Todo bajo control, menos tú Capítulo 42
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Capítulo 42

Mientras cenamos intento ser prudente y comedido.

Efectivamente, fui yo el que incluyó aquella maldita cláusula de «nada de preguntas personales» e incluso fui yo el que le dijo que no quería saber nada de su vida porque no me interesaba.

Pero, contra todo pronóstico, me interesa.

Y me interesa mucho. Por eso le digo que todo está controlado, menos ella.

Oigo la risa de Vanessa. Sé que lo hace para que no olvide que está ahí, pero a mí me da igual. Vanessa es alguien de mi pasado que ahí se quedó.

Durante la cena, Yuls y yo conseguimos pasar un rato agradable obviando hablar de lo que me interesa. Está claro que ella no quiere mencionarlo. Cada vez que lo intento pone una barrera, y no quiero agobiarla. No soy así.

Cuando salimos del restaurante, por inercia nos damos la mano. Aquel gesto es algo tan normal entre nosotros que al hacerlo nos miramos y sonreímos.

¿Por qué a veces es tan fácil y otras tan difícil?

Caminamos por la calle con tranquilidad en busca del coche y, cuando nos acercamos, le doy al mando a distancia.

Las luces del coche se encienden y apagan para saludarnos.

En ese momento se acerca a nosotros un tipo con pintas extrañas.

Veo que Yuls hace un movimiento seco con celeridad y me deja a su espalda.

¿Pero qué hace?

Sorprendido por aquello, voy a hablar cuando el tipo en cuestión de pronto saca una navaja.

—Eh, ricachón —dice, mirándome—. Afloja el peluco que llevas y las llaves del coche, ¡cagando leches!

Vale. Este tipo nos va a atracar. ¡Joderrrrr!

Y, cuando estoy quitando a Yuls de delante de mí, súbitamente, ella coge impulso y le suelta una patada que manda al individuo de culo al suelo. Acto seguido, se acerca a él. Él tipo coge la navaja. Se levanta. Y cuando de nuevo voy a sujetar a Yuls, ella se mueve.

—El peluco y el coche del ricachón se van a quedar con nosotros —suelta—.

Y tú, gilipollas, espabila porque tienes tres opciones.

Pirarte cagando leches, recibir una buena hostia por mi parte que no la vas a olvidar en tu puta vida o esperar a que venga la pasma y dormir en el calabozo. ¡Tú decides!

Boquiabierto, miro a Yuls. ¿Pero qué dice?

Segundos después, el tipo echa a correr calle abajo. Entonces Yuls se gira hacia mí y, como si no hubiera pasado nada, me sonríe.

—¿Pero te has vuelto loca? —Mi cara de pasmo es un poema.

Yuls se encoge de hombros.

—El loco era él si se pensaba que te iba a quitar el reloj y el coche —replica con una tranquilidad asombrosa.

Durante unos segundos soy incapaz de articular palabra. Lo que acaba de pasar podría haber terminado muy mal, aunque ella sonríe.

—Mis clases de defensa personal para algo tienen que servir. Al menos, ya he amortizado la matrícula, ¿no crees?

La miro sin dar crédito.

—¿Tú eres consciente de que ese tipo llevaba una enorme navaja en las manos? —pregunto, ofuscado.

—Sí.

—¿Y aun así le has dado una patada?

—Si le daba un abrazo se podía confundir.

¿De verdad está bromeando con esto?

Pero su cara. Su gesto. Su sonrisa. Todo en ella me desarma. No me queda más remedio que sonreír.

—Me parece muy bien que sepas defensa personal —digo—, pero si vienes conmigo, permite que sea yo quien te defienda.

Pone los ojos en blanco. ¿En serio? ¿De verdad me ve tan enclenque?

—¿Defenderme tú a mí? —suelta—. ¿De qué?

Si al que le iban a levantar el reloj y el coche era a ti, no a mí.

—Se mofa. Se está riendo de mí. Eso me encabrona—: Venga, patatita gruñona —me pide, agarrándome del brazo—.

Entremos en el coche. Es tarde, y, posiblemente, como sigamos aquí luciendo tu glamur de millonario, va a venir otro a robarnos.

—Pero cuando Yuls rodea el coche y llega a la puerta del copiloto, señala—: Siento decirte que tienes una rueda desinflada.

—¡Joderrrrr! —exclamo cuando constato que es verdad. Ella sonríe y yo refunfuño—: Llamaré a la asistencia de mi seguro para que venga a cambiarla.

—Podemos cambiarla nosotros.

—Por poder, podemos, perooooo creo que es mejor que lo haga la asistencia técnica —insisto, no dispuesto a mancharme de grasa.

Yuls asiente. Se sienta en el bordillo de la acera y se enciende un cigarrillo.

—Pues, patatita, paciencia, que toca esperar —murmura.

Por supuesto que toca esperar. Pero no han pasado ni diez minutos cuando aparece el coche taller.

—Los ricos qué facilito lo tenéis todo —se sorprende Yuls—. Porque si esto me ocurre a mí con mi coche, la horita y media de espera no me la quita ni Dios.

No respondo. Sé que tiene razón. Pero, por suerte, la marca de mi exclusivo coche tiene un servicio especial, que para eso pago.

El hombre del coche taller rápidamente se pone a la tarea. Lo que él hace en veinte minutos, yo lo hubiera hecho en dos horas. Tras quitar la rueda me mira.

—Alguien le dio un navajazo al neumático, señor Dávila —me explica.

—¿Otra vez? —me sorprendo.

