Todo bajo control, menos tú Capítulo 44
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Capítulo 44

—¡No me lo puedo creer!

—Pues créetelo.

—¿Nuestra chica nos engañó?

—Totalmente. Lara tenía razón. La abuela estaba perfectamente, y yo, como un idiota, no le hice caso.

Rafa, sentado frente a mí en mi despacho, me mira sorprendido. La jugarreta que me ha hecho mi abuela con sus compinches para verme casado es tremenda.

—¿Y qué quieres hacer con respecto a Yuls?

—Nada.

—¡¿Nada?! —Niego con la cabeza. Rafa sonríe. Conoce mis sentimientos hacia ella y, antes de que yo intervenga, indica—: Es una mujer increíble. Lástima que se haya casado contigo.

Los dos nos reímos.

—No sé qué ha hecho, pero me tiene loco —matizo.

—Yo sí lo sé. —Miro a mi amigo y este, con tranquilidad, afirma—: Simplemente ha sido ella y no se ha dejado impresionar por ti, ¡patatita!

—Cuando me mira y me reta, ¡Dios, cómo me gusta! —admito, sonriendo como un bobo—. Y, aunque suene raro en mí, te juro que no veo el momento de salir de la oficina para estar con ella.

Luego abro el cajón de mi escritorio. De él saco un sobre y se lo enseño.

—Mira lo que he comprado para ella.

Rafa coge el sobre. Lo abre.

—¿Entradas para ver a Alejandro Sanz?

—Me enteré de que actuaba el 20 de junio en el Metropolitano y, como es su cantante favorito, además del amor de su vida, y nunca lo ha visto en directo, quiero darle una sorpresa. Y, encima, ¡en el campo del Atleti!

Rafa asiente. Me mira, tremendamente sorprendido.

—Desde luego, estás dispuesto a enamorarla.

—No solo dispuesto. Voy a hacerlo —afirmo con seguridad.

Rafa hace un gesto afirmativo. En todos los años que llevamos de amistad, nunca me he enamorado de nadie. Por supuesto que otras mujeres me han gustado, pero nadie me ha hecho sentir lo que actualmente siento por Yuls.

—¿Tú yendo a un concierto?

—Si fui al de Distorsión Cerebral con mi hermana, ¿cómo no voy a ir al de Alejandro Sanz?

Más risas.

—Cuando llegue el momento, ¿qué hago con los papeles del divorcio? —quiere saber.

—Por mí, los puedes quemar ahora mismo.

—Por ti sí. Pero ¿qué piensa Yuls? Como abogado de ambos, no puedo hacer solo lo que tú quieres. Los papeles del divorcio están firmados por ella, y si no quiere que los presente, ha de ser ella quien me lo diga. No tú.

—Hablaré con ella.

—Me parece bien.

—Hay tantas cosas de ella que quiero saber.

—Conociéndote, no sé ni cómo duermes —se mofa Rafa, que añade—: A ver, amigo, nos conocemos desde hace muchos años y tú que eres un hombre que revisa una reserva veinte veces, calcula el tiempo que tarda en llegar a los sitios, lee la letra pequeña hasta del papel higiénico y le gusta tenerlo todo bajo control.

¿Cómo te has enamorado de una mujer de la que no controlas nada?

Tiene razón. En alguna ocasión yo también me lo he preguntado.

—Confío en que me lo contará.

—¿Y mientras tanto esperas sentado?

—¿Y qué quieres que haga?

Rafael se ríe.

—¡Tú, viviendo feliz en la incertidumbre del no saber! —Me encojo de hombros. Si así ha de ser con Yuls... aunque de pronto propone—: Está feo lo que voy a decir, porque adoro a Yuls. Pero no sería la primera vez que podemos hablar con Alexander o contratar los servicios de...

—¡Ni hablar!

—Oliver. Sabes tan bien como yo que si hacemos lo que digo en unos días podrás saberlo todo de ella. Desde si se quitó un lunar en el dermatólogo hasta el nombre de su profesor en cuarto de primaria.

Lo sé. Sé que lo que dice es cierto, pero niego con la cabeza. Hacer algo así me parecería una tremenda deslealtad hacia Yuls.

—No quiero conocerla a través de un expediente, Rafael.

Quiero conocerla de forma natural. Que sea ella quien me hable de su familia, quien me la presente, quien me cuente qué sueños guarda, qué le asusta, qué le hace reír hasta desmayarse o qué cicatrices esconde.

Pero todo eso quiero que sea ella quien lo comparta conmigo, no que alguien me lo entregue escrito en un informe.

—Pero...

—Rafael, sé que la historia que tengo con Yuls comenzó de la manera más surrealista.

Pero hacer eso que dices, cuando hablo de amor y sentimientos, me parece una traición en toda regla.

Es más, sería algo que, si me lo hicieran a mí, yo no perdonaría.

—Rafael asiente. Creo que me entiende—. Prefiero que ella confíe en mí a satisfacer mi necesidad de control.

—Definitivamente, estás enamorado, ¡patatita!

Aún nos estamos carcajeando cuando la puerta de mi despacho se abre. Es mi secretaria, Diana.

—Señor Dávila, el señor Fitzpatrick por la línea tres —anuncia.

Meto las entradas en el cajón.

—Guárdame el secreto del concierto —le pido a Rafa.

—Recuerda. —Se levanta—. Esta noche os espero a ti y a Yuls en Basmal para celebrar mi cumpleaños. Cenita y fiesta.

—Allí estaremos.

Cuando se va, pulso la línea tres y sumergiéndome en una colección de arte del Peloponeso durante dos horas hablo con Fitzpatrick, y cierro un negocio redondo.

