Capítulo 41 #2
El concierto empieza con la canción Chiquilla , de Seguridad Social, y Lara y yo comenzamos a cantar y a bailar como si no hubiera un mañana.
Oliver nos mira. En un principio lo hace como si fuéramos dos bichos raros, y Lara y yo lo increpamos, para su horror.
Y cuando varias canciones después Piero nos hace salir al escenario a Lara y a mí para que le hagamos los coros en la canción No puedo vivir sin ti , de Los Ronaldos, Oliver, horrorizado por aquello, huye hacia la barra.
Eso me hace gracia. Lo sigo con la vista cuando mis ojos se paran en alguien que está entre la gente y sé, por la gorra que lleva como una chapa brillante en el centro, que es la misma persona que vi en la barra.
Segundos después, con la marabunta de gente que hay y las luces que se mueven, lo pierdo de vista.
Tengo que apuntar en mi cuaderno de sucesos aquellas sensaciones que he tenido hoy.
Desde el escenario, Lara y yo disfrutamos cantando, hasta que veo que Oliver regresa con algo en las manos a la zona adonde Piero nos llevó. Y me sorprendo al ver que canta, ¡incluso mueve el cuello al compás de la música!
¡¿Qué le han echado en la bebida?!
Mientras canto y bailo, no puedo dejar de mirarlo, de la misma manera que él no deja de mirarme a mí. Nuestras miradas se conectan y, como dice la canción, deberíamos estar cansados de nuestras rarezas, pero va a ser que no, porque queremos más.
Ese hombre, tan comedido y en ciertos momentos estirado, y yo no pegamos ni con cola. Pero aquí estamos.
Uissss, madre mía, lo que me entra por el cuerpo cuando canto eso de «No puedo vivir sin ti, no hay manera». ¿Pero acaso me he vuelto loca? ¿Cómo puedo estar cantándole a un rancio algo así? ¿Acaso me tengo que recordar a mí misma que lo nuestro tiene fecha de caducidad?
Lo que nos confesamos hace unos días, aunque lo paramos y no lo hemos vuelto a hablar porque nos hemos evitado, no deja de darme vueltas por la cabeza, y algo me dice que a él le pasa lo mismo.
Oliver me gusta. Me gusta mucho. Pero no.
No puede ser. Lo nuestro es impensable. Debo poner diques.
Debo pararlo. Él y yo no estamos hechos el uno para el otro.
Nuestras vidas nada tienen que ver. Y, además, odiaría perjudicar a su familia, a su negocio y a él si alguna vez Vicente saliera a la luz.
Por lo que, una vez que se acabe el contrato, ¡adiós muy buenas!
Cuando minutos después la canción se termina, el público que la ha cantado aplaude fervientemente, y veo a Oliver que se lleva los dedos a la boca y silba.
¡¿En serio está haciendo aquello?!
Divertidas, Lara y yo bajamos del escenario y nos acercamos a él, que nos abraza riendo mientras nos llama «¡locas descerebradas!».
Instantes después, Oliver, que no ha soltado mi mano, se acerca a mi oído y dice:
—¿Te apetece que nos vayamos a cenar cuando esto acabe?
—¿Todo el grupo?
—No. Tú y yo.
—¿Solos?
—Sí.
—¿Como si fuera una cita? —insisto.
Sin vacilar, asiente. Y al ver su sonrisa, olvidándome de los diques que segundos antes yo misma me propuse poner, me muestro de acuerdo.
Madre mía, ¿qué estoy haciendo?
Cuando el concierto acaba, Oliver aplaude con la misma intensidad que lo hacemos Lara y yo. Nos despedimos de Lara y del grupo, que entienden que nos vayamos solos a cenar, y salimos a la calle.
—¿Adónde vamos? —le pregunto.
—Hice la reserva en un excelente restaurante de un amigo —dice, tomando mi mano.
Lo sigo. Se podría decir que esta noche está siendo sorprendente. Primero vamos juntos a un concierto y ahora solos a cenar. ¡Qué fuerte!
Cuando llegamos a un bonito restaurante en la Cava Baja y entramos, me siento un poco fuera de lugar. Allí la gente va muy elegantemente vestida y yo voy en vaqueros y con cazadora de cuero.
Algunos nos miran, y Oliver saluda a varios de ellos. Está claro que aquel es su ambiente.
—En el concierto la nota discordante en cuanto a ropa eras tú —le digo cuando veo que algunos de los comensales no dejan de mirarnos cuando nos sentamos—. Y aquí ahora soy yo. Menos mal que llevo en mi dedo un anillo de Cartier —me mofo.
Oliver se encoge de hombros.
—Si yo aguanté el tipo en el concierto, ¿aquí no lo vas a aguantar tú?
Divertida, no me queda más remedio que afirmar, y agarrando la carta del restaurante la miro mientras el camarero y Oliver hablan de vinos.
—El vino, tú y yo nunca es buena combinación —digo cuando el camarero se va.
—Somos adultos. Tranquila.
¡¿Tranquila?!
Uisssss, como comencemos con vinito, ya sabemos cómo terminamos. Pero, mira, como los regímenes, decido empezar a poner los diques al día siguiente. ¡Que me quiten lo bailado!
—¿Qué te ha parecido el concierto? —quiero saber mientras esperamos a que traigan nuestra comanda.
—No ha estado mal —admite, y luego baja la voz para reconocer—: Piero, con toda esa pinta de bestia del infierno que tiene, es mucho más juicioso que mi hermana. Eso sí, me muero por ver la cara de la abuela cuando se lo presente.
—Pero ¡qué sorpresa!
¡¿Vanessa?!
Y, volviéndome para mirarla, falsamente sonrío al verla junto a un tipo alto y muy muy guapo.
Aquella impresentable está impresionante con un vestido color verde, pero, la verdad, el tipo que la acompaña para mi gusto la eclipsa.
—Hola, Maximiliano —lo saluda Oliver.
— Ciao, Oliver! Come stai? —responde el guaperas.
Oliver me presenta a aquel tipo, que me da dos besos, pero segundos después se excusa y se aleja para saludar a otras personas.
Vanessa no se mueve. Como siempre, va impecable y, por supuesto, me doy cuenta del escaneo que me hace. Está claro que está cuestionando cómo voy vestida. Es más, por jorobarla estoy a punto de decirle que llevo los mismos vaqueros del mercadillo.
—Querida, te dije que me llamaras para poder asesorarte sobre cómo acudir vestida a los sitios —me suelta.
Uisss... Señor, dame paciencia, porque como me des más fuerza, la estampo contra la mesa y más como me diga eso de la credibilidad, honor y prestigio.
—Vanessa, venimos de un concierto y... —sisea Oliver.
—¿Has ido así vestida a un concierto en el Teatro Real? —balbucea. Y mirando a Oliver murmura, bajando la voz—: Pero, amor... Esos conciertos llevan cierta etiqueta. ¿No piensas en tu reputación?
¡¿Teatro Real?! ¡¿Etiqueta?!
Oliver me mira. Sonríe y coge mi mano por encima de la mesa.
—No hemos ido al Teatro Real —explica—. Hemos estado en una sala de Madrid, en el concierto de Distorsión Cerebral.
Uisssss, ¡la cara que pone ella!
—¿Tú en un concierto de qué...?