Capítulo 41
Cuando entramos en la sala donde se va a celebrar el concierto, noto cómo la mano de Oliver aprieta la mía y me tengo que reír. Mientras todos vamos en vaqueros y cazadoras de cuero, él viste vaquero, pero con camisa y americana. Menos mal que no se ha puesto corbata.
Ciertos individuos con los que nos cruzamos lo miran de arriba abajo y lo prejuzgan. Aunque, bueno, siendo justos, él hace lo mismo con ellos en cuanto ve un tatuaje en la cara. Por lo tanto, empate técnico en prejuicios.
Lara, a la que veo que le encanta picar a Oliver, indica con una sonrisa:
—Gordi, no sé si te has dado cuenta, pero con esa americana de Giorgio Armani vas dando bastante el cante.
—¿Te digo yo a ti con qué das el cante?
Veo cómo los hermanos se miran. Uisss. Malo. Malo.
—Pues a mí me parece que está muy guapo con esa americana —atajo para que no se enzarcen en una pelea como la del coche.
—El amor, cuñi... ¡te tiene completamente cegada!
No puedo evitar sonreír. Y cuando voy a responderle, Lara pega tal grito que hace que todo el mundo se pare y nos mire.
—¡¡Cosirritita lindaaaaaa!!
La cosirritita linda es Piero, que se acerca a nosotros con una sonrisa de oreja a oreja mientras Lara corre hacia él como un misil teledirigido. Se lanza a él. Se le cuelga del cuello y comienzan a besarse con tal entusiasmo que temo que cancelen el concierto por muerte por asfixia del cantante.
Miro a Oliver. Su gesto merecería ser fotografiado y expuesto en su galería.
—Es Piero. Su novio —le informo.
Sin apenas mover los labios, oigo un clarísimo:
—¡No me jodas!
Oliver mira al tipo que se está comiendo literalmente a su hermana delante de nosotros como si fuera un lobo de la estepa.
Piero es un hombre de treinta y tantos, viste una camiseta de tirantes verde tan rota que parece haberse pegado con un oso.
Lleva los brazos y el cuello cubiertos de tatuajes y, la verdad, aunque luego es juicioso, el aire que desprende es intimidador.
Minutos después, cuando los dos deciden volver a respirar, Lara nos dedica una radiante sonrisa.
—Cosirritita, a Yuls ya la conoces —dice.
Oliver sigue mirando a Piero. Creo que todavía está procesando que aquel armario empotrado lleno de tinta sea el novio de su hermana.
—Hola, preciosa. —Se acerca para besarme con cariño.
—Y el guapito, elegante y repeinado que está con ella y que parece una hoja de Excel con patas es mi hermano Oliver. —De reojo, miro a Oliver. Le ha reventado oír aquello, pero Lara, que no teme por su vida, sigue a lo suyo—: Gordi, ¡te presento a mi novio, Piero!
Piero y Oliver se examinan en silencio. Se escanean.
Se catalogan. Y para mí es fascinante observarlos.
Físicamente no pueden ser más distintos.
Oliver parece sacado de una película de James Bond y Piero de una del Oeste donde pone «se busca».
Y, sin embargo, ambos tienen esa serenidad de quien solo monta un escándalo cuando es necesario.
Piero rompe el hielo. Es el primero en saludar.
—Un placer conocerte, Oliver. —Y le tiende la mano.
Oliver suelta mi mano.
—Lo mismo digo, Piero —responde algo envarado, pero con decisión estrecha su mano.
Durante unos segundos, veo que ninguno de los dos afloja. Más que un apretón, lo que están haciendo es una negociación territorial.
—¡Pero si ha venido mi neeeenaaaaaa!
Al oír aquel bramido miro hacia la derecha.
Braulio, aquel gigantón de casi dos metros, viene hacia nosotros con los brazos abiertos y con la misma delicadeza que un camión sin frenos. Y, antes de que me coja y me haga volar por los aires, digo:
—Braulio, te presento a mi marido, Oliver. Oliver, él es Braulio.
Sin cambiar su gesto, Oliver lo mira. Lo escanea como hizo con Piero e incluso creo que calcula el diámetro de su bíceps. Braulio, en cambio, se acerca y sin más lo abraza. Uisss... con lo poco que le gusta a mi misil el contacto físico.
Pero ya es tarde. Braulio lo espachurra contra su cuerpo. Y, tras dar darle dos golpes en la espalda que posiblemente le han roto algo, dice:
—¡Encantado de conocerte, colega! Y, oye, enhorabuena por la mujer que tienes. Ya la querría yo para mí. Es más, voy a ser sincero contigo. El día que me entere de que mi nena te ha dejado, iré a ayudarla a hacer las maletas para llevármela al fin del mundo.
Todos nos reímos. Todos menos Oliver, que se recompone de los golpes de aquel y se recoloca la americana con la dignidad que le queda.
—¡Nena! ¡Estás espectacularrrrrr! —grita Braulio.
Y sin previo aviso vuelve a la carga. Me abraza. Me levanta del suelo como si pesara menos que una bolsa de gusanitos. Me sube por los aires y, cuando me deja en el suelo, Oliver coge mi mano.
—Estoy contigo, colega. Mi mujer es espectacular —suelta, acercándome a él.
¡¿Colega?!
¡¿Oliver?!
¡¿Mi Oliver, ese que en ocasiones pide un café como si estuviera firmando un tratado internacional, acaba de decir «¡colega!»?
