Todo bajo control, menos tú Capítulo 43
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Capítulo 43

Estamos a principios de junio y estoy alerta tras lo de las ruedas del coche de Oliver. Ya sé que una vez lo hizo el exmarido de Diana, pero una segunda vez... me preocupa, por eso lo apunté en mi cuaderno de sucesos.

Lo hablo con Kaory. Ella me entiende. Sabe de mis miedos e inseguridades. Pero le resta importancia al asunto. Me hace entender que estoy protegida y a salvo. Mi padre no sabe dónde estoy y no tengo nada que temer.

Pero de nuevo mi radar se ha activado y mi instinto me hace estar alerta.

Algo de lo que Lucas se da cuenta. Y, al final, la tarde en que vamos juntos al hospital para que le quiten la escayola —que todo sea dicho no lo hacen—, y después vamos a la residencia para ver a mamá, le hablo de ello.

Conoce mi historia, como yo conozco la suya, y me pide tranquilidad.

No debo anticiparme a cosas que no han pasado.

Y no debo ver fantasmas donde no los hay.

Le hablo de Oliver, pero él no quiere escucharme.

Sin embargo, sin querer mentirle le digo que por primera vez y estando a su lado me siento feliz y segura y que, contra todo pronóstico, me estoy enamorando de él.

Su cara es un poema, pero calla y no dice nada.

Mejor, porque seguro que sus comentarios no me iban a gustar.

Una de las tardes, cuando llego de trabajar, me sorprendo al encontrar el coche de Oliver aparcado fuera de la finca. ¿Qué hace allí?

Saco el mando a distancia para abrir la verja, pero no va. Lo intento varias veces, pero nada. La verja no se mueve. No funciona.

¿Se ha jorobado el mecanismo?

Ahora entiendo qué hace el coche de Oliver ahí aparcado. Lo que no entiendo es por qué ha vuelto a casa tan pronto.

Dejo mi coche junto al de Oliver. Me bajo y con la llave abro la portezuela y entro. Drako y Zorba vienen a saludarme y junto a ellos camino por el senderito hasta llegar a la casa.

Tener allí a Oliver me pone nerviosa. Desde nuestra salida con Lara y la posterior cena, ha intentado hablar sobre nosotros, pero como he podido he desviado el tema.

Me guste o no, siento algo por él, pero no puedo permitirme ilusionarme.

Lo nuestro es un contrato, y no estoy dispuesta a sufrir cuando se acabe.

Por lo que pongo distancia entre nosotros, aunque el corazón me grite lo idiota que soy.

Al abrir la puerta, oigo la voz de Oliver. Parece enfadado. Muy enfadado. Suelto el bolso en la entrada a toda prisa y, cuando entro en el salón, me encuentro con que allí están Altamira, don Nicanor, Ágata, Mónica y Oliver.

—¿Qué ocurre? —pregunto al entrar.

Ágata y Altamira se miran. Por su gesto, algo me dice que ya sé qué ha sucedido.

—Que mi abuela es una farsante, y el resto sus compinches, ¡eso ocurre! —grita Oliver, tremendamente enfadado.

Uissss, madreeeee...

Levanto una ceja. Ya sé por dónde va la cosa. Pero hago como que no entiendo lo que me dice y se acerca a mí.

—No se han dado cuenta de que he llegado —sigue vociferando—, y los he pillado fumando y bebiéndose un vinito mientras conjuraban sobre la falsa enfermedad que mi abuela supuestamente ha tenido.

—A ver, mi vida...

—Abuela —le corta con un tono tajante—. ¡Basta! Sé muy bien lo que he oído y lo que acabáis de confesar.

—Pero, mi vida, lo hice para que te casaras con Yuls.

—¡No me jodas, abuela!

—No te decidías a hacerlo y mira qué feliz eres ahora.

—¡Abuelaaaaa, por favorrrrr! —grita él de nuevo.

Vale. Vale. Vale. ¡Ya sé de qué va el tema! Y entiendo su cabreo.

