Todo bajo control, menos tú Capítulo 40
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Capítulo 40

El domingo es una tortura.

Ver a Yuls por la casa y no poder hablar con ella de lo sucedido la noche anterior sobre mi cama se me hace insufrible, pero, realmente, ¿qué le digo?

¿Cómo enfoco lo que nos dijimos? ¿Cómo le hago entender que es ella y no Vanessa la que me está volviendo loco?

Y que, aunque dije que no era mi tipo, es la mujer que deseo en mi vida.

Al final, opto por encerrarme en mi despacho a trabajar todo el día.

Eso sí, escuchando la música del tal Alejandro. ¡Qué bueno es!

El lunes, tras una cena de trabajo, cuando llegué a casa era tan tarde que Yuls creo que ya dormía.

Digo «creo» porque, como siempre, por la rendija de la puerta de su habitación salía una pequeña luz.

Me acerqué a su puerta y dudé si llamar o no.

Pero, al final, desistí. Es mejor dejar las cosas como están.

Aunque me gustaría que me explicara eso que dijo de la mala suerte que tiene.

El martes cuando regresé por la noche, tras una cena con un coleccionista irlandés, Yuls estaba sola en el sofá del salón viendo una película y tecleando en su teléfono móvil.

Chateaba con alguien y, por su gesto, muy feliz no estaba.

Sé que ella me vio llegar, como yo la vi a ella, pero ninguno hizo ademán de saludar.

Por lo que, tras pasar por mi despacho, subí a la habitación, donde me duché, y después me acosté.

Esa noche cuando ella entró en la habitación de puntillas para ir a la suya, aunque me moría por levantarme y abrazarla para hablar con ella, me hice el dormido. Era lo mejor.

El miércoles cuando bajé al parking de la oficina para recoger mi coche, me sorprendí al encontrármelo con una rueda desinflada.

Llamé a asistencia en carretera y tan pronto me lo arreglaron me indicaron que la rueda había sido pinchada con una navaja.

Eso me sorprendió, pero decidí no darle mayor importancia.

Zorba y Drako me saludaron al llegar a casa, y contentos por verme me llevaron hasta el jardín. Querían que les tirara la pelota, pero entonces miré hacia la ventana de Yuls y la vi asomada a ella.

Estaba mirando hacia las estrellas y sonreía como si ellas y el cielo le contaran algo que solo ella podía entender.

Tenía un cigarrillo en las manos, pero sinceramente eso fue lo que menos me importó.

Semioculto donde estaba, la observé en silencio.

Recuerdo que me comentó que su madre le hablaba de las estrellas. ¿Por eso le gusta tanto mirarlas?

Yuls es una mujer que, en teoría, nada tiene que ver conmigo, pero que, en la práctica, ha conseguido algo peligroso, y es que yo sonría solo con pensar en ella con cara de tonto, la tenga siempre en mi mente y escuche la música de su amado Sanz.

Durante un buen rato me limité a observarla, consciente de que ella solo tenía ojos para las estrellas, hasta que acabó el cigarrillo y desapareció en el interior de la habitación.

Y yo, tras tirarles la pelota a mis perros, me fui a dormir, sin poder olvidar que no me separaba de ella más que una puerta y la aceptación de mis sentimientos.

El jueves por la mañana, tras una llamada de José Luis, fui a su casa. Lo encuentro con mejor color de cara y un ánimo estupendo, y feliz por ello lo llevo al aeropuerto, donde coge un vuelo a Mallorca. Va a disfrutar del verano con su familia.

Por la tarde, regreso a casa más pronto de lo normal. Lo hago para ver a Yuls. Para estar con ella. Deseo su beso y su contacto, y sé que lo tendré, pues está mi abuela y ante ella nos solemos besar.

—Buenas noches, abuela —saludo, entrando en el salón.

—Hola, mi vida. Qué bien que hoy has llegado pronto.

Ver a mi abuela moverse por la estancia con seguridad sin el bastón me emociona. Su piel ya no es blanquecina. Ya no tiene ojeras. La fatiguita ha desaparecido y su respiración se ha normalizado. Aquello es una excelente noticia para ella, y egoístamente para mí. La necesito en mi vida.

Con mimo me acerco a darle un beso.

—¿Dónde está Yuls? —pregunto.