No me da tiempo a reponerme de aquello cuando veo que Braulio y Oliver se estrechan la mano y se la chocan.
¡¿En serioooooo?!
¿Pero qué alucinógenos tenía el agua que he bebido antes de salir de casa? Empiezo a pensar que los golpes de Braulio le han provocado una conmoción cerebral.
—Vamos —indica Piero—. Acompañadnos y os dejamos en buen sitio.
Incrédula, estoy mirando a Oliver como el que mira un fenómeno paranormal cuando él coge mi mano con seguridad.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—¿Tú has dicho «colega» y le has chocado la mano?
Oliver se ríe. Uisss, lo atractivo que me resulta cuando se ríe así.
—Hay facetas de mi vida que no conoces, como yo no conozco las tuyas.
Estoy totalmente desconcertada, y reconozco que ahora tengo una curiosidad feroz.
Nunca le he preguntado por su pasado porque sabía que no debía.
No quería incumplir esa parte del contrato.
Pero acabo de descubrir que Oliver es capaz de decir ««colega» y «chocar el puño» con total naturalidad, y quiero saber, a pesar de que me pueda denunciar.
Piero y Braulio se encargan de llevarnos a un sitio considerado vip. Allí nadie nos molestará. Lara y Piero siguen besándose como si llevaran tres años sin verse y fueran las últimas personas del planeta.
Braulio se va. Oliver y yo nos miramos y no sé por qué nos sonreímos. Es la primera vez que estamos en un lugar como aquel sin que nadie nos obligue a estar, con la música a todo trapo y tan fuera de la zona de confort de Oliver.
Un camarero se acerca para preguntarnos qué queremos beber.
—Pero buenooooo. Si la ex más enrollá que he tenido está aquí —oigo decir a alguien.
Es Tito. Tuvimos un rollito corto hace tiempo.
—Holaaaa, ¿qué tal? —lo saludo. Nos damos dos besos e indico—: Tito, él es Oliver, un... un amigo. Oliver, él es Tito.
Los dos se saludan con cordialidad. Durante unos minutos hablamos y nos reímos.
Tito es muy salado. Y entonces me fijo en un espejo que tengo ante mí.
Con coquetería, me coloco el pelo y mis ojos se fijan en alguien que está al fondo de la barra con una gorra oscura con algo brillante en el centro. Pero al volverme para mirar ya no está.
Tito me pone al día de su vida en unos minutos y, cuando se va, Oliver me pregunta:
—¿Ha dicho que sois ex?
—Sí —afirmo, mirando alrededor—. Fue un rollito pasajero. —Oliver asiente y yo, al ver su gesto ofuscado, me mofo—: ¿Saber eso te hace incumplir la cláusula uno, punto dos?
—Por supuesto que no —indica rápidamente al saber que hablo de celos. —Vale. Lo creeré—. ¿Por qué no le has dicho que soy tu marido? —vuelve a preguntar.
Oír eso no sé por qué me provoca risa. ¡Menuda locura!
—Porque vas a dejar de serlo pronto y no me apetece tener que dar luego explicaciones —respondo, dirigiéndole toda mi atención.
Mi sexi marido asiente. Creo que me entiende.
Piero se acerca a nosotros con Lara y durante un rato hablamos los cuatro.
Mientras lo hacemos soy consciente de cómo Oliver cambia su percepción de Piero.
Se lo noto en la cara y en la manera de hablarle.
A pesar de sus tatuajes y su pinta de bruto, Piero es educado, empático y encantador.
Tanto que Oliver y él se intercambian los números de teléfono.
Aquello a Lara le sorprende y me mira alucinada.
En un momento dado, a mi nariz llega un aroma y velozmente busco a mi alrededor.
No es un olor cualquiera. Es un olor a rancio que nunca he podido olvidar.
Con las pulsaciones a mil, escaneo el local con la mirada esperando descubrir al dueño del hedor.
Pero no lo veo. No lo encuentro. Instantes después, el desagradable olor igual que llegó se marcha y, confundida durante un buen rato, estoy alerta mientras me digo a mí misma que es un error.
Allí hay mucha gente y me estoy sugestionando yo sola.
Un buen rato después, y sin que Oliver ni nadie se hayan percatado de lo que me pasa, Piero se despide de nosotros porque uno del grupo viene a avisarle.
—Os dejo. Regreso con el grupo, que el concierto ha de comenzar.
Cuando se va, Lara se acerca a su hermano y lo agarra del brazo.
—Aisss, gordiiiiiii, ¿qué te ha parecido mi chico? ¿Pasa o no pasa la inspección? —quiere saber.
—Reconozco que no es lo que en un principio pensé. Y sí. Me ha parecido un tipo con un par de dedos de frente.
—Los que no tengo yo, ¿verdad?
—Exacto, Lara. Los que no tienes tú —afirma él.
Oliver y Lara se miran. Se sonríen. A su manera se entienden. Y yo me emociono.
Mientras hablan, se abrazan y comunican, inconscientemente pienso en cómo habría sido mi relación con mi hermano Andy. Imaginarlo siendo un adulto es algo que en pocas ocasiones me permito, pero, cuando lo hago, estoy segura de que tendríamos una bonita y excelente relación.
—¿Y ese gesto?
Es la voz de Oliver. Al mirarlo me doy cuenta de que Lara está hablando con una chica que se ha acercado.
—Nada. No pasa nada —respondo.
Oliver me da la mano y me la aprieta. Ese gesto tan empático me sorprende. Piero y su grupo salen al escenario y todo el mundo de la sala comienza a gritar.