Esa tarde, cuando llego a casa, mi abuela está sentada viendo la televisión. Cuando me ve me sonríe, pero yo la saludo con frialdad, y subo a la habitación. Quiero ducharme antes de que llegue Yuls, para que nos podamos ir al cumpleaños de Rafa.

Cuando bajo, duchado y arreglado, la abuela me mira. Sabe que sigo enfadado con ella.

—¿Cómo estás hoy, mi vida? —pregunta.

—Bien.

—¿Vais al cumpleaños de Rafael?

—Sí.

Me siento en el sofá. Cojo el periódico que no he tenido tiempo de leer y comienzo a echarle una ojeada. Como era de esperar, la abuela se acerca y sentándose a mi lado me mira. Yo hago como si no me diera cuenta. Pero no puedo. Adoro a esa mujer. Así que finalmente bajo el periódico.

—¿Qué pasa, abuela? ¿Tienes fatiguita? ¿O quizá necesitas que te lleve en la silla de ruedas para que no te canses? —digo.

Ella mueve la cabeza.

—Aunque ya te he pedido perdón muchas veces —murmura—, te lo vuelvo a decir. Lo siento, mi vida. No lo hice bien. Te martiricé con una enfermedad y siento el dolor y la preocupación que te pude causar.

Mantengo una expresión seria. Pero sus ojos, esos ojos a los que adoro, al final, pueden conmigo.

—Vale, abuela, no me lo digas más veces —cedo—. Pero entiende que lo que hiciste no estuvo bien. Me engañaste. Me trataste como a un tonto y...

—Lo sé, hijo. Lo sé —me corta—. Pero cuando me comentaste que salías con alguien en secreto, y no con esa presentadora, me emocioné.

De pronto ibas de cena con una mujer que te interesaba, y no era de negocios, y eso me hizo comprender que esa persona era especial.

Por lo que me inventé la enfermedad. Temía que, por tu apatía o falta de tiempo, la pudieras perder.

—Abuelaaaa...

Cuando dice eso me doy cuenta de que se percató de que salía con Vanessa. Lo que ella no sabe es que, al creerme su enfermedad, fue cuando me inventé el resto sin que Yuls hubiera llegado aún a mi vida. Ni lo sabe ni se lo voy a contar. Será mi secreto inconfesable.

—A ver, mi vida. Eres un hombre muy ocupado. Siempre le has dado más importancia al trabajo que a tu propia vida personal. Y tuve claro que o yo hacía algo, o serías el eterno y amargado soltero.

Aún nos estamos riendo cuando la puerta del salón se abre y aparece el terremoto Yuls. Viene acelerada. Se acerca a nosotros y tras darme un beso en los labios que me sabe a poco, pero de maravilla, y a mi abuela uno en la mejilla, se va corriendo hacia las escaleras.

—¡Voy a ducharmeeeeeee!

Y yo sonrío como un tonto.

—Esa sonrisa enamorada es la que siempre he querido en tu rostro —dice mi abuela.

—Abuela...

—Estoy tan feliz por ti y por Yuls. Sois una parejita encantadora.

Reconozco que yo también estoy muy feliz. Suena su teléfono.

—Es tu hermana —anuncia—. Esta noche viene a cenar con Javi. Voy a contarles lo ocurrido. Merecen saber la verdad.

Suspiro. Que le cuente lo ocurrido a mi hermana significará aguantar a Lara con aquello de «Gordiiiii, te lo dije», «Gordiiii, con lo listo que te crees, qué tonto eres», pero asiento. Me parece bien que lo haga.

La abuela coge el teléfono y la escucho. Habla con la misma intensidad y fuerza de siempre. Con la alegría que yo conozco en ella; yo no puedo evitar sonreír. ¡Qué cabrona, cómo me ha sabido engañar!

Sediento, voy a la cocina y abro la nevera.

Saco una cerveza y estoy bebiéndola cuando aparece Yuls.

Va vestida con una falda larga de color celeste y una camisa blanca anudada en un lateral.

Reconozco que su manera de vestir, tan jovial y diferente a la mía, me gusta.

Ella, quitándome la cerveza de las manos, le da un trago sin importar cómo la miro y me apremia.

—Vamos, cielo, o llegaremos tarde.

¿En serio, ahora me viene con prisas?

Cuarenta minutos después, y en hora, cuando llegamos al restaurante donde Rafa ha organizado la cena de su cumpleaños rápidamente le presento a los amigos que no conoce. Los que ya conoce la saludan con amabilidad, especialmente Alexander. Entre ellos hay un excelente rollito.

Durante la cena, todos hablamos y reímos. Al no ser el anfitrión, puedo estar más a lo mío y disfruto de la compañía de mi mujer. Como siempre, es muy empática con todo el mundo y me encanta verla hablar y reír. Su vitalidad me hace feliz.

Acabada la cena, decidimos irnos a tomar unas copas. Se proponen varios sitios, y al final nos decantamos por El Rosal, un local muy bonito y animado al que he ido con mis amigos cientos de veces.

Una vez allí, cuando Yuls está bailoteando en la pista con Rafa y Alexander, oigo en mi oído:

—Hola, amor.

No me jodas. ¡Vanessa!

Incrédulo, me la quedo mirando.

—Acabo de llegar con unos amigos y, al verte, te quería saludar —murmura.

Suspiro. Está visto que debo buscar sitios nuevos a los que ir, porque en todos los que conozco me encuentro con ella.

—Tu falsa mujercita se lo pasa bien con Rafita —suelta, mirando hacia la pista—. La verdad, amor, pega más con él que contigo. Son bastante vulgares los dos.

Su comentario me molesta. Me encabrona. ¿Pero quién se cree que es ella?

—¿Cuándo nos vas a dejar en paz?

—¿A qué te refieres?