Por aquella maldita mentira, Oliver se tuvo que casar conmigo. Y cuando este me mira en busca de complicidad, estoy dispuesta a que aquel problema se quede ahí.

—Recuerda, cielo —digo—, poner en la balanza todo lo bueno que Ágata tiene. Enfádate con ella lo justo y encuentra los motivos para entenderla y perdonarla.

Oliver resopla. Uissss, cómo resopla.

—¡Tú lo sabías! —escupe, y se quita las gafas.

Bueno... Bueno... Bueno... ¡que voy a soltar el gordo de la lotería!

—A ver... —musito, intentando quitarle hierro al asunto, aunque más que hierro ahora solo queda chatarra.

—Yuls, ¡no me jodas tú también!

Estoy a punto de decirle que controle sus palabras, pero creo que, si lo hago, la cosa se va a liar más, así que tomo aire.

—Lo sé desde hace tiempo —afirmo.

—¡¿Cómo?! —preguntan todos a la vez.

Oliver parpadea. Creo que me va a matar.

—¿Y tú por qué lo sabes? —pregunta Ágata.

Tengo la sensación de que Oliver en este instante me odia.

—El día que fui al concierto con Lara —explico—, entré en tu baño para coger rímel, y allí me encontré con ciertas cosas que llamaron mi atención, como unos polvos blanquecinos solo de uso teatral llamados «tez de muerte» que olían a chocolate negro.

Eso me hizo sospechar, como me hizo sospechar pillarte fumando, caminando sin bastón o bebiendo vino.

Por lo que te vigilé a ti y a todos, y un día, cuando creíais que no estaba, me enteré de qué iba toda la movida.

Altamira y Ágata se miran y se ríen.

—¿Dónde le veis la gracia? —sisea Oliver.

—A ver, hijo —interviene Altamira—. Ya sé que no es para reírse.

Pero tu abuela quería verte casado con Yuls.

Necesitaba que te acojonaras con su enfermedad para que decidieras dar el paso, y no me quedó otra que traer esos polvos que usamos en el teatro para cuando queremos que un personaje parezca que está a punto de cruzar el túnel.

—La madre que os trajo —le oigo murmurar, desconcertado.

Oliver me mira. Se mueve de un lado para otro.

—Lo siento, muchacho —se explica don Nicanor—. Pero no me quedó otra. A lo largo de mi vida, Ágata me ha hecho muchos favores y, cuando me pidió que mintiera para conseguir su fin, no pude decirle que no.

—Yo tampoco pude decirle que no —matiza Mónica con tono asustado.

Oliver se acerca a mí. Se coloca las gafas.

—¿Y usted, señorita Pérez, qué motivo tuvo para no habérmelo contado? —me pregunta con gesto de enfado.

Todos me miran cuando Ágata cuchichea:

—Aisss, qué juguetón es mi nieto.

—Realmente ninguno —respondo—. Simplemente no quería que tu abuela y tú discutierais por...

—Por Dios, Yuls, ¡me ha hecho casarme contigo! —me corta.

Asiento. Lo entiendo. Nuestra boda es un puñetero fraude que se podía haber evitado.

—Y mira lo feliz que eres —se mete Ágata antes de que yo pueda contestar—. ¿Acaso eso no me lo tienes que agradecer?

Oliver la mira. Uissss, cómo la mira.

Creo que en este momento hablarle de felicidad es lo último que necesita. Le suena el móvil, y no le queda más remedio que contestar. En silencio observo cómo Oliver habla con alguien y cuando termina la conversación mira a su abuela.

—El servicio técnico de la verja dice que el problema está en el motor. Mañana vendrán a cambiarlo. —Todos asienten y Oliver advierte—: Que nadie se mueva de aquí, porque voy a seguir hablando con todos vosotros. Ahora voy a aclarar a solas un temita con mi mujer.

A continuación, me agarra del brazo. Vamos a su despacho. Cierra la puerta de un portazo.

—¿Por qué no me habías dicho nada? —pregunta cabreado.

