Capítulo 41 #3
—De Distorsión Cerebral —se reafirma Oliver.
Vanessa me mira. Creo que le acaba de dar diarrea cerebral y, cuando sonrío, el que es mi maridito añade—: Y en cuanto a la vestimenta de mi mujer, te lo dije y te lo repito.
Ella no necesita pedirte opinión, porque sabe muy bien qué ponerse para cada ocasión. ¿Te queda claro, Vanessa?
¡Ole y ole! ¡Me lo como!
Estoy por levantarme y darle un besazo de campeonato cuando aquella idiota, porque es idiota, indica:
—Si tú lo dices, Oliver.
Se origina un silencio incómodo, pero aparece el camarero con nuestros primeros platos.
—En mi nevera sigue esperando esa botella de vino francés... amor —dice Vanessa, bajando la voz.
—Lo que te gusta lo francés... —me mofo.
Oliver sonríe por mi comentario.
—No bebo con personas que convierten el veneno en costumbre —espeta.
Uisss, lo que le ha dichooooo. Ahora sí que me lo como.
Me levanto. Y sin pensar en dónde estamos le doy un besazo no de campeonato, sino de Champions, y siento que Oliver lo acepta encantado. Por el rabillo del ojo veo cómo aquella víbora abre los ojos descomunalmente y dándose la vuelta se aleja, yo diría que enfadada.
¡Anda y que le den!
El camarero deja nuestros platos sobre la mesa y se va. Con una sonrisa separo mis labios de los de Oliver.
—Con lo que has dicho, merenguito, te has ganado un beso de Champions como mínimo —murmuro, volviendo a sentarme.
Oliver sonríe. Asiente. Pero veo que se fija en cómo Vanessa se acerca al italiano, que rápidamente la agarra por la cintura.
—¿Quién es su acompañante? —pregunto.
—Maximiliano Fontana —responde con gesto serio—. Un famoso marchante de arte italiano con el que pensé que no la volvería a ver.
Vale. A mí así no me puede dejar. Necesito saber la segunda parte de ese jugoso chisme.
—¡¿Por qué dices eso?! —curioseo.
Oliver me mira. Le estoy mostrando mi lado chismoso y, adelantándose en la mesa, se acerca a mí.
—La mujer de Maximiliano estaba embarazada y por una carta que Vanessa le escribió llena de veneno perdió el bebé que esperaba —cuchichea.
—Noooooo.
—La noticia de la pérdida del bebé trascendió a la prensa, pero el nombre de Vanessa nunca se hizo público.
Si la realidad salía a la luz, el escándalo afectaría a Maximiliano y perjudicaría gravemente a su negocio.
Y, por supuesto, a Vanessa y a su gran popularidad en Italia.
Y cuando su mujer le pidió el divorcio, me consta que le salió bien caro.
—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Te lo contó Vanessa?
—No. Ella no me lo contó. Ni sabe que lo sé. Me enteré porque, hace unos meses, Maximiliano, cuando se enteró de que me veía con Vanessa, me llamó para advertirme de ella. Aunque, bueno, por lo que veo, él vuelve a tropezar con la misma piedra.
Me parece increíble lo que me cuenta. Desde luego, la tal Vanessa es una buena pieza de coleccionista. Y, para cambiar de tema, miro los espárragos blancos que tengo enfrente.
—Madre mía, ¡qué pintaza tienen! —exclamo.
—Pues a disfrutarlos.
Hambrientos, los disfrutamos los dos mientras charlamos y reímos recordando cosas del concierto. Está claro que Distorsión Cerebral le ha impresionado, pero para bien. Traen el segundo plato, que es una excelente carne con salsa de pimienta verde.
—Tenemos que hablar —dice Oliver. Sé a lo que se refiere. Pero decido hacerme la sueca, la rusa, la checoslovaca, aunque él insiste—: Hace días, sobre mi cama nos dijimos cosas importantes que deberíamos comentar. Y una de esas cosas es saber por qué mencionaste «la mala suerte que tienes».
Vale. Va derecho al grano.
—Esto que nos ocurre es por la novedad —trato de echar balones fuera.
—¿La novedad?
—Somos tan diferentes a lo que estamos acostumbrados que eso es lo que nos ha llamado la atención el uno del otro. Pero, tranquilo. Es un agilipollamiento momentáneo con fecha de caducidad.
—¿Agilipollamiento momentáneo con fecha de caducidad?
—Sí, Oliver. Todo pasará. Y a partir del 28 de agosto, ¡adiós muy buenas!
—Mi desestabilizador emocional levanta las cejas.
Se quita las gafas. Las deja sobre la mesa y, cuando va a hablar, me adelanto—: Tu meta no soy yo.
Tu meta es alguna con el estatus de muchas de las que están en este restaurante.
—¿Y quién dice eso? —Sorprendida, no respondo. ¿Para qué? Y él se empeña—: Me interesas tú. Quiero saber de ti.
—¿Y qué quieres saber?
—Todo.
Uissss, ¡¿todo?!
Este no sabe lo que dice.
—Como te dije hace poco, tengo todo bajo control, menos tú —recalca.
Asiento. Lo sé. Sé que soy la nota discordante en su vida. Eso que se le escapa y no puede controlar.
—Cláusula uno, punto cuatro —señalo con cierto retintín—. Nada de preguntas personales. Eso fue algo que tú incluiste en el contrato. Simplemente respeto tu petición.
—Me equivoqué.
Me encojo de hombros.
—Sin entrar en si te equivocaste o no, solo te diré que, igual que yo respeté lo que tú pediste, espero que ahora hagas lo mismo. Y si todo lo tienes controlado menos a mí, es tu problema, no el mío. Nunca te he dado permiso para que me puedas controlar.
Oliver asiente. Sabe que tengo razón. Corta un pedazo de carne y se la mete en la boca. Su gesto es molesto, pero, mira, ¡que le den!
¿Pero de verdad se pensó que yo me dejaría controlar?