Capítulo 38
Cuando llegamos al restaurante, allí están algunos de los inversionistas y coleccionistas de arte que he invitado, con sus parejas, y, encantado, les presento a mi mujer.
Yuls, con su bonita sonrisa, los saluda y, aunque no lo aparenta, yo sé que está nerviosa. Ya la voy conociendo. Escucha atentamente los comentarios que le hacen y con una soltura increíble les responde con facilidad.
Cuando se quita el abrigo que ha llevado puesto todo el tiempo en la galería, noto cómo mi cuerpo reacciona. El vestido gris que lleva con los hombros al aire le sienta de maravilla.
—Que sepas que estás muy bonita y elegante —la piropeo, incapaz de no hacerlo.
Noto que mis palabras la sorprenden. Lo veo en su rostro, aunque ella rápidamente se recompone y sonriendo me da un dulce beso en los labios.
—Gracias, cariño —susurra.
Divertidos por la complicidad que ante los demás no nos cuesta mostrar, al ir hacia la barra con ella para tomarnos algo, me fijo en cómo algunos de los inversionistas la observan y eso me pone sobre alerta. No quiero tonterías.
Quince minutos después han llegado todos los comensales. En total somos veinte. Nos pasan al comedor privado que he reservado cuando Yuls, al ver los cartelitos que hay sobre la mesa con los nombres, me mira.
—Prefiero sentarme en la silla de enfrente —propone.
Oír eso me descoloca. ¿Por qué no se quiere sentar a mi lado?
Y antes de que yo pueda hacer nada, mira a las mujeres e indica.
—¿Qué os parece si nos sentamos a cenar al lado del que no es nuestro acompañante?
Ellas asienten. La proposición de Yuls les encanta, Vanessa se coloca a mi lado.
—Pues yo me siento aquí. Contigo —dice.
¡No me jodassss!
Entre risas, las mujeres cambian sus asientos y, cuando veo que Yuls se sienta frente a mí, Óscar, uno de los coleccionistas, dice:
—Tranquilo, hombre. Solo se sienta enfrente de ti y junto a tu mejor amigo.
Todos sonríen y yo los imito. ¿Tanto se ha notado mi desconcierto? Y, aunque necesito una explicación de aquello, sé que no es el momento, así que ocupo mi silla y aparento tranquilidad. No queda otra.
Yuls tiene a su derecha a Rafa y a su izquierda a Alexander, mi amigo inspector de policía y coleccionista de arte, al que me consta cuánto le gustan las mujeres y que ha venido solo.
Y, aunque en un principio estaba tranquilo, al ver cómo Alexander la monopoliza, mientras Yuls le sonríe y disfruta de su compañía, no puedo evitar una cierta inquietud.
Está visto que no lo considera un rancio como a mí.
Y eso me encabrona porque siento que estoy incumpliendo la cláusula uno, punto dos, al sentir ciertos celos.
¿Yo sintiendo celos?
Agobiado, me levanto a la barra. Necesito aire. No sé qué me pasa. Pero ver cómo otros miran o monopolizan a Yuls me produce ansiedad. El encargado de la cena viene a consultarme algo y, cuando este se aleja, Vanessa se acerca.
—Amor —murmura—, van a servir en la cena el vino francés ese que tanto nos gustó la otra vez que estuvimos aquí.
La miro. Creo que sobra que me llame «amor».
—Qué tal si evitas llamarme «amor» —le pido con disimulo—. Te recuerdo que estoy casado y a mi mujer le puede molestar.
Lo que acabo de decir no le hace gracia.
—Pero, amor... —repite.
—Vuelve a llamarme «amor» y te vas de la cena —sentencio.
Hace un gesto de asentimiento.
—Esa no es mujer para ti —dictamina—. No tiene clase ni elegancia y...
—Y tú —le corto— no eres nadie para criticarla.
Ella me mira y hace un mohín que ya no funciona conmigo.
—Tenemos que hablar —cuchichea en un hilillo de voz—. No podemos continuar así. Te echo de menos anímica y personalmente.
Reconozco que oír eso me alimenta el ego, pero indico:
—No tengo nada que decirte.
Pone morritos. Esos morritos que hasta hace poco me volvían loco.
—¿No me echas de menos? —se empecina.
Oigo una carcajada. Son Rafa, Alexander y Yuls. Los tres ríen divertidos.
—No —respondo, tajante, al tiempo que observo a mi mujer.
—Es imposible que digas la verdad.
—¿Por qué es imposible?
—Porque soy una mujer que siempre deja huella y sé cuánto te gusto.
Aquella respuesta me hace sonreír. Como dijo Yuls, Vanessa está encantada de conocerse a sí misma.
—Pues ya ves que no. Ni lo uno ni lo otro —concluyo.
Desde mi posición, observo a Yuls. Aunque me jorobe admitirlo, solo tengo ojos para ella.