—¿Y qué te iba a decir? Tu abuela está tan sana como una rosa, pero te ha tomado el pelo para que te casaras conmigo o con la que fuera. Ah, no, guapo, ¡ni hablar! Yo en esa movida no quería entrar. Por lo que decidí callar, aguantar los seis mesecitos y después, ¡tema zanjado!

—Ella me engaña. Tú me engañas...

—Y tú la engañas a ella. ¿O acaso nuestra boda fue real?

Oliver resopla. Me mira. Se mueve por su despacho como un león enjaulado y, cuando se para, murmura:

—Al final, Lara tenía razón. A la abuela no le pasaba nada. —No seré yo la que diga lo contrario—: Estoy tan cabreado y sorprendido con todos que no sé ni cómo proceder.

Lo entiendo. La jugarreta que Ágata le ha liado no es algo agradable de descubrir. Tampoco el saber que yo lo sabía y callé. Trato de buscar una solución rápida.

—Ahora que sabes que Ágata está bien y fue todo una mentira, puedes contarle lo nuestro y podemos adelantar el divorcio —se me ocurre.

—¿Qué dices?

Oliver me mira. Uissss, cómo me mira otra vez.

Se quita las gafas. Las deja sobre la mesa. Se acerca a mí.

—No voy a decirle a mi abuela que lo nuestro es una farsa.

—A ver, Oliver...

—Yuls... ¿todavía no eres consciente de lo que siento por ti?

¿De verdad no ves que por ti he incumplido todas y cada una de las cláusulas de nuestro maldito contrato?

—Tiene más razón que un santo. Tanto él como yo lo hemos incumplido absolutamente todo—.

Aunque me jorobe el engaño de mi abuela, eso fue lo que provocó que te conociera, que aparecieras en mi vida, que fueras a mi despacho y me casara contigo.

Y sí. Inicialmente fue una farsa. No te conocía y no sabía lo increíblemente maravillosa que eras.

Pero ahora te conozco y siento algo tan especial por ti que, aun sabiendo que estabas enterada de lo de mi abuela y te lo callaste, no puedo enfadarme contigo.

Uissss, ¡qué monoooooo!

Oír aquello hace que todas mis defensas comiencen a tambalearse.

Intento cada día levantar diques, barreras, pero Oliver me las derriba una y otra vez.

Pero no. He de ser fuerte y mantener los pies en el suelo.

Han sido muchas las veces que he oído a Oliver o a Ágata decir aquello de: «No podemos permitirnos escándalos que afecten al negocio».

—Escucha, Oliver. Si nos divorciamos, puedes retomar tu vida y...

—¿Qué vida? —Eso hace que me calle cuando añade—: ¿Cómo tengo que decirte que ahora tú eres mi vida?

Madre mía. Madre mía, que me va a dar algo.

Me aclaro la garganta. Nunca imaginé a mi desestabilizador emocional diciéndome algo así.

—Pero qué dices...

—Digo la verdad —afirma—. Y sí. Sé que no te gusta prometer. Pero yo te puedo prometer que lo que siento por ti es real, tan real que ya no sé si voy a saber vivir sin ti.

Lo miro y estoy a punto de gritar «¡Socorrrooooo!» como siempre hace Lara.

Me retuerzo las manos mientras intento que no se dé cuenta de que mi cerebro ha dado error de sistema y estoy intentando reiniciarlo.

—Oliver, lo nuestro es un contrato que acaba en agosto y... —consigo articular.

—Y pienso dedicar cada día de aquí al 28 de agosto a enamorarte. Porque me he propuesto que no quieras separarte de mí.

Uissss... Uisss... y más uissss. Que el cerebro otra vez me da error.

¿Pero desde cuándo mi patatita es tan romántico?

Se acerca más. Tengo los pies literalmente pegados al suelo. No puedo moverme. Pasa sus manos por mi cintura y, acercándome a él, pregunta en voz baja:

—¿Acaso tú no te has saltado todas las cláusulas del contrato por mí?

Mi cabeza traidora y con voluntad propia asiente. Me delata.

Oliver sonríe.

—Pues ya está, cariño, ¡resolvámoslo! —Y acerca su boca a la mía.

