Capítulo 44 #2
—Sabes muy bien a lo que me refiero —digo, molesto por sus palabras y su gesto—. Ni te llamo ni te busco, pero insistes y molestas. ¿Por qué no paras?
Se ríe. Se retira con coquetería el cabello de los ojos.
—Amor, te conozco —musita—. A ti siempre te ha gustado la excelencia, no lo sencillo y ordinario. Y sabes que la excelencia soy yo. No ella.
Resoplo. ¿Pero qué vi en ella? ¿Acaso estaba ciego para no darme cuenta de la clase de mujer que es?
—La sencillez de lo ordinario me resulta más encantadora que una excelencia incapaz de conocer los límites de la impertinencia y el mal gusto —replico cada vez más encabronado.
Vanessa aprieta la mandíbula. Lo que le acabo de decir le repatea y sin más se da la vuelta y se va. Se lo agradezco.
Alexander se acerca a mí.
—¿En serio? —me pregunta tras mirar a Vanessa.
Entiendo su pregunta.
—No tengo nada con ella —respondo—. Mi prioridad es Yuls.
Alexander asiente. Da un trago a su bebida.
—Me alegra oír eso —confiesa—, porque, entre tú y yo, Yuls vale muchísimo más que esa maldita reportera sensacionalista, a la que me encuentro cada vez que tenemos un aviso. Tienes la enorme suerte de haber encontrado a una mujer excepcional. Por lo tanto, no la cagues, amigo.
Aquello me hace sonreír. Si tenía celos de Alexander, debo olvidarlos, pues sus palabras me hacen saber que está conmigo.
—¿Qué narices hace esa petarda aquí? —pregunta Rafa, acercándose.
Alexander, Rafa y yo miramos hacia donde está Vanessa. Además del grupo que la acompaña, vemos que saluda a algunos de los que están celebrando el cumpleaños con nosotros.
—Algo me dice que alguien la avisó de dónde estábamos —conjeturo.
—¡Joder! —murmura Rafa.
En ese instante una chica se acerca a Alexander, y él y ella se retiran.
—Bueno... bueno... ¡pero si llegó la diva divina! —oigo que dice Yuls. Rafael y yo la miramos, y ella sin perder su sonrisa, ignorando a Vanessa, dice—: Me muero de sed.
Le pido un vodka con Coca-Cola. Sé que aquella bebida le gusta, y cuando segundos después Rafael ligotea con una rubia en la barra, acerco a mi mujer a mi cuerpo y la beso.
Un beso nos lleva a otro, y el siguiente a muchos más.
Yuls responde. Siento que tras lo que le dije aquel día necesita ese acercamiento, y yo, dispuesto a enamorarla, se lo doy. Es mi objetivo.
—¿No creéis que os estáis pasando?
Incrédulo, miro hacia la derecha. Vanessa está a nuestro lado con mal gesto.
—Ya está bien con tanto besito va y besito viene —grita ante los amigos.
Yuls me mira sorprendida.
Mis amigos están atónitos.
Lo que hace Vanessa no tiene nombre. ¿Pero quién se cree que es para decir algo así y hablarnos de aquella manera?
Y, cansado de aquello y necesitado de acabar con esto, la miro y, en los mismos términos que ella nos habla, respondo bien alto para que todos nos escuchen:
—Mira, Vanessa, voy a decir esto solo una vez y delante de todos para que no haya malentendidos.
Lo nuestro terminó hace tiempo y no existe la menor posibilidad de que lo vayamos a retomar.
No siento nada por ti ni lo he sentido desde que lo nuestro acabó.
Estoy profundamente enamorado de mi mujer y no permitiré ni que tú ni nadie le falte al respeto.
Por lo tanto, demos este tema por zanjado y aléjate de nuestras vidas.
—Pero, Oliver, ella...
—Vanessa, deja de hacer el ridículo de una vez.
—Deberías saber la verdad. Todos deberían saber la verdad. Sé sincero y cuenta que...
—Cuidado —la interrumpo con una calma mucho más intimidante que cualquier grito.
Y, acercándome a ella, bajo la voz—: Si se te ocurre pronunciar una sola palabra más de lo que estás pensando, prepárate para asumir las consecuencias.
Porque entonces todos sabrán eso que nunca me has contado y que tiene que ver con Maximiliano Fontana.
