quien realmente no quiero encontrar.
Aquel olor a colonia rancia mezclada con alcohol para mí es imposible de olvidar, pero al no descubrir nada raro y comprobar que mi nariz me ha jugado una mala pasada, prosigo hablando con los chavales.
Eso sí. Ya con todos mis sentidos alerta.
Acabada la comida, hace un calor de mil demonios.
Los monitores y yo entretenemos a los críos, que están como locos por meterse en la piscina natural.
Y cuando creemos que ha pasado un tiempo prudencial para su digestión, les damos el pistoletazo de salida.
Como era de esperar, corren al agua como locos.
Mis compañeros se meten con ellos, y yo, sentada bajo un árbol, desde fuera los observo. Entonces suena mi teléfono y, al mirar, leo «Vanessa». Es la primera vez que me llama por teléfono e intuyo la razón.
—Hola, Vanessa —saludo.
—¿Hasta dónde pretendéis llegar con esto?
—No sé a qué te refieres.
—Lo sabes muy bien. Lo que tienes con Oliver es una farsa. Una mentira que Oliver se inventó para hacer creer a la vieja de su abuela que...
—Mira, Vanessa —le corto—. Lo primero, esa vieja como dices se llama Ágata, y por lo menos ante mí vas a hablar con respeto de ella.
Y lo segundo, lo que tengamos Oliver y yo a ti ni te va ni te viene.
Es más. Creo que él fue tremendamente clarito la otra noche contigo.
Por lo tanto, ¿qué tal si toda la energía que gastas en nosotros la empleas en ti misma?
—Oliver es mío.
—Nadie es propiedad de nadie.
—Tú no le convienes, y lo sabes.
—Mira. Si me vas a venir ahora con lo del prestigio, honor y credibilidad, ¡olvídalo!
—Eres una mujer sin nada de eso. Por no tener, no tienes ni estudios y...
—Uiss, Vanessa, ¡me aburres!
La oigo maldecir. Que le hablen así a la poderosa Vanessa Smith es algo a lo que no está acostumbrada.
—Atente a las consecuencias —me amenaza.
Al segundo, el teléfono se queda mudo y sé que ha colgado.
¡Será hija de...!
Pero si soy sincera, su llamada no me produce ni frío ni calor. Paso de ella y de su pataleta de niña malcriada. Instantes después, Lucas se sienta conmigo.
—¿No te metes en el agua? —le pregunto. Niega con la cabeza. Con la escayola que lleva en su brazo no lo tiene fácil—: ¿Qué te pasa?
Lucas me mira. En sus ojos veo que quiere decirme algo.
—¿Tan enamorada estás de ese rancio? —suelta de repente.
Oír eso me hace resoplar. Pero a él no quiero mentirle.
—Sí, Lucas —admito—. Los sentimientos son algo que no se pueden controlar. Y me he enamorado de la persona que menos esperaba.
Guardamos silencio unos instantes.
—¿Y por qué sabes que estás enamorada de él? —vuelve a preguntar.
—Porque cuando lo veo las maripositas del estómago revolotean enloquecidas. Porque a su lado por primera vez en mi vida es como si estuviera en casa. Y porque me hace sentir bonita, querida, respetada y tranquila, entre otras muchas cosas, aunque tú sigas llamándolo «rancio».
Lucas me mira. Nunca entre nosotros se había colado un tercero.
—Mamá... qué tonterías dices —protesta.
Sonrío. Posiblemente tenga razón.
—El día que te enamores me entenderás —remato y, sorprendentemente, Lucas esboza una sonrisa, aunque, consciente de mi realidad, apostillo—: Pero esto tan bonito que me está pasando con Oliver se acabará el 28 de agosto. Ni un día más. Ni un día menos.
—¿Por qué?
—Porque soy Yuls Pérez, y a mí pocas cosas buenas me pasan.
—Mamá, no digas eso. Olvídate del nubarrón negro.
Afirmo con la cabeza. Que Oliver no sepa lo que le oculto cada día me pesa más.
—El 28 de agosto, cuando termine nuestra relación, no será porque deje de quererlo o porque él no me quiera a mí, sino porque no quiero perjudicarlo personal y profesionalmente. Prefiero recordar lo que tuvimos como algo bonito a...
—Lo dices por Vicente, ¿verdad?
—Sí —afirmo. Lucas me mira. El odio que le tengo a Vicente se lo he transmitido a él.
Mis ojos se llenan de lágrimas que me trago y en un hilo de voz, mientras observo cómo mis compañeros y los niños disfrutan en la piscina natural, añado—: Si ese malnacido no existiera, lo que tengo con Oliver podría ser real.
Podría durar. Pero la realidad es la que es, y no puedo arriesgarme a jorobarle la vida.
—Lucas toma mi mano. Me la aprieta. A nuestro modo nos comunicamos.
Yo continúo—: El día que te enamores espero que tu madurez te haga entender que, en ocasiones, el acto de amor más grande no es aferrarse a alguien, sino desearle felicidad y permitirle proseguir su camino, aunque en ese camino no estés tú.