—¿Cómo que otra vez? —pregunta Yuls.

Le comento que días atrás me pasó lo mismo en el aparcamiento de la oficina y se queda muy seria. Tanto que me preocupa. ¿Qué pasa?

Cuando el hombre del coche taller soluciona lo de la rueda, le firmo los papeles y se marcha. Ya en el coche, antes de arrancar, me doy cuenta de que Yuls está pensativa.

—¿En qué piensas? —quiero saber.

—¿En el garaje de tu oficina hay cámaras de seguridad?

—Sí.

—Pues vamos a revisarlas. Quiero ver quién te ha pinchado la rueda.

Niego con la cabeza. ¿Pero qué dice? Lo que pasó allí fue algo circunstancial.

—Ni hablar. Nos vamos para casa —respondo.

Yuls abre la puerta del coche. Se baja. ¿Qué hace?

Abro mi puerta. Me bajo. Y mirándonos por encima del coche voy a protestar, pero ella, con un gesto que no entiendo, dice:

—Vete para casa. Yo iré a la oficina para revisar esas cámaras.

—Pero...

—¡He dicho que voy a ir! ¡Te queda claro! —me chilla, fuera de sí.

Su voz. Su gesto. Todo en ella me alerta. ¿Qué le pasa?

La miro.

—De acuerdo. Móntate. Iremos a la oficina —claudico, sin ganas de discutir.

En un silencio extraño recorremos el trayecto hacia la oficina.

Es Raúl quien está esta noche y, tras decirle el día que necesito visionar en las cámaras, las buscamos.

Yuls está tensa. Incluso diría que respira con dificultad.

Veo en las imágenes quién me ha pinchado la rueda del coche con una navaja.

—Es Pedro. El exmarido de Diana —desvelo.

Yuls entonces cierra los ojos. Por fin, veo que respira y, tras indicarle a Raúl que me haga una copia para poner una denuncia, nos montamos en el coche y conduzco hacia casa.

En el camino va callada. Su gesto y en especial su ceño fruncido me hacen saber que está pensando en algo, pero no insisto. No quiero agobiarla. En silencio, voy conduciendo por las calles de Madrid.

—¿Por qué te has puesto tan nerviosa con lo de la rueda? —pregunto, deseoso de romper aquel silencio.

Gira la cabeza hacia mí. Intento descifrar su mirada.

—Porque eres un hombre con poder y dinero y hay mucho loco suelto por el mundo —responde.

Sonrío. Sus palabras me hacen gracia.

—Pues tranquila. Ya has visto que el loco que me la pinchó en la oficina fue el exmarido de Diana. —Hace un gesto de asentimiento, pero sigue pensativa. Yo trato de romper su mutismo—: He visto que dominas bien la jerga callejera.

—A ver cómo te lo digo sin que suene fatal —responde, y veo una sonrisa en sus labios—. La vida y mi curro me han enseñado que los buenos modales sirven de poco cuando las cosas se ponen muy feas.

—¿Cuándo aprendiste defensa personal?

—Hará unos diez años. Cuando vivía en Valencia.

—¡¿Valencia?! Y, al ver cómo la miro, explica—: Antes de vivir en Madrid, viví en otras comunidades como Valencia.

Allí comencé a aprender defensa personal y luego, cuando me mudé a Madrid, proseguí con ella.

Actualmente voy tres veces a la semana a un centro de acogida de mujeres víctimas de violencia de género a dar clases.

Vaya, menuda sorpresa. Sin esperarlo, me estoy enterando de cosas de ella que no sabía. Ahora sé adónde va muchos días cuando desaparece y sé que no está en el centro donde trabaja. Volvemos al silencio, que yo me encargo de romper.

—El otro día me confesaste que tú nunca te sientas de espalda a una puerta.

¿Puedo saber por qué? —me animo a seguir con las preguntas.

Yuls mira al frente. No contesta, e insisto—: Por favor, Yuls.

Quiero entender por qué duermes con una luz de emergencia, por qué pones una maleta ante una puerta, por qué tu armario está vacío o cómo te hiciste la cicatriz de la mano o la de la frente o...

—Para el coche.

—¡¿Qué?!

—¡Que pares el coche! —repite.

Hago lo que me pide y ella se baja del vehículo.

Joder, ¡otra vez!

Rápidamente lo hago yo. Me acerco hasta ella, que se está encendiendo un cigarrillo, y cuando acaba, me mira y veo en sus ojos un brillo que no sabría cómo definir.

—Hay cosas... de mi pasado de las que no me gusta hablar —reconoce—. Y... yo, yo no quiero causarte problemas. Por lo tanto, deja de querer saber y tener el control de mi vida, porque eso no va a pasar.

—¿De qué estás hablando?

Yuls me mira. Veo el agobio en su mirada. Definitivamente, algo ocurre.

—Vámonos. —Abre la puerta del coche—. Y, por favor, no sigas preguntando.

—Pero Yuls...

—Cláusula uno, punto cuatro. Nada de preguntas personales. Por lo tanto, para de una santa vez, ¡y no preguntes! —me chilla.

Acto seguido, cierra la puerta del coche. Desde el exterior y mientras rodeo mi vehículo para meterme en él, veo que apaga el cigarrillo en el cenicero.

—Siento haber invadido con mi cigarrillo tu espacio libre de humos —se disculpa cuando me siento al volante.

—No te preocupes —murmuro.

En silencio llegamos a casa mientras yo le sigo dando vueltas a lo que ha pasado. ¿Qué le ocurre a Yuls?