Vanessa se sorprende. Nunca le dije que estaba enterado de aquello y sabe que si sale a la luz hundirá su carrera no solo en España, sino también en Italia.
—Estoy casado con una mujer hermosa, inteligente, encantadora, empática y con una calidad humana que tú jamás has demostrado.
Ella me hace sonreír en mis peores días y se ha convertido en el lugar seguro al que quiero regresar cada noche cuando salgo del trabajo.
—Y, levantando la voz, sentencio—: Así que este acoso y derribo se termina aquí, Vanessa.
Deja de perseguirme. Deja de importunar a mi mujer.
Deja de intentar abrir una puerta que se cerró para siempre.
Aléjate de nosotros, porque no voy a volver a tolerar una sola intromisión más. ¿Te queda claro?
Vanessa me mira asustada. Nunca me ha visto así. No sé si le asusta más verme así o que yo sepa lo de los Fontana. Y cuando se va a mover, veo que Yuls la agarra por el brazo y la obliga a mirarla.
—¿Dónde está ahora tu prestigio, honor y credibilidad? —pregunta y, viendo que Vanessa aprieta los labios, añade—: Aunque vista vaqueros de mercadillo, Oliver se enamoró de mí. Así que pasa página y resetéate, porque mi marido no es de los que cambian de colección cada temporada.
Cuando Yuls termina, Rafa, Alexander y mis amigos la aplauden y la vitorean. Vanessa nunca fue objeto de su devoción. Yuls sonríe.
—Uiss, cielo, qué a gusto me he quedado —afirma mientras Vanessa se aleja.
Sonrío y la abrazo. Nos miramos a los ojos.
—Como bien has dicho, cariño, no soy de cambiar de colección cada temporada —afirmo—. Y habiendo encontrado una pieza única e irrepetible como tú, menos.
Yuls me besa como yo la beso. Creo que en este instante ella se ha dado la oportunidad de enamorarse de mí y, aunque esté feo decirlo, casi le tengo que dar las gracias a Vanessa.
La siguiente hora no puedo dejar de besar a Yuls. Lo ocurrido ha sido un antes y un después para nosotros. Y, cuando las luces del local bajan y la música se vuelve más íntima, pregunto:
—Tú y yo nunca hemos bailado juntos, ¿verdad?
—Verdad.
Yo ya me he encargado de ir a hablar con el que pone la música, y de improviso empieza a sonar cierta canción.
—Cariño, serías tan amable de bailar conmigo nuestra nada romántica canción de amor —le pido.
Ella sonríe. En su gesto veo una felicidad que hace que mi corazón se revolucione, por lo que, dejando nuestras copas sobre la mesa, salimos a la pista, donde otras parejas acarameladas bailan.
Nos abrazamos. Es nuestra primera vez bailando juntos.
—Lo confieso. Le pedí que pusiera esta canción —me descubro.
—Ya decía yo. —Y ella no deja de sonreír. Dios, me derrito cuando sonríe así. Ella pregunta—: ¿Por qué siempre dices que no es nada romántica esta canción? ¡Pero si es preciosa!
Me río.
—Porque es una canción que habla de un amor que no fracasa por falta de sentimientos, sino porque uno de los dos deja de ser leal, empático y entregado —respondo con mi habitual tendencia a analizarlo todo—.
Lo veo como un grito contenido de alguien que por fin entiende que no tiene sentido seguir cumpliendo un trato cuando la otra persona dejó de hacerlo.
—Yuls me mira. Creo que la he sorprendido.
Curioso, pregunto—: ¿Cómo la interpretas tú?
—Yo simplemente la interpreto como una canción de profundo amor y desesperación.
—Señorita Pérez, cada día me gustas más.
Tengo ganas de darle la sorpresa del concierto al que la voy a llevar, pero me callo, y en silencio bailamos aquella canción cuya letra me eriza la piel, porque quiero conocer esa mitad del mapa que ella me oculta, y no sé cómo hacerlo.
Esa noche, cuando regresamos a casa, ocurre lo que tenía que ocurrir. Hacemos el amor como dos locos apasionados. Somos ella y yo, y lo disfrutamos olvidándonos del mundo y centrándonos en nosotros. Solo en nosotros.