—¿Dónde has encontrado a una mujer así? —vuelve Vanessa a la carga.
Giro la cabeza hacia ella, que suelta con voz despectiva—: El otro día llevaba unos jeans del mercadillo.
Y, hoy, ni cincuenta euros le habrá costado ese vestiducho que lleva.
Y, por lo que veo, tampoco lleva ni una sola joya.
¡Es indignante, Oliver! Cualquiera, para una ocasión como esta, se molestaría en consultar el dress code .
Aunque, claro, eso requiere saber que existe.
Molesto por aquel comentario tan feo, la miro. Si hay algo de Yuls que me ha sorprendido y me gusta es que le da la importancia justa al dinero y a la ropa. No como Vanessa, que es todo lo contrario en ambas cosas.
—De dónde he sacado a mi mujer y como ella vista no te importa —replico—. Y permíteme una observación. Ella no necesita gastarse una fortuna para estar preciosa porque ya lo es. Y no lleva joyas porque ella es la joya.
Por favor, ¡qué cursi lo que he dicho! Menos mal que solo me ha oído Vanessa.
—Pero...
—Vanessa —la interrumpo sin entender mis cursiladas—. Me estás calentando, y no de la forma que tú deseas. Por lo tanto, qué tal si te comportas, le prestas atención al hombre con el que has venido y me dejas en paz.
Me mira con los ojos muy abiertos. Creo que mi defensa de Yuls la tiene totalmente desconcertada.
—Llámame. Sigo esperando tu llamada... —susurra.
—Vale.
¿¡Vale!?
¿Por qué he dicho eso si no tengo la más mínima intención de hacerlo?
Y, sin más, me dirijo hacia la mesa.
De nuevo en mi sitio, aunque intento prestar atención a otras conversaciones, reconozco que solo me interesa la que tienen los que están frente a mí, aunque no logro pillarles.
Alexander, en un momento dado, me mira y afirma ante todos:
—Te voy a decir una cosa que pensé que nunca te diría. Y es que ¡te envidio por la mujer que tienes a tu lado! ¿Quién te la presentó?
Miro a Yuls, que bebe vino. Con gesto divertido, me sonríe, me guiña un ojo y cuando voy a hablar Rafa interviene:
—Se la presenté yo. Pero, para mi desgracia, lo prefirió a él.
Varios de la mesa se ríen por aquello y ahora soy yo el que bebe vino.
—Me casé con Oliver, pero tú eres mi preferido y lo sabes, tontorrónnnn —dice Yuls, apoyando la cabeza en el hombro de Rafa.
De nuevo todos vuelven a sonreír. ¿Preferido? ¿Qué significa eso?
—La semana pasada estuve navegando en el catamarán de Jacobo y Paulina López de Ayala por aguas griegas y fue maravilloso —rompe Vanessa la situación.
Se abre la veda para hablar de barcos y navegación. Mientras lo hacen, miro a Yuls. Permanece callada, observando. Eso me hace entender que es de las que callan cuando no entienden de algo.
—Y tú, querida, ¿sueles navegar? —le pregunta entonces Vanessa.
¡La madre que la parió!
¿Por qué le pregunta aquello? ¿Intenta menospreciarla?
—Yo navego todos los días por internet —responde Yuls con toda naturalidad.
Casi todos nos reímos. Y yo el primero. Las salidas de Yuls cada vez me gustan más, y sobre todo cuando añade—: Nunca he navegado en un barco, peroooo —y aquí me mira con complicidad— estoy convencida de que mi guapo marido eso lo va a remediar.
—Eso no lo dudes, cariño —afirmo, complacido, al escucharla.
De nuevo la conversación se retoma y en esta ocasión Yuls sí es participativa. Hablamos de unas noticias que han salido en televisión sobre ciertas leyes que se van a cambiar con respecto a la educación.
—¿Puedo preguntarte algo, Yuls? —vuelve a interrumpir Vanessa.
—¡Inténtalo! —suelta ella con su sonrisa.
—¿Cuánto tiempo llevabais saliendo antes de casaros?
Escuchar aquella pregunta de la boca de Vanessa me hace saber lo rabiosa que está.
—El tiempo suficiente como para saber que éramos el uno para el otro —responde Yuls, levantándose.
—Ohhhh, ¡qué romántico! —murmura Rosa, una de las coleccionistas, que oigo que le pregunta—: ¿Vas al baño? —Yuls asiente, y esta, levantándose, cuchichea—: ¡Voy contigo, querida!
Yuls sonríe. Y cuando las dos se alejan, miro a Vanessa.
—Ya te respondió mi mujer —le digo.
Vanessa asiente. Sonríe y no dice más mientras todos charlamos y hablamos de la exposición.
Los camareros comienzan a servir la cena. Ponen una ensalada para cada uno y cuando voy a comenzar a comerla, Yuls, que regresa del baño, se detiene a mi lado y poniendo sus manos en mis hombros murmura:
—Espera un momento, cielo.
