Capítulo 37
El sábado mientras me arreglo ante el espejo me tiembla todo de lo nerviosa que estoy. ¿Qué hago yendo a una galería de arte y posteriormente a una cena con inversores y coleccionistas? ¿Pero de qué voy a hablar con ellos?
No paro de preguntarme por qué tengo que ir a esa exposición y cena. ¿Acaso no puede ir Oliver solo? Pero sé que la respuesta es que antes iba con Vanessa y otras amigas y ahora ha de ir con su mujer. Esto es así.
Suena música por mi teléfono móvil. La canción Eso , de mi amado Alejandro, y cuando termino de cantar el estribillo, soy consciente de que, como dice la canción, en ocasiones hay gente que no consigues olvidar jamás, no importa el tiempo que eso dure.
Y «eso» es lo que me va a pasar con Oliver. Lo sé.
Me miro en el espejo, y me piropeo y me gusto. Al final, va a ser cierto eso de que quien no tiene abuela se echa flores.
Pienso en mamá. Si ella me viera así vestida, estoy segura de que me echaría kilos y kilos de flores, y sonrío.
Cuánto me gustaría que la vida me hubiera permitido disfrutar de mi madre cientos de momentos así, pero cada uno tiene un destino, y este es el que nos tocó.
Pensando en ello siento que me estoy poniendo blandita y enseguida corto el temita. No es momento de sensiblerías.
Me he comprado en una de las tiendas de Zara un vestido midi de poliéster reciclado en color gris, el color favorito de Oliver, con cuello halter y, aunque está mal decirlo, me sienta de maravilla.
También me he comprado unas botas negras altas de tacón y llevaré el precioso abrigo largo y negro de cuero de Kaory.
Ese abrigo siempre me gustó. Toni se lo regaló un año en Navidad y, aunque ya me lo ha dejado en otras ocasiones, esta es la primera vez que siento que lo puedo lucir.
Dudo si dejarme el pelo suelto o recogido y al final me decanto por lo segundo. Así soy más yo.
A las seis y veinticinco, ya estoy preparada para irme, pero antes paso a ver a Ágata. Quiero su veredicto.
—Cuando mi nieto te vea, se va a volver a enamorar de ti —murmura al verme. Oír eso me hace gracia. Si ella supiera. Ágata se levanta con agilidad. Coge el bastón que no necesita, y afirma—: Serás la más bonita de la velada.
Divertida, sonrío; necesito ese tipo de comentarios hacia mi persona esta noche para sentirme segura. En ese momento entra Mónica.
—El taxi ya está aquí. Pero, Yulsss, ¡qué preciosa estásssss! —exclama.
Encantada por ver la buena sensación que he ocasionado en ellas, asiento y, tras darles un par de besos, voy hacia la puerta. He de marcharme.
Con los nervios a flor de piel, voy en el taxi, y recuerdo que tengo que apuntar lo de mi presentación ante la prensa en mi cuaderno de sucesos.
Estoy nerviosa y pienso en la prensa. No quiero que mi rostro salga en ningún lado.
Lo último que deseo es que Vicente me localice y causarle problemas a Oliver.
Y, creyéndome lista, decido que intentaré que la prensa no me capte.
Cuando enfilamos la calle Alcalá tengo las pulsaciones a mil, pues hay un buen atasco.
Llegaré tarde. Cuando el taxi para ante la galería, son las siete y seis minutos y las pulsaciones se me disparan a dos mil.
No por llegar tarde, sino simplemente por llegar.
Y cuando veo a Oliver en la entrada, justo al lado de la prensa, tan imponente con su traje oscuro, su camisa gris y su corbata, se me suben a cinco mil.
¡A que me da un infarto!
Oliver habla con la prensa. Contesta a lo que le estén preguntando y no me ve. Llevo sin coincidir con él desde el domingo y, aunque afirme lo contrario, me moría por verlo. Cosa tonta y absurda, pues seguro que él ni se ha acordado de mí.
Con toda la seguridad que puedo y subida a los tacones de mis botas negras, camino hacia él esperando que me diga que voy bonita y elegante, y es Rafa el primero que me ve.
Me dedica una sonrisa que yo le devuelvo, y entonces Oliver, girándose, me mira.
Su gesto es serio y profesional. Noto cómo su mirada me penetra y por fin camina hacia mí y me sonríe.
Uisss... ¡qué calor! Si me desplomo, por favor, por favor, por favor, que sea con todo el glamur del mundo.
Varios ojos nos observan. Los noto. Y él, acercándose a mí, me abraza y murmura en mi oído:
—Siete minutos tarde.