Me besa. Lo beso.

Mientras mi cerebro y todo mi cuerpo se reinicia, disfruto de aquel tórrido beso de amor, y pienso en las cosas tan increíblemente románticas que me ha dicho. De pronto el beso se acaba y él me mira.

—Sé que muchas veces me ves como un estirado, un rancio, un hombre obsesionado con el control, y no te quito la razón —confiesa—.

No soy perfecto y tengo infinidad de manías.

Pero créeme cuando te digo que, por ti, soy capaz de cambiar porque ya no concibo la vida sin ti.

Y, aunque te cueste admitirlo, porque eres increíblemente cabezota, tú me quieres.

Y lo sé por cómo me miras cuando crees que no te miro y por cómo me abrazas cuando te acercas a mí.

Escucha, cariño, sé que sientes lo mismo que yo, y necesito que sepas que conmigo nada tienes que temer ni que ocultar.

Respira, Yuls. Solo tienes que respirar, me digo a mí misma, mientras siento que estoy ante el hombre que amo y que sabe qué botones me tiene que tocar.

Me mira. Lo miro.

Sonríe. Le sonrío.

Me da un beso que yo acepto y se lo devuelvo.

—Tú y yo tenemos una conversación pendiente —me dice cuando se separa—.

Pero no te voy a agobiar. Hablaremos cuando tú quieras.

Pero necesito que sepas que quiero conocer a tu madre, a tu hermano, a tu padre.

Y saber cosas de ti, de tu niñez, de tu adolescencia, de los lugares donde has vivido.

Quiero saber lo bueno, lo malo, porque dudo que en tu pasado haya nada oscuro como para que...

—¿A qué te refieres con eso?

—Me refiero a cosas atroces como que tengas que ver con un narcotraficante o algo peor —responde sin apartar su mirada de la mía—.

De ahí que te preguntara si había algo oscuro en tu pasado cuando nos conocimos, ¿lo recuerdas?

—Asiento. Claro que lo recuerdo—. Algo así, además de un tremendo dolor de cabeza, sería carnaza para la prensa.

Por lo tanto, hablemos, cariño. Lo quiero saber todo de ti, como quiero que tú sepas todo de mí. ¿Me prometes esa conversación?

—No —niego categórica. Oliver me mira incrédulo y yo, con el corazón encogido por lo que ha dicho, intento conectarme conmigo misma y consigo balbucear—: Sí a lo de la conversación. No a lo de prometértelo.

Oliver sonríe. Asiente.

—Que sea la última vez que me ocultas algo tan importante como lo que ha hecho mi abuela —me pide tras darme un rápido beso en los labios—.

Cosas así solo nos pueden hacer discutir.

—Tiemblo. Lo de su abuela es un juego de niños comparado con lo que le oculto.

Él reconoce—: Aunque estoy tremendamente enfadado con mi abuela, no sabes la felicidad que siento al saber que no estuvo tan enferma.

Confundida todavía por sus palabras y por que me siento la mayor farsante del mundo, consigo preguntar:

—¿Y por qué no se lo dices?

Oliver niega con la cabeza.

—Porque quiero que entienda que lo que ha hecho no está bien. Aunque, gracias a lo que hizo, he podido conocer a la personita más especial del mundo, que eres tú... mi vida.

¿A que me desmayo al final?

Como una tonta sonrío. Mi misil. Mi patatita. Mi desestabilizador emocional me está diciendo unas cosas que yo nunca esperé escuchar por su parte y, tras darme un nuevo beso, abre la puerta del despacho.

—Yuls, si vuelves a mentirme, la vamos a tener. Quedas advertida. —Levanta la voz para que le oigan todos.

Y luego entramos los dos en el salón, donde los cuatro farsantes esperan con gesto compungido, pues saben que lo que han hecho no está bien, y Oliver se explaya de lo lindo con ese carácter rancio que tiene cuando se lo propone.

Mientras, yo no puedo dejar de pensar en que ha dicho que está enamorado de mí, sin saber que soy la hija de un asesino.