La miro. ¿Qué querrá?
Esta, con tranquilidad, coge mi tenedor y pincha dos tomatitos cherri.
—Como no te van mucho, me los como yo —dice.
Entre incrédulo y encantado, la miro. ¿Cómo sabe eso?
—Vaya con tu mujercita —ríe Román—. Sí que te cuida.
—Aprovecha ahora, que algún día dejará de hacerlo —afirma Jesús, ganándose un cómico empujón de Rosa, su mujer, al pasar por su lado.
Encantado por aquel detalle que afianza nuestra historia ante todos, la acerco a mí y le doy un beso en los labios.
—Eres única, cariño —murmuro.
—Lo sé. Por eso te casaste conmigo.
Yuls sonríe, me guiña un ojo y regresa a su asiento. Sé que lo que mostramos ante todos es mentira. Es una farsa, pero me gusta. Me gusta mucho.
La cena es amena. En otras cenas compartidas con Vanessa, en calidad de amigos, las conversaciones se centraban en los negocios y, por supuesto, su belleza.
Pero en esta no solo reina el buen humor, sino que Yuls se encarga de que el resto de las mujeres que hay en la mesa se sientan incluidas.
Esto me demuestra que tiene una excelente habilidad social.
Acabada la cena, nos levantamos de la mesa y pedimos unas copas. El lugar en donde estamos es un excelente sitio para ello. Me percato de que Alexander no se separa de Yuls, así que me acerco a ellos, la cojo por la cintura y ahora soy yo el que no se separa de ellos.
Alexander se fija en mi movimiento. Él, como yo, entiende perfectamente mi marcaje y, cuando se aleja hacia la barra sonriendo, Yuls me mira.
—¿Todo bien? —pregunta.
Sonrío y, acercándome a su oído, murmuro:
—Todo bajo control, menos tú.
Me mira. Sonríe. Intento que mi acción y mis palabras le dejen claras muchas cosas.
—Vanessa está sola a tu izquierda. Ve. Aprovecha para hablar con ella —me suelta de improviso.
No me muevo. No quiero acercarme a ella. Quiero que entienda mi forma de actuar.
—Estoy bien aquí —le digo tras darle un dulce beso en los labios. Yuls parpadea. Veo que se toca la cabeza y aclaro—: Ya he hablado con Vanessa.
—¿Y?
Cuando voy a responder, se acercan a nosotros Rosa y Jesús, y no podemos seguir.
Durante un buen rato disfruto de una sensación nueva. Y es la de tener a una mujer que me complementa entre mis brazos mientras reímos con complicidad y bromeamos con otras personas.
Con Yuls, no sé por qué, las cosas son sorprendentemente fáciles, íntimas y familiares, pero me encanta. Disfruto del hecho de estar con ella y sentir que todo encaja. Y, la verdad, lo disfruto más de lo que estoy dispuesto a admitir.
Un buen rato después, cuando los invitados comienzan a marcharse y quedo con ellos en vernos en mi despacho para hablar de la exposición y de negocios, al levantarme de una mesa veo a Vanessa junto con Yuls. Están hablando. Ambas sonríen. Me acerco a ellas.
—¿Todo bien por aquí? —pregunto, cogiendo a Yuls por la cintura.
Vanessa me mira. Pasea su ardiente mirada sobre mí.
—Sí, amor. Ya le he dicho a tu mujer que debería interesarse por la moda y cambiar su vestuario cada temporada. Le he dado mi teléfono para que me llame cuando me necesite —responde, y luego se aleja.
Sus palabras me incomodan. ¿Pero Vanessa quién se cree que es?
—La va a llamar su pu...
—Yuls... —le corto, intuyendo la burrada que va a decir.
Me mira. La miro. No tiene buena cara.
—Me mata la migraña —admite, tocándose la cabeza. Eso me sorprende. No sabía que tuviera esa dolencia—. Ya me ha dicho tu amorcito que estás deseando perderme de vista —dice.
—¿Cómo?
—Mira, Oliver, si deseas irte esta noche con ella a su casa, vete.
—¿Pero qué dices?
Yuls, representando perfectamente su papel de mujercita enamorada, me da un abrazo, que lo siento frío y distante.
—Cuando salgamos de aquí, puedo coger un taxi y tú puedes... —susurra, acercando su boca a la mía.
—¿Cuánto te duele la cabeza?
—Del uno al diez. ¡Quince! —Asiento. Eso me preocupa—. Necesito llegar a tu casa y tomarme mi medicación. Por eso te digo que te vayas con ella. Yo cogeré un taxi y nadie se dará cuenta.
Apurado y obviando aquel comentario, cojo el abrigo de Yuls. La ayudo a ponérselo y, tras despedirnos de Rafa y un par más que quedan allí, nos encaminamos hacia mi coche, donde hago que cierre los ojos para que se relaje, y conduzco. Necesitamos llegar a casa.