—Poniéndose guapa.

Me sorprendo. ¿Cómo que poniéndose guapa?

Pero no quiero que ella se dé cuenta de mi sorpresa, pues, supuestamente, como su marido, he de saber adónde va.

—Larita viene ahora a buscarla y se van juntas al concierto —me ilustra mi abuela.

¿Que se va de concierto con mi hermana? ¡No me jodasssss!

En ese instante oigo la puerta de la entrada, que se cierra.

—Abuuuuu... Abuuuu... Abuuuuu... Socorrooooooo, ¿dónde estás, mi reinaaaaaa? —exclama mi hermana.

Mi abuela sonríe. Yo no tanto. Y al verla entrar en el salón, vestida de cuero negro, voy a saludarla.

—Pero, gordiiiii, ¡si estás aquí! —se sorprende ella. Muevo la cabeza. Estoy a punto de decirle que estoy en mi casa cuando suelta—: ¡Qué bien! Así te puedes venir con nosotras.

¡Ni loco!

Yo con mi hermana no me voy de concierto así me maten, que me la conozco.

—¡Qué excelente idea! —la secunda mi abuela.

Sonrío y, tras darle un beso a mi hermana, rechazo la propuesta:

—Tengo muchas cosas que organizar. Imposible.

—Pero, gordiiiiiiiii, que va a ser muy divertido.

—Que no, Lara.

—¡Gordiiiiiii!

—¡Que no!

—Eres un viejoven, ¡qué pena me das! Si por ti fuera, utilizarías los sábados para ordenar el cajón de los calcetines.

Oír aquello me jode vivo. Me encabrona que mi hermana, con toda la mala baba, me suelte que soy un «viejoven», como si fuera lo más normal del mundo.

—Oliver, mi vida. Quítate el traje y la corbata y vete con tu mujer y tu hermana. Te vendrá bien salir de tu zona de confort.

—Que no, abuela —replico.

Mi hermana se acerca.

—Déjalo, abu —musita, agarrándome por la corbata—. Este no sabe divertirse si no hay una reunión de por medio o una hoja de Excel.

Aquel comentario me joroba. Claro que sé divertirme. Por supuesto que sé hacer otras cosas, además de trabajar. Lo que no quiero es irme con Lara y sus amigotes, pero cuando voy a contestar, aparece Yuls en el salón.

Va vestida con unos pantalones vaqueros, las botas altas y una cazadora de cuero negra. ¿Pero adónde va tan guapa?

Con la misma sorpresa que yo la miro, ella me mira. Llevamos toda la semana evitándonos. Y, como siempre, ella reacciona antes. Se acerca y me da un rápido beso en los labios.

—¡Hola, cielo! —saluda.

Gustoso, disfruto del rápido beso y del acercamiento que he ido a buscar. Lo necesitaba.

—Cuñiiii... pero qué guapaaaaa —exclama mi hermana, mirándola.

—Gracias. ¡Tú también estás divina!

—Cuando Braulio te vea se le va a caer la baba... ¡nena!

Se ríen y yo no veo la gracia.

¿Quién es Braulio y qué día se lo presentó?

Yuls y mi hermana hablan con la abuela. Por lo que pillo, hablan de un concierto que Yuls me apuntó en el cuaderno, pero, algo molesto, agarro a mi mujer por la cintura.

—¿Quién es Braulio, cariño? —le pregunto, acercándola a mí.

Yuls me mira mientras mi hermana dice:

—Braulio es el batería del grupo de mi novio. Un enorme andaluz de dos metros con el que tendría un rollito de lo más caliente y sexual si no estuviera coladita hasta las raíces por Piero.

—Larita, por favorrrrr —musita mi abuela—. No hace falta que seas tan explícita.

—Abu, si lo vieras, ¡pensarías igual!

—Al final, voy a tener que ir yo al concierto —ríe mi abuela.

Las tres se ríen, y yo las miro. No sé dónde le ven la gracia a aquello.

—El caso es que, el día que le presenté a Yuls —sigue ilustrándome mi hermana—, Braulio se quedó tan prendado que si hubiera movido el rabito, habría habido que sacarlo a pasear.

—Laraaaaa —ríe Yuls.

