Todo bajo control, menos tú Capítulo 39
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Capítulo 39

Cuando entramos en casa, la migraña me está matando a un nivel que ni hablo ni quiero que me hablen. Es la una y dieciocho minutos.

Oliver me mira. Creo que está sorprendido por verme tan callada. Pero sí, cuando tengo una migraña como ahora me deja fuera de combate. Tanto que dejo de ser yo.

Subo las escaleras y cuando entramos en la habitación, sin pensar en él, me dirijo hacia mi puerta.

—Que descanses, Oliver.

Una vez que entro y cierro la puerta voy hasta la maleta.

La abro. Saco mi cuaderno de sucesos. Apunto que la prensa me hizo fotografías.

Luego saco el neceser con las medicinas que necesito y, tras tomarme lo que la doctora me recetó, coloco la maleta ante la puerta.

Sin quitarme el abrigo ni las botas, me tumbo en la cama, y dejando la luz del baño encendida, pues no tengo fuerzas ni para ir a apagarla, cierro los ojos e intento relajarme.

No sé cuánto tiempo pasa.

—Yuls... —oigo.

Abro los ojos. Miro al techo.

—Yuls... —vuelvo a oír.

Es la voz de Oliver. Me siento en la cama, miro mi reloj y veo que son las tres y tres minutos y, por suerte para mí, el dolor de cabeza ha disminuido tanto que sonrío.

Me incorporo, voy hasta la puerta y, quitando la maleta, la abro. Oliver está ahí. Va vestido con su pantalón de pijama negro y su camiseta de tirantes.

—¿Qué haces vestida todavía? —murmura.

—Es que me tomé la medicación nada más llegar y me dormí.

—Vamos. Ve al baño y cámbiate de ropa.

Sin ganas de discutir y, medio adormilada, hago lo que me pide, y cuando salgo con mi camiseta de dormir puesta, él sigue sin traspasar la puerta.

—¿Te encuentras mejor? —se interesa.

—Sí, patatita.

—Indiscutiblemente, estás mejor.

Los dos sonreímos. Él se apoya en el quicio de la puerta.

—¿Desde cuándo sufres migrañas? —quiere saber.

—Desde siempre. Cuando estoy tensa o nerviosa, el dolor se vuelve insoportable.

—¿Crees que tus nervios por el evento han sido la causa?

—Posiblemente —afirmo, obviando hablar de la diva.

—Lo siento.

—Tranquilo. No pasa nada.

Nos quedamos callados un instante.

—También siento haberte despertado —se disculpa, retirándome el pelo del rostro—, pero necesitaba saber que estabas mejor. Me quedé muy preocupado.

Oír aquello me resulta fascinante y sin pensármelo lo abrazo.

—Gracias por preocuparte por mí —susurro—. Eres un encanto.

En un principio soy yo quien lo abraza, hasta que de pronto noto sus brazos alrededor de mí. Cierro los ojos. Aquel abrazo tan emotivo es especial, porque me hace sentir en casa.

—Cuidado, señor Dávila, no vaya a incumplir la cláusula uno, punto uno.

Él, sin soltarme, me mira. Nos miramos. Ambos sabemos que me refiero a la cláusula «Prohibido enamorarse».

—¿Me denunciarías si eso ocurriera? —No sé por qué me río y no sé por qué él se ríe. Si supiera que yo me estoy enamorando, la denunciada sería yo; él entonces, apartándose de mí, suelta—: Tranquila. Esa cláusula, por mi parte, nunca se incumplirá.

—¡Ni por la mía! —soy capaz de balbucear.

Tras un incómodo silencio en el que me regaño a mí misma por haberlo abrazado y haber comentado aquello, cambia de tema:

—La habitación ha quedado muy fresca y alegre.

Lo sé. Ha quedado preciosa.

—Es muy Mamma Mia! A veces, cuando me despierto, tengo la sensación de que en cualquier momento va a aparecer Meryl Streep cantando Dancing Queen . —Oliver me mira. Intuyo que no entiende lo que acabo de decir, y aclaro—: Ha quedado muy mediterránea.

—Qué te parece si dejamos de estar de pie en el medio de dos habitaciones y te vienes a la mía para charlar —propone.

Aquella invitación me hace levantar una ceja, y él se apresura a matizar—: Te lo digo como persona preocupada por que te encuentres bien.

No pienses otra cosa, porque no va por ahí el tema.

Con ganas de estar con él, salgo de mi habitación para entrar en la suya. Se me ha quitado el sueño. Sin pensármelo, me siento en la cama. Él se sienta a mi lado.

—¿Crees que mi atuendo era el acertado para la noche de hoy? —pregunto; necesito saberlo.

—Sí.

—Pero sí de sí o sí de era mejorable.

—¿A qué viene esa pregunta?

Suspiro. Resoplo. Y sin querer ocultarle algo así, porque la tía me ha parecido insufrible, le explico:

—Vanessa me volvió a recordar algo que ya me dijo el día que me conoció. Estar contigo significa prestigio, credibilidad y honor, entre otras cosas, y me recomendó que para un próximo evento le consultase a ella. Al parecer, mi vestido consiguió la hazaña de dejarte en evidencia ante tus invitados.

—¡¿Qué?!

—Yo, ingenua de mí, pensaba que iba monísima, y resulta que fui la nota discordante de la cena.

Oliver mueve la cabeza.

—Prestigio, credibilidad y honor son sustantivos que a Vanessa le he oído cientos de veces y...

—Me callé para no decirle por dónde se podía meter sus sustantivos —me mofo.

