Todo bajo control, menos tú Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

—Lamento lo que voy a decir, porque para ti esa mujer es única y especial.

Pero Vanessa está tan ocupada admirándose a sí misma que se olvida de que el mundo existe.

Es tremendamente guapa, eso no lo voy a negar.

Pero, sinceramente, Oliver, toda su belleza se va por el retrete cuando abre la boca y ves lo diva y clasista que es.

Como buena egoísta, solo espera admiración y atención por parte de todos, olvidándose de algo muy importante como es el respeto, la empatía y la educación.

—Oliver me mira. Uissss, cómo me mira. Me importa tres pepinos si le molesta lo que digo de la que posiblemente terminará siendo su mujer—.

Llamarte «amor» delante de la que es tu mujer es algo de muy mal gusto y me hace saber la clase de víbora que es —apostillo.

Oliver suelta una carcajada, pero no dice nada y yo continúo—: Se ha pasado toda la noche lanzándome pullitas delante de todos.

—Lo sé.

—Buscaba dejarme continuamente con el culo al aire y hacer ver que yo no estoy a tu nivel.

Oliver sonríe. Intuyo que entiende lo que digo.

—Pues hablando de eso, he de darte la enhorabuena porque te has defendido muy bien —reconoce—. Y lo de navegar por internet ¡ha sido colosal!

Soltamos una carcajada.

—Ella sabe tan bien como nosotros que lo nuestro es falso y...

—Y está molesta, celosa y enfadada —me corta.

No le quito la razón.

—No soporta verte conmigo —prosigo—. Y que conste que el día del partido de fútbol con tus amigos, en cuanto pudo, me enseñó la vela aromática francesa, y yo por discreción me callé que antes me la ofreciste a mí.

—Se la llevé simplemente porque sé que esa marca de velas le gusta —explica—. No por lo que ella pudo hacerte creer. Pero está claro que ha sido la última vez que tengo un bonito detalle con ella. —Uisss, saber eso ¡me encanta!—. Lo del vestido ya me lo has contado, ¿qué más te ha dicho?

Sentándome como un indio sobre su cama, me recuesto sobre los almohadones y elevo la mirada hacia aquel soso techo.

—Cuando estabas conversando con Rosa, se ha acercado a mí y me ha dicho que quería hablar conmigo. Nos hemos retirado, y entonces me ha soltado que no ves el momento de que nuestro contrato se acabe para retomar lo que teníais. También añadió que últimamente habláis todos los días por teléfono y...

—Todo eso es mentira —me corta demasiado rápido.

Nos quedamos en silencio un segundo.

—A ver, Oliver, si tú quieres verla o hablar con ella, estás en todo tu derecho. A nosotros solo nos une un...

—Necesito confesarte algo —me corta.

—Tú dirás.

—Esta noche he incumplido la cláusula uno, punto dos.

Repaso mentalmente las cláusulas con rapidez y, al darme cuenta de cuál es, no puedo ocultar mi sorpresa.

—¿Has sentido celos?

Oliver, sin dudarlo, asiente. Ostras... Le está pasando como a mí.

—¿Me denunciarías si te beso? —susurra, acercando su rostro al mío.

—Lo haré si no lo haces —afirmo, deseosa de que lo haga.

Con cuidado de no aplastarme, se tumba sobre mí mientras nuestras bocas se encuentran con rapidez y nuestros cuerpos se fusionan.

Siento que aquella intimidad se ha vuelto una necesidad imperiosa para mí, pero no quería ser yo quien lo pidiera.

No soy su tipo, aunque él a mí me encanta.

Y no entiendo los celos que ha sentido esta noche.

—Lo siento, Yuls. No debería... —se interrumpe de repente.

Incorporándome, lo beso yo. No quiero que diga nada. No quiero que se disculpe por nada. Solo quiero que me bese hasta que los labios se me caigan por la lujuria.

—Saca de la ecuación a Vanessa, porque solo me importas tú —susurra cuando nos separamos para tomar aire.

Uissss, madreeeeeee, qué fineza para decir que le gusto.

—Sentí celos de Alexander. Y cada vez que pienso que esto tiene fecha de caducidad me agobio mucho porque no quiero que esto que tenemos se acabe. —Espera... espera... espera... ¿he oído bien?—. Sé que no soy tu tipo, pero...

¡A la mierda mis pensamientos y mi prudencia!

Y, sin pensármelo, lo beso sin darle tiempo a reaccionar.

Lo acerco a mi cuerpo para comérmelo. Necesito ese beso como quien necesita aire para atreverse a decir lo evidente. Y cuando por fin tengo valor y me separo, lo miro a los ojos y suelto:

—Me encanta sacar a esa diva de la ecuación, y que sepas que yo también incumplí la cláusula uno, punto dos, cuando sentí celos de ella.

Su expresión cuando oye aquello puedo asegurar y aseguro que es de máxima sorpresa absoluta. De esas expresiones que deberían archivarse directamente en la carpeta de «fenómenos sin explicación». Aunque, claro, también habría que archivar mi expresión cuando él me lo ha dicho a mí.

Instintivamente los dos nos separamos, como si nuestros cuerpos hubieran activado un protocolo de emergencia.

¿Pero qué estamos haciendo?

Dejamos de tocarnos. De estar tan cerca el uno del otro.

—Mira, Oliver, esto es una locura —digo, levantándome de la cama.

—Totalmente un despropósito.

—Esta noche de nuevo hemos vuelto a beber vino —observo—.

Y está claro que beber vino juntos no es buena combinación.

Así que es mejor que lo dejemos aquí y que nos olvidemos de lo que hemos hecho y dicho, porque, al final, con la mala suerte que tengo, saldré mal parada.

Y en cuanto a Vanessa, es tu problema. No el mío.

Oliver asiente. Sorprendentemente está de acuerdo conmigo. Y, tras una última miradita que me hace ver que no me quita ojo, salgo de su habitación para entrar en la mía y cierro la puerta con más decisión de la que siento mientras miro la ventana y pienso: ¿y si me tiro por ahí?