Aquel comentario me joroba. ¿En serio, con lo monísima que voy, es lo único que se le ocurre decir?
Acto seguido, me da un beso en los labios, que yo le devuelvo, y, tras cogerme de la mano, caminamos hacia el photocall sonriendo.
Me entran los siete males. Los fotógrafos, al verme, centran todos sus objetivos en mí.
Es imposible no darles un plano, como yo pretendía.
Fotos por aquí. Señora Dávila por allá. Si giro la cara para que no se me vea, pondré en ridículo a Oliver, por lo que decido posar y sonreír. No hay otra.
Minutos después, tras pasar por el photocall , Oliver me dice que él ya ha atendido a los periodistas, así que, cogida de su mano, accedemos a la galería. Es la primera vez que entro en una y, curiosa, miro a mi alrededor.
Todo es luminoso, espacioso y blanco. Me doy cuenta de que acabo de descubrir un nuevo mundo. ¡Qué pasada de lugar!
Oliver me presenta a la fotógrafa que expone y que resulta ser una mujer encantadora. También me presenta a otras personas, tantas que soy incapaz de retener sus nombres, mientras yo sonrío e intento aparentar que estoy en mi salsa.
En la sala hay varios centros de flores, pero mis ojos acaban clavándose en los que tienen rosas amarillas. Verlas me revuelve el estómago. Cada vez que veo una rosa amarilla pienso en aquel al que no quiero recordar y el motivo por el que mi madre recibía estas flores.
—¿Te gustan? —pregunta Rafa.
Rápidamente dejo de mirar aquel centro y señalo otro que contiene rosas blancas.
—Esas me gustan. Las amarillas no —afirmo.
—Excelente gusto el tuyo —afirma Oliver, centrando el jarrón.
La siguiente media hora disfruto de la exposición junto con Oliver y Rafa, que no se separan de mí, y eso me da seguridad. Las imágenes de aquella fotógrafa son bonitas y diferentes y, aunque no soy una entendida, sí sé apreciar la excelencia.
Oliver, como me prometió, no me suelta de la mano y, cuando se tiene que alejar porque lo requieren otras personas, es Rafa el que no se separa de mí. Seguro que así lo han acordado.
Con curiosidad, observo cómo Oliver se mueve con seguridad y elegancia en su ambiente. Saluda. Sonríe. Habla. Gesticula. Todo lo tiene muy estudiado. Está claro que es todo un profesional y, sobre todo, que está en su salsa.
Como pensé la primera vez que lo vi, es de esos a los que se mira, pero no se tocan, y me lo demuestra cada vez que una mujer pestañea frente a él con interés, y él corta la seducción de inmediato. Eso me hace sonreír.
—¿Cómo ha ido la semana? —pregunta Rafa.
Cojo una copa que me acerca un camarero en una bandeja. Le sonrío, agradecida.
—De lujo —le respondo a Rafa—, porque tu amiguito y yo no nos hemos visto ni un segundo. Por lo tanto, cero control y discusiones. ¡Un sueño!
Rafa sonríe.
—¿No tienes calor con eso puesto?
Niego con la cabeza. Tengo las manos frías y estoy destemplada a causa de los nervios. Pero sigo con el abrigo de cuero cerrado y atado con el cinturón.
—La verdad es que no.
Agarrada a su brazo, Rafa y yo caminamos por la galería.
—Quiero que sepas que Oliver está feliz porque su abuela, tras la boda, se está recuperando y eso me ha dicho que en gran parte te lo debe a ti —comenta Rafa.
Oír aquello me gusta. ¡Qué monooooooo que diga eso! Pero, consciente de que la abuela tiene un secretito malévolo que yo sé, me limito a encogerme de hombros. De improviso veo entrar a alguien.
—Uiss, pero si ha venido mi más mejor amiga —suelto.
Rafa se gira con rapidez hacia donde señala mi mirada.
—La diva divina.
—Diva o no, tu amigo sigue sintiendo algo por ella.
—¿Y cómo sabes tú eso?
—Porque me lo ha dicho, le regaló una vela francesa y siguen mensajeándose.
Rafa levanta las cejas sorprendido mientras me cago en mí misma por haber soltado lo de la puñetera vela.
Me concentro en ella. La tía más tonta no puede ser, pero es guapísima.
Alta, con unos ojazos azules que yo misma mataría por tener.
Tiene un precioso pelo claro y posee ese magnetismo especial que hace que todo el mundo la mire embobado.
Lleva un traje de chaqueta negro de lo más sexi y elegante y camina con increíble seguridad y sofisticación.
¿Tendrá algo que objetar hoy de mi precioso vestido?