Oliver mueve la cabeza al entenderme, pero sonríe.

—Ni caso a lo que Vanessa te ha dicho. Estabas perfecta. Te pedí que fueras bonita y elegante y así fuiste. Y, si no, que se lo pregunten a Alexander.

Eso me hace sonreír. Miro su boca. Uisss... ¡qué tentación!

Me excita pensar que se ha dado cuenta de cómo Alexander, aunque no me tiraba la caña, estaba pendiente de mí.

—¿Puedo preguntarte algo y serás sincera?

—Inténtalo.

—¿Por qué no te has querido sentar a mi lado en la cena? —me suelta.

Vale. Ha cambiado de tema. Sabía que esa pregunta tenía que llegar.

—Yo nunca me siento de espaldas a una puerta —respondo con la mayor sinceridad que puedo.

Él parpadea.

—¿Y eso por qué?

Aquí ya no soy ni tan rápida ni tan sincera.

—Por temas personales que no vienen a cuento. —Me mira. Lo miro. E incapaz de no darle una breve explicación, digo—: Sé que mis respuestas no son las que esperas, pero en poco más de dos meses nos vamos a divorciar y no soy de contar las miserias de mi vida privada a nadie.

—A mí puedes —insiste.

Sonrío. Qué mono es. ¿A que lo beso? Pero me contengo.

—Como dice la canción del amor de mi vida con Shakira, te lo agradezco, pero no.

Oliver asiente. Me gustaría saber qué es lo que piensa.

—¿Qué te ha parecido la exposición?

—Increíble. —Y, recordando un comentario que memoricé cuando cotilleaba el tema de exposiciones de fotografía, añado—: Hubo una fotografía que me resultó especialmente interesante por la forma en que la fotógrafa articuló la iluminación como un elenco estructurante de la composición.

El tratamiento lumínico no solo definía la atmósfera de la imagen, sino que modelaba los volúmenes de una manera perfecta e increíble.

—Oliver me mira boquiabierto, y ante su expresión, yo admito—: No tengo ni idea de fotografía.

Es más, no sé ni qué acabo de decir. Pero, antes de ir a la exposición, cotilleé unos cuantos foros de fotografía en internet y me aprendí algunas frases con pinta de inteligentes por si alguien me preguntaba.

No quería hacerte quedar mal ni que la gente pensara que tu mujer era una ignorante.

Pasmado, se quita las gafas y las deja sobre la mesilla. Vaya... sí que se ha sorprendido.

—¿Tú has hecho eso por mí?

—Claro que sí. Aunque reconozco que memorizar palabras como tratamiento lumínico o jerarquía visual no fue fácil.

Me mira. Uisss, cómo me mira. Está claro que lo acabo de sorprender.

—Eres increíble, Yuls Pérez Brusei —murmura.

—Con Yuls Pérez... vale —matizo.

El corazón se me agita y yo con él. Que me diga algo bonito me pone tonta. Pero, claro, ¿cómo no ponerme tonta con las pocas cosas bonitas que me dice?

Y dejándome llevar por el momento, para no besarlo, coloco mi mano sobre su cabeza y le revuelvo el pelo.

—Tú también eres increíble —afirmo.

Ambos reímos por aquello. Cuando lo hacemos siento que estamos en ese punto en el que Oliver simplemente es un hombre más.

—Entonces, ¿lo has pasado bien a pesar de la migraña? —se interesa.

—Reconozco que sí. Por suerte, esa archienemiga mía apareció a última hora. Y la verdad, nunca había estado en una exposición, y la experiencia me ha encantado. Es más. Yo, que iba tensa por tener que hablar con inversores y coleccionistas, he quedado encantada con ellos. Especialmente con Rosa.

—¿La coleccionista de Vigo?

—Sí —afirmo—. Es increíble esa mujer. De hecho, nos ha invitado un fin de semana a una casita rural que tiene en un pueblecito de Vigo. Dice que es ideal para unos recién casados.

Oliver sonríe, pero no dice nada. Está claro que no es ideal para nosotros.

—Si te ha gustado la exposición, organizo exposiciones quincenales en las galerías que tengo por España y mensuales en la de Londres. Puedes visitarlas cuando quieras.

—Lo haré.

Por Dios, cómo me gusta este hombre al que de entrada llamé «misil», «controlador», «patatita», «rancio», etc., etc., etc. Y ahora que siento cómo lo miro descontrolada tengo otro nombre para él, porque sin duda se está convirtiendo en mi puñetero desestabilizador emocional.

Oliver me observa con curiosidad y juguetea con un mechón de mi cabello.

—¿Eres pelirroja natural? —quiere saber.

—Podría mentirte y decirte que sí, porque mi pelo tira a rojizo, pero no. Soy pelirroja de bote. Eso sí, de bote prémium, por si te pregunta la rancia de tu amiguita Vanessa.

Sonríe, y veo que se fija en mi frente. Estoy convencida de que está mirando la cicatriz que tengo. Eso me hace entender que el flequillo se me ha movido, así que giro un poco la cabeza para ocultarla.

—¿Qué tal con Vanessa? —trato de desviar el tema.

—Lo mismo de siempre. ¿Y tú con mi amigo Alexander?

—Simpatiquísimo. Un crac de tío. —Percibo que mi definición de Alexander le incomoda, así que digo—: ¿Puedo ser sincera contigo? Y, por favor, ¡no te enfades!

—Puedes —asevera.

—¿Cómo te puede gustar una mujer tan de mentira?

—¿Tan de mentira?

Asiento. Tengo claro lo que he vivido con ella esa noche.