¡Será gilipollas el tal Braulio! Y seré gilipollas yo, que de nuevo vuelvo a sentir celos e incumplo el contrato.

—Tampoco fue para tanto, mujerrrr —matiza Yuls.

—Uisss, que no, cuñiiii. Si solo tenía ojitos para ti. De hecho, siempre que me ve ¡me pregunta por su nena! Y ni te cuento lo feliz que lo harás cuando te vea hoy aparecer.

Me estoy encabronando. ¿Ojitos solo para ella? ¿Por qué tiene que preguntar ese tipo por mi mujer? ¿Y por qué mi hermana tiene que contar eso como una gracia?

Pero sin perder mi sonrisa, porque no quiero que noten que me está entrando un ataque de celos, pregunto, aun sabiendo la respuesta:

—¿Y a qué concierto fuisteis juntas que yo no lo sé?

—Al de Distorsión Cerebral.

—Gordi, el grupo de mi novio.

Con ese nombrecito, no me extraña que sea el grupo del novio de mi hermana.

—Estabas de viaje en Bruselas —explica Yuls—. Y la verdad, me lo pasé genial, aunque casi acabamos en el calabozo.

¡No me jodas!

Nada de eso he leído en el cuaderno donde ella hizo sus anotaciones.

Si me llama mi abuela para decirme que tengo que sacar del calabozo a Yuls, por culpa de la loca de mi hermana, ¡la descuartizo!

—Mi vida, vete con tu mujer y diviértete —me anima mi abuela, acercándose.

—Uisss, ¡qué vaaaaaa! —niega Yuls.

¿Cómo que «¡Uisss, qué vaaaaa!»?

Eso me enciende. No quiere que vaya con ella.

—Cuñiiii, ¡vámonos! —apremia mi hermana a Yuls.

—Me cambio y voy con vosotras.

Me sorprendo a mí mismo. ¿Yo he dicho eso? ¿Pero acaso he perdido la razón?

Las tres me miran. Creo que están tan patidifusas como yo.

—Cielo, no vengas. No creo que te diviertas —trata de disuadirme Yuls.

Pero lo tengo decidido, ¡voy!

Y, acercándome a Yuls, la agarro del brazo y la alejo de las cotillas de mi abuela y mi hermana para hablar con ella.

—Mira, rey. Llevo una semanita que si la cuento me dan una medalla al mérito de la supervivencia. Por lo tanto, mejor que no vengas —me advierte—. ¡Necesito desconectar antes de que me dé por morder a alguien!

Oír eso me sorprende. No sé nada de su semana.

—¿Qué te ha pasado? —pregunto, preocupado.

Yuls se toca el pelo. Cuando lo hace con aquella gracia me quedo embobado mirándola.

—Desde que fui a la exposición y salí en la prensa —me explica—, todo el mundo se ha enterado de que estoy casada contigo y ni te imaginas lo pesada que está la directora y mis compañeros de trabajo.

Ahora entienden por qué recibimos esos regalos de tu parte, y la directora, en especial, no para de hacerme la pelota como si yo ahora fuera la mismísima duquesa de Cornualles.

Me sorprendo. ¿Tan malo es que su gente sepa quién soy yo y que está casada conmigo?

—Por lo tanto, no vengas. Deja que me desfogue —insiste ella, volviendo hacia donde están mi hermana y mi abuela.

¡¿Que se desfogue?!

Ah, no... no quiero que se desfogue sin estar yo delante, y menos con el gilipollas ese del que habla mi hermana.

—Cariño, me apetece ir contigo —replico, sabiendo que me escucha mi abuela.

Yuls se vuelve.

—Patatita... —murmura—, no te va a gustar esa música. ¡No vengas!

Oír su negativa me encabrona. ¿Pero qué es eso de «no vengas»?

—Señorita Pérez, por supuesto que voy a ir —suelto, sin importar que mi abuela y mi hermana nos oigan.

—Señor Dávila, ¡ni se le ocurra!

Lara nos mira.

—Ya están jugando a llamarse de usted, ¡qué juguetones son! —dice mi abuela, divertida.

—Esperadme. Voy a cambiarme de ropa. Tardo cinco minutos —sentencio con gesto serio.

Subo las escaleras hacia mi habitación de dos en dos. ¿Pero qué locura estoy haciendo?