Desde mi posición la observo saludar a unos y a otros, y de pronto se gira y veo que va derecha a Oliver, que le sonríe al verla.
Su sonrisa me molesta. ¿Pero qué esperaba si sigue sintiendo algo por ella?
Acalorada por lo que mi cuerpo experimenta por dentro al presenciar aquel reencuentro, sin cambiar mi gesto por si alguien me está observando, me doy la vuelta y señalo una de aquellas fotografías.
—Me llama mucho la atención el contraste entre la imagen y la emoción que transmite la fotografía en sí —comento.
—¿Entiendes de fotografía? —me pregunta Rafa con curiosidad.
Sin dudarlo niego con la cabeza.
—No. Pero estuve toda la mañana viendo comentarios de exposiciones de fotografía para saber qué podía decir y quedar como una entendida —le digo en voz baja.
Rafa comienza a reír. Yo lo hago también. Está visto que con él puedo ser yo.
—Dudo que regrese con ella —dice de repente, mirando a Oliver.
—No apuestes mucho dinero, por si acaso.
—Pero si esa tipa es insoportable.
—Lo será para ti. Para él parece que no —respondo al ver cómo la mira.
De nuevo los observamos. Hablan. Caminan por la exposición con armonía y elegancia.
—Más que caminar, esa diva parece que va levitando —murmuro algo celosa, incapaz de estar callada.
—Ya te digo —afirma Rafa—. Esa diva camina como si el universo fuera su alfombra roja.
—Es tan diva divina que probablemente se despierte cada mañana con banda sonora propia.
—Y tan creída que piensa que la Tierra gira alrededor de su agenda.
De nuevo nos volvemos a reír.
—Creída, diva y pesadita —enumera.
—Añádele también rancia —apostillo.
Entonces, por el rabillo del ojo, veo que Oliver se acerca a nosotros con ella. ¿En serio? Tomo aire. Me preparo para el impacto nuclear.
—Cariño, ha venido Vanessa —anuncia, cogiéndome de la cintura.
Sin perder mi sonrisa, hago un leve gesto con la cabeza.
—Hola, Vanessa —saluda Rafa sin moverse.
Ella se limita a asentir. Ni lo mira. Nos deja clara su educación y que quien le interesa soy yo.
—Un gusto volverte a ver, Vanessa —digo.
—Lo mismo digo —afirma.
¡Qué mentirosas somos las dos!
Ella sonríe. Yo lo hago también. Y, tras un incómodo momento en el que me mira como si yo fuera un gato que acaba de aprender a conducir, se dirige a Oliver.
—Amor, voy a saludar a unos amigos. Nos vemos en la cena.
¡¿Amor?! ¿Lo ha llamado «amor» delante de mí? ¡Será perra!
Cuando se va, miro a Oliver e, incapaz de callar, murmuro:
—¡¿Amorrrrr?!
Él mueve la cabeza. Sin que responda, sé que entiende mi comentario.
—Creída, diva, pesadita, rancia y yo añadiría víbora maleducada —suelto, mirando a Rafa.
—Te lo dije —se muestra de acuerdo él.
—¡Qué cosa más tonta de mujer! Qué encantada está de conocerse a sí misma —afirmo.
Oliver nos mira.
—Haced el favor de contener vuestros comentarios —nos reprende—. Recordad dónde estamos. No quiero que nadie os oiga y esto provoque un escándalo.
Rafa y yo nos miramos.
—¿Qué es eso de nos vemos en la cena? —pregunto.
—Es la acompañante de Román. Uno de los comensales.
—Joder, qué petarda —murmura Rafa.
Oliver y su amigo se miran. Yo sonrío.
—Mira qué bien, Oliver. Quizá tengáis un momento para hablar de vuestras cositas y poner en claro vuestros sentimientos —señalo sin querer mostrar mi incomodidad.
—Quizá —afirma él con gesto tosco.
Rafa resopla, y yo, que de repente parezco la nieta actriz de Altamira, miro la fotografía que tengo enfrente.
—Me encanta cómo la fotógrafa ha utilizado la luz como recurso compositivo para dirigir la mirada del espectador y jerarquizar la atención dentro de la imagen —recito como un loro resabiado.
Oliver me mira boquiabierto. Yo realmente no sé lo que he dicho, pero creo que mi comentario le ha sorprendido.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo, Yuls —afirma Rafa.
A las ocho y media, Rafa, Oliver y yo nos vamos de la exposición en el impresionante Bentley de Oliver para dirigirnos a la cena mientras intento aparentar normalidad, pero estoy que los nervios me comen.