Se me quiebra la voz. Hoy tengo un día tonto. Y cuando Lucas me abraza, aprieto los ojos para no llorar.
Por la tarde, de camino al centro, creo que por el calor que hemos pasado comienza a dolerme la cabeza.
Eso de que mis jodidas migrañas decidan por sí solas aparecer sin ser llamadas, como diría Oliver, ¡me encabrona!
Por lo que busco en mi mochila las pastillas que suelo llevar siempre. No están. Maldigo.
Lucas, que me ve agobiada, intenta ayudarme. Vacía la mochila sobre un asiento del autocar por si yo no las veo por los nervios, pero nada. Las pastillas han desaparecido.
Adela, una de mis compañeras, me da un ibuprofeno. Es lo único que tiene. Pero eso y nada es lo mismo. El dolor va in crescendo , pero estoy con los niños y no los puedo desatender.
Cuando regresamos al centro, mi dolor está en su punto álgido.
Ver el carísimo coche de Oliver en el aparcamiento no me sorprende y me produce una gran felicidad.
Aunque en mi cabeza sigue el runrún, por lo que callo y no le cuento nada.
Sé que hago mal. Sé que no estoy siendo honesta con él.
Pero, por primera vez en la vida, soy tan feliz que soy egoísta y solo pienso en mí.
Al bajar del autobús, Oliver me saluda con la mano y yo le devuelvo el saludo. Qué guapo está con su traje oscuro y su corbata. Estoy viviendo algo tan bonito y mágico con él que todavía no me lo creo.
Mis compañeros, que saben con quién estoy casada, se acercan a mí revolucionados.
—Ese es tu marido, ¿verdad? —preguntan.
Hago un gesto afirmativo.
—¡Qué guapo!
—Lo es —me muestro de acuerdo.
—¡Qué alto!
—Pues sí.
—¡Qué estilazo!
—Lo tiene.
—¡Qué cochazo!
—Un maquinote.
—Vamos. Todos para adentro. A la ducha —les ordeno a los niños, que continúan observando a Oliver.
Como están cansados, los niños me obedecen a la primera. Lucas se acerca a mí.
—Otra vez está aquí —me dice, sin señalar a Oliver.
—Lucas...
Lo alejo un poco de mis compañeros para regañarle, pero él, bajando la voz, cuchichea:
—Ahora te irás con él y no te quedarás conmigo.
Suspiro. Entiendo lo que dice Lucas. Desde que Oliver pasa a buscarme, reconozco que me falta tiempo para salir corriendo del centro.
—Vale, Lucas. Vale.
Me toco la cabeza. Joder... Joder... qué dolor.
—Ve al botiquín y tómate tus pastillas —dice Lucas, que me conoce.
—Ahora lo haré.
Instantes después, Oliver se acerca a nosotros y, agarrándome por la cintura, me da un beso en los labios.
—Hola, cariño.
Aquel cariñoso y efusivo saludo me encanta. Dios, cómo me gusta esa sensación. Oliver entonces mira a mi acompañante.
—Hola, Lucas, ¿qué tal va ese brazo? —lo saluda, tendiéndole la mano.
Lucas no se mueve. Lo mira con esa chulería que sabe mostrar cuando quiere.
—No me gusta que vengas tanto —le dice, al tiempo que le estrecha la mano.
Oliver levanta una ceja.
—¿Cuál es el problema? —pregunta.
—El problema eres tú.
Miro a Lucas. Le he explicado lo que siento por Oliver con la esperanza de que bajara su odio hacia aquel.
—Lucas, cuando quieras te puedes venir con nosotros. Yo estaré encantado de que lo hagas —le propone Oliver.
—No me gusta compartir —responde con desprecio.
—¡Lucasssss!
Oliver, con tranquilidad, aprieta mi cintura. Su serenidad me hace entender que, aunque no ha lidiado con alguien como Lucas, sí lo ha hecho con otros problemas en la vida.
—A mí tampoco me gusta compartir —admite—. Pero Yuls tiene cariño para los dos y me parece bien compartirlo contigo, especialmente porque tú la conoces desde antes que yo.
Incrédula, miro a Oliver. Está claro que intenta hacer todo lo que puede para que el chaval lo acepte.
—Si le haces daño, te mato —sentencia Lucas.
Y, sin más se aleja, momento en el que yo protesto:
—¡Lucasssss! ¿Pero qué dices?
Pero no mira. Se limita a seguir andando.
—Creo que cada día le caigo mejor —bromea Oliver.
Molesta por el comportamiento de Lucas, voy a protestar cuando me toco la cabeza.
—¿Te duele? —pregunta.
Asiento. Kaory se acerca hasta nosotros. Ella no ha venido a la excursión.
—Oliver, qué alegría verte.
Este con cariño sonríe y la saluda.
—A Yuls le duele la cabeza —dice—. ¿Tenéis algo aquí para que se tome o voy a la farmacia?
Kaory me mira. Conoce mis migrañas.
—Dentro hay naproxeno —afirma.
Oliver asiente.